El alcohol ya corría por mis venas como un río de fuego cuando las cartas se repartieron por última vez. La mesa de madera de mi comedor temblaba ligeramente con cada movimiento, las botellas de cerveza y whisky formando un círculo irregular alrededor de nosotros. Mariana, mi novia, se reclinó en su silla con esa sonrisa pícara que solo ella tiene, la que hace que sus grandes pechos se presionen contra la tela del vestido rojo que llevaba. Juan, Martín, Leo y Sebastián la miraban con una intensidad que ya no intentaban disimular, sus ojos brillando bajo la luz tenue del comedor.
"Otra ronda," propuse, mezclando las cartas con torpeza. "El que pierde, cumple un reto."
Mariana perdió la primera mano. "Mmm, ¿qué quieres que haga?" preguntó, pasando su lengua por sus labios.
"Quítate los aretes," dijo Sebastián, ajustándose la entrepierna.
Ella obedeció lentamente, sus dedos delicados trabajando los pequeños aros de plata. Perdió la segunda mano. "Ahora el collar," ordenó Martín. El collar de perlas cayó sobre la mesa con un sonido suave. Tercera mano perdida. "Los zapatos," dije yo, sorprendido por lo ronca que sonaba mi voz.
Cuando perdió la cuarta vez, el ambiente se había espesado como miel caliente. "El vestido," susurró Juan, y los otros asintieron en silencio.
Mariana se puso de pie, y por un instante, el único sonido fue el de nuestra respiración contenida. La cremallera descendió con un zumbido casi inaudible. La tela roja se deslizó por su piel como agua, revelando primero sus hombros perfectos, luego la curva de su cintura, y finalmente cayó a sus pies. Estaba completamente desnuda excepto por un diminuto tanga negro que apenas cubría su coño Y un sostén que hacía fuerza para explotar en cualquier momento y dejar sus tetotas al aire.
"Sigamos jugando," dijo ella, sentándose de nuevo como si nada.
Perdió las siguientes tres manos. El tanga desapareció primero, luego su sostén negro, dejando sus tetas enormes libres, los pezones ya duros como piedras. Finalmente, solo quedaba el último reto.
"Esta vez va a ser diferente," dije yo, mi verga durísima presionando contra mis pantalones. "Todos ustedes," señalé a mis amigos, "van a masturbarse mientras Mariana se toca. Y cuando eyaculen, lo harán sobre mi verga."
El silencio fue absoluto por un segundo antes de que todos empezaran a reír, una risa ronca y excitada. Mariana abrió sus piernas, mostrándonos su coño ya mojado, y comenzó a pasarse los dedos por sus labios. "Y después," continué, "ella me la chupará con toda esa leche encima."
Sebastián fue el primero en sacar su verga, ya dura y goteando. La rodeó con su mano, moviéndola rítmicamente mientras observaba a Mariana tocarse. Leo y Martín lo siguieron casi inmediatamente, sus vergas diferentes pero igualmente erectas. Juan se levantó, acercándose a mí.
"¿Estás seguro de esto, amigo?" preguntó, aunque su mano ya trabajaba su miembro.
"Seguro," respondí, abriendo mis pantalones y liberando mi verga ya dura como un garrote.
Mariana ahora tenía dos dedos dentro de su coño, sus caderas moviéndose en pequeños círculos. "Más rápido," jadeó, "quiero verlos correrse."
Sebastián fue el primero en llegar al clímax. Se acercó a mí, su mano moviéndose furiosamente sobre su verga. "Ah, carajo," gruñó, y el primer chorro de su semen caliente golpeó mi verga, seguido por otros más espesos. La leche blanca y pegajosa cubrió mi glande, goteando lentamente hacia abajo.
Leo se acercó después, sus ojos fijos en la mezcla de semen de Sebastián sobre mi miembro. "Mierda," gritó, y su eyaculación fue aún más abundante, chorros gruesos que salpicaron mis testículos y el eje de mi verga. Mariana gemía más fuerte ahora, sus dedos moviéndose sin piedad sobre su clítoris.
