Introducción:
Un hombre casado de unos 40 años se siente cada vez más atraído por su niñera de 19 años. Las cosas empiezan a salirle bien cuando la lleva a casa.
Un hombre casado de unos 40 años se siente cada vez más atraído por su niñera de 19 años. Las cosas empiezan a salirle bien cuando la lleva a casa.
El sol hacía tiempo que se había rendido ante el crepúsculo inminente, proyectando sombras alargadas sobre los cuidados jardines del barrio suburbano mientras Ethan maniobraba su elegante sedán negro para salir de la entrada. A sus 42 años, Ethan encarnaba el arquetipo del éxito de la clase media: un arquitecto respetado con una oficina en el centro, una casa espaciosa que resonaba con las risas de sus dos hijos pequeños —un niño bullicioso de cuatro años llamado Jack y una niña angelical de dos, Emma— y una esposa, Sarah, cuya sólida carrera en marketing se había integrado a la perfección en su matrimonio de más de una década. La vida era predecible, cómoda, pero bajo la apariencia de felicidad doméstica se escondía una inquietud que Ethan no podía identificar. Es decir, hasta que Lily entró en su mundo hace seis meses.
Lily tenía 19 años, una radiante estudiante universitaria de segundo año de educación infantil. Su cabello rubio, bañado por el sol, caía en cascada en ondas playeras que enmarcaban sus inocentes ojos azules y sus mejillas siempre sonrojadas. Había respondido al anuncio de niñera con un entusiasmo que rozaba lo contagioso; su figura atlética —esculpida tras años de voleibol competitivo en el instituto— se movía con una elegante eficiencia mientras recogía juguetes, preparaba bocadillos orgánicos o perseguía a los niños por el aspersor del jardín. Sarah la elogiaba sin cesar por su fiabilidad y calidez; los niños la adoraban como a una hermana mayor juguetona, aferrándose a sus piernas y rogando por un cuento más. Pero para Ethan, Lily fue una revelación, una chispa que encendió algo primario y prohibido. Desde el principio, hubo una química inexplicable entre ellos: miradas furtivas a través de la isla de la cocina durante los desayunos familiares, el roce eléctrico de las yemas de los dedos al pasarse un vasito, la forma en que su risa melódica parecía flotar en el aire solo para él. Las conversaciones eran inocuas —charlas sobre sus clases de psicología o los últimos logros de los niños—, pero la tensión sexual subyacente era palpable, espesando el aire como la humedad antes de una tormenta.
Todas las noches, después de arropar a los niños y despedirse de Sarah mientras ella se acomodaba en su ritual de vino y Netflix, Ethan se ofrecía a llevar a Lily a casa. Era un viaje corto, apenas quince minutos hasta su modesto complejo de apartamentos fuera del campus, pero esos viajes se habían convertido en el momento culminante de su día: un santuario privado donde el mundo exterior se desvanecía, dejando solo el zumbido del motor y la embriagadora proximidad de su cuerpo en el asiento del copiloto. Su aroma lo envolvía: una delicada mezcla de gel de ducha de vainilla, ropa recién lavada y algo singularmente femenino que le aceleraba el pulso. Empezaban con bromas ligeras, pero inevitablemente, las palabras se disolvían en pesados silencios, cargados de deseo tácito.
Todo empezó en una sofocante noche de verano, con el aire cargado de humedad que se les pegaba a la piel como el roce de un amante. Lily se deslizó dentro del coche con una camiseta blanca ajustada que abrazaba sus pechos firmes, la fina tela apenas disimulaba el contorno de sus pezones bajo el aire acondicionado, y pantalones cortos vaqueros que le llegaban hasta los muslos tonificados, dejando al descubierto kilómetros de piel suave y bronceada. Ethan agarró el volante con fuerza, con los nudillos pálidos mientras luchaba contra el impulso de desviar la mirada. "¿Los niños te cansan hoy?", preguntó con voz firme a pesar del nudo de anticipación en el estómago.
"Fueron pequeños torbellinos", respondió ella en voz baja, sus ojos azules se encontraron con los suyos durante un instante de más antes de apartar la mirada, con un ligero rubor subiendo por su cuello. Condujeron en un silencio agradable durante unas manzanas, con la radio zumbando una melodía pop olvidable a bajo volumen. En una señal de stop desierta, sus manos se rozaron accidentalmente mientras ella ajustaba la ventilación; sus dedos, suaves y cálidos, se rozaban contra los de él. Ninguno se apartó. En cambio, una descarga eléctrica recorrió a Ethan y, tragando saliva nerviosamente, extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Su palma estaba ligeramente húmeda, delatando sus propios nervios, pero no se resistió; al contrario, le devolvió el apretón con suavidad, su toque enviando chispas que le subían por el brazo. Se tomaron de las manos así, el simple contacto amplificó los latidos de su corazón hasta convertirlos en un rugido atronador, una mezcla de miedo y excitación inundó su sistema.
Envalentonado por su obediencia, Ethan llevó su mano a su muslo, colocándola allí con dedos temblorosos. Lily se congeló un momento, conteniendo la respiración de forma audible, sus ojos abiertos se posaron en su rostro bajo la tenue luz del salpicadero. Pero no se apartó. En cambio, sus dedos comenzaron a moverse: roces lentos y exploratorios a lo largo de la costura de sus vaqueros, trazando círculos perezosos que subían inexorablemente. La polla de Ethan se movió al instante, cobrando vida bajo la tela vaquera cuando su tacto encendió un fuego en sus entrañas. Su corazón latía con fuerza, la culpa en conflicto con la embriagadora oleada de deseo prohibido: era su niñera, apenas salida de la adolescencia, y su esposa, felizmente inconsciente en casa. Sin embargo, no podía parar, no pararía, mientras su roce se volvía más deliberado, su palma presionando firmemente contra el contorno hinchado de su erección. Sintió que se endurecía por completo bajo su mano, la gruesa cresta tirando contra la tela, y la recorrió lentamente, de la base a la punta, con movimientos tentativos pero curiosos, como si estuviera explorando territorio desconocido. Condujeron en absoluto silencio, los únicos sonidos eran sus respiraciones entrecortadas sincronizadas en el espacio reducido, la tensión tan densa que era casi tangible.
