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Regresé bien cogida del gym 2

Pasaron varios días después de que se lo había mamado en la ducha. Jorge me evitaba. Cambió su actitud, ya no se acercaba como antes, no me tocaba, ni siquiera me miraba directo. Hasta que un día, al terminar la clase, me pidió hablar a solas.

—Karla —dijo, con voz seria, los brazos cruzados, los ojos bajos—. Lo que pasó entre nosotros no estuvo bien. Me siento como una mierda. Amo a mi esposa, de verdad. Nunca la había engañado… y no quiero volver a hacerlo.

Yo no dije nada al principio. Solo lo miré. Tenía esa expresión rota de un hombre que quiere hacer lo correcto, pero ya probó el infierno… y le gustó.

—Quiero poner distancia. No puedo seguir así. Tengo que respetarla. Ella confía en mí —continuó, casi como rogando.

—Está bien —respondí, tranquila—. Lo entiendo.

Pero no iba a dejarlo ir tan fácil. No después de haber probado esa verga tan deliciosa y rica quería tenerla en mi vagina y en el culito.

Durante los siguientes días me encargué de provocarlo más que nunca. Usaba tops sin sostén, licras que se me metían entre los labios, lo saludaba con besos en la mejilla muy pegados, y cada vez que él se acercaba a corregirme, me rozaba contra él como si fuera sin querer. Sabía que luchaba por mantenerse lejos… pero también sabía que su verga lo traicionaba cada vez porque sentía sus erecciones.

Hasta que una tarde, justo antes de cerrar el gimnasio, entré al almacén fingiendo que buscaba una colchoneta. Estaba mojada, caliente, desesperada de su pene. Me agaché frente al estante con el culo bien levantado, y cuando escuché sus pasos detrás de mí, hablé sin mirarlo:

—¿Vas a seguir haciéndote el fiel… con la verga parada como la tienes por mi O me vas a coger y hacer tuya?
No dijo nada. Solo cerró la puerta con seguro.

En un segundo me agarró de la cintura y me estampó contra la colchoneta. Su respiración era salvaje. Me bajó la licra sin piedad y rompió mi tanguita y se arrodilló detrás de mí.
Regresé bien cogida del gym 2

—Estás empapada, puta —gruñó, abriéndome con los dedos—. ¿Sabías que esto iba a pasar?

—Claro que sí… desde que te la mamé la primera vez no pienso en otra cosa que en tu precioso pene y tenerte dentro de mi haciéndome gemir.

Me lamió con hambre la vulvita. Yo aún en cuatro y el desde atrás, Su lengua entraba y salía mientras yo gemía y me frotaba contra la su cara, restregando mi excitación en sus labios. Me chupó como si quisiera castigarme con la boca, me metió los dedos fuerte, me escupió, me dijo cosas sucias al oído mientras metía sus dedos en mi vagina y chupaba mi vulva:

—Ninguna mujer me ha sabido así tan rico… maldita sea… te odio por provocar esto.

— fóllame —le suplique—. Méte tu pene ya. Follame fuerte, Hazlo como no se lo haces a tu mujer.
Me la metió de una. Sin preámbulos, sin pausa. Su verga dura y grande entró con fuerza, golpeando el fondo de mi vagina. Me cogía con rabia, con desesperación, con necesidad. Me sujetaba del pelo, me daba nalgadas y me tapaba la boca para que nadie nos descubriera, me decía:
esposa puta

—Eres tan puta… no puedo sacarte de mi cabeza… ¡puta rica!

—Dámela toda tu verga—gemí—. Lléname la vulvita, hazme tuya. soy una perra a tu disposición

—¡Sí! ¡Eso eres! Una puta caliente que me chupa la verga tan rico

Me cogió en todas las posiciones sobre esa colchoneta. Me levantó la pierna, me escupió la boca, me mordió el cuello. Cuando se iba a correr, lo miré a los ojos:

—Dámela en la boca, quiero tragarme tu leche otra vez.
Se corrió con un gemido ronco. Me arrodillé rápido, se la chupé con fuerza mientras se venía, caliente, espesa, y me lo tragué todo mientras lo miraba sonriendo.

Cuando terminó, jadeando, temblando, solo dijo:

—vas a destruir mi matrimonio…

Y yo, limpiándome la comisura de los labios de su leche espesa, contesté:

—Y todavía no he terminado contigo quiero que me des por detrás y te corras adentro de mi.

Pasó una semana después de nuestra primera cogida y esa tarde yo ya lo tenía decidido.

Después de todo lo que habíamos hecho, después de verlo romper sus propias reglas, de escucharlo jadear mi nombre entre culpas, de saborear su leche directo de la fuente… quería más. Quería verlo rogar, desearme, perderse.

Había un hotel discreto cerca del gimnasio, uno que parecía hecho para ese tipo de pecados silenciosos. Ese día yo reservé una habitación y como el salía tarde yo le hablé mi esposo que iba a llegar tarde o no llegaba porque iba a ir a casa de una amiga a lo que pues me dijo que no había problema, pedí una habitación con espejo en el techo, y debajo de mi ropa deportiva, me puse la lencería más provocadora que tenía: solo unos hilos negros, encajes casi invisibles, y un corpiño que dejaba ver más de lo que cubría. Llevaba también un regalo especial: un par de esposas acolchadas de cuero, resistentes pero cómodas y un plug anal en mi culito. Quería jugar. Quería dominarlo y que el me dominara.

Lo esperé en la entrada del gimnasio con una sonrisa que ya sabía él no podía resistir.

—Tengo una sorpresa —le dije, bajando la voz, tocando su pecho con la punta de mis dedos—. Si te atreves…

No dijo que sí. Pero tampoco dijo que no

Minutos después, ya estábamos en la habitación. Jorge miraba todo con mezcla de culpa y deseo. Lo senté en una silla frente a la cama. No le di tiempo a pensar. Me puse entre sus piernas y me quité lentamente la ropa. Primero la blusa, luego la licra que bajé lentamente, dejando que mi cuerpo fuera quedando expuesto ante él.

—Mierda… —murmuró al ver la lencería—. ¿Qué estás haciendo conmigo?

—Dándote lo que necesitas —susurré, sentándome en su muslo—. Castigándote… o premiándote, según cómo lo veas. Mientras yo me daba nalgadas frente a él.

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