Me llamo Maximiliano, o Max para los amigos y para mi esposa Dayami. Tengo 35 años, soy ingeniero en informática y trabajo desde casa para una empresa canadiense que desarrolla software de seguridad. Es un buen empleo: estable, bien pagado, y me permite estar cerca de Dayami, la mujer de mi vida. Nos casamos hace ocho años, justo después de que ella terminara su maestría en procesos industriales. Dayami es una fuerza de la naturaleza: 34 años, curvas que podrían detener el tráfico en la frontera de Tijuana, donde vivimos. Su piel morena clara, ojos oscuros penetrantes, labios carnosos siempre pintados de rojo intenso, y ese cabello negro largo que cae como una cascada. Es ingeniera, jefa de área en una maquiladora gigante de autopartes, y su dedicación al trabajo es absoluta. No hemos tenido hijos aún; ella dice que quiere enfocarse en su carrera, ascender más, y yo la apoyo, aunque en el fondo anhelo ser padre. Soy un tipo blanco, delgado pero atlético gracias al gimnasio en casa, inteligente, atento. La amo con todo mi ser, y nuestra vida sexual es… intensa. Dayami es apasionada, dominante en la cama, y yo me entrego a ella completamente.
Todo empezó en una cena casual en nuestra casa, aquí en Tijuana, cerca de la zona industrial donde trabaja Dayami. Invitamos a su mejor amiga Fernanda y a su marido Saul. Fernanda, o Fer como la llamamos, es la jefa de recursos humanos en la misma maquiladora. No es tan exuberante como Dayami –su figura es más delgada, piel morena oscura, ojos miel con un fleco que le da un aire juguetón, y siempre viste impecable, con blusas ajustadas y faldas que realzan su elegancia–, pero es guapa y lista. Saul, su esposo, es un tipo gordito, blanco como yo, con una barba descuidada y una risa contagiosa. Es buena onda, siempre tiene un chiste o un tema de conversación, pero he notado cómo mira a Dayami: con una lujuria disimulada, recorriendo sus curvas con los ojos cuando cree que nadie se da cuenta. No lo culpo; mi esposa es un imán. Esa noche, preparamos tacos al pastor y cervezas frías. Saul y yo nos instalamos en la sala con el partido de fútbol en la tele –América contra Cruz Azul, un clásico–, mientras las chicas charlaban en la cocina, riendo y sirviendo más guacamole.
No prestaba mucha atención al juego. Mi mente estaba en Dayami, como siempre. Escuché fragmentos de su conversación, y algo me picó la curiosidad. Fernanda le preguntaba: “¿Cómo van las cosas con Don Ramírez, el supervisor del área?”. Dayami suspiró, con esa voz ronca que me enciende. “Es un gilipollas, Fer. Un tipo grosero, machista, que cree que solo él tiene la razón. No quiere acatar mis órdenes, como si yo no supiera lo que hago”. Fernanda rio suavemente. “Es vieja escuela, ya tiene 57 años ,Ya no entenderá cómo funcionan las cosas ahora. Un misogino de manual”. Dayami resopló. “Sí, y no lo podemos correr. Lleva mucho tiempo en la empresa, fue la mano derecha del Lic. Zelada antes de que se retirara. Tendré que aguantarlo 3 años más hasta que se jubile”. Fernanda asintió. “Aguanta, amiga. Siempre discutes con él, ¿verdad? Se pasa los procesos por el arco del triunfo”. Dayami se quejó más: “Exacto. Ignora mis protocolos de eficiencia, y la producción sufre por su culpa. Si no cambia, perdemos clientes”.
Yo fingía ver el partido, pero mi polla se endurecía solo de imaginar a mi esposa en esa dinámica de poder. Dayami es una líder nata, controladora, fuerte. La idea de que un hombre mayor, rudo como Don Ramírez –un tipo de 57 años, la desafiara… me excitaba de una forma extraña. Saul comentaba el juego, pero yo solo asentía, mi mente en esa tensión.
