Hace un año había arrancado a laburar de Uber, tenía 30 años en aquel entonces. Una noche flojita, volviendo a casa acá por Garín, salió un viaje cortito hasta la UDP. Lo acepté, estaba ahí nomás. Llegué al lugar donde tenía que levantar y salen tres pendejas, una más buena que la otra. Pero había una que llamó toda mi atención. Tenía una remerita negra con escote en V con unas lindas gomas, un shortcito blanco cortito. La veía acercarse al auto y no lo podía creer. Una se sube adelante, las otras dos atrás, ya que la mayor iba con su hijo.
Avanzo un poco y giro en la esquina para retomar. La chica de adelante dice:
—No, por ahí no, está cortada.
Yo la miré un momento porque lo dijo casi gritando, y dije:
—Tranqui, solo voy a dar la vuelta.
Cuando nos miramos, ella se quedó un momento en silencio. Luego miró hacia atrás, a su hermana, la mayor, la que iba con el hijo.
—Ay, no —dijo, tapándose la boca.
Yo no le di mucha bola, seguí manejando y arrancamos. En el trayecto íbamos escuchando reggaetón con el bluetooth; siempre ponía esa música cuando laburaba de noche para hacerme el gato. En un momento empiezo a darme cuenta de que la piba que estaba adelante le había escrito por WhatsApp a la que estaba atrás, la del shortcito blanco, la que yo deseaba desde que la vi. Ella, luego de recibir el mensaje, dijo:
—Yo tengo novio igual, pero re que sí.
Cuando escuché eso entendí todo. Estaban hablando de mí. Empezó a sonar un tema, no recuerdo cuál, pero la de adelante me preguntó si le podía subir el volumen. Obvio, respondí. Íbamos ya por el reloj para el que conoce la zona y ella misma dice:
—Ay no, chicas, ya casi llegamos.
Yo la miré de reojo y me sonreí un poco, pero me mantuve serio. Era la primera vez que estaba en esa situación. Entendía que hablaban de mí, pero en mi cabeza pensaba: soy un tipo de 30 años, estás trabajando, no seas boludo. Cuando llegamos al destino, la mayor bajó y quedaron la de adelante y la del short blanco un momento.
La de adelante abre la puerta; antes de bajar, voltea y me dice:
—Hey, sos re lindo, ¿eh?
Ni bien terminó la frase, bajó rápidamente sin darme tiempo a decir nada. Miré hacia atrás, a la chica del short, que aún se quedaba, y me lanzó un beso. Hice una media sonrisa y le dije:
—Chau, amor, suerte.
Ella sonrió y bajó.
Nunca en la vida me había pasado algo similar. Me quedé un momento ahí parado sin entender mucho. Bueno, sí entendía, pero estaba incrédulo de la situación. Di una vuelta y me quedé esperando por la plaza, ahí cerca, pensando: bueno, si sale un viaje de aquí hacia donde las había levantado, lo tomaría sin dudar. Quería volver a cruzármelas. Para ese momento, el sueño y las ganas de volver a casa ya se me habían ido. Diez, veinte, treinta minutos y nada. El celular no sonaba. Estaba pensando en darme por vencido. Fui a comprar puchos para dirigirme a casa y el celular suena. Miré rápidamente: UDP hacia... no era, y estaba a nombre de un hombre. Pero era a dos cuadras de mi casa, así que lo agarré; ya me había dado por vencido y tenía una buena anécdota para contar de cómo me dormí. Cuando llegué, esperé un momento, y se acerca... era la chica del short blanco. Bajé la ventanilla derecha.
—Vos sos el mismo de recién —me dice.
—Sí —le respondo rápidamente—. ¿A nombre de Diego?
—Sí —y se sube tímidamente.
Ahora que estaba sola, supuse que se sintió intimidada. Estaba callada, casi inmóvil, evitando el contacto visual. Yo la observaba por el retrovisor. Qué piernas, pensaba por dentro. Sácale charla, idiota, es tu oportunidad.
—¿Qué tal todo en la UDP?
—Bien, ahí se quedaron mis amigas esperando a su mamá.
