You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

en la oficina de la escuela

Ese lugar olía a libros viejos,café recién hecho y a esa tensión eléctrica que solo surge cuando dos cuerposllevan semanas rozándose sin atreverse a cruzar la línea. Era viernes por lanoche, las luces del pasillo ya estaban apagadas y solo quedaba el resplandor azulde la pantalla de mi pc cuando escuchó los golpes suaves en la puerta.
Abrí —era ella, Valeria— sinesperar respuesta. Llevaba una sudadera holgada que apenas le cubría losmuslos, leggings negros y el pelo suelto cayendo en ondas desordenadas sobre loshombros. Sus mejillas se veían rojos, sus pezones ya estaban duros bajo la telasuave y entre sus piernas se notaba su exquisita concha. No dije nada. Cerré lapuerta, eché el seguro y ella se quitó la sudadera por la cabeza en un solomovimiento.
Me quede congelado en la sillagiratoria, los ojos abiertos de par en par. “Val…” empezó, pero la palabra semurió cuando vi que no llevaba sujetador. Sus pechos pequeños se alzaron con larespiración agitada, los pezones oscuros y erectos, las areolas grandes yaterciopeladas contrastando con la piel clara. Se bajo los leggings junto conlas braguitas de encaje en un solo tirón, quedando completamente desnuda frentea mí.
“Quiero que me folles. Ahora”,dijo con voz ronca, sin rodeos. “Llevo toda la semana imaginando tu vergadentro de mí. No aguanto más”.
Trague saliva, me levantedespacio y me quite la camiseta. Yo era delgado pero definido por horas en elgimnasio. Cuando me bajó los pantalones y los bóxers, mi erección saltó libre,larga, gruesa, venosa. Medía fácilmente veinte centímetros, recta, con lacabeza ya brillante de líquido preseminal. Me acerqué, la rodeé con la mano ysentí cómo latía contra mi palma. Era caliente, pesada, perfecta.
Me senté de nuevo en la silla,las piernas abiertas, la polla tiesa apuntando al techo. la mire con una mezclade hambre y sorpresa, como si no terminara de creerse que esto estuvierapasando.
Ella se arrodillo un segundoentre mis piernas, escupió en su mano y se humedeció los dedos. Luego llevo esamisma saliva a su concha, abriendo los labios con dos dedos para lubricarsemás. Estaba empapada, los jugos ya le resbalaban por el interior de los muslos.la incorporé, abrió las piernas y se colocó sobre de mí.
La punta de mi verga rozó suentrada. Bajo despacio, sintiendo cómo me habría centímetro a centímetro. “Esgrande, muy grande”, dijo. Gimió largo y bajo cuando la mitad desapareciódentro de ella. “diablos… qué gruesa”, susurro. Siguió bajando hasta que susnalgas tocaron mis muslos y mi verga quedo completamente enterrada. Sentí calor,cada latido dentro de sus paredes apretadas.
Empezó a moverse. Primerolento, subiendo y bajando, dejando que su vagina se acostumbrara al tamañolongitud. Cada vez que subía casi hasta la punta y volvía a descender, unescalofrío me recorría la columna. Pronto acelero. Sus caderas ondulaban, suspechos pequeños rebotaban frente a mi cara. llevé las manos a sus nalgas, las abrí,las aprete con fuerza. El sonido de piel contra piel llenó la habitación.
“Más fuerte”, ella pidió.
Le di la primera nalgada.Fuerte, resonante. Grito de placer. Otra. Y otra. Cada palmada hacía que suclítoris palpitara más. Cabalgaba mi polla con furia, sintiendo cómo la cabezagolpeaba ese punto profundo que la volvía loca. “Qué rico… sigue… no pares…”,decía, mientras jadeaba sin control.
El primer orgasmo llegó rápido,como un latigazo. sus paredes se contrajeron alrededor de mi pene, apretándolocon espasmos violentos. Grito mi nombre, clavo las uñas en mis hombros y siguiómoviéndose, prolongando el placer hasta que las piernas le temblaron.
No se detuvo. Pero cambié elángulo, apoyándose en mis hombros para que la fricción fuera directa en suclítoris. El segundo clímax llegó aún más intenso. Mi cuerpo se arqueó, mispezones rozaron su pecho y volvía a correrse, esta vez empapándome todo. Losjugos corrían por mi verga y mis testículos, por la silla. “diablos, estáschorreando”, le dije, mientras ella me agarraba con más fuerza.