Martín fue el tercero, su semen más líquido pero igualmente caliente. Se acercó tanto que pude sentir el calor de su respiración. "Toma toda mi leche," susurró, y sus chorros se mezclaron con los de los otros, creando una capa espesa sobre mi verga.
Por último, Juan se acercó, su verga enormemente erecta. "Esto es increíble," dijo, y su eyaculación fue la más potente, chorros que alcanzaron hasta mi estómago. Cuatro cargas diferentes de semen caliente cubrían ahora mi verga completamente.
Mariana se arrodilló frente a mí, sus ojos brillando de deseo. "Dios, qué rico se ve," murmuró, y sin más preámbulos, tomó mi verga con una mano. La leche de mis amigos goteaba sobre sus dedos. Luego, con la otra mano, se la pasó por sus tetas, cubriéndolas con el semen.
"Chúpamela ahora," ordené, mi voz ronca de excitación.
Ella abrió su boca y me engulló por completo. La sensación de su lengua caliente y húmeda sobre mi glande, mezclada con el semen de mis amigos, fue casi abrumadora. La chupaba con desesperación, como una sedienta, su cabeza moviéndose rápidamente arriba y abajo. Pude ver cómo algunas gotas de semen escapaban por las comisuras de sus labios, cayendo sobre sus tetas.
"Trágatelo toda," gemí, agarrándole el pelo.
Mariana respondió chupándome aún más fuerte, sus manos masajeando mis testículos cubiertos de semen. El sonido de su boca trabajando mi verga llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y los de mis amigos que se masturbaban de nuevo, observándonos.
"Voy a correrme," advertí, mis caderas moviéndose instintivamente, follando su boca.
Ella no se detuvo, sino que aceleró su ritmo. Pude sentir el orgasmo construyéndose desde mis testículos, una ola de calor que crecía inexorablemente. Con un grito, eyaculé en su boca, chorros espesos de mi leche mezclándose con la de mis amigos. Mariana se tragó todo, su garganta trabajando para no perder ni una gota.
Cuando terminé, ella me limpió con su lengua, lamiendo cada rastro de semen de mi verga. Luego se recostó sobre la alfombra, sus piernas abiertas, su coño brillando de humedad. "Y ahora," dijo con una sonrisa cansada, "¿quién se anima a seguir jugando?"
"Otra ronda," propuse, mezclando las cartas con torpeza. "El que pierde, cumple un reto."
Mariana perdió la primera mano. "Mmm, ¿qué quieres que haga?" preguntó, pasando su lengua por sus labios.
"Quítate los aretes," dijo Sebastián, ajustándose la entrepierna.
Ella obedeció lentamente, sus dedos delicados trabajando los pequeños aros de plata. Perdió la segunda mano. "Ahora el collar," ordenó Martín. El collar de perlas cayó sobre la mesa con un sonido suave. Tercera mano perdida. "Los zapatos," dije yo, sorprendido por lo ronca que sonaba mi voz.
Cuando perdió la cuarta vez, el ambiente se había espesado como miel caliente. "El vestido," susurró Juan, y los otros asintieron en silencio.
Mariana se puso de pie, y por un instante, el único sonido fue el de nuestra respiración contenida. La cremallera descendió con un zumbido casi inaudible. La tela roja se deslizó por su piel como agua, revelando primero sus hombros perfectos, luego la curva de su cintura, y finalmente cayó a sus pies. Estaba completamente desnuda excepto por un diminuto tanga negro que apenas cubría su coño Y un sostén que hacía fuerza para explotar en cualquier momento y dejar sus tetotas al aire.
"Sigamos jugando," dijo ella, sentándose de nuevo como si nada.
Perdió las siguientes tres manos. El tanga desapareció primero, luego su sostén negro, dejando sus tetas enormes libres, los pezones ya duros como piedras. Finalmente, solo quedaba el último reto.
"Esta vez va a ser diferente," dije yo, mi verga durísima presionando contra mis pantalones. "Todos ustedes," señalé a mis amigos, "van a masturbarse mientras Mariana se toca. Y cuando eyaculen, lo harán sobre mi verga."