Pasaron unos días. Era un martes por la noche cuando Dayami llegó a casa después del trabajo. La oí entrar, tacones resonando en el piso de cerámica. Pero algo andaba mal: su rostro estaba rojo, ojos hinchados, y lágrimas corrían por sus mejillas. La abracé de inmediato, sintiendo su cuerpo voluptuoso presionarse contra mí. Sus pechos grandes, firmes, se aplastaban contra mi torso; su culo redondo y prominente se ajustaba perfectamente a mis manos. “Cariño, ¿qué pasa?”, le pregunté, besando su cuello. Ella sollozó un poco más antes de hablar. “Discutí fuerte con ese tipo, Don Ramírez. Su terquedad está bajando la producción. No vamos a entregar el pedido a la empresa norteamericana a tiempo. A este paso, optarán por una maquila china, y todo mi esfuerzo se irá al carajo”. La consolé, acariciando su espalda, pero en mi interior bullía la curiosidad. Dayami nunca lloraba; era dura, dominante. ¿Qué había pasado exactamente en esa discusión? Imaginé al viejo Ramírez, con su físico imponente –alto, musculoso pese a la edad, canas en las sienes, voz grave–, enfrentándola. ¿La habría mirado con desprecio? ¿O con algo más? Mi mente divagaba hacia terrenos oscuros, eróticos. Esa noche, follamos con una intensidad brutal. Dayami me montó, sus caderas moviéndose con furia, gritando mi nombre mientras yo la agarraba por las nalgas, pero en mi cabeza, flashes de esa confrontación la hacían aún más salvaje.

Dos días después, el jueves, Dayami me llamó al mediodía. “Amor, ¿puedes pasar a recogerme al trabajo? Mi auto sigue en el taller, ese maldito mecánico no lo termina”. Accedí encantado. Siempre me gustaba ir a la maquiladora; era un mundo ajeno al mío, lleno de ruido de máquinas, obreros en uniformes azules, y el olor a metal y aceite. Llegué a las 6 pm, crucé la frontera industrial de Tijuana –ese caos de camiones y vendedores ambulantes–, y entré al edificio principal. Me senté en la sala de espera para ejecutivos, un lugar cómodo con sofás de cuero y revistas viejas. Desde allí, una ventana grande daba vista al piso de producción abajo: líneas de ensamblaje, trabajadores moviéndose como hormigas, luces fluorescentes iluminando todo.
Estaba revisando mi teléfono cuando lo vi. Abajo, en el área de maquila, Dayami discutía con un hombre mayor. Era ella, sin duda: llevaba ese traje enterizo de mezclilla que me volvía loco. Ajustado como una segunda piel, el denim ceñía sus curvas exageradas –pechos desbordando el escote profundo con botones a punto de estallar, cintura estrecha, caderas anchas y un culo que parecía esculpido por un dios pervertido. Su ponytail alta se balanceaba con cada gesto airado. El hombre frente a ella era Don Ramírez, no cabía duda: alto negro , fornido, con camisa azul de la empresa arremangada mostrando brazos musculosos, pantalones de trabajo, y una expresión dura. Tenía 57 años, pero se veía vital, como un toro viejo pero aún poderoso. Canas en el pelo corto, barba incipiente, y una postura dominante.

La discusión era intensa. Desde arriba, no oía las palabras, pero sus cuerpos lo decían todo. Dayami gesticulaba con las manos, señalando una máquina parada, su rostro furioso, labios rojos moviéndose rápido. Ramírez la enfrentaba, brazos cruzados, negando con la cabeza, su mirada fija en ella –no solo en sus ojos, sino recorriendo su cuerpo, deteniéndose en el escote, en las caderas. Dayami se acercó más, invadiendo su espacio, y él no retrocedió. En un momento, ella lo señaló al pecho, y él agarró su muñeca suavemente pero firme, deteniéndola. Mi corazón latió fuerte. ¿Era agresión? ¿O algo más? Dayami se soltó, pero no se alejó; al contrario, se quedó cerca, sus pechos casi tocando el torso de él. La tensión era palpable, eléctrica. Otros trabajadores miraban de reojo, pero seguían trabajando. Ramírez dijo algo, y Dayami rio sarcástica, pero sus ojos… brillaban de una forma que conocía bien: desafío mezclado con algo primal.
