Hola compañeros de Poringa, continúo modificando los relatos son IA, les dejo el segundo: "Mi mujer con sus dos novios el mismo día (2ra parte)" desde el punto de vista de mi mujer. Espero les guste y lo disfruten!
Aquella noche llegué a casa alrededor de las 19:00, completamente agotada, pero con el pulso acelerado. Mi cuerpo aún recordaba cada movimiento de Gabriel, cada penetración que me había dejado la vagina hinchada y el culo dolorido. A pesar del agotamiento, me apresuré a bañarme, sintiendo el agua caliente recorriendo mis curvas mientras pensaba en Nito, mi otro amante de esa época.
Nito, con sus 35 años, era todo un espécimen: alto, casi 1.88 metros, delgado pero bien proporcionado, con ese cabello claro que brillaba bajo la luz y una cara que consideraba simplemente divina. Era el más maduro de los dos, el verdadero caballero, pero su indecisión me excitaba. Me encantaba cómo me hacía sentir especial, cómo su mirada me desnudaba antes siquiera de tocarme.
Me sequé con cuidado, pensando en qué ponerme. Aunque mi culo estaba sensible por la tarde con Gabriel, tenía muchas ganas de salir con Nito. Elegí un vestido largo negro, ajustado al torso que resaltaba mi cintura fina y mis pechos firmes, con una falda suelta que se movía elegantemente al caminar. El tajo lateral llegaba casi hasta mi cintura, mostrando suficiente piel sin revelar todo. Me puse medias bucaneras negras que se detenían justo antes del inicio de mis muslos y unos tacones aguja que me elevaban a más de 12 centímetros del suelo. En ese momento mi cuerpo estaba en su mejor forma: las clases de aerobics habían definido mis piernas, mis caderas se marcaban con cada movimiento y mi culo era redondo y prominente. Mis pechos, naturales y firmes, completaban un cuadro que sabía que dejaría a Nito sin aliento.
Lo que no sabía Nito es que, debido al dolor que sentía, había decidido no usar tanga esa noche. En su lugar, me había aplicado una crema antihemorroidal y vaselina para aliviar la irritación. Siempre hemos discutido sobre si la vaselina realmente ayuda con las rozaduras, pero esa noche la necesitaba.
Nito llegó a buscarme sobre las 21:00 en su coupé Taunus. La idea era cenar algo y luego ir a bailar a Arroyo Seco. Cuando subí al auto, me aseguré de que el vestido se deslizara hacia arriba, dejando al descubierto mis piernas cubiertas solo por las medias y una parte considerable de mi sexo.
No pasó mucho tiempo antes de que Nito notara mi falta de ropa interior. "¡Qué hija de puta que sos! ¡Cómo me calientas!" murmuró. En ese momento, giró bruscamente en el primer camino que encontró, buscando un lugar apartado junto a una arboleda donde estacionó el auto.
Se bajó y rodeó el vehículo mientras yo, con el corazón martilleando, abrí mis piernas. Mis dedos comenzaron a explorar mi sexo, ya húmedo de anticipación. Nito se detuvo un momento, observándome, mientras sacaba su miembro que ya estaba completamente erecto.
Confieso que, de todos los hombres que he estado, la verga de Nito fue la que más me impactó. Tenía unos 20 centímetros de largo, con una cabeza relativamente pequeña, pero el tronco... Dios, debía tener al menos 8 centímetros de diámetro. Era una bestia, tan gruesa que apenas podía caber en mi boca cuando se la chupaba. Con él solo me dejé coger por el culo unas pocas veces porque el dolor era casi insoportable. Esta fue una de esas ocasiones.
Mientras me masturbaba, acercó su miembro a mi boca. Tomé la cabeza con mis labios, jugué con ella con mi lengua y luego comencé a lamer el tronco como si fuera un helado, ya que era imposible metérmelo entero. De vez en cuando, agarraba mi cabeza, me hundía su miembro hasta donde podía y me mantenía así hasta que empezaba a ahogarme. Entonces se alejaba, permitiéndome escupir toda la saliva acumulada. Después de un rato de este juego, agarró mi cabeza con fuerza y eyaculó en mi boca. Sentí su semen caliente inundándome, casi me ahogo entre tanta leche y su grueso miembro que no me dejaba respirar.
