Esto paso el año pasado yo llevaba tres meses tragando techo, literal. Estar desempleada a los 21 era una basura; te acabas los ahorros, te deprimes y terminas aceptando que el mundo no te debe nada, ya casi para terminar mi carrera. Por eso, cuando Lili me dijo que su papá necesitaba a alguien de confianza para la caja y el inventario en su local de pinturas, no lo dudé.
—Mi papá es medio ogro para el trabajo, pero paga puntual y te conoce de toda la vida, Caro. Lánzate —me dijo Lili mientras nos tomábamos un café.
Yo a Sergio lo ubicaba de siempre. El típico señor respetable, serio, que cuando iba a su casa a estudiar con Lili nos saludaba con un "hola, niñas" y se encerraba en su cuarto. Pero claro, yo desde que lo conozco estaba pequeña y ya tenía rato desde los 17 años que no lo veía y él era solo "el papá de mi amiga" hasta ese entonces.
El lunes de la entrevista llegué al local temprano. Me puse unos shorts semi formales que, la verdad, me apretaban un poco el culo, pero eran los únicos que estaban acordé a la situación y al calor que hacía. Yo siempre he sido así: bajita, de 1.51, con mis curvas bien puestas y la cara simpática que herede de mi mamá, blanquita y con buenas bubis, buenas pompis y bonitas piernas o eso me dicen. Llevaba tacones y básicamente como estoy en la foto.

Cuando entré, el olor a solvente me pegó en la cara. Sergio estaba de espaldas, moviendo unas cubetas de impermeabilizante como si fueran latas de refresco. El tipo mide 1.80 y tiene una espalda que parece un muro. Cuando se dio la vuelta para verme, sentí un hueco en el estómago que no era de hambre.
—¿Caro? —me preguntó, bajándose los lentes y barriéndome con la mirada de arriba abajo. Se quedó un segundo de más en mis caderas, o quizás fue mi imaginación—. Te has crecido, flaca. Bueno, ni tan flaca.
Me puse roja de inmediato. Él soltó una risita ronca y se limpió las manos en un trapo lleno de grasa. Traía una playera tipo polo que le quedaba entallada en los bíceps.
—Pásale a la oficina —me ordenó, señalando el cubículo del fondo—. Los chalanes llegan en diez minutos y quiero explicarte cómo se mueve esto antes de que empiecen con su relajo.
Caminé delante de él y sentí su mirada clavada en mi espalda todo el trayecto. El local estaba solo, en silencio, y el roce de mis propios muslos al caminar me hacía sentir extraña. Me senté en la silla frente a su escritorio y él se quedó parado, con ese aire de hombre maduro que sabe perfectamente qué piezas mover.
—Aquí no se viene a jugar, Caro. Lili dice que eres lista, y yo necesito orden —dijo apoyando las manos en el escritorio, inclinándose hacia mí.
Pude ver de cerca el vello oscuro que le salía por el cuello de la playera, ese mismo que ya me imaginaba que le cubría todo el pecho. Olía a una mezcla de hombre trabajador y loción cara. En ese momento, supe que haber aceptado el empleo iba a ser el mayor problema de mi vida.
Me quedé ahí sentada, viendo cómo Sergio revisaba unos papeles, y sentí que la cara me ardía. No entendía nada. O sea, era el papá de Lili, lo conocía desde que usábamos uniforme escolar, pero ahora sentía que lo estaba viendo por primera vez.
Me puse a pensar: ¿Será que llevo tanto tiempo a dieta de sexo que ya cualquier tipo me parece atractivo? Porque la neta, entre la búsqueda de chamba y la depresión de estar sin lana, mi vida sexual estaba más muerta que nada. Pero no, no era eso. He visto chavos en el gym o en la calle y ni fú ni fá. Lo de Sergio era otra cosa.
Me quedé hipnotizada con sus manos. Eran manos de hombre, grandes, con los nudillos marcados y algo de pintura vieja bajo las uñas. Nada que ver con los dedos finitos de los tipos con los que salía antes. Y luego estaba ese pecho... no podía dejar de mirar cómo la tela de su playera se tensaba cada vez que se movía.
