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Ella y el vagabundo en el RV

La medianoche era densa y caliente, de esas que pegan la piel a todo lo que toca. El RV estaba estacionado al borde de un camino de tierra olvidado, lejos de cualquier luz que no fuera la luna y el débil resplandor azulado de una lámpara de queroseno dentro.
María acababa de salir de la ducha improvisada —un balde con agua tibia que había calentado en la hornalla— y se había envuelto apenas en una toalla chica de mano que le llegaba justo donde empezaban los muslos. El resto era pierna larga, bronceada, todavía brillante por el agua que no se había secado del todo. El pelo negro le chorreaba sobre los hombros y la espalda. No llevaba nada debajo. No lo necesitaba. Estaba sola. O eso creía.
El golpe en la puerta metálica fue seco, casi desesperado.
Ella se quedó quieta un segundo, el corazón le subió a la garganta. Agarró el picaporte con cuidado y entreabrió apenas.

Ella y el vagabundo en el RV


Afuera había un hombre de unos treinta y pico, barba de varios días, ropa rota pero no sucia del todo, ojos hundidos por hambre y algo más. Olía a sudor, a tierra y a hombre que lleva demasiadas horas sin techo.
—Perdón… señora… —la voz le salió ronca— solo vengo a pedir… agua. Y si tiene algo de comer… lo que sea. Llevo dos días sin probar bocado.
María lo miró de arriba abajo. No parecía peligroso. Parecía roto. Y tenía una mandíbula marcada que, incluso con la suciedad, se notaba fuerte.
—Pasa —dijo ella sin pensarlo demasiado—. Pero rápido. No quiero que me vean.
Él entró agachando la cabeza. El espacio del RV era mínimo. Olía a jabón caro, a vainilla y a mujer recién bañada. Él se quedó parado junto a la mesita, las manos en los bolsillos como si no supiera dónde ponerlas.
María cerró la puerta con pestillo. La toalla se le resbaló un poco del pecho; tuvo que sujetarla con el antebrazo. El movimiento hizo que el borde subiera todavía más por los muslos.
—¿Agua primero o comida? —preguntó ella, dándole la espalda mientras abría la heladerita.
—Agua… por favor.
Ella sacó una botella grande de 2 litros, la abrió y se la pasó. Él bebió como si la vida se le fuera en cada trago. El agua le chorreó por la barba y le mojó la camiseta rota. Cuando terminó, respiró hondo y la miró.
—Gracias… no sabe lo que significa esto.
María se apoyó contra la mesada, cruzó los brazos debajo del pecho. La toalla se tensó. Los pezones se marcaron contra la tela húmeda.
—¿Y comida? —preguntó él, la voz más baja.
Ella sonrió de lado, una sonrisa que no era del todo amable.
—Tengo pan… queso… un poco de jamón. Pero primero dime cómo te llamas.
—Lucas.
—Lucas… —repitió ella despacio, como probando el nombre—. ¿Y hace cuánto que no tocás a una mujer, Lucas?
Él se quedó helado. La miró fijo. Tragó saliva.
—Mucho —admitió—. Demasiado.
María dio un paso hacia él. La toalla se abrió un poco más por el lado del muslo. Se veía el inicio del monte de Venus, perfectamente depilado.
—¿Y si te digo que estoy dispuesta a darte algo mejor que comida… pero a cambio de algo también?
Lucas respiró fuerte por la nariz. Los ojos se le oscurecieron.
—¿Qué querés a cambio?
—Que me uses —dijo ella sin pestañear—. Duro. Sucio. Como si no hubiera mañana. Sin cuidarte. Sin preguntarme si me duele. Solo… usame.
Él dio un paso. Después otro. Ya estaba tan cerca que ella sentía el calor que salía de su cuerpo.
—¿Estás segura? —preguntó, la voz casi un gruñido.
María dejó caer la toalla al suelo. Quedó completamente desnuda frente a él. Pechos firmes, cintura estrecha, culo redondo, piernas que parecían no terminar nunca. El sexo ya húmedo, brillante bajo la luz tenue.
—No preguntes más —susurró—. Sacate esa ropa mugrienta y metémela ya.
Lucas no esperó. Se arrancó la camiseta por la cabeza. Los pantalones cayeron junto con los bóxers rotos. La verga le saltó dura, gruesa, con venas marcadas y la punta ya mojada. No era bonita. Era grande, bruta, perfecta para lo que ella quería.
La agarró por la nuca y la empujó contra la mesada. María abrió las piernas sin que se lo pidiera. Él le metió dos dedos de una, sin aviso. Ella soltó un gemido largo.
—Estás empapada, puta… —gruñó él.
—Porque llevo horas pensando en que alguien me rompa —jadeó ella—. Así que rómpeme.
Lucas la dio vuelta de un tirón, le abrió las nalgas con las dos manos y escupió directo sobre el culo. Después alineó la punta y empujó. Entró de un solo golpe hasta el fondo. María gritó, mitad dolor, mitad placer. Las uñas se le clavaron en la mesada.
—Más fuerte —exigió entre dientes.
Él obedeció. La embestía con violencia, el sonido de la piel chocando contra piel llenaba el RV. Cada embestida le sacaba un grito ahogado. Los pechos le rebotaban salvajemente. Él le agarró el pelo con una mano y tiró hacia atrás.
—¿Te gusta así, zorra? ¿Te gusta que te coja un vagabundo mugriento?
—SÍ… —gimió ella—. Me encanta… me encanta que me llenes… que me dejes marcada…
Lucas bajó la otra mano y le pellizcó el clítoris con fuerza. María se convulsionó entera. Empezó a correrse sin aviso, apretándolo tan fuerte que él casi se sale. Pero no se salió. Siguió clavándola contra la mesada mientras ella temblaba y gritaba.
Cuando ella empezó a bajar del orgasmo, él se salió de golpe, la giró y la empujó de rodillas.
—Abrí la boca.
María obedeció. Sacó la lengua. Lucas se masturbó tres veces más, rápido, brutal, y se corrió en chorros gruesos sobre la cara, la lengua, el cuello. Un poco le cayó en el pelo. Ella no se movió. Solo lo miró desde abajo, con los ojos brillantes y la boca todavía abierta.
Cuando terminó, Lucas respiró como si hubiera corrido diez kilómetros. Se apoyó contra la pared.
María se limpió la comisura de la boca con el dedo, se lo metió y lo chupó despacio.
—Ahora sí —dijo con voz ronca—. Te doy comida… y agua para que te laves. Pero solo si me prometés que cuando termines de comer… volvés a empezar.
Lucas sonrió por primera vez. Una sonrisa cansada, pero peligrosa.
—Palabra de vagabundo —dijo.
Y cerró la puerta del RV con pestillo desde adentro.
Lucas se sentó en el pequeño banco del RV, devorando el sándwich de jamón y queso que María le había preparado. Comía con las manos, sin cubiertos, como si temiera que alguien se lo quitara. Ella lo observaba desde el otro lado de la mesita, todavía desnuda, con las piernas cruzadas y un brazo cubriéndole apenas los pechos. El semen seco de antes todavía le brillaba en el cuello y en una mejilla. No se había limpiado. Le gustaba sentirse marcada.