Cuando llegaron a su apartamento, Lily apartó la mano bruscamente, con las mejillas encendidas mientras murmuraba un rápido «Gracias por traerme» y huía al interior del edificio. Ethan permaneció aparcado, con la polla palpitando dolorosamente en los pantalones y una gota de sudor resbalándole por la sien. Se acomodó con mano temblorosa, conduciendo a casa en una neblina de sensaciones repetidas, con la culpa carcomiéndolo incluso mientras su cuerpo ansiaba más.
La noche siguiente, el aire crepitó de anticipación desde el momento en que Lily subió, con su vestido azul claro ondeando contra sus muslos, los finos tirantes deslizándose ligeramente de sus hombros para revelar la curva de su escote. La charla trivial se evaporó rápidamente, y a mitad del camino, ella tomó la iniciativa: tomó su mano y entrelazó sus dedos con una audacia que le revolvió el estómago. La química era innegable ahora, una atracción magnética. Sutilmente, volvió a señalar con la mano su regazo, colocándola directamente sobre su entrepierna. Ethan inhaló profundamente cuando ella comenzó a frotar, sintiendo cómo se hinchaba al instante bajo su palma; el calor familiar aumentaba mientras acariciaba el bulto con movimientos más firmes e insistentes, trazando la longitud y el grosor a través de la mezclilla, sus dedos apretando suavemente la cabeza de vez en cuando.
En un semáforo en rojo, sin otros autos a la vista, se mordió el labio inferior con nerviosismo y buscó su cremallera. El sonido de esta bajando fue obscenamente fuerte en el auto silencioso. Ella tiró de sus jeans para abrirlos, deslizando su mano dentro de sus bóxers para liberar su polla; saltó, dura como una piedra y venosa, la cabeza ya brillando con una perla de pre-semen. Lily lo miró fijamente, sus ojos azules abiertos con una mezcla de miedo y fascinación, su respiración entrecortada. Tentativamente, envolvió su pequeña y suave mano alrededor del eje, sus dedos apenas rodearon su grosor. Al principio, exploró: caricias suaves, rozando con el pulgar la sensible parte inferior, rodeando la cabeza acampanada y untando el líquido preseminal para lubricarlo. Luego, armándose de valor, empezó a masturbarlo como es debido: movimientos lentos y pausados desde la base hasta la punta, girando ligeramente la muñeca en la parte superior para intensificar la sensación. Las caderas de Ethan se sacudieron involuntariamente, apretando el agarre del pene con más fuerza mientras oleadas de placer irradiaban de su tacto, y sus testículos dolían de deseo.
El semáforo se puso en verde y él siguió conduciendo, la emoción del camino acrecentando el erotismo. Su mano se movía más rápido, resbaladiza por su excitación, el húmedo roce de piel con piel llenaba el coche. Al llegar a la acera, Ethan aparcó con el pecho agitado. Sin decir palabra, posó la mano en la nuca de Lily y la guió hacia abajo. Lily dudó, su cálido aliento rozando su pene, luego separó sus labios carnosos y rosados y se llevó la cabeza a la boca. El calor húmedo era exquisito, su lengua presionando contra la parte inferior mientras lo sujetaba allí, insegura pero dispuesta. Ethan rodeó la base con su propia mano, acariciándose furiosamente en su boca; la succión de sus labios, el ocasional roce de su lengua lo volvían loco. Su corazón latía con fuerza, la excitación y el terror se mezclaban mientras bombeaba con más fuerza, enredando su mano libre en su pelo. Con un gemido gutural, eyaculó, gruesos chorros de semen inundando su boca en potentes chorros. Tragó saliva por reflejo, la amargura salada cubriendo su lengua, su propio cuerpo enrojeciendo de excitación confusa. Nerviosa, se apartó, secándose los labios, y se abalanzó dentro, dejándolo exhausto y tambaleándose.
A partir de esa noche, sus impulsos se transformaron en un ritual silencioso y creciente de deseo, un pacto sin palabras que los unía más fuerte con cada encuentro. Nunca lo hablaron, nunca reconocieron el cambio; era como si verbalizarlo destrozara la ilusión. En casa, mantenían una compostura perfecta con Sarah y los niños: Lily riendo mientras construía torres de bloques con Jack o mecía a Emma en su rodilla, su cabello rubio reflejando la luz del sol. Ethan observaba desde su oficina en casa, con la mirada inexorablemente atraída por su boca: la forma en que sus labios se fruncían en concentración mientras leía un libro ilustrado, o se separaban ligeramente cuando soplaba pedorretas sobre el vientre de Emma. Imaginaba esos labios estirados alrededor de su pene, y su erección presionando contra sus pantalones, obligándolo a moverse incómodo.