—Uh... ¿pasó algo malo?
—No, en cualquier momento ya le dan el alta, por eso fuimos a esperar.
—¿Y vos qué? ¿Te vas a tu casa? —le pregunté.
—El idiota de mi novio me quiere ver. Es re pesado.
—Qué mal por mí que tengas novio —la miré por el retrovisor. Ella devolvió la mirada con una sonrisita tímida.
—¿Qué mal por qué?
—Y... como me tiraste un besito antes de bajar me había ilusionado. ¿Edad? —pregunté.
Ella era súper blanquita, se puso colorada y sonreía por lo bajo intentando ocultarse.
—18, cumplí en junio.
—Ah, bien. Bueno, somos casi vecinos —le digo—. Yo vivo acá a dos cuadras; cualquier cosa te dejo mi número por si necesitás algo y me avisás.
—No, el número no —me dice.
Intenté decir algo rápido para salir del rechazo, pero continuó:
—Anotá mi Instagram.
—Ah, dale, mejor —le digo.
Ya está, ya la tengo, pensé.
—El viaje está pago —le digo. Volteé a mirarla descender—. Chau, bombón —le digo.
—¿Me venís a buscar? —pausó antes de bajar del todo.
Yo mirándola fijamente, con unas ganas de comérmela toda a la pendeja.
—Obvio. Ahora te escribo y me avisas.
Bajó. Y me fui a casa. Me di una ducha, fui al 24 horas que está a la vuelta, compré unos primes, finos, y esperé.
Media hora después me escribe: "¿Venís?"
"Dale", y salgo hacia ahí.
"Estoy en la esquina donde te dejé."
"Voy."
Abre la puerta y me dice:
—¿Puedo ir adelante, no?
Asiento con la cabeza, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Tenés que volver a la UDP? —le pregunté.
—No... —suspira—. Sacame de acá.
—Dale, princesa, vamos a casa, estamos acá nomás.
No dijo nada, así que lo tomé como un sí. Ella no se sentó recta en el asiento; se sentó de perfil, con media espalda apoyada en la puerta, con ese escote mirándome, como pidiendo que la mirara. Tenía una cara de deseo. Por lo que había tardado entre que la dejé y me pidió que la fuera a buscar, era obvio que se había ido a coger con el novio. O eso pensaba, hasta que vi esa cara de deseo total, como pidiéndome a gritos que la tomara, solo con esa mirada.
Llegamos, bajamos, abrí la puerta exterior y la tomé de la mano para guiarla. El corazón se me había puesto a mil. Desde que la vi acercarse al auto la primera vez quise tenerla. Acá estaba; no lo podía creer. Mientras avanzábamos por el pasillo, comencé a darle besos por el cuello desde atrás. Ella levantaba la cola retorciéndose. La tomé por la cintura y la apreté contra mí, que para ese momento ya la tenía más que lista y a punto de explotar. Cuando sus nalgas rozaron conmigo soltó un jadeo que no puedo ni voy a olvidar nunca. Lo sintió, y era evidente que le gustó.
Abrí la puerta de casa para ingresar al interior, le di una nalgada y le dije al oído:
—La cogida que te voy a pegar, pendeja, no te das una idea.
Ella volteó con una mirada y sonrisa pícara.
—¿Ah, sí? ¿A que no te da?
Uf... Cuando me dijo eso me puse loco. Todo mi cuerpo se alborotó. Esa pibita tímida que venía en el
auto de repente se volvió la más puta de todas.
La besé deslizando mi mano desde su cuello hacia la nuca, y la jalé del pelo. Ella jadeaba y gemía, dejándose llevar. Mis manos inquietas se deslizaban por todo su cuerpo. Lentamente la iba guiando hacia el sillón del living. La recosté y me saqué la remera. Volví sobre ella y descubrí sus hermosos pechos; comencé a chuparlos mientras mis manos jugaban con sus piernas. Ese par de tetas me volvían loco. Mi verga pedía con cada latido salir, quería salir a jugar con nosotros. La jalé del pelo, me recosté y la guié hacia allí. Ella desabrochó mi pantalón y lo sacó. La miró un momento de arriba abajo, me miró a mí y volvió a mirarla:
—¿Esto es para mí?
