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El tanque de gas y la abuelita de las gafas gruesas

Doña Refugio, setenta y dos años bien cargados, pero con una carne todavía abundante y blandita que se desbordaba por todos lados del delantal floreado, escuchó el claxon característico del camión repartidor de gas. Se asomó por la ventana de la cocina, ajustándose las gafas de armazón grueso que siempre se le resbalaban por la nariz sudada.
—Ay Diosito… ahí viene el muchacho otra vez —murmuró para sí misma mientras sentía cómo el calor le subía desde el pecho hasta las mejillas.
(No seas vieja cochina, Refugio… a tu edad deberías estar rezando el rosario, no imaginándote cómo se ve ese chamaco sin camisa cuando carga los tanques… pero qué rico se le marcan los brazos… y esa cintura estrecha…)
Bajó las escaleras despacito, apoyándose en el barandal, sintiendo cómo sus muslos gorditos se rozaban uno contra otro a cada paso. Cuando abrió la puerta de la reja, ahí estaba él: pantalón azul de trabajo, playera gris empapada de sudor en el pecho y la espalda, el casco de seguridad ladeado, veintitantos años, moreno, sonrisa fácil.
—Buenas tardes, doña Refu. ¿El de veinte, como siempre?
—S-sí, mijo… pasa, pasa… —respondió ella, abriendo más la puerta de lo necesario.
Mientras él cargaba el tanque vacío hacia la camioneta y traía el lleno, Refugio se quedó parada en el zaguán, abanicándose con un catálogo viejo de Elektra. No podía evitar mirar cómo se le marcaban los glúteos firmes cada vez que se agachaba.
(Mira nada más… qué duritos… yo con estas nalgas de tamal nunca había sentido envidia… hasta hoy. Ay Señor, perdóname… pero si me agarra con esas manos grandes…)
Él regresó con el tanque nuevo, lo conectó en la cocina y, al levantarse, se limpió el sudor de la frente con el antebrazo. Sus ojos se encontraron con los de ella un segundo más de lo debido.
—¿Todo bien, doña? Se le ve acalorada.
Refugio tragó saliva. Las gafas se le empañaron un poquito.
—Es que… este calor… y la estufa… —mintió torpemente.
(Dile algo, vieja idiota. Dile que te ayude con otra cosa. Dile que te duele la cintura. Dile lo que sea…)
—Oye, mijo… ¿tú sabes de… de cañerías? Es que el tubo de atrás, el del patio… creo que gotea. ¿Me lo podrías ver rapidito?
Él levantó una ceja, pero sonrió.
—Claro, doña. Enséñeme dónde.
Caminaron hacia el patio trasero. El espacio era estrecho, lleno de macetas y tendedero. Refugio se agachó como pudo para señalar una supuesta fuga imaginaria en la base de la pared. Su falda floreada se levantó lo suficiente para que él viera los muslos gruesos, pálidos, con hoyuelos, y el inicio de unas nalgas monumentales apretadas dentro de unas pantaletas de algodón blanco tamaño XXL.
Él se quedó quieto un instante.
(Órale… la señora tiene unas nalgas de campeonato… nunca me había fijado bien… qué bárbaro…)
—¿Ahí es? —preguntó con la voz un poco más ronca.
Refugio se enderezó despacio, volteando a verlo por encima del hombro, las gafas resbalándole otra vez.
—Sí… pero… también me duele mucho aquí atrás… —dijo tocándose la parte baja de la espalda, pero dejando la mano un poco más abajo, rozando el principio de su trasero—. Creo que por cargar tantas cosas pesadas… ya estoy vieja…
—No está vieja, doña Refu. Se ve… muy bien cuidada.
(¿Acaba de decir eso? Ay Diosito santo… este muchacho me va a matar del susto… o de otra cosa…)
Ella se giró completamente hacia él, el pecho subiendo y bajando rápido bajo la blusa de manta.
—¿De veras piensas eso? —susurró—. Porque yo ya ni me miro al espejo… pero cuando vienes… me dan ganas de… de arreglarme un poquito…
Él dio un paso más cerca. El olor a sudor limpio y gas LP llenaba el espacio entre los dos.
—Pues debería mirarse más seguido… porque está… riquísima.
Refugio sintió que le temblaban las rodillas.
(Ya está. Ya no hay marcha atrás. Si no es ahora, nunca. A tu edad, Refugio, o te lo chingas o te mueres con las ganas.)
