VII. El ascensor
El edificio donde vivían tenía nueve pisos y un ascensor viejo, de esos con puerta de reja metálica que hay que cerrar con un golpe seco. Sus vecinos más frecuentes eran el matrimonio del cuarto, un estudiante de arquitectura del séptimo, y Gustavo, el del quinto, que trabajaba en construcción y siempre llegaba a casa cerca de las siete de la tarde con las manos todavía marcadas por el trabajo.
Gustavo tenía cuarenta años, era callado, respetuoso, y miraba a Valeria con la discreción de quien sabe que hay límites. Ella lo apreciaba por eso. Le resultaba fácil la convivencia con él.
Lo que Valeria no sabía era que Marcos y Gustavo habían comenzado a tomar cervezas los miércoles. Que en esas cervezas, Marcos hablaba. No de manera directa, nunca directa, sino con esa habilidad suya de abrir puertas sin parecer que las abría. Comentarios sobre Valeria, sobre su cuerpo, sobre cuánto le costaba a ella relajarse, sobre lo cerrada que era para ciertas cosas. Palabras que pintaban un cuadro sin nombrarlo, que hacían que Gustavo llegara a casa los miércoles con algo encendido y sin forma clara en la cabeza.
Un jueves de noviembre, Valeria salía a correr. Eran las siete y cuarto de la mañana, todavía con la frescura de la noche reciente en el aire. Llevaba calzas negras de correr y un top deportivo, el pelo recogido, los auriculares al cuello. En el ascensor, Gustavo esperaba para bajar.
—Buenos días —dijo ella, entrando.
—Buenos días —dijo él.
El ascensor era pequeño. Cabían dos personas con la comodidad justa de los desconocidos en un espacio reducido. Gustavo miraba la puerta de reja. Valeria buscó su teléfono en el bolsillo de la calza.
Lo que ninguno de los dos sabía todavía era que el ascensor iba a detenerse entre el tercero y el segundo piso, como le pasaba a veces, y que iba a quedarse así durante once minutos mientras el encargado del edificio, que ese día llegaba tarde, encontraba las llaves del tablero eléctrico.
Once minutos en un espacio del tamaño de un armario. Con la luz mortecina de la lamparita del ascensor. Con el calor que ya empezaba a acumularse.
Valeria tenía el top deportivo ajustado, diseñado para sujetar, para comprimir, para moverse. Era una prenda de deporte, funcional y honesta. Pero en el calor quieto del ascensor detenido, con la inmovilidad forzada y la conciencia súbita de compartir ese aire con alguien, se volvió otra cosa. El top ceñía cada curva de su torso con una precisión que la ropa de calle nunca tiene, moldeaba la línea de sus senos con esa franqueza atlética que es a la vez más casta y más reveladora que cualquier escote.
Gustavo miraba la puerta. Pero los once minutos son once minutos.
Valeria lo notó. No el momento exacto en que los ojos de él se movieron, sino el resultado, ese cambio de temperatura en un espacio que ya era caliente, esa calidad diferente del silencio. Se cruzó de brazos sin pensar, gesto viejo y automático, y enseguida lo deshizo porque era demasiado obvio, demasiado evidentemente una respuesta a algo, y no quería que él supiera que ella había notado que él había mirado.
Fue en ese momento, en esa fracción de segundo de confusión táctica, que su cuerpo hizo algo que su mente no autorizó: un calor leve, localizado, que no era el calor del ascensor. Lo registró con una especie de indignación interna inmediata, lo catalogó como irrelevante, lo descartó. No significaba nada. Era biología. Era el cuerpo respondiendo a ser mirado, que es lo que hacen los cuerpos, a veces, sin pedir permiso ni dar explicaciones.
Cuando el ascensor volvió a moverse, Valeria exhaló de una manera que esperó que sonara como aburrimiento.
VIII. La ventana
Fue en julio, en pleno invierno porteño, cuando Marcos preparó lo que él consideraba su obra más delicada.
Gustavo, el vecino del quinto, había pasado a ser algo parecido a un amigo. Las cervezas de los miércoles eran un ritual ya establecido. Marcos había construido esa amistad con la misma paciencia con que construía todo: despacio, sin que pareciera construcción. Le había hablado de Valeria de maneras que no eran descripción sino invitación, sin que Gustavo pudiera señalar el momento exacto en que una cosa se convirtió en la otra.