Las mamadas se convirtieron en el centro de sus noches, evolucionando de tentativas a tentadoras. Lily se volvió más atrevida, su técnica refinando con cada embestida. Empezaba acariciándolo a través de sus pantalones hasta que estaba completamente duro, luego lo liberaba en un semáforo, su mano bombeando rítmicamente mientras se inclinaba. Tomándolo en su boca, ella giraba su lengua alrededor de la cabeza, lamiendo la raja para saborear su pre-semen, antes de menearse más profundamente, sus mejillas ahuecadas por la succión, sus labios formando un sello hermético mientras tomaba más de su longitud. Los sonidos húmedos de sorbos, sus suaves arcadas cuando él golpeó el fondo de su garganta, la vibración de sus zumbido mientras ella aprendía qué lo hacía embestir, era una agonía erótica. Ethan enredaba sus dedos en su cabello, guiando su ritmo, sus caderas meciéndose sutilmente mientras ella lo chupaba mientras él sorteaba el tráfico, el riesgo intensificaba cada sensación.
La reciprocidad surgió de forma natural, su mano deslizándose entre sus muslos mientras ella le hacía sexo oral. Le bajaba los pantalones o la falda, dejando al descubierto sus bragas de encaje empapadas de excitación. Haciéndolas a un lado, recorría sus suaves pliegues, hundiendo un dedo en su calor apretado y húmedo, sintiendo cómo se apretaba a su alrededor mientras bombeaba lentamente, curvándose para acariciar su punto G. Sus gemidos vibraban alrededor de su pene, estimulándolo; él añadía un segundo dedo, estirándola, su pulgar rodeaba su clítoris hinchado con frotaciones firmes e insistentes. Lily se retorcía contra su mano, su coño goteando sobre el asiento, gimiendo mientras él la penetraba más profundo, más rápido, hasta que se hacía añicos; sus paredes palpitaban en el orgasmo, amortiguando sus gritos en su miembro, lo que a menudo desencadenaba su propia liberación en su garganta.
La tensión crecía inexorablemente hasta esa fatídica tarde de otoño, cuando el aire traía el mordisco crujiente de las hojas caídas. Tras un comienzo apasionado —su boca lo envolvió, succionando con fervor experto, su lengua rozando la parte inferior mientras le hacía una garganta profunda—, Lily se apartó, con los ojos oscurecidos por el deseo. Ethan se desvió hacia un apartado apartadero arbolado, el coche envuelto en sombras. Se desplomaron en el asiento trasero, su vestido de verano se subió mientras ella lo montaba a horcajadas, sus bragas se descartaron en un frenesí. Guió su palpitante polla hacia su entrada, su coño virgen brillante y apretado. Lentamente, se bajó, la cabeza rompiendo sus pliegues, estirándola centímetro a centímetro. El dolor golpeó cuando su himen se desgarró: un escozor agudo y ardiente que hizo que las lágrimas corrieran por sus mejillas, un suave grito escapando de sus labios.
Ethan la mantuvo quieta, enterrada hasta la empuñadura en sus profundidades intactas, sus paredes aferrándose a él como un torno de calor aterciopelado. La abrazó temblorosamente, con una mano acunando su cabeza contra su pecho, con la otra acariciando su espalda con suaves movimientos circulares. "Shh, nena", susurró, rompiendo el silencio por primera vez, con la voz cargada de emoción. Saboreó el momento: la exquisita estrechez, su calor envolviéndolo por completo, sus sollozos convirtiéndose en gemidos a medida que el dolor disminuía.
Tras una eternidad abrazándola, empezó a moverse: lentamente, separándose apenas un centímetro, la fricción deliciosamente tortuosa, y luego dejándola hundirse de nuevo sobre él. Cada vez, se retiraba un poco más —cinco centímetros, siete—, permitiéndole adaptarse, sus gemidos amortiguados contra su cuello mientras se aferraba a él, clavándose las uñas en sus hombros. Su coño estaba increíblemente apretado, resbaladizo por su excitación y un toque de sangre, cada embestida una revelación de territorio virgen. Ethan se tomó su tiempo, follándola lenta y largamente: embestidas profundas y lánguidas que la llenaban por completo, sus caderas rodando para frotarse contra su clítoris. Besó sus mejillas surcadas de lágrimas, su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja mientras empujaba hacia arriba, saboreando cómo sus paredes se agitaban y se apretaban. El dolor de Lily se transformó en placer, sus caderas comenzaron a mecerse al unísono, respondiendo a sus embestidas con creciente urgencia. El coche se llenó de los húmedos y obscenos sonidos de su unión: piel rozando, sus jadeos convirtiéndose en gemidos mientras él se inclinaba para alcanzar su punto G con cada embestida.
Él fue aumentando el ritmo gradualmente, con una mano ahuecando su trasero para guiar sus rebotes, con la otra jugueteando con su pezón a través del vestido. Más rápido ahora, pero aún deliberado: saliendo casi por completo para estimular su entrada con la cabeza, luego volviendo a entrar con fuerza hasta las bolas, haciéndola gritar de éxtasis. Su coño lo ordeñaba sin descanso, la estrechez lo volvía loco mientras la follaba con largas y poderosas embestidas, saboreando cada centímetro, cada temblor. Lily se corrió primero, su cuerpo convulsionando, las paredes espasmódicas a su alrededor en pulsos rítmicos que provocaron su propio orgasmo. Con un gruñido primario, embistió profundamente una última vez, inundándola con chorros calientes de semen, abrazándola mientras temblaban juntos en el resplandor posterior.
