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La Primera Vez de Alan con una Milf

El chipichipi de Xalapa golpeaba suavemente los cristales del auto, creando una cortina de niebla que nos aislaba por completo del mundo exterior. A mis 54 años, sé perfectamente lo que provoco en los hombres, pero tener a Alan a mi lado, con sus 25 años y esa energía desbordante, me encendía la sangre de una manera especial.


Crucé la entrada del motel discreto en la salida hacia Coatepec y sentí un escalofrío delicioso. Vi de reojo cómo Alan tragaba saliva, con las manos apretadas sobre sus rodillas. Era nuestra primera vez en un lugar así. Él tenía la fuerza de la juventud, pero yo tenía el control de la noche.


La cochera privada se cerró detrás de nosotros con un sonido seco, dejándonos en una intimidad absoluta. Subimos los escalones hacia la habitación; el ambiente era cálido, con luces tenues que invitaban al pecado y un enorme espejo en el techo que reflejaba la enorme cama.
Me quité el abrigo negro lentamente, dejándolo caer al suelo sin dejar de mirarlo. Me quedé solo con mi vestido de encaje verde esmeralda. Me crucé de brazos justo debajo del busto, haciendo que mi escote, generoso y maduro, se desbordara ante sus ojos.
—¿Estás nervioso, mi amor? —le pregunté, bajando el tono de mi voz, volviéndola ronca, sabiendo el efecto que causaba en él.

Alan no me respondió. Rompió la distancia que nos separaba en un segundo. Sus manos grandes y firmes se clavaron en mis caderas, apretando la carne suave y voluptuosa de mis curvas con una urgencia que me hizo soltar un suspiro. Me pegó a su cuerpo. Sentir la dureza de sus músculos jóvenes contra la exuberante madurez de mi piel me volvió loca. Nos devoramos los labios en un beso húmedo, profundo, que sabía a meses de deseo contenido.

Lo guie de espaldas hacia el gran espejo de la pared. Quería que viera lo que estábamos a punto de hacer. Me pegué a él y tomé sus manos, obligándolo a que acariciara mis senos por encima de la tela verde.
—Mira lo que me haces sentir... —le susurré al oído, rozando mi cuello con su respiración agitada.
Con dedos torpes por la prisa, Alan bajó el cierre de mi vestido. La prenda resbaló por mi cuerpo, revelando que no llevaba sostén. En el reflejo vi mis senos maduros, grandes, con las aureolas oscuras y los pezones completamente erectos por el frío y la excitación. Alan ahogó un gemido en mi hombro y comenzó a devorarme el cuello a besos, mientras sus manos bajaban por mi vientre, acariciando la redondez de mis muslos.
Comencé a jadear sin poder evitarlo. Arqueé la espalda hacia atrás, frotando mis glúteos contra su pelvis. Sentir su imponente erección presionando contra mi trasero me hizo comprender que el muchacho ya no aguantaba más.


Me giré y me encargué de él. Con la destreza que dan los años, le desabotoné la camisa y tiré de su pantalón. Me deleité contemplando su torso de 25 años: tonificado, fibroso, con cada músculo tenso por la lujuria. Cuando quedó completamente desnudo, ver la magnitud de su hombría me hizo sonreír con hambre.
Nos movimos a la cama. Me acosté boca arriba y abrí las piernas con la seguridad de una mujer que conoce su cuerpo y su placer. El contraste en el espejo del techo era una obra de arte: su cuerpo joven y esbelto suspendido sobre mis caderas anchas, mis curvas generosas y mi piel canela.
Alan se acomodó entre mis muslos. Deslizó sus dedos húmedos por mi intimidad, encontrándome completamente empapada, ardiendo. Un gemido largo escapó de mi garganta y clavé mis uñas en sus hombros perfectos.


—No me hagas esperar más, Alan... —le ordené, mirándolo con los ojos nublados por la pasión.
Él se sostuvo en sus brazos y se hundió en mí de una sola estocada, lenta y profunda. Un grito de placer puro retumbó en las paredes de la habitación. Estaba tan apretada y caliente en mi interior que Alan tuvo que detenerse un segundo, apretando los dientes, conteniendo el aire para no venirse de inmediato.
Sonreí, sintiéndome completamente poderosa. Comencé a mover mis caderas en círculos lentos, atrapándolo, enseñándole cómo se hace.
—Eso es... muévete así, mi vida —le susurré de forma lasciva.
Entonces, el infierno se desató. Alan empezó a embestir con un ritmo salvaje. La cama crujía con fuerza, compitiendo con nuestros jadeos húmedos y el sonido rítmico del choque de nuestros cuerpos sudorosos. Subí mis piernas y las envolví con fuerza alrededor de su espalda, abriéndome más para que su juventud golpeara el fondo de mi ser. Cada estocada me hacía temblar, inyectándome una energía vital que me hacía sentir más viva que nunca.


El clímax nos alcanzó sin piedad. Mirando hacia el espejo del techo, vi la hermosa coreografía de nuestros cuerpos. Sus embestidas eran rápidas, potentes, brutales. Sentí la primera ola del orgasmo aproximarse; mi interior comenzó a contraerse en espasmos violentos que aprisionaron su miembro.
—¡Me vengo, Rouse! ¡Me vengo dentro! —exclamó Alan, perdiendo por completo el control, con el rostro desencajado por el placer.


—¡Sí, dámelo todo! ¡Es tuyo! —le grité, entregada al delirio.
Me arqueé violentamente sobre la cama mientras un orgasmo demoledor me sacudía las entrañas, haciéndome gritar sin censura. Al sentir mis contracciones, Alan dio tres estocadas brutales, profundas, y se vació por completo dentro de mí, liberando chorros calientes que me llenaron por dentro.
Minutos después, envueltos en el aroma del sexo y el sudor, Alan descansaba su cabeza sobre mi pecho. Yo le acariciaba el cabello con ternura, escuchando cómo se estabilizaba su respiración. Afuera, el chipichipi de Xalapa seguía enfriando la noche, pero dentro de mí, el fuego de aquel joven me había dejado completamente encendida.



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