Gustavo sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho directamente, que había algo que Marcos quería que ocurriera. No lo había aceptado ni rechazado. Simplemente había dejado que la posibilidad existiera en el aire entre ellos, como existe el humo de un cigarrillo: sin forma fija, sin compromiso.
El departamento de Marcos y Valeria era un sexto piso con ventanas que daban al patio interior del edificio. El departamento de Gustavo, un piso más abajo, tenía el mismo eje visual. Desde su ventana, con las luces encendidas en el piso de arriba y las de abajo apagadas, la visión era perfecta.
Marcos lo sabía porque lo había comprobado.
—
Era un domingo por la tarde. Valeria llevaba todo el día trabajando en correcciones, encerrada en el estudio, y cerca de las seis decidió darse una ducha larga antes de que empezara el frío de la noche. Marcos la escuchó entrar al baño, escuchó el agua, esperó.
Fue al living. Corrió los visillos de la ventana que daba al patio interior. No los abrió del todo: los corrió lo suficiente para que la habitación quedara iluminada desde afuera, visible desde abajo, sin que pareciera intencional. Luego envió un mensaje a Gustavo. Tres palabras.
Ahora. Sexta ventana.
Volvió al sillón. Abrió un libro. Esperó.
Valeria salió del baño con el pelo mojado y una toalla envuelta alrededor del cuerpo, buscando la crema hidratante que siempre dejaba en la mesita del living. Entró descalza, dejando huellas húmedas en el parquet, con esa despreocupación de quien está en su casa y sabe que está en su casa.
La toalla le llegaba de los senos a la mitad del muslo. Era una toalla grande pero no infinita, y cuando se agachó para buscar la crema en el cajón inferior de la mesita, el borde inferior subió, dejando ver la parte alta de sus muslos, la curva donde comenzaban las nalgas. Cuando se incorporó y se inclinó sobre la mesita para alcanzar algo que estaba más lejos, la toalla cedió un centímetro en el nudo del pecho, y la curva superior de sus senos quedó visible por encima del borde blanco del algodón.
Marcos leía su libro sin leerlo.
Abajo, en el quinto piso con las luces apagadas, Gustavo miraba.
Valeria se soltó el pelo frente al pequeño espejo del living, se peinó con los dedos, se aplicó la crema en los brazos con movimientos amplios. La toalla se acomodó y se desarregló con cada gesto, revelando el hombro, la parte alta del muslo, la línea del costado cuando ella levantó el brazo para llegar a la nuca. En un momento, cuando giró hacia la ventana para tomar algo de la repisa, la toalla se abrió un instante en el lateral, lo suficiente para que quien mirara desde abajo viera la curva completa de su cadera desnuda, el comienzo del muslo, antes de que ella la ajustara de nuevo sin haber notado nada.
No estaba desnuda. Pero estaba en ese territorio impreciso entre la intimidad y la exposición que es, en muchas maneras, más perturbador que la desnudez completa. Era una mujer en su casa, creyendo que estaba sola con su marido y sus pensamientos de domingo, y esa creencia era exactamente lo que Marcos estaba entregando a otro hombre como si fuera suya para entregar.
Hasta que pasó lo que debía pasar. Una mujer creyéndose sola en la intimidad de su cuarto. Segura en la cotidianeidad de sus acciones soltó su toalla por unos segundos. Unos pechos bien grandes aparecieron a la vista de Gustavo que no podía creer su suerte de domingo. Sus pelos negros del pubis perfectamente visibles, pero el premio mayor eran esas tetas gigantes con pezones puntiagudos.
Cuando Valeria volvió al dormitorio, Marcos apoyó el libro.
Miró la ventana. Los visillos quietos.
Esperó un momento y luego los corrió de vuelta a su lugar, despacio, con cuidado.
Le llegó un mensaje de Gustavo. Sin palabras. Solo un emoji.
Marcos guardó el teléfono en el bolsillo y fue a preparar la cena como si nada hubiera ocurrido, porque para él, en cierta manera, era así: lo que había ocurrido existía en una dimensión separada de la vida cotidiana, una dimensión que solo él podía ver, que era exactamente el tipo de poder que necesitaba.
Lo que no había calculado era que Valeria, esa noche, mientras cenaban, lo miraba de una manera levemente diferente. No lo suficiente para que él lo notara. Pero diferente.