Cuando terminó el último bocado, Lucas se limpió la boca con el dorso de la mano y la miró fijo.

—Comí. Ahora cumplo mi palabra.

María se levantó despacio, caminó hasta la heladera y sacó un pepino grande, verde oscuro, recién comprado esa mañana. Lo lavó bajo el chorrito del fregadero, lo secó con un trapo y se lo mostró.

—¿Sabés para qué es esto?

Lucas sonrió con los dientes apretados.

—Para abrirte más de lo que ya estás.

Ella se lo tiró. Él lo atrapó en el aire. Pesaba. Estaba frío.

María se acercó, se puso de espaldas y se apoyó con las dos manos en la mesada, abriendo las piernas. El culo se le levantó, redondo, invitando. Todavía estaba hinchada y roja de la primera vez.

—Primero metémelo en el coño —ordenó—. Hasta el fondo. Después… ya sabés.

Lucas se puso detrás de ella sin decir nada. Le separó las nalgas con una mano, escupió directo sobre el agujero del culo y luego alineó la verga. Entró de un empujón seco, brutal, sin preámbulos. María soltó un grito corto y se mordió el labio hasta hacerse sangre.

—Joder… sí… así…

Él empezó a bombear fuerte, profundo, sin ritmo de caricias. Cada embestida era un golpe. El RV se movía levemente con el vaivén. Ella gemía con la boca abierta, los ojos entrecerrados.

Entonces Lucas tomó el pepino con la mano libre. Lo frotó contra la entrada del coño, que ya chorreaba por los lados de la verga que la llenaba por atrás. Lo empujó despacio al principio… y de golpe lo metió hasta donde entraba.

María se arqueó entera.

—¡La puta madre! —gritó—. ¡Los dos! ¡Llename los dos agujeros, hijo de puta!

Él obedeció. La verga en el culo, el pepino grueso en el coño. Empezó a moverlos al mismo tiempo, alternando, uno entraba mientras el otro salía. Era violento, descoordinado, animal. El pepino entraba y salía con un sonido húmedo y obsceno. La verga le abría el culo sin piedad, estirándolo hasta el límite.