—Entonces… ¿me ayudas con este dolor que tengo aquí atrás? —preguntó en voz muy baja, dándole la espalda otra vez y apoyando las manos en la pared del patio—. Dicen que… a veces… con presión fuerte… se quita…
Él entendió al instante.
Se pegó a su espalda. Las manos grandes le rodearon la cintura, bajaron despacio y agarraron sendas nalgas con fuerza, amasándolas por encima de la falda.
—¿Así? —preguntó junto a su oreja.
Refugio soltó un gemido largo y ronco.
—Más… más adentro… por favor…
Él levantó la falda con una mano mientras con la otra desabrochaba su cinturón. Las pantaletas blancas bajaron hasta los tobillos. Refugio abrió un poco más las piernas, las nalgas enormes separándose solas, mostrando el pequeño botón arrugado y oscuro que llevaba décadas sin ser tocado.
(Ay Dios… va a entrar… en mi culo… a mis años… qué vergüenza… qué delicia…)
Él escupió en su mano, lubricó la cabeza gruesa y empujó despacio. Refugio se mordió el labio hasta que casi sangra.
—Despacito, mijo… despacito… que ya no estoy tan joven…
—Tranquila, abuelita… te lo voy a meter rico… todo…
Centímetro a centímetro fue entrando. Refugio jadeaba, las gafas empañadas por completo, el cabello gris pegado a la frente sudorosa. Cuando estuvo completamente adentro, ella soltó un grito ahogado de placer y dolor mezclado.
(Me está partiendo… me está llenando el culo… nunca había sentido esto tan rico… que no pare… que no pare nunca…)
Él empezó a moverse, primero lento, después más rápido. Las nalgas de Refugio rebotaban contra su pelvis con un sonido húmedo y carnoso. Ella empujaba hacia atrás con toda la fuerza que le quedaba, gimiendo sin control.
—Más duro… más duro, mijo… ¡rómpeme el culo, por Dios!
Él obedeció. La agarró de las caderas con violencia y la embistió sin piedad. Refugio se vino dos veces solo con la fricción, temblando entera, las piernas a punto de fallarle.
Cuando él anunció que ya no aguantaba más, ella giró la cabeza lo mejor que pudo, las gafas torcidas.
—Adentro… todo adentro… lléname, mijo…
Él gruñó y se vació profundamente dentro de ella, chorros calientes que Refugio sintió hasta el estómago. Se quedaron así unos segundos, jadeando, pegados uno al otro.
Después él salió despacio. Un hilillo blanco espeso resbaló por el interior de sus muslos gorditos.
Refugio se subió las pantaletas con manos temblorosas, se acomodó la falda y se dio la vuelta. Le sonrió con ternura, todavía jadeante.
—Gracias por arreglarme la… cañería, mijo.
Él se abrochó el pantalón, todavía aturdido.
—Cuando quiera, doña Refu… cuando quiera.
Ella le acarició la mejilla con dedos gorditos.
—El siguiente tanque… te lo pago con propina doble. ¿Verdad que sí?
Él solo asintió, todavía sin aliento.
Refugio cerró la puerta del patio y se apoyó en la pared, sintiendo cómo el semen tibio seguía escapando lentamente.
(Veintisiete años después… sigo siendo una puta… y qué rico se siente.)
Se ajustó las gafas, sonrió para sí misma y entró a la casa tarareando una ranchera bajito.

Fantasías secretas de Doña Refugio
Después de aquella tarde con el repartidor de gas, Doña Refugio ya no era la misma. El cuerpo le pesaba igual —o más—, pero ahora cada roce de tela contra su piel le recordaba lo que había sentido: esa mezcla prohibida de vergüenza y fuego que le subía desde el culo hasta la nuca. Por las noches, cuando la casa quedaba en silencio, se permitía explorar esas fantasías que antes solo se asomaban en sueños borrosos. Ahora eran nítidas, detalladas, casi tangibles.
Se recostaba en la cama matrimonial que llevaba quince años vacía, la misma donde había concebido a sus hijos décadas atrás. Se quitaba las pantuflas, se subía el camisón hasta la cintura y dejaba que sus manos gorditas recorrieran despacio lo que el tiempo había redondeado tanto. Mientras tanto, su mente viajaba.