—Sí, pendeja.
La tomó firme con su mano desde la base y comenzó a pasarle la lengua por la cabeza. Esa sensación hermosa de sentir su lengua húmeda y caliente, que todo hombre experimenta cuando le chupan la pija, no tiene precio. La rodeó con sus labios y, a todo esto, nunca dejó de mirarme a los ojos. La hija de puta sabía lo que hacía. Me excitaba tanto verla subir y bajar con mi verga en su boca, mirándome, que se me escapó un:
—Qué hija de puta.
Ella sonrió. Se ve que le gustaba que la insultara. Entonces seguí:
—Eso, puta de mierda.
Ella se mordió el labio inferior, inclinó la cabeza levemente hacia la izquierda.
—Hoy soy TU puta de mierda.
Nuevamente me hizo revolucionar a mil. La muy hija de puta me volvía a demostrar, una y otra vez, que de pendeja solo tenía la edad.
Siguió trabajando: subía y bajaba acompañando con su mano, y con la otra la deslizaba por mi pecho, arriba y abajo. Yo cerré los ojos, completamente entregado a su boca, y esa sensación empezó a aflorar. La puta me estaba por hacer acabar. La tomé del pelo y se la saqué de la boca antes de que lo hiciera; no quería acabar ya. Así que nos invertimos y ahora yo me puse sobre ella. Le quité el short con algo de dificultad, ya que el culo que tenía era demasiado para ese short. Empecé a tocarle la concha suave, de abajo arriba con dos dedos, acariciando sus labios desde la vagina, ya húmeda, hasta el clítoris.
—Estás empapada, putita. ¿Te encanta chupar pija, no?
Asintió con la cabeza y con voz finita, totalmente dulce, lo reafirmó:
—Ajam.
Le introduje los dedos anular y medio haciendo una leve presión hacia arriba, y con el pulgar acariciaba su clítoris mientras besaba sus pechos. Ella gemía totalmente extasiada realmente lo estaba disfrutando, esos ricos gemidos. Levanté la cabeza, la miré y con la mano izquierda corrí el cabello de su rostro.
—¿Estás lista?
—Metemela.
—¿Qué?
—Metemela ya.
Sus caderas se movían adelante y atrás. Estaba como loca.
—Quiero que me la metas ya, por favor.
Mordí mi labio inferior ni bien terminó de decirlo. Le hice una caricia en el rostro con la mano izquierda y con la derecha me coloqué el forro y luego mi verga en la puerta de su vagina y, sin romper el contacto visual, empujé poco a poco. Sentí cómo se relajó totalmente.
—Estás empapada, hija de puta.
—Ay, sí —muerde su labio—. Dale.
La movía despacio, aumentando el ritmo poco a poco, y siempre manteniendo el contacto visual. Cada vez más rápido. Comenzó a gemir con los ojos cerrados, poco a poco más fuerte, siguiendo de la mano mi ritmo de embestidas, que ya para este punto eran más fuertes que rápidas.
—Ay, sí, por favor. Ah, ahh. Dame más —plaff, plaff, plaff, sonaba cada vez más fuerte—. Dale, dame más. ¿O no te da?
Hija de mil puta, lo volvió a hacer. Me volvió a provocar, y eso me ponía a mil por hora.
La puse en cuatro y le daba fuerte, como ella quería, la jalaba del pelo. Sus gemidos... Dios mío, esos gemidos. Los gemidos más ricos que había escuchado nunca.
—Ah... ahh... ah... —con esa voz suave y tierna.
Empezó a arquearse hacia atrás y esos ricos gemidos comenzaron a entrecortarse. Mantuve el ritmo firme y esos gemidos se volvían casi inaudibles. Al final, con una voz casi gutural, apenas audible, el último "ahh" casi susurrado. Seguí un instante suave, haciendo unos movimientos circulares hasta que me detuve, para darle un momento. Podía sentir su vagina palpitando en toda mi verga. Se dejó caer recostada boca abajo; no lo olvidaré nunca: su muslo derecho se sacudía temblando, mordía su mano y su respiración estaba totalmente agitada. Besé su espalda suavemente, y reacciono con un espasmo. Subí hasta su hombro y me detuve a observarla un instante. Le hice una caricia en su cabello y le susurré al oído:
—Eso te pasa por provocarme.