Una vez que terminó, Nito se arrodilló, me recostó en el asiento y comenzó a lamerme el sexo. Sus labios y su lengua exploraban cada pliegue, cada centímetro de mi intimidad. Cuando notó que estaba a punto de alcanzar el orgasmo, se detuvo y, sin previo aviso, me penetró de golpe. Su miembro entró en mi vagina ya lubricada por mi flujo y su saliva. Grité, casi llego al clímax instantáneamente y sentí como si un tronco me partiera por la mitad. Pero el deseo era más fuerte que el dolor, y comencé a mover mis caderas, empujando para que penetrara más profundo, aunque era imposible que entrara completamente.
Nito, incómodo en esa posición, me hizo salir del auto y me apoyó de frente contra el vehículo. Levantó mi vestido, dejando mi culo completamente al descubierto, y subió mi pierna derecha sobre el capó. Comenzó a penetrarme nuevamente desde atrás. Como era mucho más alto que yo, levantaba mi culo con sus manos, y cuando me empujaba contra el auto, quedaba suspendida en el aire. A cada embestida entraba un poco más, y a cada empujón yo gemía más fuerte. Me encantaba que me cogiera así; en esa posición con él tuve algunos de mis orgasmos más intensos.
En un momento, Nito notó la vaselina en mi culo. "¡Te viniste preparada, putita, eh!" exclamó. Justo cuando más disfrutaba la penetración, me la sacó, me recostó firmemente contra el capó, separó mis glúteos y comenzó a acercar su miembro a mi culo. Le supliqué que parara, que me dolía, pero él no me hizo caso, siguió empujando. A cada embestida gritaba, una mezcla de dolor y placer que solo lo excitaba más, haciéndolo empujar con más fuerza y yo gritar más fuerte. "¡Grita, guachita, que acá no te escucha nadie!" me decía.
Nunca había sentido un miembro tan gordo en el culo como el de él, y esa fue la única vez que pudo introducírmelo completamente. Las otras dos veces que me cogió por atrás solo logró entrar hasta la mitad.
Cuando finalmente lo metió todo, sentí como si estuviera a punto de desmayarme, no de placer sino de dolor. Nito me mantuvo apretada contra el auto, completamente ensartada, por lo que me pareció una eternidad. Poco a poco, el dolor fue disminuyendo y dando paso al placer, hasta que con su miembro palpitando dentro de mi culo, comencé a gemir de verdadero gozo.
Nito era un experto y me mantuvo así un rato más, casi sin moverse. Cuando se dio cuenta de que mi ano se había relajado por completo y yo respondía a sus movimientos, comenzó a desplazarse. Primero lentamente, para acostumbrarme, con movimientos cortos, casi sin retirarlo. Pero después de un rato comenzó a sacarlo cada vez más, iniciando un vaivén furioso. Lo retiraba con facilidad, pero al introducirlo era diferente: empujaba con mucha fuerza, violando mi culo en cada embestida, lo que me hacía emitir quejidos mezclados de dolor y éxtasis.
Me tuvo así durante lo que calculo fueron 15 o 20 minutos, recostada con mis pechos sobre el capó, subiendo y bajando a cada empujón. De repente, sentí su miembro ponerse más duro, más gordo y comenzó a palpitarme dentro. En ese momento grité con todas mis fuerzas y tuve un orgasmo tan intenso que me dejó sin piernas, completamente floja sobre el auto. Nito continuó con sus embestidas mientras yo yacía allí, casi sin sentir nada más. Finalmente, me la clavó bien profundo y comenzó a eyacular. Podía sentir sus chorros de semen caliente inundando mi interior.
Una vez que terminó, me abrazó, me besó, retiró su miembro que goteaba semen, me arregló la ropa y me ayudó a subir al auto. Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento. El interior del auto olía a sexo, a sudor y a su semen que aún goteaba lentamente de mi ano. Me sentía completamente satisfecha, pero también dolorida y exhausta. Nito me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
"Estás increíble", me susurró, acariciándome el pelo. Su voz era más suave ahora, sin la agresividad de momentos antes. "No sé cómo haces para ponerme así".
Sonreí, aunque el movimiento me recordó lo adolorida que estaba. "Tú tampoco te quedas atrás", respondí, sintiendo cómo mi ano se contraía ligeramente al recordarlo.
Después de un rato, Nito arrancó el motor y salimos de ese lugar apartado. La idea original era ir a bailar a Arroyo Seco, pero ambos sabíamos que eso no sucedería. No podía siquiera mantenerme en pie sin sentir cómo mi ano pulsaba de dolor y placer.
Fuimos a un pequeño restaurante que quedaba abierto hasta tarde. Caminar hasta la mesa fue un desafío; sentía cada paso como una nueva penetración, y me sorprendí a mí misma excitándome con el dolor. Cada vez que me sentaba, sentía el recuerdo imborrable de su miembro dentro de mí.
