You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

El plan perfecto 2

Claudia
​Después de la mañana en el baño, el aire en el apartamento cambió por completo. La barrera moral de Don Gerardo no solo se había roto, sino que la conversación con su hijo le dio una especie de permiso tácito que le despertó toda la maña guardada. El señor de postura pulcra y mirada baja ya no existía. Ahora, cada vez que yo caminaba cerca, sentía sus ojos clavados en mis caderas, siguiéndome el movimiento sin el menor disimulo.
​Claudia
​Un par de días después, el calor de la capital estaba insoportable. Era a mitad de la mañana, Gerardo estaba en la oficina y Don Gerardo leía el periódico en la sala. Decidí que era hora de dar el siguiente paso y apretar las tuercas. Me fui a la cocina a preparar el almuerzo, pero me vestí para la ocasión: me quité absolutamente todo y solo me puse un delantal de tela fina amarrado al cuello y a la cintura. Por delante estaba cubierta, pero por detrás me dejé totalmente desnuda, con la espalda, las nalgas y las piernas al aire.
El plan perfecto 2

​Claudia
​El ruido de las ollas y el olor del guiso hicieron su trabajo. Escuché los pasos lentos de Don Gerardo acercándose a la cocina con la excusa de buscar un vaso de agua. Yo me puse de espaldas a la entrada, inclinándome ligeramente sobre la estufa para acentuar la curva de mis glúteos al descubierto.
​Claudia
​Don Gerardo entró, se detuvo en seco al ver la estampa y no lo pensó dos veces. Esta vez no hubo pánico ni excusas. Con la decisión tosca de un hombre de campo, dio dos pasos firmes, estiró su mano grande y pesada, y me agarró la nalga izquierda al desnudo con una fuerza brutal, apretándome la carne sin avisar.
suegro

​Claudia
​Dí un pequeño brinco por la sorpresa del apretón y me volteé despacio, apoyando los codos sobre el mesón de la cocina. El viejo no quitó la mano de mi piel; al contrario, me miró de frente con una sonrisa maliciosa, llena de maña y cinismo, disfrutando del descaro.
​Claudia
​—¿Qué hace, suegrito? —le dije mirándolo a los ojos, devolviéndole la sonrisa con un tono juguetón y desenfadado.
​Don Gerardo
​—Pues aquí, nuerita... mirándola a usted —respondió el viejo con la voz grave y rasposa, sin soltarme la nalga—. Verla haciendo el oficio así por toda la casa a uno lo pone a pensar cosas que no debe.
​Claudia
​—Ay, suegro, usted sí es travieso... —dije soltando una risita suave y acomodándome contra la dureza de su mano.
​Don Gerardo
​—A ver, dígame una cosa con sinceridad, Claudia... —dijo el viejo dando un paso más, acortando la distancia hasta que sentí el calor de su pecho—. ¿De verdad no le molesta que yo le esté tocando la cola así? ¿No le da pena con este viejo?
​Claudia
​—Para nada, suegrito —le respondí mirándolo fijamente a los labios—. Ya se lo dije en el baño: usted es de la familia, es mi suegro querido y a mí no me da pena nada con usted. Al contrario, me gusta que me colabore y que no se me acompleje en la casa.
​Claudia
​Don Gerardo me dio un último apretón firme antes de soltarme, me guiñó un ojo y sirvió su vaso de agua como si nada hubiera pasado, dejando la cocina con el pecho erguido y una pisada triunfal.
​Claudia
​Esa misma noche, metida en las cobijas, esperé a que Gerardo terminara de responder unos correos para contarle la jugada. Me le acerqué al oído, rozando mi cuerpo desnudo contra el suyo, con voz de secreto y complicidad.
​Claudia
​—Mi amor... no se imagina lo que pasó hoy en la cocina mientras usted trabajaba.
​Gerardo (Hijo)
​—¿Qué pasó, mi amor? Cuénteme... —dijo Gerardo soltando el celular de inmediato, buscando mi mirada con los ojos brillantes de morbo y metiendo su mano a pajearse por encima del pantalón.
​Claudia
​—Estaba haciendo el almuerzo con solo el delantal puesto, totalmente desnuda por detrás... y el viejito no aguantó. Se me acercó por la espalda y me le mandó la mano directamente a la nalga. ¡Me la agarró y me la apretó con una fuerza salvaje! Me dijo que ver desnudita a la suegrita haciendo el oficio lo ponía a pensar cosas raras.
​Gerardo (Hijo)
​—¡No me diga! —exclamó Gerardo riéndose por bajo, apretándose el miembro durísimo—. ¿Y usted qué le dijo?
​Claudia
​—Le dije que para nada me molestaba, que él era familia y que con él no había pena... Pero dígame una cosa, Gerardo... —le susurré mirándolo a los ojos, sintiendo un chispazo de morbo oscuro—. ¿A usted de verdad no le da nada por su mamá? ¿No le da lástima o remordimiento hacerle esto a la viejita allá en el pueblo mientras su papá le manosea la esposa?
​Gerardo (Hijo)
​—¿Por mi mamá? —respondió Gerardo soltando una risa cínica, fría y descarada—. ¡Para nada, mi amor! Mi mamá ya disfrutó a su viejo toda la vida. Además, yo por tener un hijo con mi misma sangre, por ver a mi papá metido en su vagina y verla a usted preñada de él... soy capaz de lo que sea. Que se joda quien se tenga que joder, esto es entre nosotros tres.
​Claudia
​Escuchar ese nivel de perversión en la boca de mi propio esposo me hizo derramar un chorro de excitación por dentro. Me mordí el labio, sentí cómo la vagina se me abría de morbo al ver lo lejos que estábamos dispuestos a llegar.
​Gerardo (Hijo)
​—Es más... —continuó Gerardo respirando agitado, mirándose la mano con la que se pajeaba—. Mañana mismo le aprieta más las tuercas. Mañana no se le esconda; déjese acorralar del viejo y que le toque lo que le tenga que tocar. Ese viejo ya es suyo, mi amor.

2 comentarios - El plan perfecto 2