“Quiero verte la cara cuando tecorras otra vez”, le dije.
La levante de un jalón —sin sacársela—y la lleve hasta otra silla. Ahora era ella quien se sentaba, piernas abiertasde par en par sobre los brazos del asiento. su sexo quedó expuesto, hinchado,brillante, los labios abiertos y rojos por la fricción. me arrodille unsegundo, admirando la vista, luego me coloque entre sus muslos y volví a entrarde un empujón profundo.
Esta vez fui yo quien marcabael ritmo. me movía con embestidas largas y precisas, saliendo casi por completopara volver a hundirse hasta la raíz. sus pechos pequeños se movían con cadagolpe, los pezones duros y oscuros apuntando al techo. La bese con hambre,lenguas enredadas, saliva compartida. Gimió dentro de mi boca.
“Qué rico… qué rico…”, repetíasin parar. “
¿Te gusta o qué?”, pregunte convoz ronca, sin dejar de follarla.
“Sí… mucho… sí, papi… qué rico…”Siguió moviéndose, más rápido, más profundo. Cada embestida hacía que suclítoris rozara mi pelvis. El placer era abrumador. “
¿Alguien te ha follado comoyo?”, gruñó contra mi cuello.
“No… eres el primero que meestá destrozando el coño… ya me he corrido tres veces… quiero tenerte cada vezque mi concha lo pida…” El cuarto orgasmo la atravesó como un rayo. sus piernasse cerraron alrededor de mi cintura, sus uñas marcaron mi espalda. Grito sincontrol, el cuerpo temblando violentamente mientras sus paredes me ordeñabansin piedad.
salí de ella de golpe. mipolla, brillante de mis jugos, palpitaba frente a su cara. me la agarre confuerza y empezó a masturbarse rápido, apuntando directo a su boca abierta. Sacola lengua, rozando la punta hinchada, saboreando el sabor salado mezclado conmi propia esencia.
“Dame tu leche rica… porfavor…”, suplico.
mis caderas se tensaron. Con ungruñido profundo eyacule. Chorros calientes y espesos cayeron en su lengua, en suslabios, en su barbilla. Cerro la boca alrededor de la cabeza, succionando loúltimo mientras yo temblaba. “Qué rica, amor…”, murmuro, saboreando cada gota,tragando despacio, mirándome a los ojos.
Nos quedamos así un momento,respirando agitados. Luego me incline y la bese, probándome a mí mismo en miboca. Fue un beso lento, profundo, lleno de promesas.
Pero no habíamos terminado.
Después de unos minutos decaricias perezosas, la gire boca abajo sobre el escritorio. con el culo en elaire. Volví a entrar desde atrás, esta vez con más calma, disfrutando de cómo suvagina me recibía aún sensible por los orgasmos anteriores. mis manos recorríansu espalda, sus costados, apretaba sus nalgas. Cada embestida era larga,profunda, haciendo que sintiera cada centímetro de mis veinte centímetros.
“Me encanta cómo te abres paramí”, le dije.
me respondió empujando haciaatrás, encontrando ni ritmo. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando eraobsceno y delicioso. se corrí otra vez —la quinta— solo con la sensación deestar tan llena, tan expuesta.
Cambiamos otra vez. Se tumboboca arriba, piernas sobre miss hombros. Me incline sobre ella, doblándola casien dos, y la penetre hasta el fondo. En esa posición podía besarla mientras lafollaba sin piedad. Nuestras lenguas se enredaban con cada embestida. susgemidos se volvieron continuos, entrecortados.
“Papi… no pares… quierosentirte siempre así…” yo acelere. Sentí cómo mi verga se hinchaba aún másdentro de ella. “Voy a correrme otra vez… dentro…”, dije.
“Sí… lléname… quiero sentir tuleche caliente…” Con un último empujón profundo me derrame dentro. Deje ir loschorros calientes golpeando sus paredes, mezclándose con sus jugos. El orgasmo lealcanzó al mismo tiempo: un clímax lento, intenso, que la dejó temblando yjadeando bajo mi peso.
Caímos exhaustos sobre lassábanas revueltas. Mi verga aún dentro de ella, palpitando suavemente. Nosbesamos despacio, con ternura, mientras el sudor se enfriaba en nuestra piel.
“Esto no va a ser la últimavez”, dije contra sus labios.
Sonrió, apretándome con susparedes internas una última vez. “Cada vez que mi coño lo pida… estaré aquí”.
Y supe que cumpliría.

0 comentarios - en la oficina de la escuela