El sol de la mañana se filtraba por las persianas, dibujando rayos de luz polvorienta en la habitación. Alejandro se despertó con una erección matutina, como de costumbre, pero algo era diferente. Un sonido rítmico, el crujido de las sábanas, un gemido ahogado. No era un sueño. Se incorporó lentamente, apoyándose en un codo, y sus ojos se ajustaron a la penumbra.
Allí, en la cama de al lado, estaba su padre Carlos, un hombre de cuarenta y ocho años con el torso peludo y brillante de sudor. Su verga gigante, esa que Alejandro había visto accidentalmente en el baño una vez, desaparecía y aparecía entre las piernas de Lucía, su hermana de diecinueve años. Las tetas medianas de Lucía se balanceaban con cada embestida, pero lo que capturó la atención de Alejandro fue ese culo gigante que se hundía en el colchón, dos mejillas perfectas que se abrían para recibir la polla de su padre.
"¿Qué coño está pasando aquí?" Alejandro saltó de la cama, su pijama a juego con su ira. "¡Lucía! ¡Papá! ¡Maldita sea!"
Lucía se sobresaltó, intentando cubrirse con las sábanas, pero el padre no se detuvo. Siguió follando, más lento a su hija, mirando a Alejandro con una calma irritante. "Tranquilo, muchacho," dijo el padre, su voz grave y controlada. "No hay por qué gritar."
"¡Estás follando a mi hermana!" Alejandro dio un puñetazo a la pared. "¡Eres mi padre!"
Carlos se retiró lentamente, dejando que su verga enormemente erecta saliera de la concha de Lucía con un sonido húmedo. "Y tú eres su hermano," sonrió, una sonrisa canina que no llegó a sus ojos. "Pero eso no significa que no puedas unirte."
Lucía miró a Alejandro, sus ojos llenos de algo que no era miedo exactamente. Sus labios estaban hinchados, su pelo desordenado. "Alejandro..." susurró, y en su voz había una invitación.
La ira de Alejandro se transformó en otra cosa. Vio la concha de Lucía, abierta y brillante, y la verga de su padre, todavía dura y goteando. Se acercó a la cama, su pijama formando una carpa obvia. "¿De verdad?" preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
"Ven, hijo," Carlos hizo un gesto con la cabeza. "Hay suficiente para todos."
Alejandro se despojó de su pijama, liberando su propia erección, aunque más modesta que la de su padre. Se arrodilló en la cama, frente a Lucía. Ella extendió una mano, sus dedos envolviendo su polla. "He querido esto por mucho tiempo," confesó, y Alejandro se preguntó si se refería a él o a la situación.
Carlos se movió detrás de Lucía, levantando ese culo gigante y ajustándose de nuevo. "Chúpale la verga a tu hermano," ordenó, y Lucía se inclinó obedientemente.
La boca de Lucía era caliente y húmeda. Alejandro se estremeció cuando su lengua rodeó la cabeza de su polla. Carlos comenzó a moverse de nuevo, cada embestida empujando la boca de Lucía más profundamente sobre Alejandro. La habitación se llenó de sonidos de sexo: los gemidos de Lucía, el jadeo de Carlos, los susurros de Alejandro.
"Cámbiense," dijo Carlos después de unos minutos. "Quiero verla montándote."
Alejandro se acostó de espaldas mientras Lucía se posicionaba sobre él. Se deslizó fácilmente dentro de su concha, ya estirada y lubricada por su padre. Carlos se acercó a la cabeza de la cama, ofreciendo su verga a Lucía. "Ábete, nena," dijo, y Lucía alternó entre chupar a su padre y besar a Alejandro.
El ritmo se intensificó. Carlos movió a Lucía para que se inclinara más, exponiendo ese culo gigante. "Voy a prepararla para ti," le dijo a Alejandro, y Alejandro sintió el dedo de su padre humedecido en los jugos de Lucía antes de presionar su culo.
Lucía gritó cuando Carlos entró en su culo, un sonido de dolor y placer mezclados. Ahora estaba llena, una polla en cada agujero. Alejandro sintió la verga de su padre a través de la delgada pared que separaba la concha del culo de Lucía. El movimiento se volvió frenético, los tres sudando y jadeando.
"Voy a correrme," gritó Carlos primero. "¡Dentro de su concha!"
"¡Yo también!" respondió Alejandro, sintiendo cómo sus testículos se contraían.
Se retiraron de Lucía casi simultáneamente, ambos apuntando sus vergas hacia su concha abierta. El primer chorro de leche de Carlos golpeó los labios de Lucía, seguido inmediatamente por el de Alejandro. Se corrieron juntos, llenándola, sus leches mezclándose dentro de ella.
