Capítulo 3 – La traición
El domingo llegó con un sol abrasador y un nudo permanente en el estómago de Suly López.
Por la mañana, como todos los domingos, preparó a sus hijos para la misa. Anai, de 10 años, llevaba su vestido blanco de primera comunión y charlaba emocionada. Andrés, de 12, ya vestido con su sotana de monaguillo, revisaba su celular con cara de fastidio. Paulo, como siempre, se quedó en casa diciendo que tenía mucho trabajo.
Suly se miró en el espejo antes de salir. Se había puesto un vestido veraniego azul claro, más corto de lo habitual, que se pegaba a sus curvas generosas. Debajo llevaba un conjunto de lencería negra que había comprado esa misma semana en secreto: sostén push-up que levantaba sus grandes pechos y un tanga diminuto que apenas cubría su coño ya húmedo de anticipación. Se sentía como una puta disfrazada de mamá respetable.

Llegaron a la iglesia unos minutos antes de las 11. Suly estacionó el auto y acompañó a sus hijos hasta la entrada. Anai corrió a reunirse con sus amigas del catecismo. Andrés se dirigió directamente a la sacristía.
Y entonces lo vio.
Ramón estaba de pie junto a la puerta lateral, ya con la sotana blanca puesta, pero abierta por delante. En cuanto sus ojos se encontraron con los de Suly, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. No dijo nada frente a los demás. Solo la miró de arriba abajo, deteniéndose descaradamente en sus pechos, en la curva de sus caderas y en las piernas que asomaban bajo el vestido corto.
Suly sintió que le faltaba el aire. Sabían perfectamente lo que iba a pasar en unas horas.
Ramón se acercó con paso casual, como si solo fuera a saludar a la mamá de uno de sus monaguillos.
—Buenas, señora Suly —dijo en voz alta y respetuosa, para que Andrés lo escuchara desde unos metros atrás—. Qué gusto verla de nuevo por aquí.
Luego, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo ella pudo oír, añadió:

—Te ves bien rica hoy… Ese vestido se te pega al culo como si quisiera que te lo suba.
Ya tengo la habitación 12 reservada en el motel. Te espero a las 2 en punto.
No llegues tarde, porque te voy a follar tan duro que vas a caminar raro toda la semana.
Suly tragó saliva. Sus pezones se endurecieron contra el sostén y sintió un chorrito de humedad escaparse de su coño. Miró de reojo a Andrés, que estaba ocupado guardando las velas, ajeno a todo.
—Ramón… mis hijos están aquí —susurró ella, con la voz temblorosa.
Él sonrió con arrogancia y se inclinó un poco más.
—Exacto. Tus hijos están aquí… y dentro de un rato su mamá va a estar en un motel abriéndole las piernas a un chico de 16 años.
Piensa en eso mientras estás sentada en la misa.
Ramón dio un paso atrás, recuperando su expresión inocente justo cuando Andrés se acercaba.
—Todo listo, Ramón —dijo el chico.
—Bien, wey. Ve con los demás —respondió Ramón, dándole una palmada en la espalda a Andrés sin dejar de mirar a Suly—. Yo tengo que hacer unas cosas después de misa… pero todo va a estar bien.
Sus ojos volvieron a clavarse en Suly una última vez. Esa mirada decía todo: “Te voy a coger. Hoy. Sin piedad.”
Suly sintió las rodillas débiles. Acompañó a Anai hasta su lugar en los bancos y se sentó ella también, pero ya no podía concentrarse en nada. Durante toda la misa, Ramón no dejó de mirarla desde el altar. Cada vez que sus ojos se cruzaban, él se pasaba la lengua por los labios o sonreía de lado, recordándole silenciosamente lo que le esperaba.
Cuando la misa terminó, Suly se levantó rápido. Besó a Anai en la frente y le dijo que se quedara un rato más con sus amigas.
—Andrés, quédate ayudando a Ramón con lo que necesite —le dijo a su hijo—. Yo tengo que ir a hacer unos mandados. Regreso en un rato a recogerte.
Andrés asintió sin sospechar nada.
Suly salió de la iglesia con el corazón latiéndole a mil por hora. Subió a su auto, encendió el motor y miró la hora: 12:40 p.m.
Faltaba poco más de una hora para las 2.
Mientras conducía hacia el Motel Paraíso, recibió un mensaje de Ramón:
**Ramón:**
Ya salí de la iglesia.
Te estoy esperando en la habitación 12.
Deja el auto en la parte de atrás.
Cuando entres, quiero que te quites el vestido antes de cerrar la puerta.
Quiero verte en lencería apenas cruces el umbral.
Suly apretó el volante con fuerza. Sus bragas ya estaban completamente empapadas.