Ella había visto los visillos corridos cuando entró al living. Los recordaba cerrados esa mañana.
Todavía no tenía el cuadro completo. Pero tenía otro fragmento. Y los fragmentos, para alguien que sabe leer, siempre terminan formando una imagen.
X. La cena
Diciembre llegó con la excusa perfecta.
Marcos lo anunció una semana antes, con esa ligereza calculada que usaba para las cosas importantes: una cena de fin de año con tres parejas del trabajo. Gente que ella no conocía, lo cual era parte del plan aunque ella no lo supiera. Terreno neutral. Caras nuevas. Miradas sin historia.
—Reservé en ese restaurante del puerto que te gusta —dijo, y ella asintió porque era verdad que le gustaba, y porque todavía, a pesar de todo lo que su mente había empezado a ensamblar en las noches mirando el techo, había una parte de ella que quería estar equivocada.
Esa semana, sobre la cama, apareció un vestido.
Era negro, largo hasta la rodilla, con un escote amplio en la espalda que bajaba casi hasta la cintura. En la percha parecía elegante. Conservador, incluso, por delante.
Valeria lo tomó. Lo examinó. El talle era el suyo, esta vez. La tela era buena, pesada, una mezcla de viscosa y elastano que caía bien. El cierre invisible en el lateral parecía firme.
Lo que no encontró hasta que se lo puso fue que el corpiño interior había sido cuidadosamente removido. Esa pequeña estructura de tela entelada que los vestidos con escote en la espalda suelen llevar cosida por dentro para dar soporte había sido extraída con paciencia quirúrgica, dejando el forro intacto, sin rastro visible desde afuera.
Sin el corpiño, el vestido era una trampa de ingeniería textil. Por delante, perfecto. Por detrás, con cada paso, con cada vez que ella se inclinara o girara, la tela se abría en ese escote profundo y dejaba ver no solo su espalda desnuda hasta la cintura sino los laterales, la curva completa de sus senos presionando contra la tela sin nada que los contuviera desde adentro, moviéndose con ella con una libertad que no era suya para dar.
Valeria se miró de frente en el espejo. Vio una mujer elegante en un vestido negro.
No tenía espejo que le mostrara la espalda.
Marcos, desde el umbral, la miraba con una expresión que ella había aprendido a leer demasiado tarde: esa calma satisfecha, ligeramente tensa, de quien está a punto de cobrar algo.
—Estás perfecta —dijo.
—
El restaurante era exactamente como ella lo recordaba: luz cálida y baja, mesas separadas, el sonido del río entrando por las ventanas abiertas al calor de diciembre. Las tres parejas ya estaban sentadas cuando llegaron. Hombres de cuarenta y tantos, mujeres de edades variadas, todos con esa cordialidad de los que se conocen del trabajo y han aprendido a caerse bien por conveniencia.
Marcos había elegido los lugares con el pretexto de la acústica: Valeria quedó con la espalda hacia el centro del salón, visible desde la mayoría de las mesas.
Diego, el de la firma de arquitectura, estaba sentado en diagonal a ella. Cuarenta y ocho años, mandíbula marcada, la seguridad tranquila de quien ha aprendido que puede mirar sin pedir permiso. Le prestó atención a Valeria desde el primer momento, con esa cortesía que es la forma sofisticada del deseo: preguntas inteligentes, escucha activa, sonrisas en los momentos precisos.
Valeria respondía con genuinidad, como siempre. Hablaba de sus alumnos, de los libros, de por qué le importaba lo que hacía. Se inclinaba hacia adelante cuando quería enfatizar algo. Giraba para incluir a los demás en la conversación.
Cada vez que se inclinaba hacia adelante, el escote trasero del vestido se abría. La tela sin soporte cedía hacia los costados y dejaba visible, para quien estuviera detrás o en diagonal, la curva lateral de sus senos desnudos bajo el vestido. No una insinuación: una realidad, clara y sostenida, para ojos que supieran dónde mirar.
Diego sabía dónde mirar.
Marcos lo observaba observarla. Bebía su vino despacio, participaba en la conversación con la parte de su atención que no estaba contando los segundos en que los ojos de Diego descendían, se detenían, volvían.
