Mariano cayó a casa a eso de las diez, con una botella de fernet y hielo en una bolsa del chino. Hacía rato que no nos veíamos y la charla arrancó sola, como siempre con él.
Sofía estaba terminando de prepararse para salir con sus amigas. La había visto cambiarse un rato antes: la tanga de hilo violeta, la pollera negra tan corta que apenas le cubría la cola, la remera ajustada. Me miró por el espejo mientras se la acomodaba.
—Muy corta? —preguntó, sabiendo la respuesta.
—Para mí, perfecta.
Se rió y no se la cambió.
Salió al living y se sentó con nosotros a tomar algo antes de irse. Mariano la saludó con un beso y noté cómo le costaba no bajar la vista cuando ella cruzó las piernas en el sillón. Sofía también lo notó. No dijo nada, pero se quedó así.
Pasó una hora entre risas, anécdotas y dos o tres vasos. Sofía ya estaba suelta, con las mejillas coloradas y esa risa que le sale cuando el alcohol le afloja todo.
Le sonó el celular: las amigas ya estaban abajo.
—Bueno, chicos, me voy —dijo, y se levantó.
Se acercó a saludarme dándole la espalda a Mariano que estaba en el sillón bajo. En lugar de agacharse, se inclinó desde la cintura, con las piernas rectas, me dio un beso con mucha lengua. La pollera subió sola. Desde dlnde Mariano estana seguro vio todo: la curva de la cola, el hilo de la tanga violeta, todo.
Mariano no apartó la vista. Ni un segundo.
Sofía se tomó su tiempo. El beso duró más de lo normal y ella no se movió hasta que estuvo segura de que él había mirado bien. Después se enderezó despacio, se bajó la pollera con un gesto casi distraído.
Fue hasta Mariano, le dio un beso corto agarró la cartera y se fue. La puerta se cerró y el living quedó en silencio. Mariano miraba el vaso como si tuviera algo adentro.
—Che… —empezó, y no terminó.
Serví otra ronda. Yo tampoco sabía bien qué decir, pero no estaba enojado.
Sofía estaba terminando de prepararse para salir con sus amigas. La había visto cambiarse un rato antes: la tanga de hilo violeta, la pollera negra tan corta que apenas le cubría la cola, la remera ajustada. Me miró por el espejo mientras se la acomodaba.
—Muy corta? —preguntó, sabiendo la respuesta.
—Para mí, perfecta.
Se rió y no se la cambió.
Salió al living y se sentó con nosotros a tomar algo antes de irse. Mariano la saludó con un beso y noté cómo le costaba no bajar la vista cuando ella cruzó las piernas en el sillón. Sofía también lo notó. No dijo nada, pero se quedó así.
Pasó una hora entre risas, anécdotas y dos o tres vasos. Sofía ya estaba suelta, con las mejillas coloradas y esa risa que le sale cuando el alcohol le afloja todo.
Le sonó el celular: las amigas ya estaban abajo.
—Bueno, chicos, me voy —dijo, y se levantó.
Se acercó a saludarme dándole la espalda a Mariano que estaba en el sillón bajo. En lugar de agacharse, se inclinó desde la cintura, con las piernas rectas, me dio un beso con mucha lengua. La pollera subió sola. Desde dlnde Mariano estana seguro vio todo: la curva de la cola, el hilo de la tanga violeta, todo.
Mariano no apartó la vista. Ni un segundo.
Sofía se tomó su tiempo. El beso duró más de lo normal y ella no se movió hasta que estuvo segura de que él había mirado bien. Después se enderezó despacio, se bajó la pollera con un gesto casi distraído.
Fue hasta Mariano, le dio un beso corto agarró la cartera y se fue. La puerta se cerró y el living quedó en silencio. Mariano miraba el vaso como si tuviera algo adentro.
—Che… —empezó, y no terminó.
Serví otra ronda. Yo tampoco sabía bien qué decir, pero no estaba enojado.
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