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El Entrenador... (parte 3/4)

Los días que siguieron fueron raros. Mariana seguía yendo al gimnasio como si nada, pero ya no era "nada". Cada vez que llegaba a casa yo sentía un nudo en el estómago y al mismo tiempo una erección que no podía controlar. No era solo el cuerpo todavía caliente por el ejercicio. Era la forma en que me miraba un segundo antes de hablar, como si estuviera midiendo cuánto podía contarme sin romperme del todo.

Una noche, mientras cenábamos en la cocina —yo había calentado sobras de pasta, ella se había duchado rápido y se había puesto una camiseta mía que le quedaba grande—, dejó el tenedor en el plato y me miró.

—Carlos me dijo hoy que tengo un culo de campeonato —dijo, casi como si estuviera comentando el tiempo.

Me quedé con la boca llena. Tragué con dificultad. Sentí la sangre hervir.

—¿Te lo dijo así? —pregunté, intentando sonar casual.

—Sí —respondió ella, y se le escapó una sonrisa pequeña, casi malvada—. Me manoseó el culo hoy. Dijo que tenía que sentir el progreso. Me apretó, me levantó y hasta me nalgueó. Y a mí… me encantó.

El tenedor se me cayó de la mano. El ruido contra el plato sonó más fuerte de lo que era. Ella bajó la vista, pero no se disculpó.

—No me sentí puta esta vez, me sentí su puta —susurró—. Me mojé. Me mojé tanto que tuve que ir al baño a masturbarme.

No dije nada. Solo la miré. Ella levantó los ojos y me vio la cara. Vio la erección que ya se marcaba en el pantalón.

—¿Te gusta que te lo cuente? —preguntó, con un tono burlón.

Asentí. No pude hablar.

Se levantó de la silla. Se acercó despacio. Se sentó en la mesa, justo enfrente de mí. Abrió las piernas. La camiseta se le subió un poco. No llevaba nada debajo. Vi su coño todavía húmedo, depilado, rosado y brillante.

—Ven y cómeme —ordenó.

Me acerqué. Me puse de rodillas entre sus piernas. Acerqué mi cara, abrí la boca, me la comí con desespero, saboreando sus jugos. Gimió, me agarró el pelo y me apretó contra su coño.

—Alfredo… —susurró—… hoy me masturbé pensando en él.

Esa frase retumbó en mi cabeza. Seguí lamiendo, más fuerte, metiendo la lengua dentro de su ano. Ella empujaba las caderas contra mi boca, jadeando.

—Cuando me nalgueó… me encantó que lo hiciera. Me mojé por él.

Me levanté. La besé con fuerza, con hambre. Ella respondió igual. Nos quitamos la ropa sin cuidado. La puse contra la encimera, de espaldas a mí. Le abrí las piernas. Entré de golpe. Estaba caliente, húmeda, resbaladiza. Embestí fuerte, sin piedad. Ella gimió alto.

—Más duro —suplicó—. Fóllame duro. Como él lo haría.

Eso me volvió loco. Embestí con más fuerza, agarrando sus caderas, clavando los dedos en su piel. El sonido de piel contra piel llenaba la cocina. Ella empujaba hacia atrás, desesperada.

—Dame nalgadas —gimió—. Quiero que me des nalgadas. Que me castigues por ser tan zorra. Que me folles rudo y sin piedad.

Le di una nalgada fuerte. El sonido seco resonó. Ella gritó de placer.

—Más —suplicó—. Como Carlos. Quiero que Carlos me dé nalgadas. Quiero que me domine. Que me coja duro. Quiero que me parta en dos.

Le di otra nalgada, más fuerte. Sus nalgas temblaban rojas. Embestí con furia, sintiendo su coño apretarme cada vez más. Ella se retorcía, gemía alto.

—Estoy pensando en él… en su vergota más grande… en cómo me rompería —gimió.

Ella se corrió gritando y gimiendo. No aguanté más. Saqué la verga y me corrí sobre su culo. Salpicando sus nalgas rojas.

Quedamos jadeando. Ella temblaba contra la encimera, con las piernas todavía abiertas, su piel brillante de sudor y de mí. Yo me quedé de pie detrás de ella, con la verga todavía medio dura goteando los últimos restos, mirando cómo mi leche se deslizaba despacio por sus nalgas rojas, por los sitios donde la había azotado. No pude evitar pensar que esas marcas no eran mías del todo. Que Carlos las había empezado a poner con sus manos en el gimnasio, y yo solo las había hecho más visibles.

Mariana giró la cabeza lo justo para mirarme por encima del hombro. Tenía los ojos vidriosos, la boca entreabierta todavía jadeando. No dijo nada al principio. Solo me miró como si estuviera decidiendo si contarme algo más o callárselo para siempre.

—Alfredo… —susurró al fin, con la voz ronca, casi rota—. Hoy, cuando me tocó… sentí que podía dejar que me hiciera lo que quisiera. Que si me hubiera pedido más… se lo habría dado.

El estómago se me contrajo. No era solo celos. Era algo peor. Era la certeza de que ya no era solo fantasía. Era real. Y lo peor era que no quería que parara.

Me acerqué más. La abracé por detrás, pegando mi pecho a su espalda temblorosa. Sentí su corazón latir fuerte, desbocado. Ella apoyó la cabeza en mi hombro, pero no dijo nada más. Solo respiró hondo, como si estuviera conteniendo algo que no sabía si soltar.

Y yo pensé: si sigue yendo al gimnasio, si sigue dejando que la toque… él se la follará. Pero tampoco sé si quiero que pare.

1 comentarios - El Entrenador... (parte 3/4)

AlceCornudo54
espectacular y espero que se la coja bien y la deje muy satisfecha y que vos la incentives para que tus cuernos sean reales y no fantasia