Todo esto sucedió hace algunos años.
El calor me tenía pegada al sofá. Llevaba puesta una camiseta vieja de Lisset que me llegaba casi a medio muslo, y nada más. Estaba aburrida, deslizando el dedo por el celular sin ver nada realmente, cuando sonó el timbre.
—Es Papá —dijo Lisset desde la cocina, como si ya lo tuviera todo planeado.
Mi corazón dio un salto. Papi. El que nos llevaba a conciertos cuando éramos más chicas, el que nos ayudó a aprender a bailar. El que últimamente me miraba de una forma que me hacía sentir un cosquilleo raro en el estómago. Tenía al rededor de 50 años, pero no se veía viejo. Se veía… seguro. Fuerte. Como alguien que sabe exactamente lo que hace.
Entró con una bolsa de hielo y cervezas. Sonrió de esa manera suya, tranquila, como si supiera un secreto que todavía no nos contaba.
—Refuerzos —dijo, levantando la bolsa.
Lisset le quitó la bolsa y fue a la cocina. Yo me incorporé un poco, crucé las piernas. Sentí que la camiseta se subía un poco más y no hice nada por bajarla.
Papá se sentó frente a mí, en el sillón. Me miró directo.
—¿Cómo va el día de vacaciones? —preguntó.
—Aburrido —contesté, y me salió más ronco de lo que quería—. Hasta ahora.
Lisset regresó con las cervezas abiertas. Se sentó a mi lado, tan pegada que sentí el calor de su muslo contra el mío. Le dio un trago largo a la suya y luego soltó, sin más:
—Anoche Nicol me dijo algo.
Papá arqueó una ceja. Me miró.
—¿Algo interesante?
Sentí que la cara me ardía. Miré a Lisset pidiéndole con los ojos que no me dejara sola en esto. Ella me puso una mano en la rodilla, suave.
—Le dije que… nunca he estado con nadie —murmuré—. Y que no quiero que sea con cualquier idiota de la uni.
El no se movió. Solo me observó, serio.
—¿Y qué quieres, Nicol?
Tragué saliva. Las palabras se me atoraron un segundo.
—Quiero que sea con alguien que me respete. Que sepa lo que hace. Y… —miré a Lisset— que me ame.
Lisset me acarició el pelo detrás de la oreja.
—Papi nunca dejaría que su nenita sufra —dijo bajito
Él soltó una risa corta, casi incrédula.
—¿Me están pidiendo lo que creo?
Asentimos las dos al mismo tiempo.
Se quedó callado unos segundos. Luego se inclinó hacia adelante.
—Solo lo digo una vez: si en cualquier momento alguna dice “para”, paramos. Sin dramas. ¿Entendido?
—Sí —dijo Lisset.
—Sí —dije yo, aunque me salió más bajito.
Se levantó, fue a la puerta, puso el cerrojo. Regresó y se sentó justo en medio del sofá. Entre nosotras. El espacio se hizo chiquito de golpe.
Empezó por Lisset. La besó despacio, con calma. Yo los miraba, respirando rápido, con las manos apretadas en el regazo. Sentí que algo se me humedecía entre las piernas solo de verlos.
Luego papá se giró hacia mí.
—¿Quieres mirar primero o participar ya?
Dudé solo un segundo.
—Participar.
Me tomó la cara con las dos manos y me besó. Fue lento, controlado, como si quisiera enseñarme cada movimiento. Gemí contra su boca sin poder evitarlo. Nunca me habían besado así.
Lisset se acercó por detrás, me besó el cuello mientras me subía la camiseta. Cuando me la quitaron, me cubrí los pechos con los brazos por instinto.
—No te tapes —susurró Lisset—. Eres hermosa.
El me apartó los brazos con suavidad. Bajó la boca a uno de mis pezones. Sentí una corriente eléctrica que me hizo arquear la espalda y soltar un jadeo largo. Lisset metió la mano dentro de mi short.
—¿Estás mojada? —preguntó contra mis labios.
Asentí, temblando.
Papá levantó la vista.
—¿Quieres que te quitemos todo o vamos más despacio?
—Quítamelo todo —dije, y me sorprendí de lo decidida que soné.
Entre los dos me bajaron el short y la ropa interior. Quedé desnuda, sentada en el sofá, con las piernas un poco abiertas. El corazón me latía en los oídos.
Papá se arrodilló frente a mí, me abrió más las piernas y se inclinó. Cuando su lengua me tocó ahí abajo por primera vez, solté un grito ahogado y agarré el pelo de Lisset con fuerza. Era demasiado. Demasiado bueno. Me lamía despacio, en círculos, subiendo y bajando, deteniéndose justo cuando sentía que iba a explotar.
Lisset se quitó la ropa mientras yo me retorcía. Se sentó a un lado y empezó a tocarse, mirándonos.