Cuando terminaron, la concha de Lucía goteaba. Usó sus dedos para recoger lo que chorreaba fuera, llevándoselo a la boca con un murmullo de satisfacción. "Más," pidió, y Alejandro y Carlos se miraron, sonriendo.
La mañana apenas había comenzado.
Allí, en la cama de al lado, estaba su padre Carlos, un hombre de cuarenta y ocho años con el torso peludo y brillante de sudor. Su verga gigante, esa que Alejandro había visto accidentalmente en el baño una vez, desaparecía y aparecía entre las piernas de Lucía, su hermana de diecinueve años. Las tetas medianas de Lucía se balanceaban con cada embestida, pero lo que capturó la atención de Alejandro fue ese culo gigante que se hundía en el colchón, dos mejillas perfectas que se abrían para recibir la polla de su padre.
"¿Qué coño está pasando aquí?" Alejandro saltó de la cama, su pijama a juego con su ira. "¡Lucía! ¡Papá! ¡Maldita sea!"
Lucía se sobresaltó, intentando cubrirse con las sábanas, pero el padre no se detuvo. Siguió follando, más lento a su hija, mirando a Alejandro con una calma irritante. "Tranquilo, muchacho," dijo el padre, su voz grave y controlada. "No hay por qué gritar."
"¡Estás follando a mi hermana!" Alejandro dio un puñetazo a la pared. "¡Eres mi padre!"
Carlos se retiró lentamente, dejando que su verga enormemente erecta saliera de la concha de Lucía con un sonido húmedo. "Y tú eres su hermano," sonrió, una sonrisa canina que no llegó a sus ojos. "Pero eso no significa que no puedas unirte."
Lucía miró a Alejandro, sus ojos llenos de algo que no era miedo exactamente. Sus labios estaban hinchados, su pelo desordenado. "Alejandro..." susurró, y en su voz había una invitación.
La ira de Alejandro se transformó en otra cosa. Vio la concha de Lucía, abierta y brillante, y la verga de su padre, todavía dura y goteando. Se acercó a la cama, su pijama formando una carpa obvia. "¿De verdad?" preguntó, aunque ya sabía la respuesta.
"Ven, hijo," Carlos hizo un gesto con la cabeza. "Hay suficiente para todos."
Alejandro se despojó de su pijama, liberando su propia erección, aunque más modesta que la de su padre. Se arrodilló en la cama, frente a Lucía. Ella extendió una mano, sus dedos envolviendo su polla. "He querido esto por mucho tiempo," confesó, y Alejandro se preguntó si se refería a él o a la situación.
Carlos se movió detrás de Lucía, levantando ese culo gigante y ajustándose de nuevo. "Chúpale la verga a tu hermano," ordenó, y Lucía se inclinó obedientemente.
La boca de Lucía era caliente y húmeda. Alejandro se estremeció cuando su lengua rodeó la cabeza de su polla. Carlos comenzó a moverse de nuevo, cada embestida empujando la boca de Lucía más profundamente sobre Alejandro. La habitación se llenó de sonidos de sexo: los gemidos de Lucía, el jadeo de Carlos, los susurros de Alejandro.
"Cámbiense," dijo Carlos después de unos minutos. "Quiero verla montándote."
Alejandro se acostó de espaldas mientras Lucía se posicionaba sobre él. Se deslizó fácilmente dentro de su concha, ya estirada y lubricada por su padre. Carlos se acercó a la cabeza de la cama, ofreciendo su verga a Lucía. "Ábete, nena," dijo, y Lucía alternó entre chupar a su padre y besar a Alejandro.
El ritmo se intensificó. Carlos movió a Lucía para que se inclinara más, exponiendo ese culo gigante. "Voy a prepararla para ti," le dijo a Alejandro, y Alejandro sintió el dedo de su padre humedecido en los jugos de Lucía antes de presionar su culo.
Lucía gritó cuando Carlos entró en su culo, un sonido de dolor y placer mezclados. Ahora estaba llena, una polla en cada agujero. Alejandro sintió la verga de su padre a través de la delgada pared que separaba la concha del culo de Lucía. El movimiento se volvió frenético, los tres sudando y jadeando.
"Voy a correrme," gritó Carlos primero. "¡Dentro de su concha!"
"¡Yo también!" respondió Alejandro, sintiendo cómo sus testículos se contraían.
Se retiraron de Lucía casi simultáneamente, ambos apuntando sus vergas hacia su concha abierta. El primer chorro de leche de Carlos golpeó los labios de Lucía, seguido inmediatamente por el de Alejandro. Se corrieron juntos, llenándola, sus leches mezclándose dentro de ella.
Cuando terminaron, la concha de Lucía goteaba. Usó sus dedos para recoger lo que chorreaba fuera, llevándoselo a la boca con un murmullo de satisfacción. "Más," pidió, y Alejandro y Carlos se miraron, sonriendo.
La mañana apenas había comenzado.
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