Su romance se profundizó a partir de ahí, el asiento trasero se convirtió en su refugio ilícito. Las sesiones eran explícitas y variadas: él la inclinaba sobre el asiento, embistiéndola por detrás con fuertes embestidas que le hacían vibrar el culo; ella lo montaba en vaquera inversa, moviendo las caderas en círculos mientras él le daba palmadas en el clítoris; el misionero lento, donde él le sujetaba las muñecas, besándola profundamente mientras acariciaba larga y profundamente su ahora ansiosa vagina. Las mamadas seguían siendo un elemento básico: ella de rodillas entre sus piernas, chupando vorazmente, haciéndole una garganta profunda hasta que la saliva le goteaba por los testículos; los dedos evolucionaron a él comiéndole el semen, su lengua lamiendo sus pliegues, succionando su clítoris mientras la follaba con los dedos hasta orgasmos intensos.
Pero la pasión trae consecuencias. Meses después, la regla de Lily desapareció. Una prueba de embarazo lo confirmó, las líneas rosas la miraron fijamente como un veredicto. Se lo contó a Ethan durante un viaje en coche, mostrándole el palo con manos temblorosas. Sintió una vorágine: culpa, miedo, una oleada inesperada de protección. Nunca hablaron de ello abiertamente, pero él la apoyó: sobres anónimos con dinero para la atención prenatal, viajes a las ecografías donde él esperaba en el coche, momentos robados donde presionaba su mano contra su vientre sutilmente hinchado, sintiendo la vida que habían creado patear.
Como lo demostró su embarazo, lo ocultó bajo suéteres holgados en el trabajo. Sarah notó el "brillo" pero no sospechó nada. Los padres de Lily, firmemente tradicionales pero devotos, se rompieron el corazón cuando ella reveló la noticia, pero la apoyaron, especialmente cuando ella se negó a revelar la identidad del padre, alegando una fugaz aventura universitaria. Ayudaron a criar a la bebé —una preciosa niña llamada Ava, con los penetrantes ojos verdes de Ethan ocultos tras los rizos rubios y la nariz respingada de Lily—, brindándole un refugio mientras Lily compaginaba la maternidad con las clases.
Ethan observaba desde las sombras, con el corazón dolido por una paternidad tácita. Le metía juguetes y ropa en el bolso, transfería fondos a una cuenta que ella nunca cuestionaba. Los viajes nocturnos habituales se interrumpieron durante el final del embarazo y el comienzo de la maternidad, pero la pasión entre ellos nunca se extinguió. En cuanto Lily se sintió preparada —meses después del nacimiento de Ava—, los momentos robados volvieron a la normalidad. Ethan encontraba excusas para "hacer recados" o "trabajar hasta tarde", encontrándose con ella en aparcamientos apartados o en tranquilas calles secundarias. Ella se subía a su coche, Ava a salvo con sus padres o una niñera, y en cuestión de segundos su boca volvía a estar sobre él, succionando con la misma avidez, o se sentaba a horcajadas sobre él en el asiento trasero, cabalgándolo lentamente mientras sus pechos, más voluminosos tras el embarazo, rebotaban en sus manos.
Pasaron los años, y la relación perduró sin cambios en su intensidad. Lily se graduó, se labró una carrera como una querida maestra de primaria, crio a Ava con amor y estabilidad. A los 30, conoció a Ryan, un amable y confiable profesor de historia de preparatoria con una sonrisa amable y una presencia firme. Él se enamoró perdidamente de su brillo y belleza, aceptó a Ava sin dudarlo y le propuso matrimonio después de dos años de noviazgo. La boda fue hermosa: Lily radiante con un vestido de encaje blanco, Ava como la niña de las flores esparciendo pétalos, sus padres radiantes de orgullo y alivio porque su hija había encontrado un buen hombre.
Ethan asistió, por supuesto, con Sarah a su lado, aplaudiendo cortésmente mientras Lily intercambiaba votos con Ryan. Sus miradas se cruzaron por un instante desgarrador durante la ceremonia, un silencioso reconocimiento del vínculo inquebrantable que los unía. La mirada de Lily contenía promesa, no arrepentimiento.
Nada cambió.
Incluso después de la luna de miel, después de que Ryan se mudara y se convirtiera en el padre al que Ava llamaba "Papá" en todos los sentidos, Lily y Ethan continuaron. Varias veces al mes, con el pretexto de "club de lectura", "clase de yoga" o "visitar a viejos amigos", Lily le enviaba un mensaje a Ethan con una ubicación sencilla: un mirador tranquilo, un aparcamiento vacío de la oficina después de hora, el mismo paraje arbolado que había presenciado su primera vez. Llegaba en el coche que conducía ahora, se deslizaba en el de él (mejorado con los años a una espaciosa SUV), y el ritual comenzaba de nuevo: su anillo de bodas reflejaba la luz mientras sus dedos le bajaban la cremallera, bajaba la cabeza para llevárselo hasta lo más profundo de su garganta con la destreza perfeccionada de más de una década; o se subía la falda, se sentaba a horcajadas sobre él en el asiento reclinado y se hundía en su polla, con el coño tan apretado y receptivo como a los 19.
Follaban con la misma pasión salvaje: lenta y profunda cuando el tiempo lo permitía, rápida y desesperada cuando no. La inclinaba sobre la consola, embistiéndola por detrás mientras ella se mordía el labio para no hacer ruido; ella lo montaba de espaldas, apretando el culo contra él mientras él se acercaba para frotarle el clítoris hasta que se corría silenciosamente a su alrededor. Siempre, él se corría dentro de ella, llenándola con la misma liberación ardiente que había creado a Ava hacía tantos años. Sin palabras, sin explicaciones, sin culpa en esos momentos, solo una conexión pura y sin palabras.
