
No sé cómo describirlo. Fue como estar en medio de una tormenta, cómo un alud. Pero a la vez se sentía calma.
Cada orgasmo que la hacía tener era como estar de pie justo a lado del lugar donde anidan los truenos y después, solo una tibia y reconfortante lluvia sobre mi vientre, entre mis piernas, resbalando por mis dedos. Cada orgasmo que tuvo, en cada posición, era mejor que el anterior. Sus gemidos siguen resonando en mis oídos.
Esa tarde era nuestro segundo encuentro en persona. Ambos sabíamos que sucedería, no sabíamos cómo, ni dónde, pero queríamos que sucediera. Teníamos años pensando, fantaseando, deseando el momento.
Esa cómoda habitación de hotel fue testigo del canto de sirenas que eran los sonidos de placer que emanaban de nuestras bocas. La suya, hermosa, carnosa, tierna y con una perversión que solo de sentirla deslizarse por mi cuerpo me hacía sentir que esa erección sería tan grande que descarnaria mi piel.
Ella sabía cómo excitarme, yo no podía pensar más que en comérmela con pasión y deseo. Quería lamer todas esas partes de su cuerpo que por años me habían vuelto loco. Comencé a tocar su sexo bajo su ropa mientras disfrutaba de la forma en que me veía y perdía el aliento.
No quería desnudarla de inmediato. Siempre he disfrutado de quitar la ropa de a poco, y lo mejor, observar cada detalle de su lencería. Mi mente quería conservar el momento para siempre, pero mi cuerpo exigía el contacto. Mi pene me urgía a penetrarla fuerte y rápido.
Sus manos me desnudaron y cuando menos lo esperaba mi verga ya latía entre su mano. Su tacto suave y cálido era como una extensión de mi sexo. Ella sabía lo que hacía, cómo si hubiéramos cogido antes, casi como si conociera el manual de mi cuerpo., como si yo tuvieras las claves para hacer que se mojara sin aún haberla penetrado.
No pude evitarlo. Coloque mi mano sobre su nuca y la deslice sobre su cabeza. Su cabello inundaba el espacio entre mis dedos y cerré la mano, apreté y jalé delicadamente su cabello. Como una presa que se rinde ante su depredador, estiró su cuello y lo besé. Mi boca recorrió sus orejas, su cuello, sus labios, su pecho, su pecho, sus enormes y deliciosos senos, sus pezones duros jugueteaban en mi lengua...
Esas enormes y firmes tetas con las que tantas veces me habia masturbando, viéndolas solo en fotos. Estaban frente a mi, al fin. Mientras mi mano derecha continuaba tirando de su cabello, con la izquierda, aún húmeda de haber paseado entre su vagina, se dirigió hacia sus senos. Su piel terza y lisa facilitó que mi tacto reconociera sus crestas y valles.
No tardamos mucho en llevar nuestras bocas a nuestros genitales, sesenta y nueve razones teníamos para comernos nuestras partes. Sus ojos, sus bellos ojos. No sé que me ponía más duro, sentir la cálida humedad de su boca recorriendo mi miembro mientras me escupía y masturbaba con su mano y la otra acariciaba mi zona prostática y la entrada de mi ano, o esa mirada tierna que ahora me veía con pasión y perversidad.
Del Manual de Superación para Tramposos.
0 comentarios - Los hoteles son la puerta al Inframundo del deseo. Pt1