Sabía que estaba a punto de cruzar la línea de no retorno.
Suly llegó al Motel Paraíso a las 1:55 p.m. Estacionó el auto en la parte trasera, tal como Ramón le había indicado. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le saldría del pecho. Se miró en el espejo del retrovisor: tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de excitación y miedo.
Con las manos temblorosas, tomó su bolso y caminó hacia la habitación 12. La puerta estaba entreabierta.
Entró.

Apenas cerró la puerta detrás de ella, Ramón ya estaba ahí, de pie en medio de la habitación, completamente desnudo. Su verga gruesa y dura apuntaba hacia arriba, palpitando. Era grande, venosa y tenía la cabeza hinchada y brillante de precum. Se veía aún más imponente en persona.
—Quítate el vestido —ordenó Ramón con voz ronca, sin siquiera saludar—. Ahora.
Suly tragó saliva. Con dedos torpes, se bajó el cierre del vestido azul y lo dejó caer al suelo. Quedó solo con el conjunto de lencería negra: el sostén push-up que apenas contenía sus enormes tetas y el tanga diminuto que ya tenía una mancha oscura de humedad en la entrepierna.
Ramón la miró de arriba abajo como un animal hambriento.

—Joder, Suly… mírate. La mamá respetable de Andrés y Anai, vestida como una puta barata para que un chico de la destroce.
Ven aquí.
Suly dio unos pasos hacia él. Ramón la agarró bruscamente por la cintura y la jaló contra su cuerpo. Su verga dura se clavó contra el vientre de ella. La besó con violencia, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca mientras sus manos grandes le apretaban el culo con fuerza, separándole las nalgas por encima del tanga.
—Estás temblando, mamacita —se burló contra sus labios—. ¿Tienes miedo o ya estás mojadísima pensando en que te voy a coger como a una perra?
—Ramón… esto es una locura… —susurró Suly, pero su voz sonaba más excitada que asustada.
Ramón soltó una risa baja y la empujó hacia la cama.
—Arrodíllate.
Suly obedeció. Se puso de rodillas sobre la alfombra gastada del motel. Ramón se paró frente a ella, agarrando su verga gruesa con una mano y dándole palmadas suaves en la mejilla de Suly con la cabeza hinchada.
—Abre la boca. Quiero que me la mames como la puta casada que eres.

Suly abrió los labios. Ramón no esperó. Le metió la verga de un solo empujón hasta que la cabeza golpeó el fondo de su garganta. Suly soltó un gemido ahogado, con los ojos llorosos. Ramón la agarró del cabello con fuerza y empezó a follarle la boca con movimientos profundos y brutales.
—Así… chúpamela bien, mamá de familia —gruñó, mirando hacia abajo cómo sus labios se estiraban alrededor de su verga—. Tu marido ni se imagina que su esposa está de rodillas en un motel mamándosela a un monaguillo.
Más profundo… métetela toda, perra.
Suly intentaba respirar por la nariz mientras la verga de Ramón entraba y salía de su boca, cubierta de saliva espesa. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero su coño estaba empapado. Ramón le follaba la boca sin piedad, golpeando su garganta con cada embestida.
—Qué boca tan rica tienes… —jadeó él—. Te voy a enseñar a tragar verga como se debe.
Después de varios minutos, Ramón sacó su verga brillante de saliva de la boca de Suly con un sonido húmedo. Un hilo grueso de saliva colgaba de sus labios a la cabeza de su polla.
—Levántate y quítate todo —ordenó—. Quiero verte completamente desnuda.
Suly se puso de pie, temblando. Se quitó el sostén, dejando que sus grandes tetas pesadas cayeran libres, con los pezones duros como piedras. Luego se bajó el tanga, revelando su coño completamente depilado, hinchado y brillando de tanto jugo.
Ramón la empujó sobre la cama, boca arriba.
—Ahora abre las piernas, puta.
Suly obedeció, abriendo sus muslos gruesos. Ramón se arrodilló entre ellos, bajó la cabeza y le dio un lametón largo y lento desde el ano hasta el clítoris. Suly soltó un gemido fuerte y arqueó la espalda.
—Qué coño tan rico y mojado… —murmuró Ramón contra su vulva—. Huele a desesperación.
Tu marido no te come el coño como se debe, ¿verdad? Por eso estás aquí, abriéndole las piernas a un muchacho.
Sin esperar respuesta, Ramón hundió la cara entre sus piernas y empezó a devorarla con hambre. Su lengua entraba y salía de su agujero, chupaba el clítoris con fuerza y lamía su ano sin vergüenza. Suly gemía sin control, agarrando las sábanas con las manos mientras Ramón le comía el coño como un animal.
—Ramón… ay Dios… me vas a matar… —jadeaba ella.
Él levantó la vista un segundo, con la cara brillante de los jugos de Suly, y sonrió con arrogancia.
—Todavía no, mamacita.
Esto apenas empieza.
Cuando termine contigo, vas a tener el coño tan abierto y lleno de mi leche que ni vas a poder cerrar las piernas.
Ramón se levantó de entre las piernas de Suly, con la cara completamente brillante de sus jugos. Su verga gruesa y dura palpitaba, apuntando directo al coño empapado de ella.

