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Jugando fuerte con mi hermana. XII

Jugando fuerte con mi hermana. XII
Llegamos a finales de septiembre y el verano se había ido como un suspiro caliente y agotador. En esta comarca, julio y agosto son como una fiebre: los madrileños invaden las segundas residencias, los chalets, las urbanizaciones, los piscinazos con barbacoa y las terrazas de los pueblos. Todo se multiplica: turistas, ruido, dinero… y trabajo. Mucho trabajo.
Marta y sus amigas estaban como locas. Turnos dobles en supermercados, bares, chiringuitos de piscina, lo que saliera. El gym, que normalmente era su templo, quedó casi olvidado. Solo Marta se las arreglaba para ir a mediodía, aprovechando que su turno en las piscinas municipales era partido: mañana socorrista (vigilando críos y abuelas) y tarde-noche camarera en un bar de copas del pueblo. Cuando acababa tarde, o liaba a algún conocido para que la acercara o papá iba a buscarla con la furgoneta. A veces llegaba a casa a las dos o tres de la mañana, agotada, oliendo a cloro y a cerveza, y se tiraba en la cama sin ducharse. Otras veces volvía corriendo a casa, aunque fueran 7 u 8 km. Decía que le despejaba la cabeza.
Papá también estaba hasta arriba. Muchas casas habían estado cerradas todo el año y ahora, con los dueños dentro, salían los desperfectos: goteras, tuberías rotas, enchufes que saltaban, jardines que parecían selvas. A veces me llevaba con él: un día arreglando un enchufe que se había quemado, otro cortando setos que habían crecido como locos, otro pintando una fachada que se había descascarillado. Nada del otro mundo, pero cobraba en mano y eso ayudaba. Él no hablaba mucho, solo gruñía “bien hecho” cuando acababa rápido.
Mamá abrió la peluquería casi todos los días hasta tarde. Las madrileñas querían mechas, cortes, color para presumir con sus amigas. Ella se compró una bicicleta vieja pero decente para ir y venir al pueblo, porque no quería depender de que alguien la llevara. “Ya estoy mayor para esperar a los demás”, decía. Solo se tomaba libre la mañana del lunes. Y esas mañanas… eran nuestras.
Cada lunes, cuando papá se iba temprano a alguna chapuza, mamá me esperaba en la cocina o en el salón, desnuda o con un camisón fino que se quitaba en cuanto me veía. Empezaba suave: un beso, una caricia, pero siempre acababa violento. Me pedía cosas que me asustaban un poco: “muérdeme el cuello hasta que sangre”, “apriétame la garganta mientras me follas con los dedos”, “dame tortas en la cara hasta que me corra”. Yo lo hacía, excitado hasta el límite, pero con un nudo de miedo dentro. La culpa no se iba nunca del todo, pero el deseo era más fuerte. Ella se corría gritando, arañándome la espalda, y luego se quedaba temblando, abrazándome como si yo fuera lo único que la mantenía entera.
Seguíamos fumando porros casi todas las noches, sobre todo cuando papá llegaba tarde. Era como un ritual: mamá liaba uno en la cocina, yo me sentaba al lado, y hablábamos de todo y de nada mientras el humo llenaba la habitación. Yo no he vuelto a probar drogas duras desde aquel lunes de junio. El craving físico (el mono, la ansiedad que te retuerce el estómago) se había ido apagando poco a poco. Todavía pensaba en la coca a veces, sobre todo cuando estaba cansado o solo, pero ya no era una necesidad que me doliera. Era más bien un recuerdo lejano, como una novia que dejaste atrás.