"Controlate, Caro", me dije. "Es el jefe. Es el papá de tu amiga. No seas puta". Pero entre más trataba de convencerme de que estaba mal, más me fijaba en cómo le quedaba el pantalón de trabajo o en esa mirada pesada que te hacía sentir que te estaba desnudando sin querer.
—¿Me escuchaste, Caro? ¿O te quedaste en las nubes? —soltó Sergio de repente, sacándome de mis pensamientos.
—Sí, sí... que los inventarios se hacen los viernes, ¿no? —mentí, rogando porque no se diera cuenta de que me estaba imaginando cosas que nada tenían que ver con botes de pintura.
Él se me quedó viendo un segundo de más, con una media sonrisa de esas que te dicen que no te cree ni un poco, pero que le gusta el juego.
—Exacto. Los viernes —repitió, bajando la voz—. Y más vale que no se te pase nada, porque soy muy exigente con lo que es mío.
Sentí un escalofrío que me bajó por toda la espalda hasta las piernas. Me levanté rápido para salir al mostrador antes de que me diera algo ahi mismo.
—¡Qué onda, jefa! —me gritó uno de los chavos, bajándose de la camioneta—. ¿Usted es la nueva? ¡Qué bueno que trajeron algo bonito que ver por aquí!
Iba a contestarle algo simpático, pero sentí a Sergio pararse justo detrás de mí, como marcando territorio. Su presencia era tan imponente que el chalan se calló de inmediato y se puso a bajar las cubetas sin decir ni pío. Sergio no dijo nada, pero sentí su respiración en mi nuca y el calor de su cuerpo a centímetros de mi espalda. Me encantaba y me aterraba al mismo tiempo.
El día se puso pesado. Entre el calor que hacía y el olor a pintura, sentía que la ropa se me pegaba al cuerpo. Los chalanes, el Beto y el Javi, no paraban de dar vueltas con botes de aquí para allá, bromeando y haciendo ruido. Yo intentaba concentrarme en la computadora, pero Sergio no me la ponía fácil. Cada vez que pasaba por detrás de mi silla, sentía esa energía de hombre mayor que te hace ponerte derecha sin querer.
En un momento, tuve que ir a la bodega del fondo a buscar un muestrario de impermeabilizantes que un cliente estaba pidiendo. El pasillo era súper estrecho, lleno de estantes metálicos altos hasta el techo. Estaba ahí, empinándome para alcanzar una carpeta, cuando sentí que alguien bloqueaba la luz de la entrada. Era Sergio.
—Está en el estante de arriba, Caro. No vas a llegar ni aunque te pongas de puntitas —dijo con esa voz ronca, burlándose un poco de mi estatura. Me incorporé de nuevo ya que yo estaba de rodillas casi en 4 jajaja obviamente tuvo una muy buena vista de mi culito y más con el shorts que traía.
Se pegó a mi espalda para alcanzar la carpeta. Sentí todo su cuerpo, de 1.80 de puro músculo y autoridad, presionándome contra el estante. Su pecho velludo, ese que se veia bajo la playera, me rozó los hombros, y sus brazos rodearon mi cintura para llegar más alto. Me quedé sin aire. Mis 1.50 desaparecieron bajo su sombra.
—Aquí está —susurró, pero no se quitó de inmediato.
Justo en ese momento, escuchamos el grito que me devolvió a la realidad como un cubetazo de hielo.
—¡¿Hay alguien aquí?! ¡Papá! ¡Caro!
Era Lili.
Me separé de Sergio como si me hubiera dado un golpe. Él, en cambio, ni se inmutó; bajó la carpeta con una calma que me dio envidia y salió de la bodega como si nada estuviera pasando. Yo me quedé ahí un segundo, tratando de que el corazón no se me saliera por la boca y salí al mostrador y ahí estaba Lili, toda fresca, con sus lentes de sol y una sonrisa.
—¡Amiga! Qué raro verte aquí con el mandil puesto —me dijo riendo y dándome un beso en la mejilla—. ¿Cómo te está tratando el ogro de mi papá? Espero que no sea muy necio contigo.
Miré a Sergio. Él estaba apoyado en el mostrador, viéndonos a las dos con una cara impresionante. Se cruzó de brazos, y los bíceps se le marcaron tanto que casi revientan las mangas de su polo.
