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El coleccionista (Partes 4, 5 y 6)

IV. La pileta del club
El traje de baño que Marcos le regaló era negro, de corte clásico, que a primera vista parecía simplemente elegante. Valeria lo examinó con la atención nueva que había desarrollado, sin saber del todo por qué la había desarrollado. Lo estiró entre los dedos. Lo miró contra la luz. El lycra era opaco, firme, no encontró nada.
Lo que el lycra seco no revela es lo que hace cuando se moja.
Existe una variedad de tela sintética, fina como segunda piel, que seca es perfectamente opaca y húmeda se vuelve traslúcida con la misma inevitabilidad con que el papel se vuelve transparente en el agua. No completamente: no como si no hubiera nada. Sino de esa manera que requiere un ángulo de luz, una distancia de tres metros, y la clase de atención sostenida que los hombres prestan sin que nadie los vea prestarla.
Marcos había tardado tres días en encontrar exactamente el modelo correcto.
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El vestuario de mujeres desembocaba en el pasillo principal de la pileta a través de una puerta de vidrio esmerilado. Era viernes a las seis de la tarde, hora pico: instructores terminando clases, el grupo de masters saliendo del agua, nadadores libres entrando. Valeria cruzó el pasillo con su bolso al hombro, saludando a conocidas, completamente en su territorio.
Se zambulló.
El agua era tibia, climatizada, y ella se entregó a ella con ese placer físico y privado que era uno de sus pocos lujos semanales. Hizo sus largos con concentración, pensando en nada, que es el único pensamiento que el agua permite.
Cuando salió, cuarenta y cinco minutos después, apoyó los antebrazos en el borde de la pileta para descansar un momento antes de salir. El agua le caía por la espalda, por los hombros, por el pecho.
El instructor que pasaba por el borde en ese momento —veintiocho años, encargado de la clase infantil del turno anterior— desvió la mirada con una rapidez que era en sí misma una respuesta involuntaria. No volvió a mirar. Aceleró el paso.
Lo que él había visto, en el segundo en que sus ojos pasaron sobre ella antes de apartarse, era esto: el traje negro mojado se había vuelto una segunda piel traslúcida que revelaba con precisión clínica la forma completa de los senos de Valeria, sus pezones oscuros y erectos por el contraste entre el agua tibia y el aire del natatorio, la curva de su vientre, la línea de sus caderas. No era una insinuación. Era una descripción.
Valeria salió de la pileta sin saberlo. Caminó hacia el vestuario. Algunas miradas duraron un segundo de más, pero ella las atribuyó a nada, porque así funciona la inocencia: encuentra explicaciones benignas para todo.
Lo entendió tres días después, cuando encontró el traje colgado en el baño y lo sostuvo frente a la lamparita del techo. Vio a través de él como si fuera celofán. Sostuvo esa imagen durante un momento largo, calculando, y luego fue al dormitorio donde Marcos leía y lo miró desde el umbral con esa expresión nueva que él todavía no sabía leer.
—El traje —dijo.
—¿Qué tiene? —respondió él, con la neutralidad de quien ha ensayado la respuesta.
—Tíralo —dijo ella.
Y volvió al baño. Abrió el agua muy fría y se quedó bajo la ducha hasta que el calor de la vergüenza, o lo que fuera que sentía, se fue diluyendo por el desagüe.
V. Lo que el lector ya sabe
Hay una crueldad particular en las trampas que se tienden con paciencia, con sonrisas, con regalos. La violencia abierta deja marcas visibles. Esta otra clase de violencia deja algo más difícil de nombrar: una erosión. Una duda que la víctima no puede articular porque hacerlo requeriría acusar, y acusar requiere pruebas, y las pruebas son botones que se sueltan solos, lycra que es simplemente muy fino.
Valeria Sosa enseñaba a sus alumnos a leer entre líneas. Les decía que los grandes villanos de la literatura no anuncian sus intenciones, que la oscuridad verdadera se disfraza de cotidiano. Les hacía subrayar los momentos en que un personaje mira a otro con demasiada atención, en que un regalo llega sin ocasión, en que alguien cede demasiado fácilmente en una pelea.
Era una lectora extraordinaria de la ficción.
En su propia vida, Marcos contaba con eso. Contaba con que la persona más cerca de nosotros es siempre el punto ciego. Contaba con que el amor, cuando es genuino, tarda en volverse sospecha. Contaba con su paciencia, que era considerable, y con su encanto, que era real, y con esa habilidad suya de tasador: saber exactamente cuánto podía tomar antes de que el valor colapsara.
Todavía no había terminado.
Pero Valeria, sin saberlo, había empezado a leer.
VI. La blusa blanca
Octubre llegó con ese calor anticipado que tiene Buenos Aires cuando todavía es primavera pero el aire ya huele a verano. Valeria había aprendido, sin saberlo, a examinar los regalos de Marcos con una atención nueva, casi clínica, aunque no hubiera podido decir exactamente por qué. Era un instinto todavía sin nombre, una precaución que su cuerpo había adoptado antes que su mente.
Por eso cuando él llegó un jueves con una blusa blanca de algodón en una bolsa de papel de seda, ella la tomó, la abrió, la miró.
—Es preciosa —dijo, y era verdad.
—Para el acto del viernes —dijo Marcos—. Vas a estar perfecta.
La blusa era de algodón batista, liviana como un suspiro, con un escote en V que era elegante sin ser provocador, y mangas largas con puños abotonados. Valeria la sostuvo contra la ventana, buscando sin saber bien qué. El algodón era opaco. Los botones, firmes. No encontró nada.
