Bajé del inodoro con las piernas temblando, no por la debilidad, sino por una furia caliente que me quemaba las venas. No podía quedarme ahí mirando cómo mi esposa, la puta de Julia, esperaba a otro tipo para llenarse más de semen. Tenía que hacerle daño, tenía que devolverle el golpe bajo donde más doliera. Salí de la cabina contigua sin hacer ruido, dejándola ahí con su sonrisa de satisfacción sucia, y crucé el pasillo hacia el salón. El aire acondicionado del pasillo me golpeó la cara sudorosa, pero no me calmó. Mis ojos escaneaban la sala como un radar, buscando a la única persona que podía desatar mi venganza inmediata.
La vi en la mesa número cuatro, junto a unas tías viejas que chismorreaban. Elena. La madre de Julia. Era una versión más bajita y compacta de mi esposa, pero dios mío, lo que la naturaleza le había negado en estatura se lo había compensado en el pecho. Siempre la había mirado con respeto, pensando que era una madura atractiva y elegante con su vestido brilloso dorado que ceñía sus curvas, pero en ese momento, solo la veía como un instrumento de dolor. Me acerqué a ella con paso firme, ignorando a las demás mujeres, y la agarré del brazo con fuerza.
—Ven conmigo, ahora —le espeté, sin dejar lugar a réplica.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Estás bien? —preguntó con preocupación, intentando soltarse, pero yo la apreté más fuerte y la arrastré hacia el pasillo de servicio.
—Tu hija es una zorra —le siseé al oído mientras caminábamos rápido hacia el área de los baños, lejos del ruido de la música—. La acabo de pillar en el baño con un mesero, con la concha llena de leche. Me está poniendo los cuernos en nuestra propia boda, puta madre.
Ella se detuvo en seco, con la mano en la boca, horrorizada. —No... no puede ser... Julia...
—Lo vi, Elena. La vi con mis propios ojos — ya me daba igual, solo quería justificar lo que iba a hacer—. Y voy a vengarme. Quiero que me ayudes a que ella sienta lo mismo que yo.
—¡Qué dices! ¡Estás loco! —intentó darse la vuelta, pero yo la empujé contra la pared del pasillo, justo frente al baño de damas, el otro baño que estaba vacío.
No le di chance a que pensara, ni a que su moralidad católica saliera a relucir. Me lancé sobre ella y la besé con una violencia que asustó hasta a mí mismo. Metí la lengua en su boca a la fuerza, saboreando su lápiz labial rojo y su resistencia inicial. Se puso rígida, las manos empujándome el pecho, pero yo la presioné con mi cuerpo, dejándole sentir mi verga dura a través del pantalón. Poco a poco, sentí cómo su fuerza se desmoronaba. Su cuerpo se aflojó, sus manos dejaron de empujar y empezaron a aferrarse a mi camisa, devolviéndome el beso con una necesidad repentina y confusa. Gimió bajito, una vibración contra mis labios que me confirmó que estaba lista.
La agarré de la nuca y la metí al baño de damas. Afortunadamente, estaba vacío. No había tiempo para romanticismos ni para cerrar la puerta con llave. La empujé hacia el primer cubículo, el más grande, y ella entró tropezando, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos, nublados por una mezcla de shock y lujuria desenfrenada. Cerró la puerta con un golpe seco y se apoyó en la puerta, mirándome con esa cara de mujer madura que de repente se siente deseada como una veinteañera.
—Que sea rápido —susurró, acariciándose el pecho sobre el vestido brilloso—. Hazle pagar a esa ingrata.
Le di la vuelta y la agarré por las caderas. Ella se giró, apoyando las manos en la pared del baño, ofreciéndome su trasero. Le levanté el vestido dorado con brusquedad, la tela rasgando ligeramente al subir. No llevaba medias, sus muslos gruesos y blancos estaban al descubierto, y solo un hilo dental negro cubría su coño. Me bajé el cierre y saqué mi verga, palpitante y furiosa. Corrí el hilo a un lado y, sin previo aviso, la penetré de un solo golpe seco y profundo.
—¡Ay, Dios mío! —gritó ella, arqueando la espalda—. ¡Sí, sí, metemela bien duro!