—Papi… no pares… —supliqué.
No paró. Me llevó al borde dos veces y se detuvo. Estaba casi llorando de ganas cuando por fin se incorporó. Se quitó la camiseta, los jeans. Vi su erección presionando el bóxer y se me secó la boca.
—¿Estás segura? —preguntó una última vez.
Asentí, mirándolo a los ojos.
—Quiero sentirte dentro.
Lisset me puso una almohada debajo de la cadera. Me susurró al oído:
—Respira hondo. La primera vez duele un poquito, pero luego se pone increíble.
Papá se colocó entre mis piernas. Se lubricó con mi propia humedad y empujó despacio. Contuve el aliento. Dolía, pero era un dolor raro, mezclado con algo más grande. Se detuvo a la mitad.
—¿Todo bien?
—Sigue… por favor.
Empujó hasta el fondo. Solté un gemido largo. Lisset me besaba la frente, el cuello, y empezó a acariciarme el clítoris en círculos suaves. Eso ayudó muchísimo. El dolor se fue diluyendo y empezó a sentirse… lleno. Bien. Muy bien.
El empezó a moverse, lento al principio. Luego más profundo. Mis caderas subían solas al encuentro de las suyas. Lisset se colocó detrás de él, le besaba la espalda mientras él me cogia.
En un momento abrí los ojos y la miré.
—Quiero… que tú también…
Ella entendió. Se puso de rodillas junto a mi cabeza y bajó su sexo hasta mi boca. Saqué la lengua, torpe al principio, pero pronto encontré el ritmo. Sabía salado y dulce al mismo tiempo. Lisset gemía bajito mientras yo la lamía.
Todo se volvió frenético. Papi aceleró, gruñendo. Lisset se vino primero, temblando y agarrándome el pelo. Eso me empujó a mí. Sentí que algo se rompía dentro, una ola enorme que me hizo gritar contra su piel. Papá se salió justo a tiempo y se corrió sobre mi vientre, caliente y espeso.
Nos quedamos quietos un momento, jadeando.
Lisset se inclinó y me besó, saboreándose a sí misma en mis labios.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sonreí, todavía temblando.
—Mucho mejor que bien.
Luego papá se recostó a un lado y nos atrajo a las dos contra su pecho.
—Creo que vamos a tener que hacer esto con frecuencia—dijo con voz ronca.
Lisset y yo nos miramos y reímos bajito.
—Sí —dije yo—. Definitivamente.
El calor me tenía pegada al sofá. Llevaba puesta una camiseta vieja de Lisset que me llegaba casi a medio muslo, y nada más. Estaba aburrida, deslizando el dedo por el celular sin ver nada realmente, cuando sonó el timbre.
—Es Papá —dijo Lisset desde la cocina, como si ya lo tuviera todo planeado.
Mi corazón dio un salto. Papi. El que nos llevaba a conciertos cuando éramos más chicas, el que nos ayudó a aprender a bailar. El que últimamente me miraba de una forma que me hacía sentir un cosquilleo raro en el estómago. Tenía al rededor de 50 años, pero no se veía viejo. Se veía… seguro. Fuerte. Como alguien que sabe exactamente lo que hace.
Entró con una bolsa de hielo y cervezas. Sonrió de esa manera suya, tranquila, como si supiera un secreto que todavía no nos contaba.
—Refuerzos —dijo, levantando la bolsa.
Lisset le quitó la bolsa y fue a la cocina. Yo me incorporé un poco, crucé las piernas. Sentí que la camiseta se subía un poco más y no hice nada por bajarla.
Papá se sentó frente a mí, en el sillón. Me miró directo.
—¿Cómo va el día de vacaciones? —preguntó.
—Aburrido —contesté, y me salió más ronco de lo que quería—. Hasta ahora.
Lisset regresó con las cervezas abiertas. Se sentó a mi lado, tan pegada que sentí el calor de su muslo contra el mío. Le dio un trago largo a la suya y luego soltó, sin más:
—Anoche Nicol me dijo algo.
Papá arqueó una ceja. Me miró.
—¿Algo interesante?
Sentí que la cara me ardía. Miré a Lisset pidiéndole con los ojos que no me dejara sola en esto. Ella me puso una mano en la rodilla, suave.
—Le dije que… nunca he estado con nadie —murmuré—. Y que no quiero que sea con cualquier idiota de la uni.
El no se movió. Solo me observó, serio.
—¿Y qué quieres, Nicol?
Tragué saliva. Las palabras se me atoraron un segundo.
—Quiero que sea con alguien que me respete. Que sepa lo que hace. Y… —miré a Lisset— que me ame.
Lisset me acarició el pelo detrás de la oreja.
—Papi nunca dejaría que su nenita sufra —dijo bajito
Él soltó una risa corta, casi incrédula.
—¿Me están pidiendo lo que creo?
