Con mi prima Naty siempre tuvimos una conexión especial. Crecimos juntos en Córdoba yendo a la misma escuela y compartiendo todos los domingos de asado familiar. Ella era un poco más chica que yo, pero siempre fue la que llevaba la delantera en todo.
Ese verano de mis 17 años, el calor era insoportable. Estábamos en la casa de campo de mis abuelos y los viejos se habían ido al pueblo a hacer las compras de la semana. Nos quedamos los dos solos en la casa, con el ruido de las chicharras de fondo y un ventilador que apenas movía el aire.
— Che, gordo, no se puede estar acá —me dijo ella mientras se abanicaba con una revista.
Estaba con un short de jean cortísimo y una musculosa de algodón blanca que, por el sudor, se le pegaba al cuerpo y dejaba ver que no tenía nada abajo. Yo estaba en cuero y en un boxer suelto, tratando de concentrarme en la tele, pero la verdad es que no podía dejar de mirarle las tetitas.
— Vamos a la pieza del fondo, ahí está más fresco —insistió.
Caminamos hasta la habitación. Ella se tiró en la cama grande y yo me senté al borde. El ambiente estaba cargado de una tensión que venía de años. Nos miramos fijo y, sin decir ni una palabra, ella me agarró la mano y la apoyó en su muslo.
— Sabés que nunca lo hice, no? —me susurró con la voz entrecortada.
— Yo tampoco, Naty —le contesté, y sentí que el corazón me iba a saltar del pecho.
Fue un beso lento, con gusto a miedo y a ganas acumuladas. Empezamos a sacarnos la ropa torpemente, como dos primerizos que éramos. Cuando quedó en pelotas frente a mí, me quedé mudo. Tenía un cuerpo perfecto, la piel bronceada y unos pezones rosados que se pusieron duros apenas los rozó con los dedos.
Yo estaba que explotaba. Ella me guio, me hizo acostar y se puso arriba mío. Sentir su humedad por primera vez fue una locura. Entré lento, sintiendo la resistencia de su virginidad hasta que, con un movimiento suave, nos volvimos uno solo. Ella soltó un suspiro largo, entre el dolor y el placer, pero la falta de experiencia me liquidó. Entre lo apretada que estaba y el roce, no aguanté ni un minuto.
— ¡Pará, Naty, pará que me exploto! —llegué a decirle, pero ya era tarde.
Le acabé todo adentro con unas ganas que me hicieron temblar las piernas. Me quedé ahí, muerto de vergüenza, pensando que la había re cagado por terminar tan rápido. Pero Naty, sin mediar palabra, se bajó de encima mío. Se quedó arrodillada en la cama, me pasó la mano por la pija y me limpió toda la leche con los dedos. Después, mirándome fijo a los ojos, se llevó los dedos a la boca, los chupó y soltó:
— Qué rica que es tu leche, primo...
Me quedé flasheado. Ahí nomás, con el morbo por las nubes, le pedí tímidamente que me la chupara. Naty no dudó; bajó la cabeza y empezó a lamer lo que quedaba, pasándome la lengua por todos lados hasta dejarme limpito a la perfección. Con esa succión, sentí que la verga se me empezaba a endurecer de nuevo al toque. Ella lo notó, levantó la mirada con una sonrisa de puta y me dijo:
— Tenemos poco tiempo, dejame acabar a mi ahora que estoy hirviendo.
Se dio vuelta en un segundo, se puso en 4 mostrando ese culito rosado y empezó a tocarse el clítoris como loca. Yo no lo pensé media vez; de un salto me acomodé atrás y se la metí entera de nuevo. Naty pegó un grito sordo contra la almohada mientras yo le daba con todo, ya sin miedo y con el ritmo que me dictaba la calentura. El ruido de los cuerpos chocando plaf, plaf, plaf se mezclaba con sus gemidos de placer puro.
Acabamos los dos casi al mismo tiempo, agotados. Nos limpiamos rápido con una sábana vieja antes de que se escuchara el auto de los viejos llegando. Salimos a la cocina justo a tiempo.
Fin.