Lo que no buscó, porque no sabía que debía buscarlo, era la talla. Marcos había comprado un talle menos del suyo.
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El acto de fin de trimestre del Instituto Belgrano comenzaba a las diez de la mañana. Valeria llegó a las nueve menos cuarto, como siempre, con su bolso lleno de carpetas y la energía anticipada de quien disfruta genuinamente de estos rituales escolares. La blusa le quedaba ajustada, eso lo notó al ponérsela, pero no de manera escandalosa. Ceñida en los hombros, en el pecho, en la cintura. Le daba un aire diferente, más formal quizás, pensó. Se miró en el espejo del baño del instituto y decidió que estaba bien. Más que bien.
Lo que el espejo del baño no le mostró, porque era pequeño y estaba a la altura de su cara, era lo que el algodón batista hacía cuando se tensaba sobre su cuerpo.
El algodón batista, cuando se estira, se vuelve translúcido.
No completamente. No de manera obvia. Sino de esa manera sutil y condenatoria que requiere un ángulo de luz determinado, una distancia precisa, y la clase de atención que los hombres prestan sin que nadie los vea prestarla.
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El salón de actos tenía ventanales altos que daban al norte. A las diez de la mañana de octubre, la luz entraba horizontal y directa, como un foco.
Valeria estaba de pie frente al atril, presentando a los alumnos que iban a recitar. Detrás de ella, el ventanal. Delante, las primeras cinco filas ocupadas por padres, algunos colegas, el personal directivo. Ciento veinte personas, aproximadamente.
Ella hablaba con esa voz suya que llenaba los espacios sin esfuerzo, gesticulando, sonriendo, completamente presente en lo que hacía. La blusa se tensaba con cada movimiento de sus brazos, con cada respiración profunda antes de proyectar la voz hacia el fondo del salón.
Fue el profesor de matemáticas, Rodrigo, quien lo vio primero. Estaba sentado en el lateral, a unos seis metros de ella, con el ángulo perfecto para que la luz del ventanal cruzara la tela en diagonal. Se quedó inmóvil durante un segundo, luego bajó la vista a su teléfono con una deliberación que era en sí misma una reacción.
La blusa, tensada sobre el pecho de Valeria, dejaba adivinar con una claridad entre dolorosa y precisa el contorno de su corpiño de encaje, la curva pesada y generosa de sus senos presionando contra la tela, y en los momentos en que ella inhalaba profundo para hablar, cuando el algodón se estiraba al máximo, algo más: la forma oscura y definida de sus pezones contra el encaje fino.
No era obsceno. Era peor que eso. Era íntimo. Era el tipo de detalle que pertenece a una habitación cerrada, a una pareja, a la privacidad más elemental de un cuerpo, y que estaba ahí, expuesto a la luz de octubre frente a ciento veinte pares de ojos.
Algunos no lo notaron. Otros lo notaron y apartaron la vista. Otros lo notaron y no apartaron nada.
Un padre de familia, cuarentón, camisa a cuadros, no dejó de mirarla en los cuarenta minutos que duró la presentación. Cuando Valeria miraba en su dirección, él sostenía la mirada con la tranquilidad de quien sabe que ella no sabe. Cuando ella giraba, sus ojos bajaban.
Valeria no notó nada. Estaba en lo suyo, completamente, con esa entrega que la hacía buena en su trabajo y vulnerable en su vida.
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Fue durante el recreo cuando algo comenzó a fisurarse.
Estaba en la sala de profesores, sirviéndose café, cuando escuchó fragmentos de una conversación que se cortó apenas ella entró. Dos colegas mujeres, Sandra y Patricia, que se miraron con esa comunicación rápida e incómoda que tienen las mujeres cuando deben decidir en un segundo si decirle algo a otra o no.
Sandra decidió que sí.
—Val, ¿tenés algo para ponerte encima? ¿Un saco, algo?
Valeria la miró. —¿Por qué?
La pausa de Sandra duró apenas medio segundo, pero Valeria la sintió como un abismo.
—Con esta luz del salón... la blusa es muy fina, amor.
El café que Valeria tenía en la mano siguió quieto en el aire durante un momento que no tenía duración medible. Luego lo apoyó en la mesada, despacio, con la cuidadosa lentitud de quien de repente necesita controlar todos sus movimientos.
—¿Qué tan fina? —preguntó, y su propia voz le sonó extraña, demasiado quieta.
Sandra y Patricia intercambiaron otra mirada.
—Con la luz de los ventanales —dijo Patricia, eligiendo las palabras como quien camina sobre hielo— se transparenta un poco. Nada grave. Pero...
Valeria dejó que la frase quedara sin terminar. Asintió. Dijo gracias. Encontró en el fondo de su bolso una camiseta térmica fina que usaba para el frío del invierno y se la puso debajo en el baño, con los dedos que no del todo le respondían.
Se miró en el espejo. Pensó en los cuarenta minutos frente al salón lleno. En el padre de la camisa a cuadros que había aplaudido al final con una sonrisa que ahora, retrospectivamente, tenía un significado diferente. Pensó en Rodrigo bajando los ojos al teléfono.
Pensó en la blusa. En que era un regalo de Marcos. Un talle menos del suyo.
La idea llegó y se fue, porque era demasiado. Porque implicaba algo que su mente todavía no estaba dispuesta a alojar.
Se lavó la cara con agua fría y volvió al acto.

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