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Cogiendo a la hermana con papá 2

El aire denso en la habitación, una mezcla de sudor, semen y el perfume dulce de Lucía, se agitó apenas. La sonrisa de Carlos era un trofeo de conquista, y la de Alejandro, un espejo de su propia y recién descubierta depravación. Lucía, arrodillada entre ellos, lamió el último rastro de leche de sus dedos con una devoción casi religiosa, sus ojos brillando con una petición silenciosa que colgaba en el aire como una promesa. “Más”, susurró de nuevo, su voz un hilo ronco de deseo puro.
Fue en ese instante de saciedad suspendida cuando la puerta se abrió de golpe. No hubo un golpe seco, sino un chirrido agudo y violento, como si alguien la hubiera arrancado de sus bisagras. En el umbral, de pie con la luz del mañana creando un halo de furia a su alrededor, estaba María, la madre. Su pijama de seda, normalmente impecable, estaba arrugado. Su pelo, una maraña oscurecida por el sudor de un sueño inquieto, enmarcaba un rostro contorsionado en una máscara de incredulidad y rabia pura. Sus ojos, desorbitados, saltaron de su hija desnuda y brillante a su esposo y a su hijo, ambos erectos y manchados con la evidencia de su pecado. Un sonido gutural, una mezcla de ahogo y grito, se escapó de su garganta.
“¡Qué coño…!”, gritó, pero su voz se quebró, ahogada por el shock que la paralizó en el umbral.
Alejandro y Carlos no se sobresaltaron. No se cubrieron. En cambio, intercambiaron una mirada lenta, cargada de complicidad y un desafío visceral. Fue Carlos quien rompió la tensión. Con un movimiento fluido, agarró a Lucía por la cintura y la tiró hacia atrás sobre la cama, abriendo de nuevo sus piernas con una autoridad innegable. “Tú, cállate y mira”, le ordenó a María sin apartar la vista de la concha húmeda de su hija. Alejandro, siguiendo la corriente, se arrodilló frente a Lucía, su verga ya dura de nuevo, y se la introdujo de un solo embestida, profunda y brutal. El gemido de Lucía no fue de dolor, sino de éxtasis retumbante, un sonido diseñado para atravesar la habitación y clavarse en el alma de su madre.
María se quedó allí, una estatua de dolor y humillación. Las lágrimas comenzaron a rodar por sus mejillas, no en sollozos, sino en un silencioso río de impotencia. Sus ojos estaban fijos en la escena, en el vaivén rítmico y salvaje de los cuerpos de su hija y su hijo. Veía cómo las manos de Alejandro se hundían en las caderas de Lucía, cómo los testículos de Carlos golpeaban el culo de la joven con cada embestida. El sonido de la carne contra la carne, los gemidos, los gruñidos… era una sinfonía de la degradación y, para su horror, sentía un calor espantoso que se extendía desde su estómago hasta entre sus piernas. Su mano, como si tuviera voluntad propia, descendió. Se deslizó bajo la tela de su pijama, encontró el calor de su coño ya empapado, y comenzó a frotarse. No fue un toque suave; fue frenético, desesperado, una masturbación violenta a través del tejido mojado mientras las lágrimas seguían cayendo.
Alejandro la vio. Una sonrisa cruel se dibujó en su rostro mientras seguía moviéndose dentro de Lucía. Se detuvo, retiró su verga con un chasquido húmedo y se levantó. Caminó hacia María, su cuerpo desnudo y brillante bajo la luz de la mañana. La agarró del brazo con una fuerza que la hizo gritar. “¿Ves, madre? Te gusta mirar, ¿eh, puta? Ven aquí y únete a la cogida familiar”, siseó, y la arrastró hacia la cama, lanzándola sobre los colchones al lado de Lucía y Carlos. Con un movimiento brusco, desgarró el botoneado de su pijama, exponiendo sus tetas enormes, que rebotaron con la violencia del gesto. No se molestó en quitarse los pantalones; simplemente los bajó hasta sus rodillas.
Se abalanzó sobre ella. La penetró sin previo aviso, entrando en su coño con una brutalidad que la hizo arquear el espinazo. “¡Zorra! ¡Puta!”, gritó Alejandro, mientras la cogía con una furia animal. Sus manos se cerraron sobre sus tetas, apretando con tanta fuerza que la carne blanca se abultaba entre sus dedos. Le dio una bofetada en el culo, tan fuerte que la palmada resonó en la habitación, seguida por un grito de María que era mitad dolor, mitad placer. Luego la abofeteó, una bofetada seca y dura que giró su cabeza hacia un lado. Antes de que pudiera reaccionar, le escupió a la cara, un largo hilo de saliva que le cayó sobre la mejilla y los labios. María, en lugar de retroceder, lamió la saliva, sus ojos vidriosos de lujuria. “¡Sí! ¡Soy tu zorra! ¡Trátame así! ¡Dame más, hijo, dame más!”, gritó, su voz perdida en el caos.
La habitación se convirtió en un torbellino de carne y deseos. Mientras Carlos montaba a Lucía, embistiéndola sin piedad desde atrás, Alejandro hacía lo propio con su madre, en el otro extremo de la cama. Los gemidos de las dos mujeres se mezclaban en un coro de sumisión. El cuerpo de Alejandro se tensó, una oleada de calor recorrió su espina dorsal y, con un rugido primal, eyaculó. Descargó una cantidad inmensa de semen dentro de María, sintiendo cómo su verga pulsaba una y otra vez, llenándola, rebosándola. Al mismo tiempo, Carlos se enderezó, agarró las caderas de Lucía con fuerza y se corrió también dentro de ella, un torrente de leche caliente que inundó la concha de su hija por segunda vez esa mañana. Los dos hombres se derrumbaron sobre sus respectivas parejas, jadeando, mientras la habitación quedaba sumida en un silencio pesado, roto solo por el goteo lento y obsceno del semen que escapaba de los cuerpos de las dos mujeres, una madre y una hija, marcadas y poseídas.

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