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El Coleccionista (partes 1, 2 y 3)

I. Retrato de dos almas
Había algo en Marcos Vidal que los conocidos no lograban descifrar del todo, pero que intuían, como se intuye el frío antes de que llegue el viento. Era un hombre atractivo en el sentido más convencional de la palabra: cuarenta y dos años, mandíbula firme, cabello oscuro con las primeras hebras plateadas que él cultivaba con discreción vanidosa. Trabajaba como tasador de propiedades para una firma inmobiliaria de mediano prestigio, y en ese oficio había desarrollado una habilidad que lo definía más que cualquier otra cosa: sabía calcular el valor de lo que miraba. No el valor sentimental, no el valor intrínseco. El valor de mercado. Lo que otros estarían dispuestos a pagar.
Sus colegas lo describían como encantador. Sus amigos, como generoso. Ninguno de ellos habría sabido explicar por qué, después de una tarde agradable en su compañía, quedaban con una sensación leve pero persistente, como la de haber firmado algo sin leer la letra pequeña.
Marcos coleccionaba cosas. Relojes, vinos de años específicos, primeras ediciones de novelas que nunca leía. Lo que coleccionaba, en realidad, era la mirada de los demás sobre sus posesiones. Necesitaba ese reflejo como otros necesitan el aire.
Y entonces conoció a Valeria.
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Valeria Sosa tenía treinta y ocho años y enseñaba literatura en un instituto secundario del barrio de Palermo. Era el tipo de mujer que entraba a una habitación sin pretender hacerlo, y que sin embargo hacía que la habitación cambiara de temperatura. Alta, de movimientos lentos y deliberados, con el cabello castaño oscuro que llevaba recogido durante las horas de trabajo y suelto por las tardes, cuando volvía a casa cargando bolsas de libros y la fatiga amable de quien ha pasado el día haciendo algo que le importa.
Su cuerpo era de esos que la ropa no termina de contener, no por descuido sino por una especie de abundancia natural, serena. Tenía hombros anchos y suaves, una cintura que cedía hacia caderas generosas, y una manera de moverse que sugería que habitaba su propio cuerpo con comodidad, sin la conciencia permanente de ser mirada que tienen algunas mujeres hermosas. Valeria no pensaba en su físico. Lo usaba para caminar, para abrazar, para señalar el pizarrón.
Sus alumnos la adoraban porque era exigente y justa, y porque cuando leía en voz alta —García Márquez, Cortázar, Woolf— su voz cambiaba de textura, se volvía más íntima, como si le estuviera contando algo al oído a cada uno.
Conoció a Marcos en una cena de amigos comunes. Él la escuchó hablar durante veinte minutos sobre Pedro Páramo con una atención que ella interpretó como curiosidad intelectual. Era, en realidad, otra cosa. Marcos la estaba tasando.
Se casaron dieciocho meses después. La boda fue sencilla, como ella quiso. Él cedió en eso, como cedía en todo lo pequeño.
II. Lo que él quería
El deseo de Marcos no era nuevo. Lo había cargado desde antes de conocer a Valeria, desde antes incluso de su primer matrimonio fallido, del que nunca hablaba. Era un deseo que él mismo había tardado años en nombrarse, y cuando finalmente lo hizo, lo hizo con la terminología que había encontrado en foros de internet: hotwife, cuckolding, exhibicionismo compartido. Las palabras técnicas lo tranquilizaban. Lo hacían sentir que su deseo tenía categoría, comunidad, manual de instrucciones.
Lo que quería, en esencia, era que otros hombres miraran a su mujer. Que la desearan. Y que él supiera que la deseaban. No era el deseo de perderla, sino el deseo de poseerla de otra manera, de convertirla en algo que se exhibe en una vitrina y se vuelve más valioso por ser visto.
Se lo dijo a Valeria al año de casados, una noche, después de hacer el amor. Lo planteó con cuidado, con los eufemismos que había ensayado. Habló de exploración, de confianza, de parejas modernas.
Valeria lo escuchó en silencio. Luego se incorporó, se cubrió con la sábana, y lo miró con esa expresión suya de profesora que acaba de leer una respuesta equivocada pero prefiere entender el error antes de corregirlo.
—No —dijo. Y no fue una negativa agresiva ni herida. Fue una negativa completa, de las que no dejan rendija. —No me interesa. No me excita. Y no quiero que eso cambie entre nosotros.
Marcos asintió. Dijo que lo entendía. Que había sido solo una idea. Que no importaba.
Pero sí importaba. Y desde esa noche, algo en él comenzó a trabajar en silencio, con la paciencia fría de quien sabe que los resultados buenos requieren planificación.
III. La camisa azul
Era un martes de mayo cuando Valeria encontró sobre la cama, doblada con esmero, una camisa nueva. Azul marino, de lino liviano, con botones blancos nacarados. Junto a ella, una nota de Marcos: Para la reunión de hoy. Te va a quedar perfecta.
