Bajo la piel de ella: El Despertar (Parte I)
Si tuviera que definir mi mapa del deseo, diría que es un territorio con dos orillas muy distintas. Por un lado están ellas, las nenas. Hay algo en su energía y estética que siempre me ha mantenido ahí, como un imán. Pero mi verdadera evolución ocurrió cuando dejé de lado los guiones y descubrí el placer de ser pasivo.
Mi historia no es solo sobre sexo; es una metamorfosis emocional. Siempre miré a las mujeres con fascinación y anhelo, queriendo entender qué se sentía habitar ese lugar de entrega y ser el centro del deseo ajeno. Al final, lo encontré en los brazos de hombres.
No busco a cualquiera. Me atrae la masculinidad ruda, hombres con novia o esposa; tipos que ante el mundo son el estándar de la virilidad. Conmigo, esa estructura se agrieta. Cuando soy pasivo, reclamo esa feminidad que tanto he admirado. Me permito ser frágil, suave y deseada. En la oscuridad del encuentro, me siento una de ellas; mi cuerpo se vuelve fluido y mi mente se apaga para dejar que el placer tome el control.
He llegado a conocer orgasmos que no nacen de mis manos, sino de esa conexión profunda al ser penetrado; un estallido eléctrico que me confirma que, en esa entrega total, soy exactamente quien quiero ser. Es el único lugar donde puedo ser totalmente egoísta con mi placer, donde mi única tarea es sentir cómo el control se me escapa.
El juego cambió cuando el dinero entró en la ecuación. Empezó con uno y siguió con otros. Ahora, disfruto de la doble satisfacción: el placer físico de ser reclamado y el poder de saber que estos hombres "intocables" reconocen mi valor económicamente. No me siento usado, me siento valorado. Soy la nena que ellos desean y la dueña absoluta de su deseo más oculto.
Al final, cuando el eco de la pasión se enfría, me miro al espejo y sonrío. El secreto está a salvo bajo mi piel. He dejado de ser un espectador para convertir la feminidad en mi propia herramienta de placer y poder
Si tuviera que definir mi mapa del deseo, diría que es un territorio con dos orillas muy distintas. Por un lado están ellas, las nenas. Hay algo en su energía y estética que siempre me ha mantenido ahí, como un imán. Pero mi verdadera evolución ocurrió cuando dejé de lado los guiones y descubrí el placer de ser pasivo.
Mi historia no es solo sobre sexo; es una metamorfosis emocional. Siempre miré a las mujeres con fascinación y anhelo, queriendo entender qué se sentía habitar ese lugar de entrega y ser el centro del deseo ajeno. Al final, lo encontré en los brazos de hombres.
No busco a cualquiera. Me atrae la masculinidad ruda, hombres con novia o esposa; tipos que ante el mundo son el estándar de la virilidad. Conmigo, esa estructura se agrieta. Cuando soy pasivo, reclamo esa feminidad que tanto he admirado. Me permito ser frágil, suave y deseada. En la oscuridad del encuentro, me siento una de ellas; mi cuerpo se vuelve fluido y mi mente se apaga para dejar que el placer tome el control.
He llegado a conocer orgasmos que no nacen de mis manos, sino de esa conexión profunda al ser penetrado; un estallido eléctrico que me confirma que, en esa entrega total, soy exactamente quien quiero ser. Es el único lugar donde puedo ser totalmente egoísta con mi placer, donde mi única tarea es sentir cómo el control se me escapa.
El juego cambió cuando el dinero entró en la ecuación. Empezó con uno y siguió con otros. Ahora, disfruto de la doble satisfacción: el placer físico de ser reclamado y el poder de saber que estos hombres "intocables" reconocen mi valor económicamente. No me siento usado, me siento valorado. Soy la nena que ellos desean y la dueña absoluta de su deseo más oculto.
Al final, cuando el eco de la pasión se enfría, me miro al espejo y sonrío. El secreto está a salvo bajo mi piel. He dejado de ser un espectador para convertir la feminidad en mi propia herramienta de placer y poder
1 comentarios - Bajo la piel de ella: el despertar parte 1