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Se cogieron a mi esposa en nuestra boda

El bajo de la banda de música hacía vibrar el cristal de la copa de champán que todavía sostenía en la mano, aunque la espuma se había apagado hacía rato. Miré a mi alrededor, girando la cabeza sobre el cuello almidonado de mi camisa, buscando el blanco del vestido de novia entre la multitud de trajes oscuros y vestidos de fiesta. El salón estaba repleto, el aire cargado de perfume barato, alcohol y el sudor de cien cuerpos bailando merengue. Julia no estaba en la mesa principal. Tampoco estaba con su madre en la mesa número cuatro, ni en la barra pidiendo otro trago de whisky.

Dejé la copa sobre una bandeja de un mesero que pasaba corriendo y me dirigí hacia la salida del salón. El ruido se amortiguó al entrar al pasillo alfombrado que conducía a los baños y a la cocina. Miré mi reloj; faltaba poco para la medianoche y la novia había desaparecido. Una sensación de calor subió por mi cuello, no por la falta de aire, sino por una punzada de nerviosismo que se me anidó en el estómago. Caminé más rápido, mis zapatos de cuero nuevo golpeando el suelo con un ritmo seco.

Al acercarme al área de servicios, el sonido de la música se perdió por completo, sustituido por el zumbido de las luces fluorescentes y el goteo constante de un grifo mal cerrado. Entonces, lo escuché. Un gemido agudo, cortado por un golpe sordo contra la pared. No era una conversación. Era un sonido gutural, animal, proveniente de la última cabina del baño de caballeros. La puerta estaba cerrada, pero el espacio entre el marco y el suelo era lo suficientemente ancho para ver dos pares de pies. Unos zapatos de vestir negros, brillantes y pulidos, y un par de tacones blancos de novia tirados en un rincón.

Mi respiración se detuvo en seco. Me acerqué de puntillas, como si el suelo pudiera delatarme, y entré en la cabina contigua. Cerré el cerrojo con un click apenas audible y me subí al inodoro con las dos manos apoyadas en la pared divisoria para mantener el equilibrio. Lentamente, levanté la cabeza por encima del tabique de madera barnizada.

La escena me golpeó como un balde de agua fría, pero en lugar de rechazo, sentí un tirón en la entrepierna que me paralizó. Julia estaba allí, de espaldas a la puerta, con las manos apoyadas en la cisterna y el vestido de novia completamente arrugado y subido hasta la cintura. Su ropa interior blanca de encaje colgaba de un tobillo, olvidada y inútil. Delante de ella, un mesero joven, con el chaleco de uniforme desabrochado y los pantalones bajados hasta las rodillas, la penetraba con furia.

Las tetas de Julia, esas tetas medianamente grandes que tanto me gustaban morder, estaban totalmente fuera del vestido. El corsé había sido bajado con brusquedad, dejando sus pechos al aire, rebotando salvajemente con cada embiste del mesero. Sus pezones estaban duros, rojos por la fricción y el aire frío del baño. El chico la agarraba por las caderas con tanta fuerza que sus dedos dejaban marcas blancas en la piel morena de ella, usando su cuerpo como un simple objeto para placer.

—Sí, maldito, dámelo duro —gritó ella, golpeando la cisterna con la palma de la mano—. Así, más fuerte.

El mesero no dijo nada, solo jadeaba, con la cabeza echada atrás y los ojos cerrados, concentrado en el movimiento de su cadera. El sonido de sus cuerpos chocando, húmedo y pegajoso, resonaba en el pequeño espacio. Yo no podía apartar la mirada. Veía cómo la polla de él, gruesa y roja, desaparecía y aparecía una y otra vez en la concha de mi esposa, que brillaba con sus propios fluidos. Julia movía el trasero hacia atrás, buscando la profundidad, arqueando la espalda como una gata en celo.

—¿Te gusta mi concha, cabrón? —siseó ella, volviendo la cabeza un poco para mirarlo de reojo, con el pelo negro pegado a la cara por el sudor—. ¿Te gusta coger a una esposa recién casada?