Mi polla se endureció en los pantalones. Estaba celoso, sí, pero excitado. Imaginé lo que pasaba por la mente de ese viejo cabrón: Dayami, la jefa joven y exuberante, ordenándole, y él resistiéndose. ¿La deseaba? Claro que sí. Todo hombre la deseaba. Me quedé ahí, hipnotizado, hasta que Dayami miró hacia arriba, me vio, y su expresión cambió. Bajó, me besó en la mejilla. “Vamos, amor. Fue un día de mierda”. En el camino a casa, me contó: “Ese imbécil de Ramírez otra vez. Ignoró mi orden de recalibrar las líneas. Dice que ‘así se ha hecho siempre’. Tuve que gritarle frente a todos”. No mencionó el agarre de la muñeca. Yo conducía, asintiendo, pero mi mente reproducía la escena una y otra vez. Esa noche, en la cama, la follé con una pasión renovada, imaginando que era él quien la dominaba. Dayami gimió más fuerte que nunca, arañándome la espalda. “¿Qué te pasa hoy, Max? Estás como un animal”. Sonreí. “Solo te amo”.
Los dias siguientes algo había cambiado. Al día siguiente, viernes, Dayami llegó tarde del trabajo. Dijo que había tenido una reunión de emergencia con Ramírez para “resolver” el problema de producción. Estaba exhausta, sus mejillas rojas, y se veia cansada . Me besó profundo, y se encerró en la habitación, la note muy rara .
Los fines de semana eran nuestros. Fuimos a la playa en Rosarito, pero mi mente volvía a esa fábrica. El lunes, Dayami se vistió con una falda ajustada ,una blusa ligera con escote y tacones altos. “Hoy tengo que imponer autoridad”, dijo guiñándome. La llevé al trabajo, y mientras esperaba en el estacionamiento, vi a Ramírez salir de su camioneta vieja. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo; él sonrió con sorna, como si supiera algo. Dayami bajó, y lo saludó fríamente antes de entrar.

Esa semana, las discusiones continuaron. Dayami llegaba frustrada, pero también… energizada. Una noche, después de cenar, me confesó: “Ramírez es un cerdo, . Hoy me retó haciéndome a un lado para ‘mostrarme’ cómo se hace. Sus manos son ásperas, callosas”. Lo dijo con asco, pero sus pezones se endurecieron bajo la blusa. La besé, y terminamos en el sofá, mirando películas.
Pasaron días. Fernanda me llamó un mediodía: “Max, ¿todo bien con Dayami? Me contó que Ramírez la está volviendo loca”. Le dije que sí, pero noté su tono chismoso, como si ella supiera algo que no queria decirme . Esa tarde, al recoger a Dayami, me estacione alejado y la vi salir con él. Caminaban juntos hacia el estacionamiento, ya no discutían, ahora estaban más cerca, sus cuerpos casi rozándose. Ramírez la miró de arriba abajo, y ella no se apartó. Subió al auto conmigo, como sorprendida de que la había visto .


Esa noche, la confronté suavemente: “Vi que salías con Ramírez”. Ella rio. “Solo terminando la discusión. Es un idiota, pero… quizás pueda manejarlo”. Esa noche Follamos , ella estaba muy caliente . Dayami gritó, arañándome, y por primera vez, murmuró un nombre que no era el mío: “Ram…”. Se corrigió rápido: “Max, sí, Max”. Pero lo oí.
La curiosidad se convirtió en obsesión. Instalé una app en su teléfono para rastrear sus mensajes –soy informático, después de todo–. Nada al principio, pero luego, un mensaje de un número desconocido: “Mañana, esperame en tu oficina. ”. Era él. Dayami respondió: “Está bien. Pero mis reglas”.