Los sábados por la tarde o los domingos por la mañana quedaba con Blanca. Siempre igual. Ella aparecía con un cochazo diferente cada vez: un Porsche 911 rojo, un Lamborghini Urus negro, un Ferrari Roma blanco… coches que valían más que toda mi casa. Me dejaba conducir, yo ponía música suave y dábamos un paseo por carreteras secundarias, entre pinos y campos secos. Luego aparcábamos en algún sitio discreto (un mirador, un camino forestal, un parking vacío) y follábamos. Siempre igual: ella se tumbaba como una estrella de mar o se ponía en cuatro, pero no hacía casi nada. No me chupaba, no me tocaba, no gemía fuerte. Solo se dejaba hacer. Yo la penetraba con cuidado (sigue estrecha), la hacía correrse con la lengua primero y luego con la pija, pero ella nunca tomaba la iniciativa. Besos en la boca sí, pero nada más. Yo pensaba: “No podría tener una relación seria con esta chica. Es demasiado sosa en la cama. Bonita, rica, dulce… pero en la cama es como follar con un mueble caro”. Eso si, su abuelo cumplía. Por lo visto el sexo le daba sueño, yo la acompañaba a su casa y o bien llegaba dormida o con tanto sueño que al poco de llegar se excusaba y se iba a su cuarto. Al rato subía a verla su abuelo y al volver me daba lo prometido. Luego el abuelo cogía su Toyota y me traía a casa.
Un par de lunes papá me llevó a trabajar desde la mañana temprano. “Hoy te necesito, Carlos”, decía, y no había discusión. Eso significaba que no podía estar con mamá. Me jodía, porque esas mañanas eran lo más intenso de la semana, pero también me aliviaba un poco. La culpa me comía vivo después de cada encuentro.
Con tanto trabajo, casi no veía a Marta. Llegaba tarde, se duchaba rápido y se metía en la cama. A veces me abrazaba por detrás, desnuda, y se dormía pegada a mí, pero no había tiempo ni energía para nada más.
El verano se acababa. Septiembre traía frescor por las noches, menos turistas, menos trabajo. Pero la cabeza me daba vueltas. Entre la mariguana que fumábamos, los lunes con mamá, las citas con Blanca y el silencio de Marta, sentía que algo se estaba rompiendo dentro de mí. O quizás se estaba construyendo algo nuevo. No lo sabía. Solo sabía que no podía parar.
Era lunes por la mañana, finales de septiembre. El verano ya se había ido, pero el calor persistía como un invitado que no entiende que la fiesta ha terminado. Papá se levantó a las seis y media como siempre, gruñó algo sobre una chapuza en un chalet y salió con la furgoneta. Marta se fue diez minutos después, corriendo hacia las piscinas municipales, el turno de mañana la esperaba. La casa quedó en silencio, solo se oía el zumbido del frigorífico y el canto lejano de algún pájaro.
Yo seguía en la cama, desnudo bajo la sábana, medio dormido. La puerta se abrió despacio. Mamá entró sin hacer ruido, ya desnuda, el pelo suelto y revuelto, los ojos brillantes. Llevaba un porro liado en la mano derecha.
—Despierta, Carlos —susurró, sentándose al borde de la cama—. Ya se han ido los dos.
Se inclinó y me besó en la boca, lengua profunda desde el primer segundo. Yo respondí, todavía atontado por el sueño, pero la pija ya se me estaba poniendo dura solo con su olor y el roce de sus tetas contra mi pecho. Se sentó a horcajadas sobre mí, el porro entre los dedos, y me lo dio.
—Fuma primero. Hoy vamos a ir fuerte.
Di una calada larga, el humo caliente llenándome los pulmones. Se lo pasé. Ella dio dos caladas profundas, cerró los ojos y soltó el humo despacio, como si estuviera saboreando el momento. Luego tiró el porro al cenicero de la mesilla y me empujó contra el colchón con las dos manos en el pecho.
—Hoy te voy a romper, hijo —dijo, la voz ronca por el porro y el deseo.