Mientras cenábamos, Nito no podía dejar de mirarme. Sus ojos recorrían mi cuerpo, deteniéndose en mi escote y luego volviendo a mis ojos. "¿Te duele mucho?" preguntó de repente.
Asentí. "Pero fue lo que pedí", admití. "Y lo que quería".
Él sonrió. "Nunca había estado con alguien como vos”, confesó. "Alguien que pueda... absorberlo todo".
La conversación derivó hacia otros temas, pero había una tensión sexual flotando entre nosotros. Cada vez que nuestra piel se rozaba, sentía una descarga eléctrica recorrer mi cuerpo. A pesar del agotamiento, parte de mí quería repetirlo, sentirlo de nuevo.
Cuando terminamos de cenar, Nito me llevó de vuelta a casa. El viaje fue en silencio mayormente, con solo el sonido de la radio y nuestros respirares. Me sentía extrañamente conectada con él en ese momento, como si esa experiencia brutal nos hubiera unido de alguna manera.
Antes de bajar del auto, me giré hacia él. "Gracias por la noche", susurré, aunque no sabía exactamente qué agradecía: el sexo salvaje, la cena, o simplemente su presencia.
Nito se inclinó y me besó, esta vez suavemente. "Gracias a ti", respondió. "La próxima vez, te prometo que seré más suave".
Sonreí sabiendo que probablemente no lo sería, y que eso era exactamente lo que quería.
Bajé del auto y me despedí con un gesto de la mano. Mientras él se alejaba, me quedé en la puerta un momento, sintiendo cómo mi cuerpo entero vibraba con el recuerdo de esa noche. Sabía que al día siguiente estaría más adolorida, pero también sabía que valió la pena cada segundo.
Al entrar a casa, me miré en el espejo. Mis labios estaban hinchados, mi piel enrojecida, mis ojos brillantes de satisfacción. Me sentía viva, poderosa, completamente femenina. A pesar del dolor, o quizás gracias a él, esa noche se había convertido en una de las más memorables de mi vida.
Me desvestí lentamente, cada movimiento un recordatorio de lo que había vivido. Al acostarme, sentí cómo mi ano todavía pulsaba, un eco lejano de la ferocidad de Nito. Me dormí con una sonrisa en los labios, soñando ya con nuestra próxima cita.
Aquella noche llegué a casa alrededor de las 19:00, completamente agotada, pero con el pulso acelerado. Mi cuerpo aún recordaba cada movimiento de Gabriel, cada penetración que me había dejado la vagina hinchada y el culo dolorido. A pesar del agotamiento, me apresuré a bañarme, sintiendo el agua caliente recorriendo mis curvas mientras pensaba en Nito, mi otro amante de esa época.
Nito, con sus 35 años, era todo un espécimen: alto, casi 1.88 metros, delgado pero bien proporcionado, con ese cabello claro que brillaba bajo la luz y una cara que consideraba simplemente divina. Era el más maduro de los dos, el verdadero caballero, pero su indecisión me excitaba. Me encantaba cómo me hacía sentir especial, cómo su mirada me desnudaba antes siquiera de tocarme.
Me sequé con cuidado, pensando en qué ponerme. Aunque mi culo estaba sensible por la tarde con Gabriel, tenía muchas ganas de salir con Nito. Elegí un vestido largo negro, ajustado al torso que resaltaba mi cintura fina y mis pechos firmes, con una falda suelta que se movía elegantemente al caminar. El tajo lateral llegaba casi hasta mi cintura, mostrando suficiente piel sin revelar todo. Me puse medias bucaneras negras que se detenían justo antes del inicio de mis muslos y unos tacones aguja que me elevaban a más de 12 centímetros del suelo. En ese momento mi cuerpo estaba en su mejor forma: las clases de aerobics habían definido mis piernas, mis caderas se marcaban con cada movimiento y mi culo era redondo y prominente. Mis pechos, naturales y firmes, completaban un cuadro que sabía que dejaría a Nito sin aliento.
Lo que no sabía Nito es que, debido al dolor que sentía, había decidido no usar tanga esa noche. En su lugar, me había aplicado una crema antihemorroidal y vaselina para aliviar la irritación. Siempre hemos discutido sobre si la vaselina realmente ayuda con las rozaduras, pero esa noche la necesitaba.
Nito llegó a buscarme sobre las 21:00 en su coupé Taunus. La idea era cenar algo y luego ir a bailar a Arroyo Seco. Cuando subí al auto, me aseguré de que el vestido se deslizara hacia arriba, dejando al descubierto mis piernas cubiertas solo por las medias y una parte considerable de mi sexo.