El silencio fue absoluto por un segundo antes de que todos empezaran a reír, una risa ronca y excitada. Mariana abrió sus piernas, mostrándonos su coño ya mojado, y comenzó a pasarse los dedos por sus labios. "Y después," continué, "ella me la chupará con toda esa leche encima."
Sebastián fue el primero en sacar su verga, ya dura y goteando. La rodeó con su mano, moviéndola rítmicamente mientras observaba a Mariana tocarse. Leo y Martín lo siguieron casi inmediatamente, sus vergas diferentes pero igualmente erectas. Juan se levantó, acercándose a mí.
"¿Estás seguro de esto, amigo?" preguntó, aunque su mano ya trabajaba su miembro.
"Seguro," respondí, abriendo mis pantalones y liberando mi verga ya dura como un garrote.
Mariana ahora tenía dos dedos dentro de su coño, sus caderas moviéndose en pequeños círculos. "Más rápido," jadeó, "quiero verlos correrse."
Sebastián fue el primero en llegar al clímax. Se acercó a mí, su mano moviéndose furiosamente sobre su verga. "Ah, carajo," gruñó, y el primer chorro de su semen caliente golpeó mi verga, seguido por otros más espesos. La leche blanca y pegajosa cubrió mi glande, goteando lentamente hacia abajo.
Leo se acercó después, sus ojos fijos en la mezcla de semen de Sebastián sobre mi miembro. "Mierda," gritó, y su eyaculación fue aún más abundante, chorros gruesos que salpicaron mis testículos y el eje de mi verga. Mariana gemía más fuerte ahora, sus dedos moviéndose sin piedad sobre su clítoris.
Martín fue el tercero, su semen más líquido pero igualmente caliente. Se acercó tanto que pude sentir el calor de su respiración. "Toma toda mi leche," susurró, y sus chorros se mezclaron con los de los otros, creando una capa espesa sobre mi verga.
Por último, Juan se acercó, su verga enormemente erecta. "Esto es increíble," dijo, y su eyaculación fue la más potente, chorros que alcanzaron hasta mi estómago. Cuatro cargas diferentes de semen caliente cubrían ahora mi verga completamente.
Mariana se arrodilló frente a mí, sus ojos brillando de deseo. "Dios, qué rico se ve," murmuró, y sin más preámbulos, tomó mi verga con una mano. La leche de mis amigos goteaba sobre sus dedos. Luego, con la otra mano, se la pasó por sus tetas, cubriéndolas con el semen.
"Chúpamela ahora," ordené, mi voz ronca de excitación.
Ella abrió su boca y me engulló por completo. La sensación de su lengua caliente y húmeda sobre mi glande, mezclada con el semen de mis amigos, fue casi abrumadora. La chupaba con desesperación, como una sedienta, su cabeza moviéndose rápidamente arriba y abajo. Pude ver cómo algunas gotas de semen escapaban por las comisuras de sus labios, cayendo sobre sus tetas.
"Trágatelo toda," gemí, agarrándole el pelo.
Mariana respondió chupándome aún más fuerte, sus manos masajeando mis testículos cubiertos de semen. El sonido de su boca trabajando mi verga llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos y los de mis amigos que se masturbaban de nuevo, observándonos.
"Voy a correrme," advertí, mis caderas moviéndose instintivamente, follando su boca.
Ella no se detuvo, sino que aceleró su ritmo. Pude sentir el orgasmo construyéndose desde mis testículos, una ola de calor que crecía inexorablemente. Con un grito, eyaculé en su boca, chorros espesos de mi leche mezclándose con la de mis amigos. Mariana se tragó todo, su garganta trabajando para no perder ni una gota.
Cuando terminé, ella me limpió con su lengua, lamiendo cada rastro de semen de mi verga. Luego se recostó sobre la alfombra, sus piernas abiertas, su coño brillando de humedad. "Y ahora," dijo con una sonrisa cansada, "¿quién se anima a seguir jugando?"
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