—Ahora sí te voy a coger como se debe, puta —gruñó, subiéndose a la cama—. Abre bien las piernas, mamacita. Quiero ver cómo se te abre ese coño de mamá casada.
Suly, jadeando y con las mejillas ardiendo de vergüenza y placer, abrió sus muslos gruesos. Ramón se colocó entre ellos, agarró su verga y frotó la cabeza hinchada contra los labios hinchados de su coño, untándose con su humedad.
—Estás chorreando, cabrona —se burló—. Tu marido no te moja así, ¿verdad?
Sin esperar respuesta, empujó fuerte. Su verga gruesa entró de un solo golpe hasta el fondo, abriéndole el coño de golpe. Suly soltó un grito agudo de placer y dolor.

—¡Ay, Ramón! ¡Está muy grande! —gimió, clavando las uñas en sus hombros.
—Pues aguántatela, perra —respondió él, empezando a follarla con embestidas profundas y brutales—. Este coño ahora es mío. Tu marido solo te mete la verga flácida y tú vienes aquí a que te reviente un muchacho de 16 años.
Ramón la follaba en misionero con fuerza, haciendo que sus grandes tetas rebotaran violentamente con cada golpe. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del coño empapado llenaba la habitación. Suly gemía sin control, las piernas temblando.
Después de varios minutos, Ramón salió de ella de golpe.
—Date la vuelta. Quiero cogerte como a una perra en celo.
Suly obedeció rápido, poniéndose en cuatro patas sobre la cama, arqueando la espalda y levantando el culo. Ramón le dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación y le dejó la marca roja de su mano.
—Qué culo tan rico tienes, mamá de Andrés —dijo, escupiendo sobre su ano antes de meterle la verga otra vez de un empujón brutal.

Empezó a follarla en perrito con fuerza salvaje, agarrándola de las caderas y tirando de ella hacia atrás mientras empujaba. Sus tetas colgaban y se balanceaban pesadamente. Cada embestida hacía que su culo rebotara contra la pelvis de Ramón.
—¡Más duro! ¡Por favor! —suplicó Suly, completamente entregada.
—¿Más duro? —rió Ramón, dándole otra nalgada—. Mira cómo te gusta que te trate como puta. Tu hijo Andrés está en la iglesia pensando que su mamá es una santa… y aquí estás, gimiendo como una perra mientras te parto el coño.
La cambió de posición otra vez. Ramón se sentó en el borde de la cama y jaló a Suly encima de él, en vaquera.
—Ahora móntame tú, mamacita. Quiero ver cómo esas tetas grandes rebotan mientras te clavo la verga.