—Tu amiga es muy eficiente, Lili. Apenas lleva unas horas y ya está aprendiendo dónde guardo cada cosa —dijo él, clavándome una mirada que me inquieto.
Lili no sospechaba absolutamente nada. Empezó a platicarme de lo que haríamos más tarde, mientras yo sentía la culpa revolviéndose con el deseo. Estaba ahí, engañando a mi mejor amiga sin haber hecho nada todavía, pero sintiéndome más pecadora que nunca solo por cómo Sergio me había rozado en la bodega.
Asi el primer mes fue de puro reconocimiento. Yo andaba con pies de plomo, tratando de ser la empleada perfecta para que Lili no quedara mal por recomendarme. Sergio era pura autoridad; me daba órdenes cortas y se mantenía en su oficina. Pero a las dos semanas, la cosa cambió. Empezó a salir más seguido al mostrador solo para "revisar" cosas que claramente ya estaban bien. Yo sentía que me buscaba con la vista. Un día, mientras yo subía unos botes a la repisa, lo caché viéndome las caderas con un descaro que me hizo soltar la cinta métrica. Él solo levantó una ceja y se metió a su oficina sin decir ni pío.
Para el segundo mes, la confianza ya nos permitía jugar un poco más. Yo ya le había tomado la medida. Sabía que le gustaba que lo retara un poquito.
—Sergio, si sigues comprando este tono de azul, se nos va a quedar en la bodega —le dije un día, cruzándome de brazos.
Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su pecho casi rozaba mis pechos.
—Tú encárgate de venderlo, Caro. Con esa sonrisita que tienes, convences a cualquiera de que el azul es el mejor color del mundo —me soltó a medio metro de la cara.
Esa fue la primera vez que no bajé la mirada. Me quedé ahí, aguantándole el pulso, sintiendo cómo mis curvas se tensaban bajo su sombra de 1.80.
El tercer mes ya fue la tortura total. El coqueteo se volvió algo diario, casi una rutina necesaria para aguantar el turno. Yo ya no me ponía cualquier cosa para ir a chambear; buscaba esos jeans que sabía que me hacían ver un culazo y playeras que resaltaran mi cara. Él también hacía lo suyo. Empezó a dejar de usar la camisa de botones por el calor y se quedaba en esas playeras blancas que dejaban ver todo ese vello oscuro y esos hombros anchos.
Parte 2
—Mi papá es medio ogro para el trabajo, pero paga puntual y te conoce de toda la vida, Caro. Lánzate —me dijo Lili mientras nos tomábamos un café.
Yo a Sergio lo ubicaba de siempre. El típico señor respetable, serio, que cuando iba a su casa a estudiar con Lili nos saludaba con un "hola, niñas" y se encerraba en su cuarto. Pero claro, yo desde que lo conozco estaba pequeña y ya tenía rato desde los 17 años que no lo veía y él era solo "el papá de mi amiga" hasta ese entonces.
El lunes de la entrevista llegué al local temprano. Me puse unos shorts semi formales que, la verdad, me apretaban un poco el culo, pero eran los únicos que estaban acordé a la situación y al calor que hacía. Yo siempre he sido así: bajita, de 1.51, con mis curvas bien puestas y la cara simpática que herede de mi mamá, blanquita y con buenas bubis, buenas pompis y bonitas piernas o eso me dicen. Llevaba tacones y básicamente como estoy en la foto.

Cuando entré, el olor a solvente me pegó en la cara. Sergio estaba de espaldas, moviendo unas cubetas de impermeabilizante como si fueran latas de refresco. El tipo mide 1.80 y tiene una espalda que parece un muro. Cuando se dio la vuelta para verme, sentí un hueco en el estómago que no era de hambre.
—¿Caro? —me preguntó, bajándose los lentes y barriéndome con la mirada de arriba abajo. Se quedó un segundo de más en mis caderas, o quizás fue mi imaginación—. Te has crecido, flaca. Bueno, ni tan flaca.
Me puse roja de inmediato. Él soltó una risita ronca y se limpió las manos en un trapo lleno de grasa. Traía una playera tipo polo que le quedaba entallada en los bíceps.
—Pásale a la oficina —me ordenó, señalando el cubículo del fondo—. Los chalanes llegan en diez minutos y quiero explicarte cómo se mueve esto antes de que empiecen con su relajo.