Fantasía 1: El nieto que ya no es niño
(Ay Dios, perdóname… pero lo imagino a él, a mi Carlitos, ya grandecito… veintidós años, alto, fuerte como su abuelo en su juventud. Llega de la universidad y me encuentra en la cocina preparando mole. Me abraza por detrás, como cuando era chiquito… pero esta vez no suelta. Sus manos bajan, me aprietan las nalgas con fuerza, y yo solo digo: “Mijo… no… no está bien…” mientras empujo mi culo contra su bulto duro.)
En su imaginación, él no pide permiso. La voltea, la sienta en la mesa de la cocina, le abre las piernas y le baja las pantaletas de un tirón. Ella se ajusta las gafas empañadas para verlo bien: el rostro guapo, los ojos brillantes de deseo.
—Abuelita… siempre quise probar estas nalgotas… —le susurra él.
Refugio gime bajito, imaginando cómo la lame primero, despacio, recorriendo cada pliegue, hasta llegar al agujerito que tanto le gustó al repartidor. Luego la penetra ahí mismo, de pie, mientras ella se agarra del borde de la mesa y las tetas le rebotan fuera del sostén. En la fantasía, él no se corre rápido: la hace venirse tres veces antes de llenarla, chorro tras chorro, y después se queda dentro, besándole el cuello sudoroso.
—Te quiero, abuelita… te quiero así, toda mía…
Ella se muerde la mano para no gritar en la realidad, mientras sus dedos gorditos se mueven más rápido entre las piernas.
Fantasía 2: Los dos repartidores
A veces la fantasía se volvía más audaz. No uno, sino dos repartidores de gas. Uno moreno como el de siempre, el otro más clarito, con tatuajes en los brazos. Llegan juntos porque “el camión se descompuso y vinieron a ayudar”. Ella los invita a pasar por un refresco… y termina de rodillas en la sala, con las gafas torcidas, chupando una verga mientras la otra le frota el culo.
(Qué rico se sienten las dos… una en la boca, gruesa y caliente… la otra empujando contra mi agujerito… “Ábrete, doña Refu… queremos los dos al mismo tiempo…”)
En su mente los ve turnándose: uno la penetra por atrás mientras el otro le mete los dedos en la boca para que chupe. Después la ponen a cuatro patas sobre la alfombra vieja, y la doble penetración la hace temblar entera. Siente cómo se rozan dentro de ella, cómo la llenan hasta el límite, y cuando se corren casi al mismo tiempo, el semen le chorrea por los muslos y por la barbilla. Ella se queda ahí, jadeando, con una sonrisa boba, mientras ellos le dicen:
—Eres la mejor clienta, abuelita… la próxima semana traemos a un tercero.
Fantasía 3: La iglesia vacía
La más pecaminosa de todas. Es domingo, misa de siete. Ella se queda rezagada, fingiendo rezar el rosario. El padre joven —ese que llegó hace poco, de treinta y tantos, con voz grave y manos grandes— se acerca a confesarla. Pero en lugar de pecados, ella le confiesa:
—Padre… sueño con que me sodomice en el confesionario… que me levante la falda y me la meta hasta el fondo mientras le rezo un Ave María…
En la fantasía, él no se escandaliza. La lleva al altar mayor, con las veladoras todavía encendidas. La pone boca abajo sobre el mantel blanco, le sube la falda, le baja las pantaletas y la penetra sin lubricante, solo con saliva. Ella gime rezos entrecortados:
—Dios te salve… María… llena eres de… ahhh… gracia…
Él la embiste con fuerza, agarrándole las caderas anchas, mientras le dice al oído:
—Confiesa tu lujuria, hija… confiesa cuánto te gusta que te rompan el culo en la casa de Dios…
Ella se viene rezando, temblando, sintiendo cómo el cura se vacía dentro, marcándola con algo que siente como pecado eterno.
Cuando termina de fantasear, Refugio se queda quieta en la oscuridad, con el corazón latiéndole fuerte y la entrepierna empapada. Se ajusta las gafas, se acomoda el camisón y suspira.
(Vieja sucia… a tus años… pero qué rico se siente imaginarse estas cosas. Mañana llega el del gas otra vez… a ver si hoy me atrevo a pedirle “propina doble” de una vez… o si mejor invito a su compañero…)
Se ríe bajito, se da la vuelta y se duerme con una sonrisa pícara, soñando con más tanques de gas, más confesionarios y más manos jóvenes explorando su cuerpo rechoncho que, después de todo, todavía sabe encender fuegos.