Ava se convirtió en una adolescente brillante, inconsciente del hombre de ojos verdes que silenciosamente financiaba sus campamentos de verano y sus ahorros para la universidad. Sarah permaneció felizmente casada con Ethan, contenta con su vida cómoda. Ryan siguió siendo el esposo devoto, entrenando a las Pequeñas Ligas y planeando las vacaciones familiares. Y Lily y Ethan siguieron siendo amantes, unidos por una llama que el tiempo, el matrimonio, la paternidad y las normas sociales nunca podrían extinguir. Su romance se extendió por más de una década, eterno y tácito, una corriente secreta que corría por debajo de dos vidas ordinarias, alimentada únicamente por la irresistible atracción de cuerpos que siempre se habían conocido por completo.
Lily tenía 19 años, una radiante estudiante universitaria de segundo año de educación infantil. Su cabello rubio, bañado por el sol, caía en cascada en ondas playeras que enmarcaban sus inocentes ojos azules y sus mejillas siempre sonrojadas. Había respondido al anuncio de niñera con un entusiasmo que rozaba lo contagioso; su figura atlética —esculpida tras años de voleibol competitivo en el instituto— se movía con una elegante eficiencia mientras recogía juguetes, preparaba bocadillos orgánicos o perseguía a los niños por el aspersor del jardín. Sarah la elogiaba sin cesar por su fiabilidad y calidez; los niños la adoraban como a una hermana mayor juguetona, aferrándose a sus piernas y rogando por un cuento más. Pero para Ethan, Lily fue una revelación, una chispa que encendió algo primario y prohibido. Desde el principio, hubo una química inexplicable entre ellos: miradas furtivas a través de la isla de la cocina durante los desayunos familiares, el roce eléctrico de las yemas de los dedos al pasarse un vasito, la forma en que su risa melódica parecía flotar en el aire solo para él. Las conversaciones eran inocuas —charlas sobre sus clases de psicología o los últimos logros de los niños—, pero la tensión sexual subyacente era palpable, espesando el aire como la humedad antes de una tormenta.
Todas las noches, después de arropar a los niños y despedirse de Sarah mientras ella se acomodaba en su ritual de vino y Netflix, Ethan se ofrecía a llevar a Lily a casa. Era un viaje corto, apenas quince minutos hasta su modesto complejo de apartamentos fuera del campus, pero esos viajes se habían convertido en el momento culminante de su día: un santuario privado donde el mundo exterior se desvanecía, dejando solo el zumbido del motor y la embriagadora proximidad de su cuerpo en el asiento del copiloto. Su aroma lo envolvía: una delicada mezcla de gel de ducha de vainilla, ropa recién lavada y algo singularmente femenino que le aceleraba el pulso. Empezaban con bromas ligeras, pero inevitablemente, las palabras se disolvían en pesados silencios, cargados de deseo tácito.
Todo empezó en una sofocante noche de verano, con el aire cargado de humedad que se les pegaba a la piel como el roce de un amante. Lily se deslizó dentro del coche con una camiseta blanca ajustada que abrazaba sus pechos firmes, la fina tela apenas disimulaba el contorno de sus pezones bajo el aire acondicionado, y pantalones cortos vaqueros que le llegaban hasta los muslos tonificados, dejando al descubierto kilómetros de piel suave y bronceada. Ethan agarró el volante con fuerza, con los nudillos pálidos mientras luchaba contra el impulso de desviar la mirada. "¿Los niños te cansan hoy?", preguntó con voz firme a pesar del nudo de anticipación en el estómago.
"Fueron pequeños torbellinos", respondió ella en voz baja, sus ojos azules se encontraron con los suyos durante un instante de más antes de apartar la mirada, con un ligero rubor subiendo por su cuello. Condujeron en un silencio agradable durante unas manzanas, con la radio zumbando una melodía pop olvidable a bajo volumen. En una señal de stop desierta, sus manos se rozaron accidentalmente mientras ella ajustaba la ventilación; sus dedos, suaves y cálidos, se rozaban contra los de él. Ninguno se apartó. En cambio, una descarga eléctrica recorrió a Ethan y, tragando saliva nerviosamente, extendió la mano y entrelazó sus dedos con los de ella. Su palma estaba ligeramente húmeda, delatando sus propios nervios, pero no se resistió; al contrario, le devolvió el apretón con suavidad, su toque enviando chispas que le subían por el brazo. Se tomaron de las manos así, el simple contacto amplificó los latidos de su corazón hasta convertirlos en un rugido atronador, una mezcla de miedo y excitación inundó su sistema.
Envalentonado por su obediencia, Ethan llevó su mano a su muslo, colocándola allí con dedos temblorosos. Lily se congeló un momento, conteniendo la respiración de forma audible, sus ojos abiertos se posaron en su rostro bajo la tenue luz del salpicadero. Pero no se apartó. En cambio, sus dedos comenzaron a moverse: roces lentos y exploratorios a lo largo de la costura de sus vaqueros, trazando círculos perezosos que subían inexorablemente. La polla de Ethan se movió al instante, cobrando vida bajo la tela vaquera cuando su tacto encendió un fuego en sus entrañas. Su corazón latía con fuerza, la culpa en conflicto con la embriagadora oleada de deseo prohibido: era su niñera, apenas salida de la adolescencia, y su esposa, felizmente inconsciente en casa. Sin embargo, no podía parar, no pararía, mientras su roce se volvía más deliberado, su palma presionando firmemente contra el contorno hinchado de su erección. Sintió que se endurecía por completo bajo su mano, la gruesa cresta tirando contra la tela, y la recorrió lentamente, de la base a la punta, con movimientos tentativos pero curiosos, como si estuviera explorando territorio desconocido. Condujeron en absoluto silencio, los únicos sonidos eran sus respiraciones entrecortadas sincronizadas en el espacio reducido, la tensión tan densa que era casi tangible.