Fue durante el segundo plato. Valeria se inclinó hacia la izquierda para recoger la servilleta que se le había caído, un movimiento rápido y natural. El vestido cedió completamente en ese costado. Diego, que miraba en ese preciso instante, vio la curva entera del seno izquierdo de Valeria, blanco y pesado, presionando contra la tela del lateral sin nada entre la piel y el aire del restaurante.
Un segundo. Quizás dos.
Diego apartó los ojos. Tomó su copa. Bebió con la concentración de quien necesita hacer algo con las manos.
Marcos lo había visto todo.
Sintió algo que subía desde el estómago, caliente y oscuro, que él llamaba satisfacción y que era otra cosa, algo que no tenía nombre honesto.
El edificio donde vivían tenía nueve pisos y un ascensor viejo, de esos con puerta de reja metálica que hay que cerrar con un golpe seco. Sus vecinos más frecuentes eran el matrimonio del cuarto, un estudiante de arquitectura del séptimo, y Gustavo, el del quinto, que trabajaba en construcción y siempre llegaba a casa cerca de las siete de la tarde con las manos todavía marcadas por el trabajo.
Gustavo tenía cuarenta años, era callado, respetuoso, y miraba a Valeria con la discreción de quien sabe que hay límites. Ella lo apreciaba por eso. Le resultaba fácil la convivencia con él.
Lo que Valeria no sabía era que Marcos y Gustavo habían comenzado a tomar cervezas los miércoles. Que en esas cervezas, Marcos hablaba. No de manera directa, nunca directa, sino con esa habilidad suya de abrir puertas sin parecer que las abría. Comentarios sobre Valeria, sobre su cuerpo, sobre cuánto le costaba a ella relajarse, sobre lo cerrada que era para ciertas cosas. Palabras que pintaban un cuadro sin nombrarlo, que hacían que Gustavo llegara a casa los miércoles con algo encendido y sin forma clara en la cabeza.
Un jueves de noviembre, Valeria salía a correr. Eran las siete y cuarto de la mañana, todavía con la frescura de la noche reciente en el aire. Llevaba calzas negras de correr y un top deportivo, el pelo recogido, los auriculares al cuello. En el ascensor, Gustavo esperaba para bajar.
—Buenos días —dijo ella, entrando.
—Buenos días —dijo él.
El ascensor era pequeño. Cabían dos personas con la comodidad justa de los desconocidos en un espacio reducido. Gustavo miraba la puerta de reja. Valeria buscó su teléfono en el bolsillo de la calza.
Lo que ninguno de los dos sabía todavía era que el ascensor iba a detenerse entre el tercero y el segundo piso, como le pasaba a veces, y que iba a quedarse así durante once minutos mientras el encargado del edificio, que ese día llegaba tarde, encontraba las llaves del tablero eléctrico.
Once minutos en un espacio del tamaño de un armario. Con la luz mortecina de la lamparita del ascensor. Con el calor que ya empezaba a acumularse.
Valeria tenía el top deportivo ajustado, diseñado para sujetar, para comprimir, para moverse. Era una prenda de deporte, funcional y honesta. Pero en el calor quieto del ascensor detenido, con la inmovilidad forzada y la conciencia súbita de compartir ese aire con alguien, se volvió otra cosa. El top ceñía cada curva de su torso con una precisión que la ropa de calle nunca tiene, moldeaba la línea de sus senos con esa franqueza atlética que es a la vez más casta y más reveladora que cualquier escote.
Gustavo miraba la puerta. Pero los once minutos son once minutos.
Valeria lo notó. No el momento exacto en que los ojos de él se movieron, sino el resultado, ese cambio de temperatura en un espacio que ya era caliente, esa calidad diferente del silencio. Se cruzó de brazos sin pensar, gesto viejo y automático, y enseguida lo deshizo porque era demasiado obvio, demasiado evidentemente una respuesta a algo, y no quería que él supiera que ella había notado que él había mirado.
Fue en ese momento, en esa fracción de segundo de confusión táctica, que su cuerpo hizo algo que su mente no autorizó: un calor leve, localizado, que no era el calor del ascensor. Lo registró con una especie de indignación interna inmediata, lo catalogó como irrelevante, lo descartó. No significaba nada. Era biología. Era el cuerpo respondiendo a ser mirado, que es lo que hacen los cuerpos, a veces, sin pedir permiso ni dar explicaciones.
Cuando el ascensor volvió a moverse, Valeria exhaló de una manera que esperó que sonara como aburrimiento.