Empezó a besarme con violencia: mordiéndome el labio inferior hasta que sangró un poco, arañándome el pecho con las uñas, dejando surcos rojos. Yo le agarré el culo con fuerza, separando las nalgas, y le metí un dedo seco en el ano. Ella gritó, pero empujó hacia atrás, “más, cabrón, méteme más”. Le metí dos dedos de golpe, girándolos con rabia, mientras con la otra mano le pellizcaba el clítoris fuerte, apretando hasta que se puso rojo. Ella me dio una torta en la cara, el sonido seco resonando en la habitación, “tú también, maricón, aguanta”.
Me puse encima de ella, la inmovilicé con mi peso, le abrí las piernas de un tirón y le metí la pija en la vagina de una embestida brutal. Ella gritó, “sí, rómpeme el coño”, y me clavó las uñas en la espalda, arañándome profundo hasta que sentí la sangre caliente correr. Bombeé con violencia, profundo, rápido, el colchón crujiendo bajo nosotros. Le mordí el cuello, dientes clavados hasta que dejó marca morada, y ella me devolvió mordiéndome el hombro, sangre mezclándose con sudor. Le di tortas en la cara, una, dos, tres, cada una más fuerte, su mejilla enrojeciendo, “más fuerte, hijo de puta”, gritaba.
La puse en cuatro, culo en pompa. Le escupí en el ano, le metí tres dedos de golpe, estirándola con saña, mientras con la otra mano le daba palmadas en el coño, el sonido húmedo y seco alternándose. Ella empujaba hacia atrás, “fóllame el culo, cabrón, métemela entera”. Me puse lubricante (el bote que siempre tenía en la mesilla), apoyé la cabeza de la pija en su ano y empujé despacio al principio. Ella gritó de dolor y placer, “más, más profundo”. Entré de golpe, todo hasta el fondo, y empecé a bombear con violencia, follándole el culo como si quisiera partirla en dos. Le agarré el pelo, tiré hacia atrás, le di tortas en las nalgas hasta que se pusieron moradas, pellizcándole los pezones desde atrás, girándolos con fuerza. “Te gusta que te rompan el culo, ¿verdad, puta?”, le decía. Ella gemía, “sí, rómpeme, hijo, lléname de leche”.
Me corrí dentro de su culo, empujando profundo, semen caliente llenándola, espasmos que me dejaron temblando. Salí despacio, el ano dilatado y rojo, semen goteando por sus muslos.
Paramos un rato. Los dos jadeando, sudorosos, marcados. Ella se rió bajito, “joder, qué bueno”.
Se levantó y me dijo:—Ven a la cocina. Necesito algo más.
Fuimos desnudos por el pasillo. En la cocina, encendió el fuego de gas, puso un hierro viejo (uno de esos para marcar ganado, que papá tenía guardado en un cajón) y lo dejó calentarse al rojo vivo. Se giró hacia mí, los ojos brillantes, el cuerpo temblando de excitación.
—Quiero que me marques —dijo—. Aquí —señaló el interior del muslo, cerca del coño—. Con el hierro. Quiero llevar tu marca.
Me quedé helado. El hierro ya estaba rojo, el calor subiendo en ondas.
—No —dije, la voz temblando—. Eso es demasiado. Te va a quemar de verdad, Mari. No puedo.
Ella se acercó, me agarró la pija que empezaba a bajar y apretó fuerte.
—No seas cagón. Hazlo. Quiero sentirlo. Quiero que duela. Quiero llevar tu marca toda la vida.
Discutimos. Yo negaba con la cabeza, asustado de verdad.
—Si lo hago te hago daño de verdad. No es un juego. Te quedará una cicatriz para siempre.
Ella se rió, pero había rabia en la risa.—Precisamente eso quiero, Carlos. Una cicatriz. Tu marca. Que cada vez que me mire el muslo me acuerde de cómo me follaste hoy. Hazlo.

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Me acerqué al fuego. El hierro estaba al rojo vivo. Lo cogí con un trapo. Lo acerqué a su muslo. Ella abrió las piernas, temblando de excitación y miedo.