Suly se sentó sobre su verga, sintiéndola entrar hasta el fondo. Empezó a moverse arriba y abajo, primero lento y luego cada vez más rápido y desesperado. Sus tetas saltaban salvajemente. Ramón las agarró con ambas manos, apretándolas fuerte y chupando los pezones mientras ella lo cabalgaba.
—Así… rómpete el coño contra mi verga —gruñó él contra su pecho—. Quiero que te corras montándome como la puta adúltera que eres.
Suly aceleró el ritmo, gimiendo cada vez más alto. Ramón metió una mano entre sus cuerpos y le frotó el clítoris con fuerza.
—¡Me voy a correr! ¡Ramón, me corro! —gritó ella.
— córrete, perra. Córrete en la verga del monaguillo que te está cogiendo puta casada infiel.
El orgasmo de Suly fue violento. Su coño se contrajo alrededor de la verga de Ramón, apretándola con fuerza mientras chorros de jugo le salían alrededor del tronco. Todo su cuerpo temblaba y gritaba sin control.
Ramón no esperó a que terminara. La levantó como si no pesara nada, la puso contra la pared en posición de pie y la penetró de nuevo, follándola con embestidas cortas y brutales mientras la sostenía en el aire.

—Ahora me toca a mí llenarte —jadeó—. Te voy a llenar ese coño de leche caliente. ¿Quieres que te deje embarazada, puta? ¿Quieres que tu marido críe al hijo de un monaguillo?
Suly, aún temblando del orgasmo, solo pudo gemir:
—Sí… lléname… lléname toda…
Con un gruñido animal, Ramón empujó hasta el fondo y se corrió violentamente dentro de ella. Chorros gruesos y calientes de semen inundaron su coño, llenándola hasta que empezó a escurrir por sus muslos. Siguió embistiendo mientras se vaciaba por completo, gruñendo su nombre.
Cuando finalmente salió de ella, un torrente blanco y espeso empezó a salir del coño abierto y rojo de Suly, cayendo al suelo del motel.
Ramón la miró con una sonrisa arrogante y satisfecha, respirando agitado.
—Bienvenida a tu nueva vida, Suly López.
Ahora eres mi puta.
Y esto apenas fue la primera vez.
Suly, exhausta, con el coño palpitando y lleno de semen, solo pudo mirarlo con una mezcla de vergüenza, placer y adicción.
Sabía que no sería la última.
El domingo llegó con un sol abrasador y un nudo permanente en el estómago de Suly López.
Por la mañana, como todos los domingos, preparó a sus hijos para la misa. Anai, de 10 años, llevaba su vestido blanco de primera comunión y charlaba emocionada. Andrés, de 12, ya vestido con su sotana de monaguillo, revisaba su celular con cara de fastidio. Paulo, como siempre, se quedó en casa diciendo que tenía mucho trabajo.
Suly se miró en el espejo antes de salir. Se había puesto un vestido veraniego azul claro, más corto de lo habitual, que se pegaba a sus curvas generosas. Debajo llevaba un conjunto de lencería negra que había comprado esa misma semana en secreto: sostén push-up que levantaba sus grandes pechos y un tanga diminuto que apenas cubría su coño ya húmedo de anticipación. Se sentía como una puta disfrazada de mamá respetable.

Llegaron a la iglesia unos minutos antes de las 11. Suly estacionó el auto y acompañó a sus hijos hasta la entrada. Anai corrió a reunirse con sus amigas del catecismo. Andrés se dirigió directamente a la sacristía.
Y entonces lo vio.
Ramón estaba de pie junto a la puerta lateral, ya con la sotana blanca puesta, pero abierta por delante. En cuanto sus ojos se encontraron con los de Suly, una sonrisa lenta y peligrosa se dibujó en su rostro. No dijo nada frente a los demás. Solo la miró de arriba abajo, deteniéndose descaradamente en sus pechos, en la curva de sus caderas y en las piernas que asomaban bajo el vestido corto.
Suly sintió que le faltaba el aire. Sabían perfectamente lo que iba a pasar en unas horas.
Ramón se acercó con paso casual, como si solo fuera a saludar a la mamá de uno de sus monaguillos.
—Buenas, señora Suly —dijo en voz alta y respetuosa, para que Andrés lo escuchara desde unos metros atrás—. Qué gusto verla de nuevo por aquí.
Luego, bajando la voz hasta convertirla en un susurro que solo ella pudo oír, añadió:

—Te ves bien rica hoy… Ese vestido se te pega al culo como si quisiera que te lo suba.
Ya tengo la habitación 12 reservada en el motel. Te espero a las 2 en punto.
No llegues tarde, porque te voy a follar tan duro que vas a caminar raro toda la semana.
Suly tragó saliva. Sus pezones se endurecieron contra el sostén y sintió un chorrito de humedad escaparse de su coño. Miró de reojo a Andrés, que estaba ocupado guardando las velas, ajeno a todo.
—Ramón… mis hijos están aquí —susurró ella, con la voz temblorosa.
Él sonrió con arrogancia y se inclinó un poco más.
—Exacto. Tus hijos están aquí… y dentro de un rato su mamá va a estar en un motel abriéndole las piernas a un chico de 16 años.
Piensa en eso mientras estás sentada en la misa.
Ramón dio un paso atrás, recuperando su expresión inocente justo cuando Andrés se acercaba.
—Todo listo, Ramón —dijo el chico.
—Bien, wey. Ve con los demás —respondió Ramón, dándole una palmada en la espalda a Andrés sin dejar de mirar a Suly—. Yo tengo que hacer unas cosas después de misa… pero todo va a estar bien.
Sus ojos volvieron a clavarse en Suly una última vez. Esa mirada decía todo: “Te voy a coger. Hoy. Sin piedad.”
Suly sintió las rodillas débiles. Acompañó a Anai hasta su lugar en los bancos y se sentó ella también, pero ya no podía concentrarse en nada. Durante toda la misa, Ramón no dejó de mirarla desde el altar. Cada vez que sus ojos se cruzaban, él se pasaba la lengua por los labios o sonreía de lado, recordándole silenciosamente lo que le esperaba.
Cuando la misa terminó, Suly se levantó rápido. Besó a Anai en la frente y le dijo que se quedara un rato más con sus amigas.
—Andrés, quédate ayudando a Ramón con lo que necesite —le dijo a su hijo—. Yo tengo que ir a hacer unos mandados. Regreso en un rato a recogerte.
Andrés asintió sin sospechar nada.
Suly salió de la iglesia con el corazón latiéndole a mil por hora. Subió a su auto, encendió el motor y miró la hora: 12:40 p.m.
Faltaba poco más de una hora para las 2.
Mientras conducía hacia el Motel Paraíso, recibió un mensaje de Ramón:
**Ramón:**
Ya salí de la iglesia.
Te estoy esperando en la habitación 12.
Deja el auto en la parte de atrás.
Cuando entres, quiero que te quites el vestido antes de cerrar la puerta.
Quiero verte en lencería apenas cruces el umbral.
Suly apretó el volante con fuerza. Sus bragas ya estaban completamente empapadas.

Sabía que estaba a punto de cruzar la línea de no retorno.
Suly llegó al Motel Paraíso a las 1:55 p.m. Estacionó el auto en la parte trasera, tal como Ramón le había indicado. El corazón le latía tan fuerte que sentía que se le saldría del pecho. Se miró en el espejo del retrovisor: tenía las mejillas sonrojadas y los ojos brillantes de excitación y miedo.
Con las manos temblorosas, tomó su bolso y caminó hacia la habitación 12. La puerta estaba entreabierta.
Entró.

Apenas cerró la puerta detrás de ella, Ramón ya estaba ahí, de pie en medio de la habitación, completamente desnudo. Su verga gruesa y dura apuntaba hacia arriba, palpitando. Era grande, venosa y tenía la cabeza hinchada y brillante de precum. Se veía aún más imponente en persona.
—Quítate el vestido —ordenó Ramón con voz ronca, sin siquiera saludar—. Ahora.
Suly tragó saliva. Con dedos torpes, se bajó el cierre del vestido azul y lo dejó caer al suelo. Quedó solo con el conjunto de lencería negra: el sostén push-up que apenas contenía sus enormes tetas y el tanga diminuto que ya tenía una mancha oscura de humedad en la entrepierna.
Ramón la miró de arriba abajo como un animal hambriento.

—Joder, Suly… mírate. La mamá respetable de Andrés y Anai, vestida como una puta barata para que un chico de la destroce.
Ven aquí.
Suly dio unos pasos hacia él. Ramón la agarró bruscamente por la cintura y la jaló contra su cuerpo. Su verga dura se clavó contra el vientre de ella. La besó con violencia, metiéndole la lengua hasta el fondo de la boca mientras sus manos grandes le apretaban el culo con fuerza, separándole las nalgas por encima del tanga.
—Estás temblando, mamacita —se burló contra sus labios—. ¿Tienes miedo o ya estás mojadísima pensando en que te voy a coger como a una perra?
—Ramón… esto es una locura… —susurró Suly, pero su voz sonaba más excitada que asustada.
Ramón soltó una risa baja y la empujó hacia la cama.
—Arrodíllate.
Suly obedeció. Se puso de rodillas sobre la alfombra gastada del motel. Ramón se paró frente a ella, agarrando su verga gruesa con una mano y dándole palmadas suaves en la mejilla de Suly con la cabeza hinchada.
—Abre la boca. Quiero que me la mames como la puta casada que eres.