Caminé delante de él y sentí su mirada clavada en mi espalda todo el trayecto. El local estaba solo, en silencio, y el roce de mis propios muslos al caminar me hacía sentir extraña. Me senté en la silla frente a su escritorio y él se quedó parado, con ese aire de hombre maduro que sabe perfectamente qué piezas mover.
—Aquí no se viene a jugar, Caro. Lili dice que eres lista, y yo necesito orden —dijo apoyando las manos en el escritorio, inclinándose hacia mí.
Pude ver de cerca el vello oscuro que le salía por el cuello de la playera, ese mismo que ya me imaginaba que le cubría todo el pecho. Olía a una mezcla de hombre trabajador y loción cara. En ese momento, supe que haber aceptado el empleo iba a ser el mayor problema de mi vida.
Me quedé ahí sentada, viendo cómo Sergio revisaba unos papeles, y sentí que la cara me ardía. No entendía nada. O sea, era el papá de Lili, lo conocía desde que usábamos uniforme escolar, pero ahora sentía que lo estaba viendo por primera vez.
Me puse a pensar: ¿Será que llevo tanto tiempo a dieta de sexo que ya cualquier tipo me parece atractivo? Porque la neta, entre la búsqueda de chamba y la depresión de estar sin lana, mi vida sexual estaba más muerta que nada. Pero no, no era eso. He visto chavos en el gym o en la calle y ni fú ni fá. Lo de Sergio era otra cosa.
Me quedé hipnotizada con sus manos. Eran manos de hombre, grandes, con los nudillos marcados y algo de pintura vieja bajo las uñas. Nada que ver con los dedos finitos de los tipos con los que salía antes. Y luego estaba ese pecho... no podía dejar de mirar cómo la tela de su playera se tensaba cada vez que se movía.
"Controlate, Caro", me dije. "Es el jefe. Es el papá de tu amiga. No seas puta". Pero entre más trataba de convencerme de que estaba mal, más me fijaba en cómo le quedaba el pantalón de trabajo o en esa mirada pesada que te hacía sentir que te estaba desnudando sin querer.
—¿Me escuchaste, Caro? ¿O te quedaste en las nubes? —soltó Sergio de repente, sacándome de mis pensamientos.
—Sí, sí... que los inventarios se hacen los viernes, ¿no? —mentí, rogando porque no se diera cuenta de que me estaba imaginando cosas que nada tenían que ver con botes de pintura.
Él se me quedó viendo un segundo de más, con una media sonrisa de esas que te dicen que no te cree ni un poco, pero que le gusta el juego.
—Exacto. Los viernes —repitió, bajando la voz—. Y más vale que no se te pase nada, porque soy muy exigente con lo que es mío.
Sentí un escalofrío que me bajó por toda la espalda hasta las piernas. Me levanté rápido para salir al mostrador antes de que me diera algo ahi mismo.
—¡Qué onda, jefa! —me gritó uno de los chavos, bajándose de la camioneta—. ¿Usted es la nueva? ¡Qué bueno que trajeron algo bonito que ver por aquí!
Iba a contestarle algo simpático, pero sentí a Sergio pararse justo detrás de mí, como marcando territorio. Su presencia era tan imponente que el chalan se calló de inmediato y se puso a bajar las cubetas sin decir ni pío. Sergio no dijo nada, pero sentí su respiración en mi nuca y el calor de su cuerpo a centímetros de mi espalda. Me encantaba y me aterraba al mismo tiempo.
El día se puso pesado. Entre el calor que hacía y el olor a pintura, sentía que la ropa se me pegaba al cuerpo. Los chalanes, el Beto y el Javi, no paraban de dar vueltas con botes de aquí para allá, bromeando y haciendo ruido. Yo intentaba concentrarme en la computadora, pero Sergio no me la ponía fácil. Cada vez que pasaba por detrás de mi silla, sentía esa energía de hombre mayor que te hace ponerte derecha sin querer.
En un momento, tuve que ir a la bodega del fondo a buscar un muestrario de impermeabilizantes que un cliente estaba pidiendo. El pasillo era súper estrecho, lleno de estantes metálicos altos hasta el techo. Estaba ahí, empinándome para alcanzar una carpeta, cuando sentí que alguien bloqueaba la luz de la entrada. Era Sergio.