Cuando llegaron a su apartamento, Lily apartó la mano bruscamente, con las mejillas encendidas mientras murmuraba un rápido «Gracias por traerme» y huía al interior del edificio. Ethan permaneció aparcado, con la polla palpitando dolorosamente en los pantalones y una gota de sudor resbalándole por la sien. Se acomodó con mano temblorosa, conduciendo a casa en una neblina de sensaciones repetidas, con la culpa carcomiéndolo incluso mientras su cuerpo ansiaba más.
La noche siguiente, el aire crepitó de anticipación desde el momento en que Lily subió, con su vestido azul claro ondeando contra sus muslos, los finos tirantes deslizándose ligeramente de sus hombros para revelar la curva de su escote. La charla trivial se evaporó rápidamente, y a mitad del camino, ella tomó la iniciativa: tomó su mano y entrelazó sus dedos con una audacia que le revolvió el estómago. La química era innegable ahora, una atracción magnética. Sutilmente, volvió a señalar con la mano su regazo, colocándola directamente sobre su entrepierna. Ethan inhaló profundamente cuando ella comenzó a frotar, sintiendo cómo se hinchaba al instante bajo su palma; el calor familiar aumentaba mientras acariciaba el bulto con movimientos más firmes e insistentes, trazando la longitud y el grosor a través de la mezclilla, sus dedos apretando suavemente la cabeza de vez en cuando.
En un semáforo en rojo, sin otros autos a la vista, se mordió el labio inferior con nerviosismo y buscó su cremallera. El sonido de esta bajando fue obscenamente fuerte en el auto silencioso. Ella tiró de sus jeans para abrirlos, deslizando su mano dentro de sus bóxers para liberar su polla; saltó, dura como una piedra y venosa, la cabeza ya brillando con una perla de pre-semen. Lily lo miró fijamente, sus ojos azules abiertos con una mezcla de miedo y fascinación, su respiración entrecortada. Tentativamente, envolvió su pequeña y suave mano alrededor del eje, sus dedos apenas rodearon su grosor. Al principio, exploró: caricias suaves, rozando con el pulgar la sensible parte inferior, rodeando la cabeza acampanada y untando el líquido preseminal para lubricarlo. Luego, armándose de valor, empezó a masturbarlo como es debido: movimientos lentos y pausados desde la base hasta la punta, girando ligeramente la muñeca en la parte superior para intensificar la sensación. Las caderas de Ethan se sacudieron involuntariamente, apretando el agarre del pene con más fuerza mientras oleadas de placer irradiaban de su tacto, y sus testículos dolían de deseo.
El semáforo se puso en verde y él siguió conduciendo, la emoción del camino acrecentando el erotismo. Su mano se movía más rápido, resbaladiza por su excitación, el húmedo roce de piel con piel llenaba el coche. Al llegar a la acera, Ethan aparcó con el pecho agitado. Sin decir palabra, posó la mano en la nuca de Lily y la guió hacia abajo. Lily dudó, su cálido aliento rozando su pene, luego separó sus labios carnosos y rosados y se llevó la cabeza a la boca. El calor húmedo era exquisito, su lengua presionando contra la parte inferior mientras lo sujetaba allí, insegura pero dispuesta. Ethan rodeó la base con su propia mano, acariciándose furiosamente en su boca; la succión de sus labios, el ocasional roce de su lengua lo volvían loco. Su corazón latía con fuerza, la excitación y el terror se mezclaban mientras bombeaba con más fuerza, enredando su mano libre en su pelo. Con un gemido gutural, eyaculó, gruesos chorros de semen inundando su boca en potentes chorros. Tragó saliva por reflejo, la amargura salada cubriendo su lengua, su propio cuerpo enrojeciendo de excitación confusa. Nerviosa, se apartó, secándose los labios, y se abalanzó dentro, dejándolo exhausto y tambaleándose.
A partir de esa noche, sus impulsos se transformaron en un ritual silencioso y creciente de deseo, un pacto sin palabras que los unía más fuerte con cada encuentro. Nunca lo hablaron, nunca reconocieron el cambio; era como si verbalizarlo destrozara la ilusión. En casa, mantenían una compostura perfecta con Sarah y los niños: Lily riendo mientras construía torres de bloques con Jack o mecía a Emma en su rodilla, su cabello rubio reflejando la luz del sol. Ethan observaba desde su oficina en casa, con la mirada inexorablemente atraída por su boca: la forma en que sus labios se fruncían en concentración mientras leía un libro ilustrado, o se separaban ligeramente cuando soplaba pedorretas sobre el vientre de Emma. Imaginaba esos labios estirados alrededor de su pene, y su erección presionando contra sus pantalones, obligándolo a moverse incómodo.
Las mamadas se convirtieron en el centro de sus noches, evolucionando de tentativas a tentadoras. Lily se volvió más atrevida, su técnica refinando con cada embestida. Empezaba acariciándolo a través de sus pantalones hasta que estaba completamente duro, luego lo liberaba en un semáforo, su mano bombeando rítmicamente mientras se inclinaba. Tomándolo en su boca, ella giraba su lengua alrededor de la cabeza, lamiendo la raja para saborear su pre-semen, antes de menearse más profundamente, sus mejillas ahuecadas por la succión, sus labios formando un sello hermético mientras tomaba más de su longitud. Los sonidos húmedos de sorbos, sus suaves arcadas cuando él golpeó el fondo de su garganta, la vibración de sus zumbido mientras ella aprendía qué lo hacía embestir, era una agonía erótica. Ethan enredaba sus dedos en su cabello, guiando su ritmo, sus caderas meciéndose sutilmente mientras ella lo chupaba mientras él sorteaba el tráfico, el riesgo intensificaba cada sensación.
