Los días siguientes fueron un torbellino de adrenalina y deseo crudo, la barba que raspaba delicioso y esa forma de mirarme como si yo fuera el pecado que siempre había querido cometer.
Después de esa primera vez, no pude parar. Ni quise. Cada vez que Lisset salía —al trabajo, al gimnasio, a ver a sus amigas—, yo le escribía a Fernando. Mensajes directos, sin rodeos:
“Estoy mojada pensando en ti.”
Él llegaba en menos de quince minutos, siempre con esa mezcla de culpa y hambre en los ojos. La segunda vez fue en la cocina. Ni siquiera llegamos al cuarto. Me levantó sobre la mesa, me abrió las piernas con urgencia y me comió ahí mismo, de rodillas en el piso frío, mientras yo me agarraba del borde y gemía su nombre bajito para no alertar a los vecinos. Su lengua era lenta al principio, explorando cada pliegue, luego rápida, succionando mi clítoris hasta que me corrí temblando, con las piernas apretándole la cabeza. Después se levantó, se bajó los pantalones y me penetró de un solo empujón, profundo, sin condón porque los dos sabíamos que estábamos jugando con fuego. Me folló fuerte, con embestidas que hacían temblar la mesa. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía la oreja.
—Dime que soy mejor que ella —le exigí entre jadeos, mientras él me embestía sin parar.
—Eres… mucho mejor… verga, Nicol… —gruñó contra mi boca, y eso me hizo correrme otra vez, apretándolo dentro de mí hasta que él se vino también, llenándome con chorros calientes que sentí gotear por mis muslos cuando salió.
La tercera vez fue en el baño. Lisset había salido a una fiesta y dijo que volvería tarde. Fernando me esperó en su casa, primero nos dimos un baño. Entré desnuda, el agua caliente cayendo sobre nosotros. Me puso de espaldas, las manos contra los azulejos fríos, y me tomó por detrás. Primero lento, disfrutando cómo entraba y salía, cómo mi culo rebotaba contra su pelvis. Luego más rápido, más salvaje. Me agarró del pelo, tiró mi cabeza hacia atrás y me besó el cuello mientras me follaba con fuerza. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más, más profundo. Sus dedos bajaron a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos hasta que exploté de nuevo, gritando su nombre sin importarme si alguien escuchaba. Él se corrió dentro, apretándome las caderas con tanta fuerza que quedaron marcas rojas.
Después nos quedamos abrazados bajo el agua, respirando agitados. Me besó la frente, la nariz, la boca. Por un segundo pareció que iba a decir algo tierno, algo que no cabía en esta venganza. Pero no lo hizo. Solo murmuró:
—No puedo parar de pensar en ti.
Yo sonreí contra su pecho.
—Bien. Porque yo tampoco.
La cuarta vez fue la más peligrosa. Lisset estaba en casa, pero dormida arriba después de un turno doble. Fernando entró por la puerta a las dos de la mañana. Subimos al baño en silencio, como fantasmas. Cerré la puerta con llave, me quité la pijama en dos segundos y me incline para darle una mejor vista, con el culo bien abierto. Él se desnudó rápido, se puso atras y me penetró despacio, cubriéndome la boca con la mano para que no gritara. Fue una follada lenta pero intensa, cada embestida medida para no hacer ruido. Yo mordía su palma, gemía contra sus dedos. Él me susurraba al oído:
—Eres tan apretada… tan mojada para mí…
Levanté las caderas, pidiéndole más profundidad. Cambiamos de posición: en el suelo y yo encima, cabalgándolo. Me movía despacio al principio, girando las caderas, sintiendo cómo rozaba ese punto dentro de mí que me volvía loca. Luego más rápido, rebotando sobre él, mis tetas moviéndose con cada salto. Él me agarraba del culo, me ayudaba a subir y bajar, hasta que no aguantó más y me volteó de nuevo, poniéndome a cuatro patas. Me cogió muy duro, profundo, con una mano en mi nuca empujándome contra el mueble de las toallas para ahogar mis gemidos. Se corrió dentro otra vez, temblando, y yo me corrí con él, apretándolo tan fuerte que sentí cómo latía dentro.
Después se quedamos los dos sudados y jadeantes.
—Tengo que irme —susurró al fin.
—Ve —le dije—. Pero mañana vuelves.
Y volvió. Una y otra vez.
Fernando dejó de contestar mis mensajes después de eso. Lisset nunca supo. Él eligió. Tal vez el miedo. Tal vez la culpa.
Pero yo ya había ganado.
Porque cada vez que Lisset me mira ahora, no tiene idea de lo que pasó. Me lleno de exitacion y algo por dentro cada vez que recuerdo que su novio me prefirió a mí en la cama. Que me folló en cada rincón de esta casa y la suya mientras ella dormía o trabajaba.
Y eso, para mí, es suficiente venganza.
Por ahora.


