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El coleccionista (10 y final)

X. Lo que se rompe
Fue el vino. O fue el vino más esa satisfacción que esa noche estaba menos contenida que de costumbre, menos paciente con su propia máscara.
De vuelta en casa, mientras Valeria se quitaba los zapatos sentada en el borde de la cama, Marcos se sirvió otro whisky y dijo desde el vestidor, con una voz que pretendía ser casual y no lo era:
—Diego no te sacaba los ojos de encima.
Valeria dejó de moverse con el zapato en la mano.
La pausa duró tres segundos exactos.
—¿Qué? —dijo, y su voz era neutra, cuidadosa, el tono que usaba cuando sus alumnos decían algo que no sabían que acababan de decir.
—Que le gustaste —dijo Marcos, y ahora había algo diferente en su voz, algo que sonaba peligrosamente parecido a satisfacción. —No te das cuenta de cómo te miran.
Valeria lo miró. Tenía el zapato todavía en la mano.
—¿Cómo me miran? —repitió, despacio.
Marcos bebió. Sonrió. Y en esa sonrisa, en esa fracción de segundo en que bajó la guardia porque el whisky y la satisfacción eran demasiado juntos, Valeria vio su cara. La cara real. La que había estado detrás de todos los regalos, de todas las cenas, de todos los accidentes.
Era la cara de quien acaba de cobrar algo. De quien acaba de confirmar que la inversión valió.
El zapato cayó al piso.
—El vestido —dijo Valeria. No como pregunta.
Marcos no dijo nada.
—La blusa del acto. El traje de baño. La camisa de los botones. —Cada prenda cayó en el aire de la habitación como una prueba sobre una mesa. —Los visillos del domingo.
Esta última la dijo sin haberla planeado. Salió sola, como sale la verdad cuando ya no hay razón para retenerla.
Marcos parpadeó. Por primera vez en toda la conversación, algo en su cara se movió de manera no calculada.
—Val…
—No —dijo ella.
Una sola palabra. La misma que había dicho dos años antes en esa misma cama. Pero esta vez no era una negativa a una propuesta. Era el nombre de todo lo que había pasado, dicho en voz alta, sin adornos, sin vuelta atrás.
Se puso de pie. Tomó las llaves de su bolso. Salió de la habitación.

Marcos escuchó la puerta del departamento cerrarse con un sonido que no era un portazo. Era peor que un portazo. Era el sonido de alguien que cierra una puerta porque no piensa volver a abrirla.
XI. Lo que queda
Se quedó solo en la habitación con el whisky y la sonrisa que se había ido enfriando en su cara durante los últimos cuatro minutos.
Miró el zapato en el piso. El otro, todavía en el borde de la cama donde ella lo había dejado.
Pensó, con la claridad que a veces da el alcohol cuando ya no queda nada que proteger, que había calculado todo excepto esto. Había calculado la tela, la luz, los ángulos, los hombres correctos en las mesas correctas. Había calculado su paciencia y la inocencia de ella y la distancia perfecta entre lo que se puede probar y lo que no.
No había calculado su propia cara en el momento equivocado.
Los tasadores, pensó sin terminar el pensamiento, a veces destruyen lo que están evaluando.
Terminó el whisky.
No llamó.
No esa noche.
Afuera, en algún lugar de la ciudad, Valeria caminaba. No tenía un destino todavía, pero eso no importaba. Lo que importaba era el aire, que era caliente y olía a diciembre y a jacarandás, y que era completamente suyo.
Caminó durante mucho tiempo.
Nadie la miraba.
O quizás sí la miraban, porque era una mujer hermosa sola en la noche de verano, pero si la miraban, ella no lo sabía, y esa ignorancia era ahora, extrañamente, la única forma de libertad que le quedaba.
Marcos, en el departamento vacío, se sirvió otro whisky.
La cara satisfecha ya no estaba. Lo que quedaba en su lugar era algo más difícil de nombrar y más difícil de mirar: el rostro de un hombre que ha gastado dos años construyendo algo que no existía, persiguiendo un deseo que nunca iba a quedar saciado, porque ese tipo de deseo no se sacia. Se alimenta. Y cuando se queda sin alimento, se vuelve hacia adentro.
No había redención en esa habitación.
No había moraleja al pie de la página.
Solo un hombre solo con su whisky y sus cálculos rotos, y afuera el verano indiferente, y la ciudad que seguía sin saber nada de ninguno de los dos.
Fin.

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