Al día siguiente, llegue mucho antes de su salida , Esperé en la sala, mirando por la ventana. La vi entrar a una oficina apartada con Ramírez. La puerta se cerró. Pasaron 45 minutos. Cuando salió, su maquillaje estaba corrido y sudada . La señora del aseo que andaba limpiando la sala detras de mi , dijo, - mira pinche viejo de ramirez , ya se anda hechando a la jefa … la señora por supuesto, no sabia quien era yo
Se me hizo un nudo en el estomago , decidi esperarla en el estacionamiento , cuando subio al auto, ella dijo Resuelto”, ya todo estará mejor y me beso , Pero su aliento olía diferente.
Sabía que algo pasaba. Y, Dios, me excitaba. Continuará…
Todo empezó en una cena casual en nuestra casa, aquí en Tijuana, cerca de la zona industrial donde trabaja Dayami. Invitamos a su mejor amiga Fernanda y a su marido Saul. Fernanda, o Fer como la llamamos, es la jefa de recursos humanos en la misma maquiladora. No es tan exuberante como Dayami –su figura es más delgada, piel morena oscura, ojos miel con un fleco que le da un aire juguetón, y siempre viste impecable, con blusas ajustadas y faldas que realzan su elegancia–, pero es guapa y lista. Saul, su esposo, es un tipo gordito, blanco como yo, con una barba descuidada y una risa contagiosa. Es buena onda, siempre tiene un chiste o un tema de conversación, pero he notado cómo mira a Dayami: con una lujuria disimulada, recorriendo sus curvas con los ojos cuando cree que nadie se da cuenta. No lo culpo; mi esposa es un imán. Esa noche, preparamos tacos al pastor y cervezas frías. Saul y yo nos instalamos en la sala con el partido de fútbol en la tele –América contra Cruz Azul, un clásico–, mientras las chicas charlaban en la cocina, riendo y sirviendo más guacamole.
No prestaba mucha atención al juego. Mi mente estaba en Dayami, como siempre. Escuché fragmentos de su conversación, y algo me picó la curiosidad. Fernanda le preguntaba: “¿Cómo van las cosas con Don Ramírez, el supervisor del área?”. Dayami suspiró, con esa voz ronca que me enciende. “Es un gilipollas, Fer. Un tipo grosero, machista, que cree que solo él tiene la razón. No quiere acatar mis órdenes, como si yo no supiera lo que hago”. Fernanda rio suavemente. “Es vieja escuela, ya tiene 57 años ,Ya no entenderá cómo funcionan las cosas ahora. Un misogino de manual”. Dayami resopló. “Sí, y no lo podemos correr. Lleva mucho tiempo en la empresa, fue la mano derecha del Lic. Zelada antes de que se retirara. Tendré que aguantarlo 3 años más hasta que se jubile”. Fernanda asintió. “Aguanta, amiga. Siempre discutes con él, ¿verdad? Se pasa los procesos por el arco del triunfo”. Dayami se quejó más: “Exacto. Ignora mis protocolos de eficiencia, y la producción sufre por su culpa. Si no cambia, perdemos clientes”.
Yo fingía ver el partido, pero mi polla se endurecía solo de imaginar a mi esposa en esa dinámica de poder. Dayami es una líder nata, controladora, fuerte. La idea de que un hombre mayor, rudo como Don Ramírez –un tipo de 57 años, la desafiara… me excitaba de una forma extraña. Saul comentaba el juego, pero yo solo asentía, mi mente en esa tensión.