VIII. La ventana
Fue en julio, en pleno invierno porteño, cuando Marcos preparó lo que él consideraba su obra más delicada.
Gustavo, el vecino del quinto, había pasado a ser algo parecido a un amigo. Las cervezas de los miércoles eran un ritual ya establecido. Marcos había construido esa amistad con la misma paciencia con que construía todo: despacio, sin que pareciera construcción. Le había hablado de Valeria de maneras que no eran descripción sino invitación, sin que Gustavo pudiera señalar el momento exacto en que una cosa se convirtió en la otra.
Gustavo sabía, sin que nadie se lo hubiera dicho directamente, que había algo que Marcos quería que ocurriera. No lo había aceptado ni rechazado. Simplemente había dejado que la posibilidad existiera en el aire entre ellos, como existe el humo de un cigarrillo: sin forma fija, sin compromiso.
El departamento de Marcos y Valeria era un sexto piso con ventanas que daban al patio interior del edificio. El departamento de Gustavo, un piso más abajo, tenía el mismo eje visual. Desde su ventana, con las luces encendidas en el piso de arriba y las de abajo apagadas, la visión era perfecta.
Marcos lo sabía porque lo había comprobado.
—
Era un domingo por la tarde. Valeria llevaba todo el día trabajando en correcciones, encerrada en el estudio, y cerca de las seis decidió darse una ducha larga antes de que empezara el frío de la noche. Marcos la escuchó entrar al baño, escuchó el agua, esperó.
Fue al living. Corrió los visillos de la ventana que daba al patio interior. No los abrió del todo: los corrió lo suficiente para que la habitación quedara iluminada desde afuera, visible desde abajo, sin que pareciera intencional. Luego envió un mensaje a Gustavo. Tres palabras.
Ahora. Sexta ventana.
Volvió al sillón. Abrió un libro. Esperó.
Valeria salió del baño con el pelo mojado y una toalla envuelta alrededor del cuerpo, buscando la crema hidratante que siempre dejaba en la mesita del living. Entró descalza, dejando huellas húmedas en el parquet, con esa despreocupación de quien está en su casa y sabe que está en su casa.
La toalla le llegaba de los senos a la mitad del muslo. Era una toalla grande pero no infinita, y cuando se agachó para buscar la crema en el cajón inferior de la mesita, el borde inferior subió, dejando ver la parte alta de sus muslos, la curva donde comenzaban las nalgas. Cuando se incorporó y se inclinó sobre la mesita para alcanzar algo que estaba más lejos, la toalla cedió un centímetro en el nudo del pecho, y la curva superior de sus senos quedó visible por encima del borde blanco del algodón.
Marcos leía su libro sin leerlo.
Abajo, en el quinto piso con las luces apagadas, Gustavo miraba.
Valeria se soltó el pelo frente al pequeño espejo del living, se peinó con los dedos, se aplicó la crema en los brazos con movimientos amplios. La toalla se acomodó y se desarregló con cada gesto, revelando el hombro, la parte alta del muslo, la línea del costado cuando ella levantó el brazo para llegar a la nuca. En un momento, cuando giró hacia la ventana para tomar algo de la repisa, la toalla se abrió un instante en el lateral, lo suficiente para que quien mirara desde abajo viera la curva completa de su cadera desnuda, el comienzo del muslo, antes de que ella la ajustara de nuevo sin haber notado nada.
No estaba desnuda. Pero estaba en ese territorio impreciso entre la intimidad y la exposición que es, en muchas maneras, más perturbador que la desnudez completa. Era una mujer en su casa, creyendo que estaba sola con su marido y sus pensamientos de domingo, y esa creencia era exactamente lo que Marcos estaba entregando a otro hombre como si fuera suya para entregar.
Hasta que pasó lo que debía pasar. Una mujer creyéndose sola en la intimidad de su cuarto. Segura en la cotidianeidad de sus acciones soltó su toalla por unos segundos. Unos pechos bien grandes aparecieron a la vista de Gustavo que no podía creer su suerte de domingo. Sus pelos negros del pubis perfectamente visibles, pero el premio mayor eran esas tetas gigantes con pezones puntiagudos.
Cuando Valeria volvió al dormitorio, Marcos apoyó el libro.
Miró la ventana. Los visillos quietos.
Esperó un momento y luego los corrió de vuelta a su lugar, despacio, con cuidado.
