Capítulo 1: El Señor Intachable y la Carnada
Claudia
El diagnóstico de esterilidad de Gerardo cayó sobre nuestro matrimonio como una losa de cemento. El especialista fue frío y preciso. Mi esposo quedó devastado, pero mi reacción fue instantánea y radical: jamás me iba a someter a un banco de semen de un desconocido. Si íbamos a tener un hijo, tenía que llevar la misma sangre, el mismo apellido, la misma carga genética. Y ahí nació el plan. Don Gerardo, mi suegro, era la única opción.
Claudia
Pero la empresa no era fácil. Don Gerardo no era un viejo cualquiera. Con casi sesenta y cinco años, era un señor en toda la extensión de la palabra: distinguido, de postura erguida, traje impecable, sumamente reservado y con una moral intocable. La oportunidad perfecta se presentó cuando le programaron dos meses de citas médicas en la capital, obligándolo a hospedarse en nuestro apartamento.
Claudia
Los primeros días fueron un juego de altísima tensión. Yo sabía que a un hombre tan pulcro no se le entra de frente; había que meterle el veneno de forma sutil, haciéndolo sentir que las cosas simplemente pasaban. Empecé a andar por la casa ligera de ropas


pero el verdadero golpe maestro lo ejecuté una mañana calurosa mientras limpiaba el baño principal. Me quité toda la ropa por el bochorno de la encierro y el vapor de los químicos, quedándome totalmente desnuda, como Dios me trajo al mundo. Escuché los pasos de Don Gerardo por el pasillo y, haciéndome la atribulada, lo llamé con voz suave desde adentro.
Claudia
—¡Suegro! Ay, suegro, por favor... ¿me ayuda un momentico? ¡Qué pena con usted!
Claudia
Don Gerardo abrió la puerta del baño y se quedó petrificado, blanco como un papel, apoyado en el marco. Sus ojos detrás de las gafas se abrieron de par en par al verme de espaldas, inclinada sobre la ducha, con las nalgas desnudas al aire y la piel brillando por el sudor.
Don Gerardo
—¡Dios mío, Claudia! Pero... pero ¿qué es esto? —balbuceó el viejo, tratando de cubrirse los ojos con la mano, totalmente apenado y sudando frío—. Por favor, tápese... ¿qué van a decir mis hijos si me ven así con usted?


Claudia
—Ay, suegro, no sea exagerado, sus hijos no van a decir nada, estamos en familia —dije volteándome apenas un poco para que viera el perfil de mis senos, mirándolo con una sonrisa inocente y juguetona—. Lo que pasa es que estaba limpiando con cloro concentrado y me cayó una gota enorme atrás, en la nalga... Me está quemando horrible y no me alcanzo a limpiar bien. Por favor, colabóreme, no sea malo. Coja esa toallita húmeda y lípiense bien la cola, que me está ardiendo.
Don Gerardo
—No, no, no... Claudia, yo no puedo tocarla ahí, ¡cómo se le ocurre! —dijo el viejo, temblando de la pena, pero incapaz de apartar la mirada de la redondez de mis glúteos al descubierto.
Claudia
—Hágale sin pena, suegro, no sea malito. Lípeme bien esa nalga. Al fin y al cabo usted es mi familia, mi suegro querido, a mí no me da pena con usted... eso no tiene nada de malo.
Claudia
El viejo, acorralado entre su caballerosidad y un deseo hiriente que le brotaba por los poros, tomó la toallita con la mano temblorosa. Se acercó despacio. Sintió el calor que emanaba de mi cuerpo desnudo. Apoyó la mano grande, pesada y caliente directamente sobre la piel de mi nalga desnuda y empezó a pasar la toalla sobre la curva. La piel del viejo era de textura gruesa, firme. La presión de sus dedos no fue un rozoncito sutil; se notaba la fuerza contenida de un hombre maduro agarrotando mi carne.
Claudia
Sopló aire caliente sobre mi piel mientras me limpiaba. Un choque eléctrico me atravesó la columna de golpe, derramándome por dentro. Sentir las manos de ese señor tan intachable recorriéndome la nalga al desnudo me causó un impacto brutal: un estallido de excitación salvaje al ver el poder que yo tenía sobre él, mezclado con un chispazo confuso de pudor.
Claudia
Más tarde en la tarde, cuando Gerardo llegó de trabajar, Don Gerardo no aguantó más la carga moral y buscó a su hijo a solas en la cocina, tratando de poner orden, visiblemente alterado.