Se sonrió, se dio vuelta, y me recosté en sus pechos y jugué con su pezón con mis dedos.
—Despacito, están sensibles —me dijo.
Volteé a mirarla y le pasé la lengua. Se sonrió con los ojos cerrados, acariciando mi cabeza.
—Ahora me toca a mí hacerte acabar.
Solo la miré un momento con una sonrisa provocadora. Se me subió encima, me besó unos segundos, tomó mi verga con sus suaves y diminutas manos y la introdujo, dejándose caer. Hacía unos movimientos circulares encima de mí con sus caderas, luego hacia adelante y hacia atrás, haciendo presión con su clítoris sobre mi pelvis. Comenzó a gemir nuevamente. Eso a mí me volvía loco, y perdón que lo vuelva a repetir, pero esos gemidos, por Dios.
Se tocaba los pechos mientras se movía hipnóticamente adelante y atrás. Luego subió su mano hacia su cuello e hizo un movimiento como si se quisiera rasguñar. Sus gemidos volvieron a entrecortarse y, nuevamente, al llegar al clímax: silencio, dejándose ir con un susurro gutural. Su vagina palpitante otra vez, como intentando meter mi verga cada vez más adentro. Se tomó unos segundos de pausa y siguió, esta vez dando unos pequeños saltitos, arriba y abajo, más rápido, arriba y abajo. Su vagina estaba tan húmeda que deslizaba sin dificultad alguna. Arriba y abajo. Plaff, plaff, plaff. Tenía mis manos sobre sus muslos, que apenas rozaba con las yemas de mis dedos, aplicando leve presión sobre sus piernas. Coloqué mi mano izquierda en su cintura guiando el ritmo y mi mano derecha seguía en su muslo. Subía y bajaba. Sus gemidos, el sonido de aplausos, los fluidos, esa ardiente melodía del sexo me estaba haciendo sentir que me iba poco a poco.
—La quiero en la boquita —escuché suavemente.
Le apuré el ritmo con mi mano izquierda como si de una yegua se tratara, y cuando estuve a punto, la saqué, me paré, coloqué mi mano sujetando prácticamente el total de su cabeza y continué pajeándome hasta que el primero y más fuerte salió, dejando un chorro que atravesaba desde su frente hasta sus labios, y todo el resto fue dentro de su boca. Me miraba con esos ojos mientras mi verga escupía dentro de su boca, y esa mirada de puta; ponía la misma mirada que puso cuando se subió a mi auto.
Fue al baño y se alistó. Yo me vestí para llevarla, aunque también le dije que podía quedarse si así lo deseaba, pero quería volver con su amiga. Cuando subimos al auto e íbamos hacia la casa de su amiga, encendió su celular. Cayeron mil mensajes, llamadas perdidas. A todo esto, me contó que su novio era un idiota porque se había puesto celoso porque, cuando la llevé, tardó en bajar del auto; que se la había pasado discutiendo desde que la dejé hasta que la volví a buscar. Y me mostró lo que le había mandado: "¿Qué estás con el pibe del Uber, puta de mierda?"
Ella le respondió con un audio:
—Sí, estoy con el Uber, pendejo inmaduro. Me llevó a su casa y me dio una revolcada que me hizo olvidarte. Chau, pedazo de cornudo.
Y lo bloqueó.
En ese momento entré en una disyuntiva. Si la seguía viendo iba a disfrutar del mejor sexo que jamás había tenido, pero sabía que si me quedaba, esta pendeja me iba a hacer mierda.
Llegamos, nos despedimos con un largo beso, y me dijo:
—Chau, amor. Espero tu mensaje; escribime cuando quieras.
