Nunca me habría imaginado que mi padre era tan liberal, mucho menos que se sacaba fotos y usaba dildos con mi madrastra. Ni hablar la impresión que me causó ver su pija gorda y ese glande redondo y enorme.
Obviamente las fotos fueron un antes y un después. Mi mente no descansaba y pensaba en esas fotos, en mí papá y en mi madrastra.
En junio me invitaron a su casa nueva, habían comprado un caserón con piscina y un enorme parque en las sierras puntanas. Fui solo, impulsado por el morbo. Los primeros días estuvimos todos, con mis dos hermanos y mis dos hermanastros. Hasta que tuve la oportunidad.
Al cabo de una semana mi padre llevaría a los cuatro hermanos al aeropuerto, en la capital. Era un viaje de cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta. Obviamente me apunté para ir, sabiendo que no cabíamos en el auto. No aguantaba el momento para quedarme a sola con ellas. En esa estadía, había estado horas mirándola en la piscina, viendo como las gotas de agua corrían por su cuerpo, sus tetas, el culo enorme. La ansiedad me consumía, hasta que se fueron y fui directamente a ella con una copa de vino: "tomá para relajar un poco, yo te ayudo a limpiar". La abracé, viendo su reacción. Ella me abrazó, me miró y se fue a sentar a su sillón.
Tomamos dos o tres copas, conversamos, nos reíamos hasta que dijo: "Voy a limpiar este desastre". Se puso ropa cómoda, yo me saqué la remera y me puse a ordenar, hasta que coincidimos en una habitación. "Que ritmo So, como hará el viejo para seguirte el tranco". Ella se sonrío y me dijo:
- Tu padre tiene más aguante de lo que crees.
- Seguro que sí, no creo que sea muy blandito.
- Bueno a veces si -y se río a carcajadas-.
- Y algún ayudín tiene que necesitar, cumple 50 el tipo.
- Sos zarpado, pendejo.
- No te das una idea, y eso que solo estamos conversando...
Me acerqué con una botella de agua y le di directamente en la boca. Ella bebió dejando que el agua caiga en su remera blanca. Se empapó entera dejando entrever su corpiño, y debajo las aureolas duras y rosadas.
- ¿Qué vas a hacer? -me dijo desafiante-
No respondí, atiné a buscar sus labios con mi boca y a besarla con pasión mientras tomaba su culo carnoso, pero firme, y la cinturita se sentía pequeña. Agarré la botella, vaciándola toda en su cuerpo. Sus pezones finalmente se irguieron del todo. Le saqué la remera y el sostén, viendo esos dos timbres duros. Ella llevó mi cara a sus pezones haciendo que los chupe, "toma toda la leche, bebito" me dijo. Me hizo succionarlos por minutos, uno y otro, mientras sentía su excitación que crecía y sus gemidos eran cada vez más largos e intensos.
Tomé distancia de ella y vi que estaba enteramente mojada, sus jugos chorreaban por entre su ropa interior, que le marcaba los labios de la vulva, exponiéndolos como una pata de camello. Le pasé la lengua por su hendija con la ropa interior puesta. Exudaba fluidos por toda su vagina, era salada y dulce, líquida y sabrosa.
La senté en la mesa con determinación ante su mirada sorprendida. Le puse la pija en la boca, llevándole el glande hasta la campanilla. La felación fue larga. Ella era toda una artista, me llevó al límite una y otra vez. Me pajeaba con la mano y haciendo un movimiento envolvente con su boca y lengua en mi glande. Así sin hacerme acabar, hasta que me sentó ella a mi, la agarró en su mano y se sentó en mi verga despacito, dándome la espalda. Durante un cuarto de hora me cogió así, dando sentones, llevando el ritmo una y otra vez. Hasta que le dije: me vas a hacer acabar, mamita. Entonces se volvió más loca, se dio vuelta, me agarró la pija, la puso entre sus enormes pechos, me metió un dedo en el culo casi sin lubricación hasta encontrar el punto g. Me acarició la prostata, mientras se llevaba la pija a su boca. "Dejamela adentro de la boca, bebito, toda".
Acabé como un animal. Los espasmos de mi verga no frenaban, era interminable. Ella, feliz, me mostró todo lo que tenía en su boca. Eran montones de semen. Se puso encima de mi boca me escupió apenas un poquito, y se tragó el resto. Yo solo pensaba que así debía ser el paraíso.