Comencé a cogerla como un animal, sin ritmo, solo pura fuerza bruta. Cada embestida hacía que sus nalgas temblaran contra mi pelvis y que sus tetas inmensas golpearan contra la puerta del baño. El ruido de la carne chocando contra la carne resonaba en el cubículo, mezclado con nuestros jadeos y los gemidos agudos de Doña Elena.
—Así, así, cabrón —soltaba ella, mordiéndose el dorso de la mano—. Dámelo duro, que tu esposa no sabe lo que pierde.
La cogía con tanta furia que el escote de su vestido brilloso no pudo contener el castigo. De tanto empujarla contra la puerta y sacudirla, sus tetas enormes y pesadas saltaron por encima de la tela, saliendo al aire libre. Eran espectaculares, dos montículos blancos con pezones grandes y oscuros, endurecidos por el frío y la excitación, que se bamboleaban descontroladamente con cada golpe que le daba. Me agarré de ellas, usándolas como agarre para hundirme más profundo en su concha, apretando esos melones con fuerza hasta hacerla gritar de dolor y placer.
De repente, la puerta principal del baño se abrió de golpe. Los pasos de zapatos de servicio resonaron en los azulejos. Me congelé un segundo, pero no saqué la verga. Era el mesero. El mismo joven que acababa de correrse dentro de mi esposa. Entró buscando quizás papel higiénico o para lavarse las manos, y se detuvo en seco al vernos en el espejo que daba al pasillo de los cubículos. La puerta de nuestro cubículo estaba entreabierta por el movimiento de nuestras cuerpos, así que el tipo lo vio todo.
Vio mis manos manoseando las tetas desnudas de la madre de la novia. Vio mi verga desapareciendo en su coño maduro. Vio la expresión de placer bestial en la cara de Elena. El mesero se quedó paralizado, con la boca abierta, procesando la escena brutal y vengativa. Nos miramos a los ojos. Él sabía lo que acababa de hacer con Julia, y yo sabía que él lo sabía. No dijo nada. No hubo vergüenza, solo un pacto silencioso de perversión en el aire. Se giró y salió del baño, cerrando la puerta tras de él con un clic suave.
Esa visión, el saber que habíamos sido vistos por el amante de mi esposa, me empujó al borde. Saqué mi verga mojada de sus jugos y la giré. Ella se hincó en el inodoro, con sus tetas aún afuera, y se la metió en la boca de inmediato. Me chupó con ganas, con la experiencia que solo dan los años, limpiando sus propios fluidos de mi glande mientras me miraba de abajo arriba con esos ojos oscuros y brillantes.
—Qué rica verga tienes, yerno —murmuró entre lengüetazos, escupiendo sobre la punta—. Seguro es mejor que la de los que se llevan tu esposa.
No pude aguantar más. La levanté y la volví a colocar de espaldas, esta vez levantándole una pierna para penetrar aún más profundo. La cogí a un ritmo frenético, sintiendo cómo mi semen hervía en los testículos.
—¡Ya me vengo! ¡Voy a correrme dentro de ti. suegra! —grité
—Sí, lléname todo, yerno —respondió ella, apretando los músculos de su coño para estrangularme la verga.
Con un rugido ahogado, me clavé hasta el fondo y solté toda mi carga. Eyaculé con una intensidad que me dejó ciego, llenando su vagina madura con mi semen caliente, sintiendo cómo cada chorro salía disparado para vengar la traición de Julia. Nos quedamos así un momento, pegados, temblando, con el sudor frío bajándonos por la espalda.
Me retiré y me acomodé los pantalones. Ella se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo mi semen le chorreaba por dentro. Luego, con una calma sorprendente, se bajó el vestido, metiendo sus tetas enormes de nuevo en el escote, y se acomodó el hilo dental. Se miró en el espejo, se pasó la mano por el cabello despeinado y se arregló el lápiz labial.
—Gracias, hijo —dijo con una sonrisa pícara, saliendo del cubículo.