Y? Uds tambien cogieron con primas o primos, es una experiencia que recomiendo no saltarse ja, los leo!
Ese verano de mis 17 años, el calor era insoportable. Estábamos en la casa de campo de mis abuelos y los viejos se habían ido al pueblo a hacer las compras de la semana. Nos quedamos los dos solos en la casa, con el ruido de las chicharras de fondo y un ventilador que apenas movía el aire.
— Che, gordo, no se puede estar acá —me dijo ella mientras se abanicaba con una revista.
Estaba con un short de jean cortísimo y una musculosa de algodón blanca que, por el sudor, se le pegaba al cuerpo y dejaba ver que no tenía nada abajo. Yo estaba en cuero y en un boxer suelto, tratando de concentrarme en la tele, pero la verdad es que no podía dejar de mirarle las tetitas.
— Vamos a la pieza del fondo, ahí está más fresco —insistió.
Caminamos hasta la habitación. Ella se tiró en la cama grande y yo me senté al borde. El ambiente estaba cargado de una tensión que venía de años. Nos miramos fijo y, sin decir ni una palabra, ella me agarró la mano y la apoyó en su muslo.
— Sabés que nunca lo hice, no? —me susurró con la voz entrecortada.
— Yo tampoco, Naty —le contesté, y sentí que el corazón me iba a saltar del pecho.
Fue un beso lento, con gusto a miedo y a ganas acumuladas. Empezamos a sacarnos la ropa torpemente, como dos primerizos que éramos. Cuando quedó en pelotas frente a mí, me quedé mudo. Tenía un cuerpo perfecto, la piel bronceada y unos pezones rosados que se pusieron duros apenas los rozó con los dedos.
Yo estaba que explotaba. Ella me guio, me hizo acostar y se puso arriba mío. Sentir su humedad por primera vez fue una locura. Entré lento, sintiendo la resistencia de su virginidad hasta que, con un movimiento suave, nos volvimos uno solo. Ella soltó un suspiro largo, entre el dolor y el placer, pero la falta de experiencia me liquidó. Entre lo apretada que estaba y el roce, no aguanté ni un minuto.
— ¡Pará, Naty, pará que me exploto! —llegué a decirle, pero ya era tarde.
Le acabé todo adentro con unas ganas que me hicieron temblar las piernas. Me quedé ahí, muerto de vergüenza, pensando que la había re cagado por terminar tan rápido. Pero Naty, sin mediar palabra, se bajó de encima mío. Se quedó arrodillada en la cama, me pasó la mano por la pija y me limpió toda la leche con los dedos. Después, mirándome fijo a los ojos, se llevó los dedos a la boca, los chupó y soltó:
— Qué rica que es tu leche, primo...
Me quedé flasheado. Ahí nomás, con el morbo por las nubes, le pedí tímidamente que me la chupara. Naty no dudó; bajó la cabeza y empezó a lamer lo que quedaba, pasándome la lengua por todos lados hasta dejarme limpito a la perfección. Con esa succión, sentí que la verga se me empezaba a endurecer de nuevo al toque. Ella lo notó, levantó la mirada con una sonrisa de puta y me dijo:
— Tenemos poco tiempo, dejame acabar a mi ahora que estoy hirviendo.
Se dio vuelta en un segundo, se puso en 4 mostrando ese culito rosado y empezó a tocarse el clítoris como loca. Yo no lo pensé media vez; de un salto me acomodé atrás y se la metí entera de nuevo. Naty pegó un grito sordo contra la almohada mientras yo le daba con todo, ya sin miedo y con el ritmo que me dictaba la calentura. El ruido de los cuerpos chocando plaf, plaf, plaf se mezclaba con sus gemidos de placer puro.
Acabamos los dos casi al mismo tiempo, agotados. Nos limpiamos rápido con una sábana vieja antes de que se escuchara el auto de los viejos llegando. Salimos a la cocina justo a tiempo.
Fin.
Y? Uds tambien cogieron con primas o primos, es una experiencia que recomiendo no saltarse ja, los leo!
2 comentarios - La siesta prohibida: Mutuo debut con mi prima Naty