Fue la noche de mi vida, a día de hoy sigo pensando que fue un sueño por como se dio todo, pero no, todo fue así. Ese día fui el Uber mas afortunado de toda Argentina.
Y recuerdan a la amiga? Esa que inicio todo diciéndome que era lindo. Bueno, mas adelante puede que sepan algo de ella.
Avanzo un poco y giro en la esquina para retomar. La chica de adelante dice:
—No, por ahí no, está cortada.
Yo la miré un momento porque lo dijo casi gritando, y dije:
—Tranqui, solo voy a dar la vuelta.
Cuando nos miramos, ella se quedó un momento en silencio. Luego miró hacia atrás, a su hermana, la mayor, la que iba con el hijo.
—Ay, no —dijo, tapándose la boca.
Yo no le di mucha bola, seguí manejando y arrancamos. En el trayecto íbamos escuchando reggaetón con el bluetooth; siempre ponía esa música cuando laburaba de noche para hacerme el gato. En un momento empiezo a darme cuenta de que la piba que estaba adelante le había escrito por WhatsApp a la que estaba atrás, la del shortcito blanco, la que yo deseaba desde que la vi. Ella, luego de recibir el mensaje, dijo:
—Yo tengo novio igual, pero re que sí.
Cuando escuché eso entendí todo. Estaban hablando de mí. Empezó a sonar un tema, no recuerdo cuál, pero la de adelante me preguntó si le podía subir el volumen. Obvio, respondí. Íbamos ya por el reloj para el que conoce la zona y ella misma dice:
—Ay no, chicas, ya casi llegamos.
Yo la miré de reojo y me sonreí un poco, pero me mantuve serio. Era la primera vez que estaba en esa situación. Entendía que hablaban de mí, pero en mi cabeza pensaba: soy un tipo de 30 años, estás trabajando, no seas boludo. Cuando llegamos al destino, la mayor bajó y quedaron la de adelante y la del short blanco un momento.
La de adelante abre la puerta; antes de bajar, voltea y me dice:
—Hey, sos re lindo, ¿eh?
Ni bien terminó la frase, bajó rápidamente sin darme tiempo a decir nada. Miré hacia atrás, a la chica del short, que aún se quedaba, y me lanzó un beso. Hice una media sonrisa y le dije:
—Chau, amor, suerte.
Ella sonrió y bajó.
Nunca en la vida me había pasado algo similar. Me quedé un momento ahí parado sin entender mucho. Bueno, sí entendía, pero estaba incrédulo de la situación. Di una vuelta y me quedé esperando por la plaza, ahí cerca, pensando: bueno, si sale un viaje de aquí hacia donde las había levantado, lo tomaría sin dudar. Quería volver a cruzármelas. Para ese momento, el sueño y las ganas de volver a casa ya se me habían ido. Diez, veinte, treinta minutos y nada. El celular no sonaba. Estaba pensando en darme por vencido. Fui a comprar puchos para dirigirme a casa y el celular suena. Miré rápidamente: UDP hacia... no era, y estaba a nombre de un hombre. Pero era a dos cuadras de mi casa, así que lo agarré; ya me había dado por vencido y tenía una buena anécdota para contar de cómo me dormí. Cuando llegué, esperé un momento, y se acerca... era la chica del short blanco. Bajé la ventanilla derecha.
—Vos sos el mismo de recién —me dice.
—Sí —le respondo rápidamente—. ¿A nombre de Diego?
—Sí —y se sube tímidamente.
Ahora que estaba sola, supuse que se sintió intimidada. Estaba callada, casi inmóvil, evitando el contacto visual. Yo la observaba por el retrovisor. Qué piernas, pensaba por dentro. Sácale charla, idiota, es tu oportunidad.
—¿Qué tal todo en la UDP?
—Bien, ahí se quedaron mis amigas esperando a su mamá.
—Uh... ¿pasó algo malo?
—No, en cualquier momento ya le dan el alta, por eso fuimos a esperar.
—¿Y vos qué? ¿Te vas a tu casa? —le pregunté.
—El idiota de mi novio me quiere ver. Es re pesado.