La seguí. Caminamos hacia la puerta del baño. Ella se detuvo un instante, abrió las piernas un poco y se pasó la mano por el muslo interior, verificando que el líquido espeso ya estaba bajando, manchando la tela interior de sus muslos y brillando en su piel. Salió como si nada al pasillo con paso seguro, con los muslos chorreando mi semen, lista para volver a la fiesta y saludar a su hija con mi carga corriendo por entre sus piernas.
La vi en la mesa número cuatro, junto a unas tías viejas que chismorreaban. Elena. La madre de Julia. Era una versión más bajita y compacta de mi esposa, pero dios mío, lo que la naturaleza le había negado en estatura se lo había compensado en el pecho. Siempre la había mirado con respeto, pensando que era una madura atractiva y elegante con su vestido brilloso dorado que ceñía sus curvas, pero en ese momento, solo la veía como un instrumento de dolor. Me acerqué a ella con paso firme, ignorando a las demás mujeres, y la agarré del brazo con fuerza.
—Ven conmigo, ahora —le espeté, sin dejar lugar a réplica.
—¿Qué pasa, hijo? ¿Estás bien? —preguntó con preocupación, intentando soltarse, pero yo la apreté más fuerte y la arrastré hacia el pasillo de servicio.
—Tu hija es una zorra —le siseé al oído mientras caminábamos rápido hacia el área de los baños, lejos del ruido de la música—. La acabo de pillar en el baño con un mesero, con la concha llena de leche. Me está poniendo los cuernos en nuestra propia boda, puta madre.
Ella se detuvo en seco, con la mano en la boca, horrorizada. —No... no puede ser... Julia...
—Lo vi, Elena. La vi con mis propios ojos — ya me daba igual, solo quería justificar lo que iba a hacer—. Y voy a vengarme. Quiero que me ayudes a que ella sienta lo mismo que yo.
—¡Qué dices! ¡Estás loco! —intentó darse la vuelta, pero yo la empujé contra la pared del pasillo, justo frente al baño de damas, el otro baño que estaba vacío.
No le di chance a que pensara, ni a que su moralidad católica saliera a relucir. Me lancé sobre ella y la besé con una violencia que asustó hasta a mí mismo. Metí la lengua en su boca a la fuerza, saboreando su lápiz labial rojo y su resistencia inicial. Se puso rígida, las manos empujándome el pecho, pero yo la presioné con mi cuerpo, dejándole sentir mi verga dura a través del pantalón. Poco a poco, sentí cómo su fuerza se desmoronaba. Su cuerpo se aflojó, sus manos dejaron de empujar y empezaron a aferrarse a mi camisa, devolviéndome el beso con una necesidad repentina y confusa. Gimió bajito, una vibración contra mis labios que me confirmó que estaba lista.
La agarré de la nuca y la metí al baño de damas. Afortunadamente, estaba vacío. No había tiempo para romanticismos ni para cerrar la puerta con llave. La empujé hacia el primer cubículo, el más grande, y ella entró tropezando, con la respiración entrecortada y los ojos vidriosos, nublados por una mezcla de shock y lujuria desenfrenada. Cerró la puerta con un golpe seco y se apoyó en la puerta, mirándome con esa cara de mujer madura que de repente se siente deseada como una veinteañera.
—Que sea rápido —susurró, acariciándose el pecho sobre el vestido brilloso—. Hazle pagar a esa ingrata.
Le di la vuelta y la agarré por las caderas. Ella se giró, apoyando las manos en la pared del baño, ofreciéndome su trasero. Le levanté el vestido dorado con brusquedad, la tela rasgando ligeramente al subir. No llevaba medias, sus muslos gruesos y blancos estaban al descubierto, y solo un hilo dental negro cubría su coño. Me bajé el cierre y saqué mi verga, palpitante y furiosa. Corrí el hilo a un lado y, sin previo aviso, la penetré de un solo golpe seco y profundo.
—¡Ay, Dios mío! —gritó ella, arqueando la espalda—. ¡Sí, sí, metemela bien duro!
Comencé a cogerla como un animal, sin ritmo, solo pura fuerza bruta. Cada embestida hacía que sus nalgas temblaran contra mi pelvis y que sus tetas inmensas golpearan contra la puerta del baño. El ruido de la carne chocando contra la carne resonaba en el cubículo, mezclado con nuestros jadeos y los gemidos agudos de Doña Elena.