No pasó mucho tiempo antes de que Nito notara mi falta de ropa interior. "¡Qué hija de puta que sos! ¡Cómo me calientas!" murmuró. En ese momento, giró bruscamente en el primer camino que encontró, buscando un lugar apartado junto a una arboleda donde estacionó el auto.
Se bajó y rodeó el vehículo mientras yo, con el corazón martilleando, abrí mis piernas. Mis dedos comenzaron a explorar mi sexo, ya húmedo de anticipación. Nito se detuvo un momento, observándome, mientras sacaba su miembro que ya estaba completamente erecto.
Confieso que, de todos los hombres que he estado, la verga de Nito fue la que más me impactó. Tenía unos 20 centímetros de largo, con una cabeza relativamente pequeña, pero el tronco... Dios, debía tener al menos 8 centímetros de diámetro. Era una bestia, tan gruesa que apenas podía caber en mi boca cuando se la chupaba. Con él solo me dejé coger por el culo unas pocas veces porque el dolor era casi insoportable. Esta fue una de esas ocasiones.
Mientras me masturbaba, acercó su miembro a mi boca. Tomé la cabeza con mis labios, jugué con ella con mi lengua y luego comencé a lamer el tronco como si fuera un helado, ya que era imposible metérmelo entero. De vez en cuando, agarraba mi cabeza, me hundía su miembro hasta donde podía y me mantenía así hasta que empezaba a ahogarme. Entonces se alejaba, permitiéndome escupir toda la saliva acumulada. Después de un rato de este juego, agarró mi cabeza con fuerza y eyaculó en mi boca. Sentí su semen caliente inundándome, casi me ahogo entre tanta leche y su grueso miembro que no me dejaba respirar.
Una vez que terminó, Nito se arrodilló, me recostó en el asiento y comenzó a lamerme el sexo. Sus labios y su lengua exploraban cada pliegue, cada centímetro de mi intimidad. Cuando notó que estaba a punto de alcanzar el orgasmo, se detuvo y, sin previo aviso, me penetró de golpe. Su miembro entró en mi vagina ya lubricada por mi flujo y su saliva. Grité, casi llego al clímax instantáneamente y sentí como si un tronco me partiera por la mitad. Pero el deseo era más fuerte que el dolor, y comencé a mover mis caderas, empujando para que penetrara más profundo, aunque era imposible que entrara completamente.
Nito, incómodo en esa posición, me hizo salir del auto y me apoyó de frente contra el vehículo. Levantó mi vestido, dejando mi culo completamente al descubierto, y subió mi pierna derecha sobre el capó. Comenzó a penetrarme nuevamente desde atrás. Como era mucho más alto que yo, levantaba mi culo con sus manos, y cuando me empujaba contra el auto, quedaba suspendida en el aire. A cada embestida entraba un poco más, y a cada empujón yo gemía más fuerte. Me encantaba que me cogiera así; en esa posición con él tuve algunos de mis orgasmos más intensos.
En un momento, Nito notó la vaselina en mi culo. "¡Te viniste preparada, putita, eh!" exclamó. Justo cuando más disfrutaba la penetración, me la sacó, me recostó firmemente contra el capó, separó mis glúteos y comenzó a acercar su miembro a mi culo. Le supliqué que parara, que me dolía, pero él no me hizo caso, siguió empujando. A cada embestida gritaba, una mezcla de dolor y placer que solo lo excitaba más, haciéndolo empujar con más fuerza y yo gritar más fuerte. "¡Grita, guachita, que acá no te escucha nadie!" me decía.
Nunca había sentido un miembro tan gordo en el culo como el de él, y esa fue la única vez que pudo introducírmelo completamente. Las otras dos veces que me cogió por atrás solo logró entrar hasta la mitad.
Cuando finalmente lo metió todo, sentí como si estuviera a punto de desmayarme, no de placer sino de dolor. Nito me mantuvo apretada contra el auto, completamente ensartada, por lo que me pareció una eternidad. Poco a poco, el dolor fue disminuyendo y dando paso al placer, hasta que con su miembro palpitando dentro de mi culo, comencé a gemir de verdadero gozo.
Nito era un experto y me mantuvo así un rato más, casi sin moverse. Cuando se dio cuenta de que mi ano se había relajado por completo y yo respondía a sus movimientos, comenzó a desplazarse. Primero lentamente, para acostumbrarme, con movimientos cortos, casi sin retirarlo. Pero después de un rato comenzó a sacarlo cada vez más, iniciando un vaivén furioso. Lo retiraba con facilidad, pero al introducirlo era diferente: empujaba con mucha fuerza, violando mi culo en cada embestida, lo que me hacía emitir quejidos mezclados de dolor y éxtasis.