Asentimos las dos al mismo tiempo.
Se quedó callado unos segundos. Luego se inclinó hacia adelante.
—Solo lo digo una vez: si en cualquier momento alguna dice “para”, paramos. Sin dramas. ¿Entendido?
—Sí —dijo Lisset.
—Sí —dije yo, aunque me salió más bajito.
Se levantó, fue a la puerta, puso el cerrojo. Regresó y se sentó justo en medio del sofá. Entre nosotras. El espacio se hizo chiquito de golpe.
Empezó por Lisset. La besó despacio, con calma. Yo los miraba, respirando rápido, con las manos apretadas en el regazo. Sentí que algo se me humedecía entre las piernas solo de verlos.
Luego papá se giró hacia mí.
—¿Quieres mirar primero o participar ya?
Dudé solo un segundo.
—Participar.
Me tomó la cara con las dos manos y me besó. Fue lento, controlado, como si quisiera enseñarme cada movimiento. Gemí contra su boca sin poder evitarlo. Nunca me habían besado así.
Lisset se acercó por detrás, me besó el cuello mientras me subía la camiseta. Cuando me la quitaron, me cubrí los pechos con los brazos por instinto.
—No te tapes —susurró Lisset—. Eres hermosa.
El me apartó los brazos con suavidad. Bajó la boca a uno de mis pezones. Sentí una corriente eléctrica que me hizo arquear la espalda y soltar un jadeo largo. Lisset metió la mano dentro de mi short.
—¿Estás mojada? —preguntó contra mis labios.
Asentí, temblando.
Papá levantó la vista.
—¿Quieres que te quitemos todo o vamos más despacio?
—Quítamelo todo —dije, y me sorprendí de lo decidida que soné.
Entre los dos me bajaron el short y la ropa interior. Quedé desnuda, sentada en el sofá, con las piernas un poco abiertas. El corazón me latía en los oídos.
Papá se arrodilló frente a mí, me abrió más las piernas y se inclinó. Cuando su lengua me tocó ahí abajo por primera vez, solté un grito ahogado y agarré el pelo de Lisset con fuerza. Era demasiado. Demasiado bueno. Me lamía despacio, en círculos, subiendo y bajando, deteniéndose justo cuando sentía que iba a explotar.
Lisset se quitó la ropa mientras yo me retorcía. Se sentó a un lado y empezó a tocarse, mirándonos.
—Papi… no pares… —supliqué.
No paró. Me llevó al borde dos veces y se detuvo. Estaba casi llorando de ganas cuando por fin se incorporó. Se quitó la camiseta, los jeans. Vi su erección presionando el bóxer y se me secó la boca.
—¿Estás segura? —preguntó una última vez.
Asentí, mirándolo a los ojos.
—Quiero sentirte dentro.
Lisset me puso una almohada debajo de la cadera. Me susurró al oído:
—Respira hondo. La primera vez duele un poquito, pero luego se pone increíble.
Papá se colocó entre mis piernas. Se lubricó con mi propia humedad y empujó despacio. Contuve el aliento. Dolía, pero era un dolor raro, mezclado con algo más grande. Se detuvo a la mitad.
—¿Todo bien?
—Sigue… por favor.
Empujó hasta el fondo. Solté un gemido largo. Lisset me besaba la frente, el cuello, y empezó a acariciarme el clítoris en círculos suaves. Eso ayudó muchísimo. El dolor se fue diluyendo y empezó a sentirse… lleno. Bien. Muy bien.
El empezó a moverse, lento al principio. Luego más profundo. Mis caderas subían solas al encuentro de las suyas. Lisset se colocó detrás de él, le besaba la espalda mientras él me cogia.
En un momento abrí los ojos y la miré.
—Quiero… que tú también…
Ella entendió. Se puso de rodillas junto a mi cabeza y bajó su sexo hasta mi boca. Saqué la lengua, torpe al principio, pero pronto encontré el ritmo. Sabía salado y dulce al mismo tiempo. Lisset gemía bajito mientras yo la lamía.
Todo se volvió frenético. Papi aceleró, gruñendo. Lisset se vino primero, temblando y agarrándome el pelo. Eso me empujó a mí. Sentí que algo se rompía dentro, una ola enorme que me hizo gritar contra su piel. Papá se salió justo a tiempo y se corrió sobre mi vientre, caliente y espeso.
Nos quedamos quietos un momento, jadeando.
Lisset se inclinó y me besó, saboreándose a sí misma en mis labios.
—¿Estás bien? —preguntó.
Sonreí, todavía temblando.
—Mucho mejor que bien.
Luego papá se recostó a un lado y nos atrajo a las dos contra su pecho.
—Creo que vamos a tener que hacer esto con frecuencia—dijo con voz ronca.
Lisset y yo nos miramos y reímos bajito.
—Sí —dije yo—. Definitivamente.
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