Pero no pude. Lo tiré al fregadero, el hierro siseó al tocar el agua fría.
—No —dije—. No voy a hacerte eso. No soy un animal.
Ella me miró un segundo, los ojos llenos de decepción y rabia. Luego se dio la vuelta, salió de la cocina y se fue al salón sin decir nada.
Yo me quedé allí, desnudo, el corazón latiéndome fuerte, la culpa y el miedo mezclándose con el deseo que aún no se había ido.
Mari salió de la cocina sin decir una palabra, el culo todavía rojo por los azotes anteriores, el semen goteando lento por sus muslos. El hierro quedó siseando en el fregadero, olvidado. Yo me quedé allí un segundo, el corazón latiéndome en los oídos, la culpa y la rabia peleando dentro de mí como dos perros.
No podía dejarla así. No después de todo.
La encontré en el salón, sentada en el sofá con las piernas cruzadas, mirando al vacío. No lloraba, pero tenía la mandíbula apretada, los ojos rojos de furia contenida.
—Mamá… —empecé.
—No me llames mamá ahora —dijo sin mirarme—. No después de negarte a darme lo único que te he pedido en meses.
Me senté a su lado, pero no me tocó. El silencio era pesado, cargado.
—Todo lo que hemos hecho por ti —empezó, la voz baja pero afilada—. Las deudas que pagamos, las rehabilitaciones, las mentiras que contamos a todo el mundo para que no supieran lo jodido que estabas… Todo eso para que ahora, cuando te pido una puta marca, me digas que no. ¿Sabes cuál era mi ilusión de la vida, Carlos? Viajar. Ir a la India y aprender sexo tántrico de verdad, con maestros que saben unir cuerpo y alma durante horas. Ir a Japón y aprender shibari, el arte de atar con cuerdas que te someten sin dejar marca visible pero que te marcan por dentro para siempre. Quería eso. Quería sentirme viva de verdad, no solo ser la madre y la esposa que espera a que el marido llegue cansado de trabajar. Y todo eso ya nunca podrá ser. Por tu culpa. Porque cuando te hundiste nos hundimos todos. Y ahora solo me queda esto… y ni siquiera eres capaz de darme una marca.
Me quedé sin palabras. La culpa me aplastó como nunca.
—Lo siento —murmuré—. No es que no quiera… es que me da miedo hacerte daño irreversible.
Ella soltó una risa amarga.—No es para tanto. Lo he mirado en internet. Hay gente que lo hace, con precauciones. Ya tengo preparado un botiquín entero: antiséptico, pomada, vendas, antibióticos. No me voy a morir. Solo quiero llevar tu marca. Que cada vez que me mire el muslo me acuerde de ti. De lo que hemos sido.
La miré. Y entonces me acordé de algo que llevaba meses enterrado.
—Marta… —dije—. Los piercings en los pezones… no se los hizo porque se lo pidiera su novio maltratador. Se lo pedí yo. Una noche de alcohol y drogas en Barcelona. Estaba colocada, yo también. Le dije "quiero que lleves una marca mía". Y se lo pedí al tatuador. No me acordaba… o no quería acordarme. Pero ahora lo recuerdo y me pesa. Mucho. Porque fui yo quien empezó todo eso en ella.
Mari me miró fijamente. Los ojos se le llenaron de algo nuevo: comprensión, quizás perdón.
—Entonces yo también me pondré unos pircing, así seremos iguales —dijo al final—. Las dos. Marcadas como a ti te gusta.
Se acercó despacio. Me besó. Esta vez fue un beso reconciliador, profundo pero sin rabia. Lengua rozando lengua, manos en mi nuca, tirando suave.
—He recibido una comunicación —susurró contra mis labios—. Tu destino inicial es San Sebastián. Igual que el de Marta. Podéis presentaros el mismo día. Este es nuestro último lunes juntos. Y hoy quiero que me des muy duro. Quiero que me sometas. Que me duela. Que me azotes el culo con el cinturón hasta que me dejes marcas. Quiero que me rompas… pero que me rompas del todo.