Don Gerardo
—Mijo... hablemos un segundo —dijo el viejo con voz grave, incómodo y tratando de sonar severo—. Dígale a su esposa que se tape un poquito más en la casa... ¡Es que hoy la vi como Dios la trajo al mundo! ¡Totalmente desnuda en el baño! Le vi todo y me tocó tocarle su nalga desnuda para limpiarle una quemadura. A mí me da pena, me hace sentir muy incómodo en casa ajena que ande así.
Claudia
Gerardo, lejos de alterarse, soltó una carcajada fresca, le dio una palmadita en el hombro a su padre y abrió una cerveza.
Gerardo (Hijo)
—¡Ay, papá, no sea tan asustado! —dijo mi esposo riéndose—. A Claudia le da mucho calor en la casa y ella anda suelta siempre. Acostúmbrese más bien, viejito, que ella es así. Además, eso es familia, no pasa nada. Antes toque y disfrute, que usted sabe bien que mi esposa está muy buena... Siéntale la piel sin pena, tóquele la nalga que ella no le pone problema a nada.
Claudia
Desde el pasillo, escuchando la conversación, me mordí el labio inferior. El viejo se quedó en silencio, abrumado, pero supe que a partir de ese segundo, el candado de su moral había quedado roto para siempre.
Claudia
A la tercera noche, ya en la intimidad de nuestra alcoba, Gerardo intentó buscarme. Metió su mano por debajo de mi pijama, buscando el calor de mi vagina, pero le aparté la mano con firmeza.
Claudia
—No, mi amor, espere... —le susurré al oído—. A partir de hoy el sexo entre nosotros queda completamente prohibido mientras tu papá esté aquí. Mi cuerpo tiene que estar reservado únicamente para recibir el semen de él cuando se dé el momento.
Gerardo (Hijo)
—Está bien, mi amor, tiene toda la razón... —respondió Gerardo agitado, pajeándose al lado mío—. Pero cuénteme... ¿qué más sintió cuando el viejo le tocó la nalga desnuda en el baño?
Claudia
—Sentí de todo, Gerardo... Un poquito de asco al principio porque es tu papá... pero me bajó un chorro de morbo por dentro. Ese señor tan elegante me agarró esa nalga desnuda con una fuerza, mi amor... me dejó la piel erizada para el resto del día.
Gerardo (Hijo)
—Así es que es... —gemía mi esposo apretándose el miembro, mirando al techo—. Siga dejándose llevar, mi amor... que ese señor tan intachable ya cayó en la red.
Claudia
El diagnóstico de esterilidad de Gerardo cayó sobre nuestro matrimonio como una losa de cemento. El especialista fue frío y preciso. Mi esposo quedó devastado, pero mi reacción fue instantánea y radical: jamás me iba a someter a un banco de semen de un desconocido. Si íbamos a tener un hijo, tenía que llevar la misma sangre, el mismo apellido, la misma carga genética. Y ahí nació el plan. Don Gerardo, mi suegro, era la única opción.
Claudia
Pero la empresa no era fácil. Don Gerardo no era un viejo cualquiera. Con casi sesenta y cinco años, era un señor en toda la extensión de la palabra: distinguido, de postura erguida, traje impecable, sumamente reservado y con una moral intocable. La oportunidad perfecta se presentó cuando le programaron dos meses de citas médicas en la capital, obligándolo a hospedarse en nuestro apartamento.
Claudia
Los primeros días fueron un juego de altísima tensión. Yo sabía que a un hombre tan pulcro no se le entra de frente; había que meterle el veneno de forma sutil, haciéndolo sentir que las cosas simplemente pasaban. Empecé a andar por la casa ligera de ropas


pero el verdadero golpe maestro lo ejecuté una mañana calurosa mientras limpiaba el baño principal. Me quité toda la ropa por el bochorno de la encierro y el vapor de los químicos, quedándome totalmente desnuda, como Dios me trajo al mundo. Escuché los pasos de Don Gerardo por el pasillo y, haciéndome la atribulada, lo llamé con voz suave desde adentro.
Claudia
—¡Suegro! Ay, suegro, por favor... ¿me ayuda un momentico? ¡Qué pena con usted!
Claudia
Don Gerardo abrió la puerta del baño y se quedó petrificado, blanco como un papel, apoyado en el marco. Sus ojos detrás de las gafas se abrieron de par en par al verme de espaldas, inclinada sobre la ducha, con las nalgas desnudas al aire y la piel brillando por el sudor.
Don Gerardo
—¡Dios mío, Claudia! Pero... pero ¿qué es esto? —balbuceó el viejo, tratando de cubrirse los ojos con la mano, totalmente apenado y sudando frío—. Por favor, tápese... ¿qué van a decir mis hijos si me ven así con usted?