Pasaron unos días. Era un martes por la noche cuando Dayami llegó a casa después del trabajo. La oí entrar, tacones resonando en el piso de cerámica. Pero algo andaba mal: su rostro estaba rojo, ojos hinchados, y lágrimas corrían por sus mejillas. La abracé de inmediato, sintiendo su cuerpo voluptuoso presionarse contra mí. Sus pechos grandes, firmes, se aplastaban contra mi torso; su culo redondo y prominente se ajustaba perfectamente a mis manos. “Cariño, ¿qué pasa?”, le pregunté, besando su cuello. Ella sollozó un poco más antes de hablar. “Discutí fuerte con ese tipo, Don Ramírez. Su terquedad está bajando la producción. No vamos a entregar el pedido a la empresa norteamericana a tiempo. A este paso, optarán por una maquila china, y todo mi esfuerzo se irá al carajo”. La consolé, acariciando su espalda, pero en mi interior bullía la curiosidad. Dayami nunca lloraba; era dura, dominante. ¿Qué había pasado exactamente en esa discusión? Imaginé al viejo Ramírez, con su físico imponente –alto, musculoso pese a la edad, canas en las sienes, voz grave–, enfrentándola. ¿La habría mirado con desprecio? ¿O con algo más? Mi mente divagaba hacia terrenos oscuros, eróticos. Esa noche, follamos con una intensidad brutal. Dayami me montó, sus caderas moviéndose con furia, gritando mi nombre mientras yo la agarraba por las nalgas, pero en mi cabeza, flashes de esa confrontación la hacían aún más salvaje.

Dos días después, el jueves, Dayami me llamó al mediodía. “Amor, ¿puedes pasar a recogerme al trabajo? Mi auto sigue en el taller, ese maldito mecánico no lo termina”. Accedí encantado. Siempre me gustaba ir a la maquiladora; era un mundo ajeno al mío, lleno de ruido de máquinas, obreros en uniformes azules, y el olor a metal y aceite. Llegué a las 6 pm, crucé la frontera industrial de Tijuana –ese caos de camiones y vendedores ambulantes–, y entré al edificio principal. Me senté en la sala de espera para ejecutivos, un lugar cómodo con sofás de cuero y revistas viejas. Desde allí, una ventana grande daba vista al piso de producción abajo: líneas de ensamblaje, trabajadores moviéndose como hormigas, luces fluorescentes iluminando todo.
Estaba revisando mi teléfono cuando lo vi. Abajo, en el área de maquila, Dayami discutía con un hombre mayor. Era ella, sin duda: llevaba ese traje enterizo de mezclilla que me volvía loco. Ajustado como una segunda piel, el denim ceñía sus curvas exageradas –pechos desbordando el escote profundo con botones a punto de estallar, cintura estrecha, caderas anchas y un culo que parecía esculpido por un dios pervertido. Su ponytail alta se balanceaba con cada gesto airado. El hombre frente a ella era Don Ramírez, no cabía duda: alto negro , fornido, con camisa azul de la empresa arremangada mostrando brazos musculosos, pantalones de trabajo, y una expresión dura. Tenía 57 años, pero se veía vital, como un toro viejo pero aún poderoso. Canas en el pelo corto, barba incipiente, y una postura dominante.

La discusión era intensa. Desde arriba, no oía las palabras, pero sus cuerpos lo decían todo. Dayami gesticulaba con las manos, señalando una máquina parada, su rostro furioso, labios rojos moviéndose rápido. Ramírez la enfrentaba, brazos cruzados, negando con la cabeza, su mirada fija en ella –no solo en sus ojos, sino recorriendo su cuerpo, deteniéndose en el escote, en las caderas. Dayami se acercó más, invadiendo su espacio, y él no retrocedió. En un momento, ella lo señaló al pecho, y él agarró su muñeca suavemente pero firme, deteniéndola. Mi corazón latió fuerte. ¿Era agresión? ¿O algo más? Dayami se soltó, pero no se alejó; al contrario, se quedó cerca, sus pechos casi tocando el torso de él. La tensión era palpable, eléctrica. Otros trabajadores miraban de reojo, pero seguían trabajando. Ramírez dijo algo, y Dayami rio sarcástica, pero sus ojos… brillaban de una forma que conocía bien: desafío mezclado con algo primal.