Asentí. La culpa y el deseo se mezclaron en una bola que me apretaba el pecho.
—Levántate —dije, la voz ya fría.
Ella obedeció. Se puso en cuatro sobre el sofá, culo en pompa. Fui al armario, cogí un cinturón de cuero de papá (uno bueno, uno de cuero que guardaba para las ocasiones), lo doblé por la mitad.
—Cuenta —ordené.
El primer azote fue seco, brutal. El cuero chasqueó contra sus nalgas. Ella gritó “uno”, la piel enrojeciendo al instante. Segundo azote, más fuerte, en la otra nalga. “Dos”. Tercero, cruzado, en el centro. “Tres”. Cada golpe dejaba una marca roja, líneas perfectas que se hinchaban. Ella gemía, empujaba el culo hacia atrás, “más fuerte, hijo de puta”. Le di diez, quince, veinte. El culo se le puso morado, la piel caliente al tacto. Lágrimas le rodaban por las mejillas, pero sonreía.
—Ahora fóllame —dijo.
La puse boca abajo en el sofá, le abrí las piernas de un tirón. Escupí en su ano, le metí tres dedos de golpe, girándolos con rabia. Ella gritó de placer y dolor. Le metí la pija en la vagina primero, follándola duro, profundo, embestidas que hacían temblar el sofá. Luego salí y apunté al culo. Empujé despacio al principio, pero ella empujó hacia atrás. “Rómpeme el culo, cabrón”. Entré de golpe, todo hasta el fondo. Bombeé con violencia, follándole el ano como si quisiera partirla en dos, una mano en su pelo tirando hacia atrás, la otra dándole tortas en el culo ya marcado. “Te gusta que te rompan el culo, ¿verdad, puta?”, le decía. Ella gemía, “sí, rómpeme, lléname de leche”.
Alargué la mano y apreté su cuello, ya lo habíamos hecho otras veces pero esta vez solo aflojé cuando me golpeó insistentemente para que le soltara. Entonces su culo apretó mi pija con más fuerza.
Me corrí dentro de su ano, semen caliente llenándola, empujando profundo hasta que no quedó nada. Salí. Ella se quedó temblando, el ano dilatado y rojo, semen goteando y tosiendo para recuperar la respiración.
Pero no había terminado. La levanté, la puse de rodillas frente a mí.
—Si quieres que te someta de verdad —dije con rabia, la voz temblando—, trágate mi meada.
Ella me miró, los ojos brillantes. Abrió la boca sin dudar.
Oriné todo, chorro caliente y fuerte directo a su garganta, pero también le oriné la cara, el pelo y todo su cuerpo. Ella tragó lo que pudo, el resto le corrió por la barbilla, por las tetas. Cuando terminé, le agarré el pelo y le empujé la cara al suelo.
—Chupa —ordené.
Ella lamió el pis del suelo, lengua plana, tragando lo que quedaba. Gemía mientras lo hacía, excitada hasta el límite. Se corrió solo con eso, sin tocarse, el cuerpo convulsionando, un grito ahogado contra el suelo.
Cuando terminó se incorporó despacio, me miró con una sonrisa cansada pero feliz.—Gracias —susurró—. Ahora sí me siento tuya.
Se levantó, se limpió la cara con la mano, y volvió a su actitud de madre y ama de casa como si nada hubiera pasado.
—Bueno, ahora toca limpiar y recuperarse —dijo, con voz normal—. Voy a poner la lavadora. Tú recoge la cocina. Luego friego este desastre.
Y se fue, desnuda, caminando como si acabara de hacer la compra.
Yo me quedé allí, temblando, la rabia y el placer y la culpa mezclándose en un nudo que no sabía deshacer. Le estaba cogiendo gusto a esto de pegar, dominar y vejar a una mujer. Que fuera mi madre lo hacía aún más morboso.

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