Claudia
—Ay, suegro, no sea exagerado, sus hijos no van a decir nada, estamos en familia —dije volteándome apenas un poco para que viera el perfil de mis senos, mirándolo con una sonrisa inocente y juguetona—. Lo que pasa es que estaba limpiando con cloro concentrado y me cayó una gota enorme atrás, en la nalga... Me está quemando horrible y no me alcanzo a limpiar bien. Por favor, colabóreme, no sea malo. Coja esa toallita húmeda y lípiense bien la cola, que me está ardiendo.
Don Gerardo
—No, no, no... Claudia, yo no puedo tocarla ahí, ¡cómo se le ocurre! —dijo el viejo, temblando de la pena, pero incapaz de apartar la mirada de la redondez de mis glúteos al descubierto.
Claudia
—Hágale sin pena, suegro, no sea malito. Lípeme bien esa nalga. Al fin y al cabo usted es mi familia, mi suegro querido, a mí no me da pena con usted... eso no tiene nada de malo.
Claudia
El viejo, acorralado entre su caballerosidad y un deseo hiriente que le brotaba por los poros, tomó la toallita con la mano temblorosa. Se acercó despacio. Sintió el calor que emanaba de mi cuerpo desnudo. Apoyó la mano grande, pesada y caliente directamente sobre la piel de mi nalga desnuda y empezó a pasar la toalla sobre la curva. La piel del viejo era de textura gruesa, firme. La presión de sus dedos no fue un rozoncito sutil; se notaba la fuerza contenida de un hombre maduro agarrotando mi carne.
Claudia
Sopló aire caliente sobre mi piel mientras me limpiaba. Un choque eléctrico me atravesó la columna de golpe, derramándome por dentro. Sentir las manos de ese señor tan intachable recorriéndome la nalga al desnudo me causó un impacto brutal: un estallido de excitación salvaje al ver el poder que yo tenía sobre él, mezclado con un chispazo confuso de pudor.
Claudia
Más tarde en la tarde, cuando Gerardo llegó de trabajar, Don Gerardo no aguantó más la carga moral y buscó a su hijo a solas en la cocina, tratando de poner orden, visiblemente alterado.
Don Gerardo
—Mijo... hablemos un segundo —dijo el viejo con voz grave, incómodo y tratando de sonar severo—. Dígale a su esposa que se tape un poquito más en la casa... ¡Es que hoy la vi como Dios la trajo al mundo! ¡Totalmente desnuda en el baño! Le vi todo y me tocó tocarle su nalga desnuda para limpiarle una quemadura. A mí me da pena, me hace sentir muy incómodo en casa ajena que ande así.
Claudia
Gerardo, lejos de alterarse, soltó una carcajada fresca, le dio una palmadita en el hombro a su padre y abrió una cerveza.
Gerardo (Hijo)
—¡Ay, papá, no sea tan asustado! —dijo mi esposo riéndose—. A Claudia le da mucho calor en la casa y ella anda suelta siempre. Acostúmbrese más bien, viejito, que ella es así. Además, eso es familia, no pasa nada. Antes toque y disfrute, que usted sabe bien que mi esposa está muy buena... Siéntale la piel sin pena, tóquele la nalga que ella no le pone problema a nada.
Claudia
Desde el pasillo, escuchando la conversación, me mordí el labio inferior. El viejo se quedó en silencio, abrumado, pero supe que a partir de ese segundo, el candado de su moral había quedado roto para siempre.
Claudia
A la tercera noche, ya en la intimidad de nuestra alcoba, Gerardo intentó buscarme. Metió su mano por debajo de mi pijama, buscando el calor de mi vagina, pero le aparté la mano con firmeza.
Claudia
—No, mi amor, espere... —le susurré al oído—. A partir de hoy el sexo entre nosotros queda completamente prohibido mientras tu papá esté aquí. Mi cuerpo tiene que estar reservado únicamente para recibir el semen de él cuando se dé el momento.
Gerardo (Hijo)
—Está bien, mi amor, tiene toda la razón... —respondió Gerardo agitado, pajeándose al lado mío—. Pero cuénteme... ¿qué más sintió cuando el viejo le tocó la nalga desnuda en el baño?
Claudia
—Sentí de todo, Gerardo... Un poquito de asco al principio porque es tu papá... pero me bajó un chorro de morbo por dentro. Ese señor tan elegante me agarró esa nalga desnuda con una fuerza, mi amor... me dejó la piel erizada para el resto del día.
Gerardo (Hijo)
—Así es que es... —gemía mi esposo apretándose el miembro, mirando al techo—. Siga dejándose llevar, mi amor... que ese señor tan intachable ya cayó en la red.
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