—Qué mal por mí que tengas novio —la miré por el retrovisor. Ella devolvió la mirada con una sonrisita tímida.
—¿Qué mal por qué?
—Y... como me tiraste un besito antes de bajar me había ilusionado. ¿Edad? —pregunté.
Ella era súper blanquita, se puso colorada y sonreía por lo bajo intentando ocultarse.
—18, cumplí en junio.
—Ah, bien. Bueno, somos casi vecinos —le digo—. Yo vivo acá a dos cuadras; cualquier cosa te dejo mi número por si necesitás algo y me avisás.
—No, el número no —me dice.
Intenté decir algo rápido para salir del rechazo, pero continuó:
—Anotá mi Instagram.
—Ah, dale, mejor —le digo.
Ya está, ya la tengo, pensé.
—El viaje está pago —le digo. Volteé a mirarla descender—. Chau, bombón —le digo.
—¿Me venís a buscar? —pausó antes de bajar del todo.
Yo mirándola fijamente, con unas ganas de comérmela toda a la pendeja.
—Obvio. Ahora te escribo y me avisas.
Bajó. Y me fui a casa. Me di una ducha, fui al 24 horas que está a la vuelta, compré unos primes, finos, y esperé.
Media hora después me escribe: "¿Venís?"
"Dale", y salgo hacia ahí.
"Estoy en la esquina donde te dejé."
"Voy."
Abre la puerta y me dice:
—¿Puedo ir adelante, no?
Asiento con la cabeza, mirándola fijamente a los ojos.
—¿Tenés que volver a la UDP? —le pregunté.
—No... —suspira—. Sacame de acá.
—Dale, princesa, vamos a casa, estamos acá nomás.
No dijo nada, así que lo tomé como un sí. Ella no se sentó recta en el asiento; se sentó de perfil, con media espalda apoyada en la puerta, con ese escote mirándome, como pidiendo que la mirara. Tenía una cara de deseo. Por lo que había tardado entre que la dejé y me pidió que la fuera a buscar, era obvio que se había ido a coger con el novio. O eso pensaba, hasta que vi esa cara de deseo total, como pidiéndome a gritos que la tomara, solo con esa mirada.
Llegamos, bajamos, abrí la puerta exterior y la tomé de la mano para guiarla. El corazón se me había puesto a mil. Desde que la vi acercarse al auto la primera vez quise tenerla. Acá estaba; no lo podía creer. Mientras avanzábamos por el pasillo, comencé a darle besos por el cuello desde atrás. Ella levantaba la cola retorciéndose. La tomé por la cintura y la apreté contra mí, que para ese momento ya la tenía más que lista y a punto de explotar. Cuando sus nalgas rozaron conmigo soltó un jadeo que no puedo ni voy a olvidar nunca. Lo sintió, y era evidente que le gustó.
Abrí la puerta de casa para ingresar al interior, le di una nalgada y le dije al oído:
—La cogida que te voy a pegar, pendeja, no te das una idea.
Ella volteó con una mirada y sonrisa pícara.
—¿Ah, sí? ¿A que no te da?
Uf... Cuando me dijo eso me puse loco. Todo mi cuerpo se alborotó. Esa pibita tímida que venía en el
auto de repente se volvió la más puta de todas.
La besé deslizando mi mano desde su cuello hacia la nuca, y la jalé del pelo. Ella jadeaba y gemía, dejándose llevar. Mis manos inquietas se deslizaban por todo su cuerpo. Lentamente la iba guiando hacia el sillón del living. La recosté y me saqué la remera. Volví sobre ella y descubrí sus hermosos pechos; comencé a chuparlos mientras mis manos jugaban con sus piernas. Ese par de tetas me volvían loco. Mi verga pedía con cada latido salir, quería salir a jugar con nosotros. La jalé del pelo, me recosté y la guié hacia allí. Ella desabrochó mi pantalón y lo sacó. La miró un momento de arriba abajo, me miró a mí y volvió a mirarla:
—¿Esto es para mí?
—Sí, pendeja.