Suly abrió los labios. Ramón no esperó. Le metió la verga de un solo empujón hasta que la cabeza golpeó el fondo de su garganta. Suly soltó un gemido ahogado, con los ojos llorosos. Ramón la agarró del cabello con fuerza y empezó a follarle la boca con movimientos profundos y brutales.
—Así… chúpamela bien, mamá de familia —gruñó, mirando hacia abajo cómo sus labios se estiraban alrededor de su verga—. Tu marido ni se imagina que su esposa está de rodillas en un motel mamándosela a un monaguillo.
Más profundo… métetela toda, perra.
Suly intentaba respirar por la nariz mientras la verga de Ramón entraba y salía de su boca, cubierta de saliva espesa. Las lágrimas le corrían por las mejillas, pero su coño estaba empapado. Ramón le follaba la boca sin piedad, golpeando su garganta con cada embestida.
—Qué boca tan rica tienes… —jadeó él—. Te voy a enseñar a tragar verga como se debe.
Después de varios minutos, Ramón sacó su verga brillante de saliva de la boca de Suly con un sonido húmedo. Un hilo grueso de saliva colgaba de sus labios a la cabeza de su polla.
—Levántate y quítate todo —ordenó—. Quiero verte completamente desnuda.
Suly se puso de pie, temblando. Se quitó el sostén, dejando que sus grandes tetas pesadas cayeran libres, con los pezones duros como piedras. Luego se bajó el tanga, revelando su coño completamente depilado, hinchado y brillando de tanto jugo.
Ramón la empujó sobre la cama, boca arriba.
—Ahora abre las piernas, puta.
Suly obedeció, abriendo sus muslos gruesos. Ramón se arrodilló entre ellos, bajó la cabeza y le dio un lametón largo y lento desde el ano hasta el clítoris. Suly soltó un gemido fuerte y arqueó la espalda.
—Qué coño tan rico y mojado… —murmuró Ramón contra su vulva—. Huele a desesperación.
Tu marido no te come el coño como se debe, ¿verdad? Por eso estás aquí, abriéndole las piernas a un muchacho.
Sin esperar respuesta, Ramón hundió la cara entre sus piernas y empezó a devorarla con hambre. Su lengua entraba y salía de su agujero, chupaba el clítoris con fuerza y lamía su ano sin vergüenza. Suly gemía sin control, agarrando las sábanas con las manos mientras Ramón le comía el coño como un animal.
—Ramón… ay Dios… me vas a matar… —jadeaba ella.
Él levantó la vista un segundo, con la cara brillante de los jugos de Suly, y sonrió con arrogancia.
—Todavía no, mamacita.
Esto apenas empieza.
Cuando termine contigo, vas a tener el coño tan abierto y lleno de mi leche que ni vas a poder cerrar las piernas.
Ramón se levantó de entre las piernas de Suly, con la cara completamente brillante de sus jugos. Su verga gruesa y dura palpitaba, apuntando directo al coño empapado de ella.

—Ahora sí te voy a coger como se debe, puta —gruñó, subiéndose a la cama—. Abre bien las piernas, mamacita. Quiero ver cómo se te abre ese coño de mamá casada.
Suly, jadeando y con las mejillas ardiendo de vergüenza y placer, abrió sus muslos gruesos. Ramón se colocó entre ellos, agarró su verga y frotó la cabeza hinchada contra los labios hinchados de su coño, untándose con su humedad.
—Estás chorreando, cabrona —se burló—. Tu marido no te moja así, ¿verdad?
Sin esperar respuesta, empujó fuerte. Su verga gruesa entró de un solo golpe hasta el fondo, abriéndole el coño de golpe. Suly soltó un grito agudo de placer y dolor.