La reciprocidad surgió de forma natural, su mano deslizándose entre sus muslos mientras ella le hacía sexo oral. Le bajaba los pantalones o la falda, dejando al descubierto sus bragas de encaje empapadas de excitación. Haciéndolas a un lado, recorría sus suaves pliegues, hundiendo un dedo en su calor apretado y húmedo, sintiendo cómo se apretaba a su alrededor mientras bombeaba lentamente, curvándose para acariciar su punto G. Sus gemidos vibraban alrededor de su pene, estimulándolo; él añadía un segundo dedo, estirándola, su pulgar rodeaba su clítoris hinchado con frotaciones firmes e insistentes. Lily se retorcía contra su mano, su coño goteando sobre el asiento, gimiendo mientras él la penetraba más profundo, más rápido, hasta que se hacía añicos; sus paredes palpitaban en el orgasmo, amortiguando sus gritos en su miembro, lo que a menudo desencadenaba su propia liberación en su garganta.
La tensión crecía inexorablemente hasta esa fatídica tarde de otoño, cuando el aire traía el mordisco crujiente de las hojas caídas. Tras un comienzo apasionado —su boca lo envolvió, succionando con fervor experto, su lengua rozando la parte inferior mientras le hacía una garganta profunda—, Lily se apartó, con los ojos oscurecidos por el deseo. Ethan se desvió hacia un apartado apartadero arbolado, el coche envuelto en sombras. Se desplomaron en el asiento trasero, su vestido de verano se subió mientras ella lo montaba a horcajadas, sus bragas se descartaron en un frenesí. Guió su palpitante polla hacia su entrada, su coño virgen brillante y apretado. Lentamente, se bajó, la cabeza rompiendo sus pliegues, estirándola centímetro a centímetro. El dolor golpeó cuando su himen se desgarró: un escozor agudo y ardiente que hizo que las lágrimas corrieran por sus mejillas, un suave grito escapando de sus labios.
Ethan la mantuvo quieta, enterrada hasta la empuñadura en sus profundidades intactas, sus paredes aferrándose a él como un torno de calor aterciopelado. La abrazó temblorosamente, con una mano acunando su cabeza contra su pecho, con la otra acariciando su espalda con suaves movimientos circulares. "Shh, nena", susurró, rompiendo el silencio por primera vez, con la voz cargada de emoción. Saboreó el momento: la exquisita estrechez, su calor envolviéndolo por completo, sus sollozos convirtiéndose en gemidos a medida que el dolor disminuía.
Tras una eternidad abrazándola, empezó a moverse: lentamente, separándose apenas un centímetro, la fricción deliciosamente tortuosa, y luego dejándola hundirse de nuevo sobre él. Cada vez, se retiraba un poco más —cinco centímetros, siete—, permitiéndole adaptarse, sus gemidos amortiguados contra su cuello mientras se aferraba a él, clavándose las uñas en sus hombros. Su coño estaba increíblemente apretado, resbaladizo por su excitación y un toque de sangre, cada embestida una revelación de territorio virgen. Ethan se tomó su tiempo, follándola lenta y largamente: embestidas profundas y lánguidas que la llenaban por completo, sus caderas rodando para frotarse contra su clítoris. Besó sus mejillas surcadas de lágrimas, su cuello, mordisqueando el lóbulo de su oreja mientras empujaba hacia arriba, saboreando cómo sus paredes se agitaban y se apretaban. El dolor de Lily se transformó en placer, sus caderas comenzaron a mecerse al unísono, respondiendo a sus embestidas con creciente urgencia. El coche se llenó de los húmedos y obscenos sonidos de su unión: piel rozando, sus jadeos convirtiéndose en gemidos mientras él se inclinaba para alcanzar su punto G con cada embestida.
Él fue aumentando el ritmo gradualmente, con una mano ahuecando su trasero para guiar sus rebotes, con la otra jugueteando con su pezón a través del vestido. Más rápido ahora, pero aún deliberado: saliendo casi por completo para estimular su entrada con la cabeza, luego volviendo a entrar con fuerza hasta las bolas, haciéndola gritar de éxtasis. Su coño lo ordeñaba sin descanso, la estrechez lo volvía loco mientras la follaba con largas y poderosas embestidas, saboreando cada centímetro, cada temblor. Lily se corrió primero, su cuerpo convulsionando, las paredes espasmódicas a su alrededor en pulsos rítmicos que provocaron su propio orgasmo. Con un gruñido primario, embistió profundamente una última vez, inundándola con chorros calientes de semen, abrazándola mientras temblaban juntos en el resplandor posterior.
Su romance se profundizó a partir de ahí, el asiento trasero se convirtió en su refugio ilícito. Las sesiones eran explícitas y variadas: él la inclinaba sobre el asiento, embistiéndola por detrás con fuertes embestidas que le hacían vibrar el culo; ella lo montaba en vaquera inversa, moviendo las caderas en círculos mientras él le daba palmadas en el clítoris; el misionero lento, donde él le sujetaba las muñecas, besándola profundamente mientras acariciaba larga y profundamente su ahora ansiosa vagina. Las mamadas seguían siendo un elemento básico: ella de rodillas entre sus piernas, chupando vorazmente, haciéndole una garganta profunda hasta que la saliva le goteaba por los testículos; los dedos evolucionaron a él comiéndole el semen, su lengua lamiendo sus pliegues, succionando su clítoris mientras la follaba con los dedos hasta orgasmos intensos.