—Está en el estante de arriba, Caro. No vas a llegar ni aunque te pongas de puntitas —dijo con esa voz ronca, burlándose un poco de mi estatura. Me incorporé de nuevo ya que yo estaba de rodillas casi en 4 jajaja obviamente tuvo una muy buena vista de mi culito y más con el shorts que traía.
Se pegó a mi espalda para alcanzar la carpeta. Sentí todo su cuerpo, de 1.80 de puro músculo y autoridad, presionándome contra el estante. Su pecho velludo, ese que se veia bajo la playera, me rozó los hombros, y sus brazos rodearon mi cintura para llegar más alto. Me quedé sin aire. Mis 1.50 desaparecieron bajo su sombra.
—Aquí está —susurró, pero no se quitó de inmediato.
Justo en ese momento, escuchamos el grito que me devolvió a la realidad como un cubetazo de hielo.
—¡¿Hay alguien aquí?! ¡Papá! ¡Caro!
Era Lili.
Me separé de Sergio como si me hubiera dado un golpe. Él, en cambio, ni se inmutó; bajó la carpeta con una calma que me dio envidia y salió de la bodega como si nada estuviera pasando. Yo me quedé ahí un segundo, tratando de que el corazón no se me saliera por la boca y salí al mostrador y ahí estaba Lili, toda fresca, con sus lentes de sol y una sonrisa.
—¡Amiga! Qué raro verte aquí con el mandil puesto —me dijo riendo y dándome un beso en la mejilla—. ¿Cómo te está tratando el ogro de mi papá? Espero que no sea muy necio contigo.
Miré a Sergio. Él estaba apoyado en el mostrador, viéndonos a las dos con una cara impresionante. Se cruzó de brazos, y los bíceps se le marcaron tanto que casi revientan las mangas de su polo.
—Tu amiga es muy eficiente, Lili. Apenas lleva unas horas y ya está aprendiendo dónde guardo cada cosa —dijo él, clavándome una mirada que me inquieto.
Lili no sospechaba absolutamente nada. Empezó a platicarme de lo que haríamos más tarde, mientras yo sentía la culpa revolviéndose con el deseo. Estaba ahí, engañando a mi mejor amiga sin haber hecho nada todavía, pero sintiéndome más pecadora que nunca solo por cómo Sergio me había rozado en la bodega.
Asi el primer mes fue de puro reconocimiento. Yo andaba con pies de plomo, tratando de ser la empleada perfecta para que Lili no quedara mal por recomendarme. Sergio era pura autoridad; me daba órdenes cortas y se mantenía en su oficina. Pero a las dos semanas, la cosa cambió. Empezó a salir más seguido al mostrador solo para "revisar" cosas que claramente ya estaban bien. Yo sentía que me buscaba con la vista. Un día, mientras yo subía unos botes a la repisa, lo caché viéndome las caderas con un descaro que me hizo soltar la cinta métrica. Él solo levantó una ceja y se metió a su oficina sin decir ni pío.
Para el segundo mes, la confianza ya nos permitía jugar un poco más. Yo ya le había tomado la medida. Sabía que le gustaba que lo retara un poquito.
—Sergio, si sigues comprando este tono de azul, se nos va a quedar en la bodega —le dije un día, cruzándome de brazos.
Él se acercó a mí, invadiendo mi espacio personal hasta que su pecho casi rozaba mis pechos.
—Tú encárgate de venderlo, Caro. Con esa sonrisita que tienes, convences a cualquiera de que el azul es el mejor color del mundo —me soltó a medio metro de la cara.
Esa fue la primera vez que no bajé la mirada. Me quedé ahí, aguantándole el pulso, sintiendo cómo mis curvas se tensaban bajo su sombra de 1.80.
El tercer mes ya fue la tortura total. El coqueteo se volvió algo diario, casi una rutina necesaria para aguantar el turno. Yo ya no me ponía cualquier cosa para ir a chambear; buscaba esos jeans que sabía que me hacían ver un culazo y playeras que resaltaran mi cara. Él también hacía lo suyo. Empezó a dejar de usar la camisa de botones por el calor y se quedaba en esas playeras blancas que dejaban ver todo ese vello oscuro y esos hombros anchos.
Parte 2
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