—¡Ay, Ramón! ¡Está muy grande! —gimió, clavando las uñas en sus hombros.
—Pues aguántatela, perra —respondió él, empezando a follarla con embestidas profundas y brutales—. Este coño ahora es mío. Tu marido solo te mete la verga flácida y tú vienes aquí a que te reviente un muchacho de 16 años.
Ramón la follaba en misionero con fuerza, haciendo que sus grandes tetas rebotaran violentamente con cada golpe. El sonido húmedo de su verga entrando y saliendo del coño empapado llenaba la habitación. Suly gemía sin control, las piernas temblando.
Después de varios minutos, Ramón salió de ella de golpe.
—Date la vuelta. Quiero cogerte como a una perra en celo.
Suly obedeció rápido, poniéndose en cuatro patas sobre la cama, arqueando la espalda y levantando el culo. Ramón le dio una fuerte nalgada que resonó en la habitación y le dejó la marca roja de su mano.
—Qué culo tan rico tienes, mamá de Andrés —dijo, escupiendo sobre su ano antes de meterle la verga otra vez de un empujón brutal.

Empezó a follarla en perrito con fuerza salvaje, agarrándola de las caderas y tirando de ella hacia atrás mientras empujaba. Sus tetas colgaban y se balanceaban pesadamente. Cada embestida hacía que su culo rebotara contra la pelvis de Ramón.
—¡Más duro! ¡Por favor! —suplicó Suly, completamente entregada.
—¿Más duro? —rió Ramón, dándole otra nalgada—. Mira cómo te gusta que te trate como puta. Tu hijo Andrés está en la iglesia pensando que su mamá es una santa… y aquí estás, gimiendo como una perra mientras te parto el coño.
La cambió de posición otra vez. Ramón se sentó en el borde de la cama y jaló a Suly encima de él, en vaquera.
—Ahora móntame tú, mamacita. Quiero ver cómo esas tetas grandes rebotan mientras te clavo la verga.

Suly se sentó sobre su verga, sintiéndola entrar hasta el fondo. Empezó a moverse arriba y abajo, primero lento y luego cada vez más rápido y desesperado. Sus tetas saltaban salvajemente. Ramón las agarró con ambas manos, apretándolas fuerte y chupando los pezones mientras ella lo cabalgaba.
—Así… rómpete el coño contra mi verga —gruñó él contra su pecho—. Quiero que te corras montándome como la puta adúltera que eres.
Suly aceleró el ritmo, gimiendo cada vez más alto. Ramón metió una mano entre sus cuerpos y le frotó el clítoris con fuerza.
—¡Me voy a correr! ¡Ramón, me corro! —gritó ella.
— córrete, perra. Córrete en la verga del monaguillo que te está cogiendo puta casada infiel.
El orgasmo de Suly fue violento. Su coño se contrajo alrededor de la verga de Ramón, apretándola con fuerza mientras chorros de jugo le salían alrededor del tronco. Todo su cuerpo temblaba y gritaba sin control.
Ramón no esperó a que terminara. La levantó como si no pesara nada, la puso contra la pared en posición de pie y la penetró de nuevo, follándola con embestidas cortas y brutales mientras la sostenía en el aire.

—Ahora me toca a mí llenarte —jadeó—. Te voy a llenar ese coño de leche caliente. ¿Quieres que te deje embarazada, puta? ¿Quieres que tu marido críe al hijo de un monaguillo?
Suly, aún temblando del orgasmo, solo pudo gemir:
—Sí… lléname… lléname toda…
Con un gruñido animal, Ramón empujó hasta el fondo y se corrió violentamente dentro de ella. Chorros gruesos y calientes de semen inundaron su coño, llenándola hasta que empezó a escurrir por sus muslos. Siguió embistiendo mientras se vaciaba por completo, gruñendo su nombre.
Cuando finalmente salió de ella, un torrente blanco y espeso empezó a salir del coño abierto y rojo de Suly, cayendo al suelo del motel.
Ramón la miró con una sonrisa arrogante y satisfecha, respirando agitado.
—Bienvenida a tu nueva vida, Suly López.
Ahora eres mi puta.
Y esto apenas fue la primera vez.
Suly, exhausta, con el coño palpitando y lleno de semen, solo pudo mirarlo con una mezcla de vergüenza, placer y adicción.
Sabía que no sería la última.
0 comentarios - Corrupción Divina - capitulo 3