María empezó a temblar. Las piernas le fallaban.

—No pares… no pares… me voy a correr… me voy a correr como una perra…

Lucas le agarró el pelo con la mano libre y tiró hacia atrás con fuerza.

—Corréte, zorra. Corrété con un pepino y una verga de vagabundo adentro.

Ella explotó. El orgasmo le pegó como un latigazo. Se convulsionó entera, apretando tan fuerte que Lucas gruñó de dolor y placer al mismo tiempo. El pepino casi se le escapa de la mano, pero lo mantuvo clavado hasta el fondo mientras ella gritaba y se mojaba por todos lados, chorros calientes que le caían por los muslos y salpicaban el piso del RV.

Cuando ella empezó a bajar, jadeando, Lucas se salió del culo de golpe. La giró de un tirón, la empujó de rodillas otra vez.

—Abrí.

María abrió la boca, exhausta, con la cara roja y los ojos vidriosos. Él se masturbó furioso, tres, cuatro veces, y se corrió de nuevo. Esta vez directo a la garganta. Ella tragó lo que pudo; el resto le resbaló por la barbilla y le cayó en los pechos.

Se quedó ahí, de rodillas, respirando agitada, con el pepino todavía metido hasta la mitad en el coño, goteando.

Lucas se dejó caer sentado en el banco, la verga todavía medio dura, brillando.

—Joder… —murmuró—. Nunca me habían usado así.

María se sacó el pepino despacio, con un gemido bajo, y lo dejó en la mesada. Se limpió la boca con el antebrazo.

—Quedate —dijo—. Acá hay una cama chica atrás. Dormí conmigo. Si te portás bien… mañana te despierto con la boca.

Él la miró un segundo largo, como si no creyera lo que escuchaba.

—¿En serio?

Ella se levantó, tambaleante, y caminó hacia el fondo del RV. Abrió la cortinita que separaba el dormitorio. La cama era estrecha, pero suficiente para dos cuerpos pegados.

—Vení. Apagá la luz.

Lucas se levantó, se sacó lo poco que le quedaba de ropa y la siguió. Se metieron bajo la sábana fina. El olor a sexo, sudor y pepino llenaba el aire cerrado.

María se acurrucó contra él, le puso una pierna encima y le apoyó la cabeza en el pecho.

—No ronques —susurró.

—No prometo nada —respondió él, y le dio una palmada suave pero posesiva en el culo.

Ella sonrió en la oscuridad.

—Mientras me despiertes metiéndomela… ronca todo lo que quieras.

Y se durmieron así, pegados, sudados, satisfechos, en un RV perdido en la ruta, mientras la luna seguía iluminando el camino de tierra que nadie más transitaba esa noche.


A la mañana siguiente, el sol apenas empezaba a colarse por las cortinitas del RV cuando María abrió los ojos. Lucas ya estaba despierto, acostado de espaldas, con la verga medio dura apoyada contra el muslo. Ella sonrió con picardía, se deslizó hacia abajo sin decir nada y se metió bajo la sábana.

Lucas gruñó cuando sintió la boca caliente envolviéndolo. María no perdió tiempo: lo tomó entero hasta la garganta de una, succionando fuerte, con la lengua jugando en la base. Él le agarró el pelo con las dos manos y empezó a mover las caderas, follándole la boca despacio al principio, después más rápido. Ella gemía alrededor de la verga, babeando, dejando que le chorreara por la barbilla.

—Así, puta… tragátela toda… —murmuró él con voz ronca de sueño.

María aceleró, metiéndose los dedos en el coño mientras lo chupaba. Se corrió primero ella, temblando, sin sacársela de la boca. Lucas no aguantó más: le clavó la verga hasta el fondo y se descargó directo en la garganta, chorros espesos que ella tragó casi sin respirar. Cuando terminó, ella se la sacó despacio, lamió la punta y le dio un beso suave en la cabeza antes de subir a mirarlo.

—Buen desayuno —dijo con una sonrisa sucia.

Lucas se vistió en silencio, le dio una palmada en el culo desnudo y murmuró un “gracias” antes de abrir la puerta. Salió sin mirar atrás. El RV quedó en silencio otra vez.

María se duchó rápido, se puso un microbikini negro diminuto —dos triángulos que apenas cubrían los pezones y un hilo que desaparecía entre las nalgas— y salió a tomar sol. Extendió una manta en la tierra seca al lado del RV, se acostó boca arriba y cerró los ojos. El sol pegaba fuerte. El sudor le brillaba en la piel. Los pezones se le marcaban duros contra la tela mínima. El hilo del tanga ya estaba mojado, no por agua.