Pero la pasión trae consecuencias. Meses después, la regla de Lily desapareció. Una prueba de embarazo lo confirmó, las líneas rosas la miraron fijamente como un veredicto. Se lo contó a Ethan durante un viaje en coche, mostrándole el palo con manos temblorosas. Sintió una vorágine: culpa, miedo, una oleada inesperada de protección. Nunca hablaron de ello abiertamente, pero él la apoyó: sobres anónimos con dinero para la atención prenatal, viajes a las ecografías donde él esperaba en el coche, momentos robados donde presionaba su mano contra su vientre sutilmente hinchado, sintiendo la vida que habían creado patear.
Como lo demostró su embarazo, lo ocultó bajo suéteres holgados en el trabajo. Sarah notó el "brillo" pero no sospechó nada. Los padres de Lily, firmemente tradicionales pero devotos, se rompieron el corazón cuando ella reveló la noticia, pero la apoyaron, especialmente cuando ella se negó a revelar la identidad del padre, alegando una fugaz aventura universitaria. Ayudaron a criar a la bebé —una preciosa niña llamada Ava, con los penetrantes ojos verdes de Ethan ocultos tras los rizos rubios y la nariz respingada de Lily—, brindándole un refugio mientras Lily compaginaba la maternidad con las clases.
Ethan observaba desde las sombras, con el corazón dolido por una paternidad tácita. Le metía juguetes y ropa en el bolso, transfería fondos a una cuenta que ella nunca cuestionaba. Los viajes nocturnos habituales se interrumpieron durante el final del embarazo y el comienzo de la maternidad, pero la pasión entre ellos nunca se extinguió. En cuanto Lily se sintió preparada —meses después del nacimiento de Ava—, los momentos robados volvieron a la normalidad. Ethan encontraba excusas para "hacer recados" o "trabajar hasta tarde", encontrándose con ella en aparcamientos apartados o en tranquilas calles secundarias. Ella se subía a su coche, Ava a salvo con sus padres o una niñera, y en cuestión de segundos su boca volvía a estar sobre él, succionando con la misma avidez, o se sentaba a horcajadas sobre él en el asiento trasero, cabalgándolo lentamente mientras sus pechos, más voluminosos tras el embarazo, rebotaban en sus manos.
Pasaron los años, y la relación perduró sin cambios en su intensidad. Lily se graduó, se labró una carrera como una querida maestra de primaria, crio a Ava con amor y estabilidad. A los 30, conoció a Ryan, un amable y confiable profesor de historia de preparatoria con una sonrisa amable y una presencia firme. Él se enamoró perdidamente de su brillo y belleza, aceptó a Ava sin dudarlo y le propuso matrimonio después de dos años de noviazgo. La boda fue hermosa: Lily radiante con un vestido de encaje blanco, Ava como la niña de las flores esparciendo pétalos, sus padres radiantes de orgullo y alivio porque su hija había encontrado un buen hombre.
Ethan asistió, por supuesto, con Sarah a su lado, aplaudiendo cortésmente mientras Lily intercambiaba votos con Ryan. Sus miradas se cruzaron por un instante desgarrador durante la ceremonia, un silencioso reconocimiento del vínculo inquebrantable que los unía. La mirada de Lily contenía promesa, no arrepentimiento.
Nada cambió.
Incluso después de la luna de miel, después de que Ryan se mudara y se convirtiera en el padre al que Ava llamaba "Papá" en todos los sentidos, Lily y Ethan continuaron. Varias veces al mes, con el pretexto de "club de lectura", "clase de yoga" o "visitar a viejos amigos", Lily le enviaba un mensaje a Ethan con una ubicación sencilla: un mirador tranquilo, un aparcamiento vacío de la oficina después de hora, el mismo paraje arbolado que había presenciado su primera vez. Llegaba en el coche que conducía ahora, se deslizaba en el de él (mejorado con los años a una espaciosa SUV), y el ritual comenzaba de nuevo: su anillo de bodas reflejaba la luz mientras sus dedos le bajaban la cremallera, bajaba la cabeza para llevárselo hasta lo más profundo de su garganta con la destreza perfeccionada de más de una década; o se subía la falda, se sentaba a horcajadas sobre él en el asiento reclinado y se hundía en su polla, con el coño tan apretado y receptivo como a los 19.
Follaban con la misma pasión salvaje: lenta y profunda cuando el tiempo lo permitía, rápida y desesperada cuando no. La inclinaba sobre la consola, embistiéndola por detrás mientras ella se mordía el labio para no hacer ruido; ella lo montaba de espaldas, apretando el culo contra él mientras él se acercaba para frotarle el clítoris hasta que se corría silenciosamente a su alrededor. Siempre, él se corría dentro de ella, llenándola con la misma liberación ardiente que había creado a Ava hacía tantos años. Sin palabras, sin explicaciones, sin culpa en esos momentos, solo una conexión pura y sin palabras.
Ava se convirtió en una adolescente brillante, inconsciente del hombre de ojos verdes que silenciosamente financiaba sus campamentos de verano y sus ahorros para la universidad. Sarah permaneció felizmente casada con Ethan, contenta con su vida cómoda. Ryan siguió siendo el esposo devoto, entrenando a las Pequeñas Ligas y planeando las vacaciones familiares. Y Lily y Ethan siguieron siendo amantes, unidos por una llama que el tiempo, el matrimonio, la paternidad y las normas sociales nunca podrían extinguir. Su romance se extendió por más de una década, eterno y tácito, una corriente secreta que corría por debajo de dos vidas ordinarias, alimentada únicamente por la irresistible atracción de cuerpos que siempre se habían conocido por completo.
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