Después de esa primera vez, no pude parar. Ni quise. Cada vez que Lisset salía —al trabajo, al gimnasio, a ver a sus amigas—, yo le escribía a Fernando. Mensajes directos, sin rodeos:
“Estoy mojada pensando en ti.”
Él llegaba en menos de quince minutos, siempre con esa mezcla de culpa y hambre en los ojos. La segunda vez fue en la cocina. Ni siquiera llegamos al cuarto. Me levantó sobre la mesa, me abrió las piernas con urgencia y me comió ahí mismo, de rodillas en el piso frío, mientras yo me agarraba del borde y gemía su nombre bajito para no alertar a los vecinos. Su lengua era lenta al principio, explorando cada pliegue, luego rápida, succionando mi clítoris hasta que me corrí temblando, con las piernas apretándole la cabeza. Después se levantó, se bajó los pantalones y me penetró de un solo empujón, profundo, sin condón porque los dos sabíamos que estábamos jugando con fuego. Me folló fuerte, con embestidas que hacían temblar la mesa. Yo le clavaba las uñas en la espalda, le mordía la oreja.
—Dime que soy mejor que ella —le exigí entre jadeos, mientras él me embestía sin parar.
—Eres… mucho mejor… verga, Nicol… —gruñó contra mi boca, y eso me hizo correrme otra vez, apretándolo dentro de mí hasta que él se vino también, llenándome con chorros calientes que sentí gotear por mis muslos cuando salió.
La tercera vez fue en el baño. Lisset había salido a una fiesta y dijo que volvería tarde. Fernando me esperó en su casa, primero nos dimos un baño. Entré desnuda, el agua caliente cayendo sobre nosotros. Me puso de espaldas, las manos contra los azulejos fríos, y me tomó por detrás. Primero lento, disfrutando cómo entraba y salía, cómo mi culo rebotaba contra su pelvis. Luego más rápido, más salvaje. Me agarró del pelo, tiró mi cabeza hacia atrás y me besó el cuello mientras me follaba con fuerza. Yo empujaba hacia atrás, pidiéndole más, más profundo. Sus dedos bajaron a mi clítoris, frotándolo en círculos rápidos hasta que exploté de nuevo, gritando su nombre sin importarme si alguien escuchaba. Él se corrió dentro, apretándome las caderas con tanta fuerza que quedaron marcas rojas.
Después nos quedamos abrazados bajo el agua, respirando agitados. Me besó la frente, la nariz, la boca. Por un segundo pareció que iba a decir algo tierno, algo que no cabía en esta venganza. Pero no lo hizo. Solo murmuró:
—No puedo parar de pensar en ti.
Yo sonreí contra su pecho.
—Bien. Porque yo tampoco.
La cuarta vez fue la más peligrosa. Lisset estaba en casa, pero dormida arriba después de un turno doble. Fernando entró por la puerta a las dos de la mañana. Subimos al baño en silencio, como fantasmas. Cerré la puerta con llave, me quité la pijama en dos segundos y me incline para darle una mejor vista, con el culo bien abierto. Él se desnudó rápido, se puso atras y me penetró despacio, cubriéndome la boca con la mano para que no gritara. Fue una follada lenta pero intensa, cada embestida medida para no hacer ruido. Yo mordía su palma, gemía contra sus dedos. Él me susurraba al oído:
—Eres tan apretada… tan mojada para mí…
Levanté las caderas, pidiéndole más profundidad. Cambiamos de posición: en el suelo y yo encima, cabalgándolo. Me movía despacio al principio, girando las caderas, sintiendo cómo rozaba ese punto dentro de mí que me volvía loca. Luego más rápido, rebotando sobre él, mis tetas moviéndose con cada salto. Él me agarraba del culo, me ayudaba a subir y bajar, hasta que no aguantó más y me volteó de nuevo, poniéndome a cuatro patas. Me cogió muy duro, profundo, con una mano en mi nuca empujándome contra el mueble de las toallas para ahogar mis gemidos. Se corrió dentro otra vez, temblando, y yo me corrí con él, apretándolo tan fuerte que sentí cómo latía dentro.
Después se quedamos los dos sudados y jadeantes.
—Tengo que irme —susurró al fin.
—Ve —le dije—. Pero mañana vuelves.
Y volvió. Una y otra vez.
Fernando dejó de contestar mis mensajes después de eso. Lisset nunca supo. Él eligió. Tal vez el miedo. Tal vez la culpa.
Pero yo ya había ganado.
Porque cada vez que Lisset me mira ahora, no tiene idea de lo que pasó. Me lleno de exitacion y algo por dentro cada vez que recuerdo que su novio me prefirió a mí en la cama. Que me folló en cada rincón de esta casa y la suya mientras ella dormía o trabajaba.
Y eso, para mí, es suficiente venganza.
Por ahora.


0 comentarios - Como conejitos mi venganza