Pasaron unos veinte minutos cuando escuchó pasos en la grava.

Abrió un ojo. Un chico joven, de unos 21, flaco pero fibroso, pelo revuelto, camiseta rota y pantalones sucios. Llevaba una mochila vieja colgando de un hombro. Se paró a unos metros, mirándola sin disimulo.

—Eh… me dijo mi tío que acá dan buena comida —dijo con voz insegura pero con una sonrisa torcida—. Que anoche le dieron… bastante.

María se incorporó sobre los codos. Los pechos se le movieron, casi saliéndose del top.

—¿Tu tío? —preguntó, arqueando una ceja—. ¿Lucas?

—Sí. Me dijo que viniera. Que eras… generosa.

Ella se rió bajito, se puso de pie despacio y caminó hacia él. El microbikini se le metía más entre las nalgas con cada paso.

—¿Y vos cómo te llamás, sobrino generoso?

—Tomás.

—Tomás… —repitió ella, parándose tan cerca que él podía oler su protector solar y su excitación—. ¿Y qué te dijo exactamente tu tío?

—Que si venía temprano… me ibas a dar de comer… y de tomar… y que no iba a tener que pedir dos veces.

María lo miró de arriba abajo. El bulto en los pantalones del chico ya se notaba.

—Desnudate —ordenó.

Tomás se sacó la camiseta en un segundo. El torso flaco pero definido, marcado por días de caminar. Bajó los pantalones y los bóxers. La verga le saltó dura, más larga que gruesa, con la punta ya brillante de precum. Era joven, ansiosa, temblaba un poco.

María se arrodilló frente a él en la manta, sin sacarse el microbikini.

—Primero probá lo que te dio tu tío —dijo, y se bajó el top con dos dedos. Los pechos quedaron libres, pezones oscuros y duros.

Tomás se acercó, le agarró uno con la boca y chupó fuerte, casi con hambre. Ella gimió, le metió los dedos en el pelo y lo empujó contra el otro pecho.

—Más fuerte… mordé.

Él obedeció. Mordió el pezón, tiró con los dientes. María soltó un grito corto y le clavó las uñas en la espalda.

Después lo empujó hacia abajo.

—Ahora comé de verdad.

Se sentó en la manta, abrió las piernas bien anchas y se corrió el hilo del tanga a un lado. El coño estaba hinchado, mojado, rosado. Tomás se tiró de cara y empezó a lamer como desesperado. Lengua plana, después punta fina en el clítoris, después metiéndola adentro. Ella le agarró la cabeza con las dos manos y se frotó contra su cara.

—Así… comételo todo… meté la lengua hasta el fondo, putito…

Tomás gemía contra su sexo, la cara empapada. Ella se corrió rápido, apretándole la cabeza entre los muslos, chorros calientes que le caían por la barbilla y el cuello.

Cuando bajó del orgasmo, lo empujó de espaldas y se subió encima.

—Ahora te toca a vos.

Se bajó el tanga del todo, se sentó sobre la verga de Tomás y se la metió de una, hasta el fondo. Él soltó un gemido largo.

—Joder… estás re apretada…

María empezó a moverse arriba y abajo, duro, sin piedad. Los pechos le rebotaban en la cara del chico. Él los agarró con las dos manos, pellizcándole los pezones.

—Más rápido… —exigió ella—. Quiero que me llenes… quiero sentirte correrte adentro.

Tomás empujaba desde abajo, embistiéndola con fuerza juvenil. El sonido de los cuerpos chocando era fuerte, húmedo. Ella se inclinó y le mordió el cuello, dejando una marca roja.

—Corréte… llename… dale, sobrino… dame lo que tu tío no pudo darme dos veces.

Él no aguantó más. Se tensó entero, gruñó y se corrió dentro de ella, chorros calientes que le llenaron el coño. María siguió moviéndose, exprimiéndolo hasta la última gota, hasta que él temblaba debajo.

Cuando terminó, ella se levantó despacio. El semen le chorreaba por el interior de los muslos. Se agachó, le dio un beso en la boca con lengua, saboreando su propia humedad en los labios del chico.

—Decile a tu tío que la próxima vez traiga amigos —susurró—. Y ahora andate… antes de que me den ganas de empezar de nuevo.

Tomás se vistió temblando, con una sonrisa boba en la cara. Se fue caminando por el camino de tierra, mirando para atrás una vez.

María se quedó ahí, desnuda bajo el sol, con el semen todavía goteando. Se acostó de nuevo en la manta, abrió las piernas y se tocó despacio, sonriendo al cielo.

El día recién empezaba.

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