La tomó firme con su mano desde la base y comenzó a pasarle la lengua por la cabeza. Esa sensación hermosa de sentir su lengua húmeda y caliente, que todo hombre experimenta cuando le chupan la pija, no tiene precio. La rodeó con sus labios y, a todo esto, nunca dejó de mirarme a los ojos. La hija de puta sabía lo que hacía. Me excitaba tanto verla subir y bajar con mi verga en su boca, mirándome, que se me escapó un:
—Qué hija de puta.
Ella sonrió. Se ve que le gustaba que la insultara. Entonces seguí:
—Eso, puta de mierda.
Ella se mordió el labio inferior, inclinó la cabeza levemente hacia la izquierda.
—Hoy soy TU puta de mierda.
Nuevamente me hizo revolucionar a mil. La muy hija de puta me volvía a demostrar, una y otra vez, que de pendeja solo tenía la edad.
Siguió trabajando: subía y bajaba acompañando con su mano, y con la otra la deslizaba por mi pecho, arriba y abajo. Yo cerré los ojos, completamente entregado a su boca, y esa sensación empezó a aflorar. La puta me estaba por hacer acabar. La tomé del pelo y se la saqué de la boca antes de que lo hiciera; no quería acabar ya. Así que nos invertimos y ahora yo me puse sobre ella. Le quité el short con algo de dificultad, ya que el culo que tenía era demasiado para ese short. Empecé a tocarle la concha suave, de abajo arriba con dos dedos, acariciando sus labios desde la vagina, ya húmeda, hasta el clítoris.
—Estás empapada, putita. ¿Te encanta chupar pija, no?
Asintió con la cabeza y con voz finita, totalmente dulce, lo reafirmó:
—Ajam.
Le introduje los dedos anular y medio haciendo una leve presión hacia arriba, y con el pulgar acariciaba su clítoris mientras besaba sus pechos. Ella gemía totalmente extasiada realmente lo estaba disfrutando, esos ricos gemidos. Levanté la cabeza, la miré y con la mano izquierda corrí el cabello de su rostro.
—¿Estás lista?
—Metemela.
—¿Qué?
—Metemela ya.
Sus caderas se movían adelante y atrás. Estaba como loca.
—Quiero que me la metas ya, por favor.
Mordí mi labio inferior ni bien terminó de decirlo. Le hice una caricia en el rostro con la mano izquierda y con la derecha me coloqué el forro y luego mi verga en la puerta de su vagina y, sin romper el contacto visual, empujé poco a poco. Sentí cómo se relajó totalmente.
—Estás empapada, hija de puta.
—Ay, sí —muerde su labio—. Dale.
La movía despacio, aumentando el ritmo poco a poco, y siempre manteniendo el contacto visual. Cada vez más rápido. Comenzó a gemir con los ojos cerrados, poco a poco más fuerte, siguiendo de la mano mi ritmo de embestidas, que ya para este punto eran más fuertes que rápidas.
—Ay, sí, por favor. Ah, ahh. Dame más —plaff, plaff, plaff, sonaba cada vez más fuerte—. Dale, dame más. ¿O no te da?
Hija de mil puta, lo volvió a hacer. Me volvió a provocar, y eso me ponía a mil por hora.
La puse en cuatro y le daba fuerte, como ella quería, la jalaba del pelo. Sus gemidos... Dios mío, esos gemidos. Los gemidos más ricos que había escuchado nunca.
—Ah... ahh... ah... —con esa voz suave y tierna.
Empezó a arquearse hacia atrás y esos ricos gemidos comenzaron a entrecortarse. Mantuve el ritmo firme y esos gemidos se volvían casi inaudibles. Al final, con una voz casi gutural, apenas audible, el último "ahh" casi susurrado. Seguí un instante suave, haciendo unos movimientos circulares hasta que me detuve, para darle un momento. Podía sentir su vagina palpitando en toda mi verga. Se dejó caer recostada boca abajo; no lo olvidaré nunca: su muslo derecho se sacudía temblando, mordía su mano y su respiración estaba totalmente agitada. Besé su espalda suavemente, y reacciono con un espasmo. Subí hasta su hombro y me detuve a observarla un instante. Le hice una caricia en su cabello y le susurré al oído:
—Eso te pasa por provocarme.