Valeria sonrió. Le gustaba que él pensara en ella. Era uno de los gestos que la habían enamorado: esa atención a los detalles, esa manera de anticipar sus necesidades. Se la puso frente al espejo del dormitorio y quedó satisfecha. Le ceñía bien en los hombros, se abría en una V suave en el pecho, lo suficiente para ser elegante sin ser provocadora. Una camisa de mujer adulta para una reunión de adultos.
Lo que no sabía era que Marcos había pasado cuarenta minutos la noche anterior con un descosedor fino, trabajando con la paciencia meticulosa de un relojero, adelgazando el hilo de los tres botones centrales hasta dejarlo en el límite exacto entre la tensión y la rotura. No los había cortado: los había debilitado. Cualquier movimiento sostenido los terminaría de soltar solos, en su momento, sin que nada pareciera forzado.
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La reunión era con los padres de sus alumnos de quinto año. Valeria llegó diez minutos antes, acomodó las sillas en semicírculo, escribió en el pizarrón los títulos de las lecturas del trimestre siguiente. Tenía esa energía anticipada de quien disfruta genuinamente de estos rituales.
Los padres fueron llegando de a poco. Doce en total, más algunos que entraron juntos al final. Se sentaron, sacaron sus teléfonos para silenciarlos, cruzaron las piernas. Valeria los fue recibiendo a todos con ese don suyo de hacer sentir a cada uno que era el único en la sala.
Empezó a hablar. Y cuando Valeria hablaba de literatura, su cuerpo hablaba con ella: los brazos se abrían para abarcar algo grande, el torso giraba hacia el pizarrón y volvía, la voz subía y bajaba como marea. Era una presencia física además de intelectual, y la camisa de lino, ceñida en los hombros, se tensaba y cedía con cada inflexión.
El primer botón cedió cuando se inclinó sobre la mesa para señalar un párrafo subrayado en el texto que había fotocopiado. Un movimiento cotidiano, inclinarse hacia adelante con las dos manos apoyadas en la mesa, el cuerpo volcado sobre el papel. La camisa se abrió un centímetro, dos, sin que ella lo sintiera. Desde las primeras filas, quien mirara en ese momento veía el borde del corpiño blanco, el comienzo de la curva de sus senos presionando contra el encaje.
Un padre en la segunda fila, de unos cuarenta y cinco años, levantó la vista del texto fotocopiado.
El segundo botón se fue cuando giró hacia el pizarrón para escribir. El movimiento de alzar el brazo, de estirar el torso hacia arriba, terminó lo que el descosedor había comenzado. La camisa se separó con una discreción casi elegante, sin ruido, sin drama, abriéndose en un triángulo de tela que dejó visible una franja de piel desde el esternón hasta el ombligo, y el corpiño blanco de encaje sosteniéndole los senos con esa franqueza íntima de la ropa interior cuando aparece donde no debe.
Ella no lo sintió. Estaba escribiendo, de espaldas, con la concentración de siempre.
Cuando se dio vuelta, la camisa estaba abierta.
Nadie dijo nada. Ese es el detalle más oscuro de toda la escena: nadie dijo nada. Algunos bajaron la vista. Otros no. El padre de la segunda fila tenía una expresión que era difícil de catalogar, entre la incomodidad y algo menos honesto que la incomodidad.
Valeria siguió hablando durante veinte minutos más sin saberlo.
El tercer botón se fue durante los aplausos del cierre, cuando echó la cabeza hacia atrás con su risa abierta e irreflexiva, y el último hilo cedió sin que nadie en la sala lo notara porque ya no había nada que notar: la camisa estaba completamente abierta en el centro, el corpiño de encaje blanco expuesto en su totalidad, los senos de Valeria visibles en su contorno completo para cualquiera que mirara de frente.
Varios miraron de frente.
Fue la directora quien se acercó al final, cuando los últimos padres salían, y le dijo al oído con una delicadeza que era en sí misma una forma de horror: —Valeria, tu camisa.
El color que subió a su cara fue instantáneo y violento. Se cubrió con las manos, sintió el frío del aire donde debería haber habido tela, miró hacia la puerta por donde acababan de irse los últimos padres. Calculó en un segundo cuánto tiempo había estado así. Calculó quién había estado mirando.
Las rodillas le temblaron. Fue al baño y cerró el pestillo y se quedó de espaldas contra la puerta durante un minuto largo, con las manos todavía sobre el pecho, sintiendo el calor de la vergüenza como algo físico, como una quemadura.
Esa noche, en casa, se lo contó a Marcos con humor forzado, la manera en que contamos las humillaciones cuando queremos quitarles peso.
Marcos la abrazó. Dijo que debía haber sido un defecto de fabricación. Que era horrible. Que le daba mucha rabia.
Y mientras la abrazaba, con la cara de ella contra su hombro, cerró los ojos.


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