Fantasía 4: El vecino viudo y el juego de las visitas nocturnas
Doña Refugio ya no podía dormir sin que su mente volara hacia la casa de al lado. Don Eusebio, setenta y cinco años, viudo desde hacía ocho, alto pero encorvado por los años, con manos callosas de carpintero jubilado y una voz ronca que todavía conservaba algo de autoridad. Siempre la saludaba con un “buenas noches, vecinita” cuando se cruzaban en el patio compartido, pero últimamente sus ojos se detenían más tiempo en el escote de su blusa floja o en cómo se le movían las caderas anchas al caminar.
En esta fantasía, todo empieza inocente: una noche de tormenta, se va la luz en todo el barrio. Refugio está sola, temblando de frío y de miedo al trueno. Golpea la pared que separa las casas, como siempre hacía cuando necesitaba algo. Don Eusebio aparece en su puerta con una linterna y una botella de mezcal viejo.
—Pase, doña Refu… no la voy a dejar sola con este temporal.
La invita a su sala, donde hay una vela gruesa encendida sobre la mesa. Se sientan en el sillón viejo de terciopelo verde. Hablan de los viejos tiempos, de los maridos que ya no están, de lo sola que se siente una a veces. El mezcal calienta la garganta y afloja la lengua.
(Ay Dios… mira cómo me ve… como si todavía fuera mujer de verdad… no solo una abuelita gorda con gafas. Si supiera lo que estoy pensando…)
En su imaginación, él pone una mano grande y áspera sobre su rodilla, sube despacio por el muslo cubierto por la falda larga.
—Refugio… ¿me permite decirle algo? Desde que enviudé… sueño con una mujer como usted. Blandita, cálida… que no tenga prisa.
Ella no dice nada, solo abre un poco más las piernas bajo la falda. Él entiende. Le sube la tela despacio, como si desenvolriera un regalo muy valioso. Cuando llega a las pantaletas blancas, ya húmedas, suspira.
—Qué hermosura… estas nalguitas tan grandes… tan suaves…
La voltea con cuidado, la pone a cuatro patas sobre el sillón. Le baja las pantaletas hasta las rodillas y se queda mirando el culo enorme, pálido, con estrías plateadas del tiempo y celulitis que a él le parece arte.
(Que me mire… que me vea toda… que no le dé asco… que le guste…)
Don Eusebio escupe en su palma, lubrica el agujerito arrugado y empuja con lentitud reverente. Refugio gime bajito, las gafas resbalándole por la nariz mientras se agarra del respaldo del sillón.
—Despacito, Eusebio… que ya no estoy para trotes…
—Tranquila, mi reina… te lo voy a meter con cariño… pero hasta el fondo.
Entra completo de una sola embestida controlada. Ella grita ahogado, mezcla de dolor y placer puro. Él empieza a moverse con ritmo pausado, como quien sabe que el tiempo ya no apura. Cada empujón hace que sus nalgas choquen contra la pelvis huesuda de él con un sonido carnoso, húmedo.
—Te sientes tan apretadita… tan caliente… —murmura él, agarrándole las caderas con fuerza—. Siempre quise tenerte así… desde que te vi colgando la ropa en el tendedero…
Refugio empuja hacia atrás, queriendo más, más profundo.
—Entonces… rómpeme, Eusebio… rómpeme el culo como si fuéramos jóvenes otra vez… ¡lléname, por favor!
Él acelera, el sillón cruje bajo ellos. La tormenta afuera truena al mismo tiempo que ella se viene, temblando entera, apretándolo con fuerza dentro. Él no aguanta más: se vacía con un gruñido largo, chorros calientes que ella siente inundándola, marcándola como suya.
Se quedan así, jadeando, él todavía dentro, acariciándole la espalda sudorosa.
—Vecinita… esto no puede ser la última vez —susurra él.
En la fantasía, Refugio voltea la cabeza, las gafas torcidas, el cabello gris revuelto, y le sonríe con picardía.
—Cuando quieras, Eusebio… solo toca la pared… y yo vengo corriendo. O mejor… ven tú… y trae el mezcal.
Cuando la fantasía termina, Refugio abre los ojos en su cama oscura. Siente el cosquilleo entre las piernas, la humedad en las sábanas. Se ajusta las gafas y mira hacia la pared que separa su casa de la de él.
(Mañana… mañana le invito un cafecito… a ver si se anima el viejo… o si soy yo la que toca primero.)
Se ríe sola, se acomoda de lado y se duerme pensando en truenos, mezcal y en cómo un culo de setenta y dos años todavía puede hacer temblar a un hombre.

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