Obviamente las fotos fueron un antes y un después. Mi mente no descansaba y pensaba en esas fotos, en mí papá y en mi madrastra.
En junio me invitaron a su casa nueva, habían comprado un caserón con piscina y un enorme parque en las sierras puntanas. Fui solo, impulsado por el morbo. Los primeros días estuvimos todos, con mis dos hermanos y mis dos hermanastros. Hasta que tuve la oportunidad.
Al cabo de una semana mi padre llevaría a los cuatro hermanos al aeropuerto, en la capital. Era un viaje de cuatro horas de ida y otras cuatro de vuelta. Obviamente me apunté para ir, sabiendo que no cabíamos en el auto. No aguantaba el momento para quedarme a sola con ellas. En esa estadía, había estado horas mirándola en la piscina, viendo como las gotas de agua corrían por su cuerpo, sus tetas, el culo enorme. La ansiedad me consumía, hasta que se fueron y fui directamente a ella con una copa de vino: "tomá para relajar un poco, yo te ayudo a limpiar". La abracé, viendo su reacción. Ella me abrazó, me miró y se fue a sentar a su sillón.
Tomamos dos o tres copas, conversamos, nos reíamos hasta que dijo: "Voy a limpiar este desastre". Se puso ropa cómoda, yo me saqué la remera y me puse a ordenar, hasta que coincidimos en una habitación. "Que ritmo So, como hará el viejo para seguirte el tranco". Ella se sonrío y me dijo:
- Tu padre tiene más aguante de lo que crees.
- Seguro que sí, no creo que sea muy blandito.
- Bueno a veces si -y se río a carcajadas-.
- Y algún ayudín tiene que necesitar, cumple 50 el tipo.
- Sos zarpado, pendejo.
- No te das una idea, y eso que solo estamos conversando...
Me acerqué con una botella de agua y le di directamente en la boca. Ella bebió dejando que el agua caiga en su remera blanca. Se empapó entera dejando entrever su corpiño, y debajo las aureolas duras y rosadas.
- ¿Qué vas a hacer? -me dijo desafiante-
No respondí, atiné a buscar sus labios con mi boca y a besarla con pasión mientras tomaba su culo carnoso, pero firme, y la cinturita se sentía pequeña. Agarré la botella, vaciándola toda en su cuerpo. Sus pezones finalmente se irguieron del todo. Le saqué la remera y el sostén, viendo esos dos timbres duros. Ella llevó mi cara a sus pezones haciendo que los chupe, "toma toda la leche, bebito" me dijo. Me hizo succionarlos por minutos, uno y otro, mientras sentía su excitación que crecía y sus gemidos eran cada vez más largos e intensos.
Tomé distancia de ella y vi que estaba enteramente mojada, sus jugos chorreaban por entre su ropa interior, que le marcaba los labios de la vulva, exponiéndolos como una pata de camello. Le pasé la lengua por su hendija con la ropa interior puesta. Exudaba fluidos por toda su vagina, era salada y dulce, líquida y sabrosa.
La senté en la mesa con determinación ante su mirada sorprendida. Le puse la pija en la boca, llevándole el glande hasta la campanilla. La felación fue larga. Ella era toda una artista, me llevó al límite una y otra vez. Me pajeaba con la mano y haciendo un movimiento envolvente con su boca y lengua en mi glande. Así sin hacerme acabar, hasta que me sentó ella a mi, la agarró en su mano y se sentó en mi verga despacito, dándome la espalda. Durante un cuarto de hora me cogió así, dando sentones, llevando el ritmo una y otra vez. Hasta que le dije: me vas a hacer acabar, mamita. Entonces se volvió más loca, se dio vuelta, me agarró la pija, la puso entre sus enormes pechos, me metió un dedo en el culo casi sin lubricación hasta encontrar el punto g. Me acarició la prostata, mientras se llevaba la pija a su boca. "Dejamela adentro de la boca, bebito, toda".
Acabé como un animal. Los espasmos de mi verga no frenaban, era interminable. Ella, feliz, me mostró todo lo que tenía en su boca. Eran montones de semen. Se puso encima de mi boca me escupió apenas un poquito, y se tragó el resto. Yo solo pensaba que así debía ser el paraíso.
1 comentarios - Aventuras en familia II: Mi madrastra, Sonia