Se sonrió, se dio vuelta, y me recosté en sus pechos y jugué con su pezón con mis dedos.
—Despacito, están sensibles —me dijo.
Volteé a mirarla y le pasé la lengua. Se sonrió con los ojos cerrados, acariciando mi cabeza.
—Ahora me toca a mí hacerte acabar.
Solo la miré un momento con una sonrisa provocadora. Se me subió encima, me besó unos segundos, tomó mi verga con sus suaves y diminutas manos y la introdujo, dejándose caer. Hacía unos movimientos circulares encima de mí con sus caderas, luego hacia adelante y hacia atrás, haciendo presión con su clítoris sobre mi pelvis. Comenzó a gemir nuevamente. Eso a mí me volvía loco, y perdón que lo vuelva a repetir, pero esos gemidos, por Dios.
Se tocaba los pechos mientras se movía hipnóticamente adelante y atrás. Luego subió su mano hacia su cuello e hizo un movimiento como si se quisiera rasguñar. Sus gemidos volvieron a entrecortarse y, nuevamente, al llegar al clímax: silencio, dejándose ir con un susurro gutural. Su vagina palpitante otra vez, como intentando meter mi verga cada vez más adentro. Se tomó unos segundos de pausa y siguió, esta vez dando unos pequeños saltitos, arriba y abajo, más rápido, arriba y abajo. Su vagina estaba tan húmeda que deslizaba sin dificultad alguna. Arriba y abajo. Plaff, plaff, plaff. Tenía mis manos sobre sus muslos, que apenas rozaba con las yemas de mis dedos, aplicando leve presión sobre sus piernas. Coloqué mi mano izquierda en su cintura guiando el ritmo y mi mano derecha seguía en su muslo. Subía y bajaba. Sus gemidos, el sonido de aplausos, los fluidos, esa ardiente melodía del sexo me estaba haciendo sentir que me iba poco a poco.
—La quiero en la boquita —escuché suavemente.
Le apuré el ritmo con mi mano izquierda como si de una yegua se tratara, y cuando estuve a punto, la saqué, me paré, coloqué mi mano sujetando prácticamente el total de su cabeza y continué pajeándome hasta que el primero y más fuerte salió, dejando un chorro que atravesaba desde su frente hasta sus labios, y todo el resto fue dentro de su boca. Me miraba con esos ojos mientras mi verga escupía dentro de su boca, y esa mirada de puta; ponía la misma mirada que puso cuando se subió a mi auto.
Fue al baño y se alistó. Yo me vestí para llevarla, aunque también le dije que podía quedarse si así lo deseaba, pero quería volver con su amiga. Cuando subimos al auto e íbamos hacia la casa de su amiga, encendió su celular. Cayeron mil mensajes, llamadas perdidas. A todo esto, me contó que su novio era un idiota porque se había puesto celoso porque, cuando la llevé, tardó en bajar del auto; que se la había pasado discutiendo desde que la dejé hasta que la volví a buscar. Y me mostró lo que le había mandado: "¿Qué estás con el pibe del Uber, puta de mierda?"
Ella le respondió con un audio:
—Sí, estoy con el Uber, pendejo inmaduro. Me llevó a su casa y me dio una revolcada que me hizo olvidarte. Chau, pedazo de cornudo.
Y lo bloqueó.
En ese momento entré en una disyuntiva. Si la seguía viendo iba a disfrutar del mejor sexo que jamás había tenido, pero sabía que si me quedaba, esta pendeja me iba a hacer mierda.
Llegamos, nos despedimos con un largo beso, y me dijo:
—Chau, amor. Espero tu mensaje; escribime cuando quieras.
Fue la noche de mi vida, a día de hoy sigo pensando que fue un sueño por como se dio todo, pero no, todo fue así. Ese día fui el Uber mas afortunado de toda Argentina.
Y recuerdan a la amiga? Esa que inicio todo diciéndome que era lindo. Bueno, mas adelante puede que sepan algo de ella.
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