—Así, así, cabrón —soltaba ella, mordiéndose el dorso de la mano—. Dámelo duro, que tu esposa no sabe lo que pierde.
La cogía con tanta furia que el escote de su vestido brilloso no pudo contener el castigo. De tanto empujarla contra la puerta y sacudirla, sus tetas enormes y pesadas saltaron por encima de la tela, saliendo al aire libre. Eran espectaculares, dos montículos blancos con pezones grandes y oscuros, endurecidos por el frío y la excitación, que se bamboleaban descontroladamente con cada golpe que le daba. Me agarré de ellas, usándolas como agarre para hundirme más profundo en su concha, apretando esos melones con fuerza hasta hacerla gritar de dolor y placer.
De repente, la puerta principal del baño se abrió de golpe. Los pasos de zapatos de servicio resonaron en los azulejos. Me congelé un segundo, pero no saqué la verga. Era el mesero. El mismo joven que acababa de correrse dentro de mi esposa. Entró buscando quizás papel higiénico o para lavarse las manos, y se detuvo en seco al vernos en el espejo que daba al pasillo de los cubículos. La puerta de nuestro cubículo estaba entreabierta por el movimiento de nuestras cuerpos, así que el tipo lo vio todo.
Vio mis manos manoseando las tetas desnudas de la madre de la novia. Vio mi verga desapareciendo en su coño maduro. Vio la expresión de placer bestial en la cara de Elena. El mesero se quedó paralizado, con la boca abierta, procesando la escena brutal y vengativa. Nos miramos a los ojos. Él sabía lo que acababa de hacer con Julia, y yo sabía que él lo sabía. No dijo nada. No hubo vergüenza, solo un pacto silencioso de perversión en el aire. Se giró y salió del baño, cerrando la puerta tras de él con un clic suave.
Esa visión, el saber que habíamos sido vistos por el amante de mi esposa, me empujó al borde. Saqué mi verga mojada de sus jugos y la giré. Ella se hincó en el inodoro, con sus tetas aún afuera, y se la metió en la boca de inmediato. Me chupó con ganas, con la experiencia que solo dan los años, limpiando sus propios fluidos de mi glande mientras me miraba de abajo arriba con esos ojos oscuros y brillantes.
—Qué rica verga tienes, yerno —murmuró entre lengüetazos, escupiendo sobre la punta—. Seguro es mejor que la de los que se llevan tu esposa.
No pude aguantar más. La levanté y la volví a colocar de espaldas, esta vez levantándole una pierna para penetrar aún más profundo. La cogí a un ritmo frenético, sintiendo cómo mi semen hervía en los testículos.
—¡Ya me vengo! ¡Voy a correrme dentro de ti. suegra! —grité
—Sí, lléname todo, yerno —respondió ella, apretando los músculos de su coño para estrangularme la verga.
Con un rugido ahogado, me clavé hasta el fondo y solté toda mi carga. Eyaculé con una intensidad que me dejó ciego, llenando su vagina madura con mi semen caliente, sintiendo cómo cada chorro salía disparado para vengar la traición de Julia. Nos quedamos así un momento, pegados, temblando, con el sudor frío bajándonos por la espalda.
Me retiré y me acomodé los pantalones. Ella se quedó quieta un segundo, sintiendo cómo mi semen le chorreaba por dentro. Luego, con una calma sorprendente, se bajó el vestido, metiendo sus tetas enormes de nuevo en el escote, y se acomodó el hilo dental. Se miró en el espejo, se pasó la mano por el cabello despeinado y se arregló el lápiz labial.
—Gracias, hijo —dijo con una sonrisa pícara, saliendo del cubículo.
La seguí. Caminamos hacia la puerta del baño. Ella se detuvo un instante, abrió las piernas un poco y se pasó la mano por el muslo interior, verificando que el líquido espeso ya estaba bajando, manchando la tela interior de sus muslos y brillando en su piel. Salió como si nada al pasillo con paso seguro, con los muslos chorreando mi semen, lista para volver a la fiesta y saludar a su hija con mi carga corriendo por entre sus piernas.
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