El mesero solo gruñó, acelerando el ritmo. Julia soltó una carcajada gutural, una sonrisa pícara y malvada dibujándose en sus labios rojos.

—Mi pobre marido... —dijo ella, entre jadeos, mientras el mesero la seguía clavando sin piedad—. Está ahí fuera, preocupado, buscando a su santita esposa. No tiene ni puta idea de que aquí estoy, con la concha llena de verga.

Me agarré más fuerte al borde de la pared, mis nudillos se pusieron blancos. Mi polla estaba dura como una piedra dentro del pantalón, apretada contra la bragueta.

—Cada vez que puedo le pongo los cuernos con quien sea —continuó Julia, su voz temblorosa por el impacto de las embestidas—. En el trabajo, en el gimnasio, cuando voy a comprar... soy una zorra para cualquiera menos para él. Y hoy, en nuestro maldito día de boda, no podía ser la excepción.

El mesero comenzó a respirar con dificultad, su ritmo se volvió errático y sus movimientos más cortos y profundos. Julia lo sintió. Se enderezó un poco, llevando una mano atrás para agarrarle el muslo a él, empujándolo aún más dentro de sí.

—No te vayas, pendejo —le ordenó, apretando los dientes—. Cuando te vengas, lo haces dentro. ¿Me oíste? No me saques ni una gota. Quiero que me dejes toda tu leche en la concha.

—Sí, señora... —balbuceó él, perdiendo todo control.

—Dámelo todo —gritó Julia—. Lléname. Déjame caliente y húmeda para cuando tenga que volver con él.

Con un gemido profundo que pareció venirle de las pantorrillas, el mesero se tensó y la embistió una última vez con brutalidad, enterrando su verga hasta el fondo. Vi cómo sus testículos se contrajeron mientras él la llenaba, bombeando su semen dentro del cuerpo de mi esposa. Julia gimió, un sonido largo y satisfactorio, recibiendo el líquido caliente, apretando los glúteos para no dejar escapar nada.

Se quedaron así un momento, pegados, respirando fuerte en el silencio del baño, solo interrumpido por el goteo del grifo. El mesero se retiró lentamente, su polla flácida y brillante saliendo de ella con un sonido húmedo. Un hilo de semen blanco y espeso comenzó a deslizarse lentamente por el muslo interior de Julia, manchando las medias blancas que aún llevaba puestas.

Ella se giró, arreglándose el vestido torpemente para cubrirse, aunque sus tetas seguían al aire, brillando por el sudor. Le pasó una mano por el cabello al mesero, quien se estaba abrochando el cinturón con movimientos torpes, todavía aturdido por el orgasmo.

—Eso estuvo bien, cariño —dijo Julia, con una voz que recuperaba su tono de mando—. Pero no es suficiente. Todavía me falta rato para volver a la fiesta.

El mesero la miró, confundido, limpiándose la frente con el dorso de la mano.

—¿Qué... qué quiere?

Julia se acercó a él y le ajustó la corbata con una sonrisa pícara, sus ojos brillando con malicia.

—Vuelve al salón —le susurró al oído, aunque yo escuchaba cada palabra desde mi escondite—. Busca a ese compañero tuyo, el alto, el que tiene los brazos tatuados. Dile que la novia necesita ayuda en el baño. Dile que venga a terminarme el trabajo que tú empezaste.

El mesero se quedó paralizado un segundo, asintiendo con la cabeza como un autómata.

—Ahora vete —lo empujó suavemente hacia la puerta—. Y dile que traiga ganas, porque voy a necesitar que me rompan bien.

Yo me quedé arriba del inodoro, con el corazón golpeándome el pecho como un pájaro enjaulado, viendo cómo Julia se miraba en el espejo del baño, pasándose la lengua por los labios, limpiando una mancha de semen de su espinilla y llevándosela a la boca, esperando a que el siguiente hombre entrara por la puerta.

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