Me tuvo así durante lo que calculo fueron 15 o 20 minutos, recostada con mis pechos sobre el capó, subiendo y bajando a cada empujón. De repente, sentí su miembro ponerse más duro, más gordo y comenzó a palpitarme dentro. En ese momento grité con todas mis fuerzas y tuve un orgasmo tan intenso que me dejó sin piernas, completamente floja sobre el auto. Nito continuó con sus embestidas mientras yo yacía allí, casi sin sentir nada más. Finalmente, me la clavó bien profundo y comenzó a eyacular. Podía sentir sus chorros de semen caliente inundando mi interior.
Una vez que terminó, me abrazó, me besó, retiró su miembro que goteaba semen, me arregló la ropa y me ayudó a subir al auto. Nos quedamos un rato en silencio, recuperando el aliento. El interior del auto olía a sexo, a sudor y a su semen que aún goteaba lentamente de mi ano. Me sentía completamente satisfecha, pero también dolorida y exhausta. Nito me tomó de la mano, entrelazando sus dedos con los míos.
"Estás increíble", me susurró, acariciándome el pelo. Su voz era más suave ahora, sin la agresividad de momentos antes. "No sé cómo haces para ponerme así".
Sonreí, aunque el movimiento me recordó lo adolorida que estaba. "Tú tampoco te quedas atrás", respondí, sintiendo cómo mi ano se contraía ligeramente al recordarlo.
Después de un rato, Nito arrancó el motor y salimos de ese lugar apartado. La idea original era ir a bailar a Arroyo Seco, pero ambos sabíamos que eso no sucedería. No podía siquiera mantenerme en pie sin sentir cómo mi ano pulsaba de dolor y placer.
Fuimos a un pequeño restaurante que quedaba abierto hasta tarde. Caminar hasta la mesa fue un desafío; sentía cada paso como una nueva penetración, y me sorprendí a mí misma excitándome con el dolor. Cada vez que me sentaba, sentía el recuerdo imborrable de su miembro dentro de mí.
Mientras cenábamos, Nito no podía dejar de mirarme. Sus ojos recorrían mi cuerpo, deteniéndose en mi escote y luego volviendo a mis ojos. "¿Te duele mucho?" preguntó de repente.
Asentí. "Pero fue lo que pedí", admití. "Y lo que quería".
Él sonrió. "Nunca había estado con alguien como vos”, confesó. "Alguien que pueda... absorberlo todo".
La conversación derivó hacia otros temas, pero había una tensión sexual flotando entre nosotros. Cada vez que nuestra piel se rozaba, sentía una descarga eléctrica recorrer mi cuerpo. A pesar del agotamiento, parte de mí quería repetirlo, sentirlo de nuevo.
Cuando terminamos de cenar, Nito me llevó de vuelta a casa. El viaje fue en silencio mayormente, con solo el sonido de la radio y nuestros respirares. Me sentía extrañamente conectada con él en ese momento, como si esa experiencia brutal nos hubiera unido de alguna manera.
Antes de bajar del auto, me giré hacia él. "Gracias por la noche", susurré, aunque no sabía exactamente qué agradecía: el sexo salvaje, la cena, o simplemente su presencia.
Nito se inclinó y me besó, esta vez suavemente. "Gracias a ti", respondió. "La próxima vez, te prometo que seré más suave".
Sonreí sabiendo que probablemente no lo sería, y que eso era exactamente lo que quería.
Bajé del auto y me despedí con un gesto de la mano. Mientras él se alejaba, me quedé en la puerta un momento, sintiendo cómo mi cuerpo entero vibraba con el recuerdo de esa noche. Sabía que al día siguiente estaría más adolorida, pero también sabía que valió la pena cada segundo.
Al entrar a casa, me miré en el espejo. Mis labios estaban hinchados, mi piel enrojecida, mis ojos brillantes de satisfacción. Me sentía viva, poderosa, completamente femenina. A pesar del dolor, o quizás gracias a él, esa noche se había convertido en una de las más memorables de mi vida.
Me desvestí lentamente, cada movimiento un recordatorio de lo que había vivido. Al acostarme, sentí cómo mi ano todavía pulsaba, un eco lejano de la ferocidad de Nito. Me dormí con una sonrisa en los labios, soñando ya con nuestra próxima cita.
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