Mi polla se endureció en los pantalones. Estaba celoso, sí, pero excitado. Imaginé lo que pasaba por la mente de ese viejo cabrón: Dayami, la jefa joven y exuberante, ordenándole, y él resistiéndose. ¿La deseaba? Claro que sí. Todo hombre la deseaba. Me quedé ahí, hipnotizado, hasta que Dayami miró hacia arriba, me vio, y su expresión cambió. Bajó, me besó en la mejilla. “Vamos, amor. Fue un día de mierda”. En el camino a casa, me contó: “Ese imbécil de Ramírez otra vez. Ignoró mi orden de recalibrar las líneas. Dice que ‘así se ha hecho siempre’. Tuve que gritarle frente a todos”. No mencionó el agarre de la muñeca. Yo conducía, asintiendo, pero mi mente reproducía la escena una y otra vez. Esa noche, en la cama, la follé con una pasión renovada, imaginando que era él quien la dominaba. Dayami gimió más fuerte que nunca, arañándome la espalda. “¿Qué te pasa hoy, Max? Estás como un animal”. Sonreí. “Solo te amo”.
Los dias siguientes algo había cambiado. Al día siguiente, viernes, Dayami llegó tarde del trabajo. Dijo que había tenido una reunión de emergencia con Ramírez para “resolver” el problema de producción. Estaba exhausta, sus mejillas rojas, y se veia cansada . Me besó profundo, y se encerró en la habitación, la note muy rara .
Los fines de semana eran nuestros. Fuimos a la playa en Rosarito, pero mi mente volvía a esa fábrica. El lunes, Dayami se vistió con una falda ajustada ,una blusa ligera con escote y tacones altos. “Hoy tengo que imponer autoridad”, dijo guiñándome. La llevé al trabajo, y mientras esperaba en el estacionamiento, vi a Ramírez salir de su camioneta vieja. Nuestras miradas se cruzaron por un segundo; él sonrió con sorna, como si supiera algo. Dayami bajó, y lo saludó fríamente antes de entrar.

Esa semana, las discusiones continuaron. Dayami llegaba frustrada, pero también… energizada. Una noche, después de cenar, me confesó: “Ramírez es un cerdo, . Hoy me retó haciéndome a un lado para ‘mostrarme’ cómo se hace. Sus manos son ásperas, callosas”. Lo dijo con asco, pero sus pezones se endurecieron bajo la blusa. La besé, y terminamos en el sofá, mirando películas.
Pasaron días. Fernanda me llamó un mediodía: “Max, ¿todo bien con Dayami? Me contó que Ramírez la está volviendo loca”. Le dije que sí, pero noté su tono chismoso, como si ella supiera algo que no queria decirme . Esa tarde, al recoger a Dayami, me estacione alejado y la vi salir con él. Caminaban juntos hacia el estacionamiento, ya no discutían, ahora estaban más cerca, sus cuerpos casi rozándose. Ramírez la miró de arriba abajo, y ella no se apartó. Subió al auto conmigo, como sorprendida de que la había visto .


Esa noche, la confronté suavemente: “Vi que salías con Ramírez”. Ella rio. “Solo terminando la discusión. Es un idiota, pero… quizás pueda manejarlo”. Esa noche Follamos , ella estaba muy caliente . Dayami gritó, arañándome, y por primera vez, murmuró un nombre que no era el mío: “Ram…”. Se corrigió rápido: “Max, sí, Max”. Pero lo oí.
La curiosidad se convirtió en obsesión. Instalé una app en su teléfono para rastrear sus mensajes –soy informático, después de todo–. Nada al principio, pero luego, un mensaje de un número desconocido: “Mañana, esperame en tu oficina. ”. Era él. Dayami respondió: “Está bien. Pero mis reglas”.
Al día siguiente, llegue mucho antes de su salida , Esperé en la sala, mirando por la ventana. La vi entrar a una oficina apartada con Ramírez. La puerta se cerró. Pasaron 45 minutos. Cuando salió, su maquillaje estaba corrido y sudada . La señora del aseo que andaba limpiando la sala detras de mi , dijo, - mira pinche viejo de ramirez , ya se anda hechando a la jefa … la señora por supuesto, no sabia quien era yo
Se me hizo un nudo en el estomago , decidi esperarla en el estacionamiento , cuando subio al auto, ella dijo Resuelto”, ya todo estará mejor y me beso , Pero su aliento olía diferente.
Sabía que algo pasaba. Y, Dios, me excitaba. Continuará…
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