Le llegó un mensaje de Gustavo. Sin palabras. Solo un emoji.
Marcos guardó el teléfono en el bolsillo y fue a preparar la cena como si nada hubiera ocurrido, porque para él, en cierta manera, era así: lo que había ocurrido existía en una dimensión separada de la vida cotidiana, una dimensión que solo él podía ver, que era exactamente el tipo de poder que necesitaba.
Lo que no había calculado era que Valeria, esa noche, mientras cenaban, lo miraba de una manera levemente diferente. No lo suficiente para que él lo notara. Pero diferente.
Ella había visto los visillos corridos cuando entró al living. Los recordaba cerrados esa mañana.
Todavía no tenía el cuadro completo. Pero tenía otro fragmento. Y los fragmentos, para alguien que sabe leer, siempre terminan formando una imagen.
X. La cena
Diciembre llegó con la excusa perfecta.
Marcos lo anunció una semana antes, con esa ligereza calculada que usaba para las cosas importantes: una cena de fin de año con tres parejas del trabajo. Gente que ella no conocía, lo cual era parte del plan aunque ella no lo supiera. Terreno neutral. Caras nuevas. Miradas sin historia.
—Reservé en ese restaurante del puerto que te gusta —dijo, y ella asintió porque era verdad que le gustaba, y porque todavía, a pesar de todo lo que su mente había empezado a ensamblar en las noches mirando el techo, había una parte de ella que quería estar equivocada.
Esa semana, sobre la cama, apareció un vestido.
Era negro, largo hasta la rodilla, con un escote amplio en la espalda que bajaba casi hasta la cintura. En la percha parecía elegante. Conservador, incluso, por delante.
Valeria lo tomó. Lo examinó. El talle era el suyo, esta vez. La tela era buena, pesada, una mezcla de viscosa y elastano que caía bien. El cierre invisible en el lateral parecía firme.
Lo que no encontró hasta que se lo puso fue que el corpiño interior había sido cuidadosamente removido. Esa pequeña estructura de tela entelada que los vestidos con escote en la espalda suelen llevar cosida por dentro para dar soporte había sido extraída con paciencia quirúrgica, dejando el forro intacto, sin rastro visible desde afuera.
Sin el corpiño, el vestido era una trampa de ingeniería textil. Por delante, perfecto. Por detrás, con cada paso, con cada vez que ella se inclinara o girara, la tela se abría en ese escote profundo y dejaba ver no solo su espalda desnuda hasta la cintura sino los laterales, la curva completa de sus senos presionando contra la tela sin nada que los contuviera desde adentro, moviéndose con ella con una libertad que no era suya para dar.
Valeria se miró de frente en el espejo. Vio una mujer elegante en un vestido negro.
No tenía espejo que le mostrara la espalda.
Marcos, desde el umbral, la miraba con una expresión que ella había aprendido a leer demasiado tarde: esa calma satisfecha, ligeramente tensa, de quien está a punto de cobrar algo.
—Estás perfecta —dijo.
—
El restaurante era exactamente como ella lo recordaba: luz cálida y baja, mesas separadas, el sonido del río entrando por las ventanas abiertas al calor de diciembre. Las tres parejas ya estaban sentadas cuando llegaron. Hombres de cuarenta y tantos, mujeres de edades variadas, todos con esa cordialidad de los que se conocen del trabajo y han aprendido a caerse bien por conveniencia.
Marcos había elegido los lugares con el pretexto de la acústica: Valeria quedó con la espalda hacia el centro del salón, visible desde la mayoría de las mesas.
Diego, el de la firma de arquitectura, estaba sentado en diagonal a ella. Cuarenta y ocho años, mandíbula marcada, la seguridad tranquila de quien ha aprendido que puede mirar sin pedir permiso. Le prestó atención a Valeria desde el primer momento, con esa cortesía que es la forma sofisticada del deseo: preguntas inteligentes, escucha activa, sonrisas en los momentos precisos.
Valeria respondía con genuinidad, como siempre. Hablaba de sus alumnos, de los libros, de por qué le importaba lo que hacía. Se inclinaba hacia adelante cuando quería enfatizar algo. Giraba para incluir a los demás en la conversación.
Cada vez que se inclinaba hacia adelante, el escote trasero del vestido se abría. La tela sin soporte cedía hacia los costados y dejaba visible, para quien estuviera detrás o en diagonal, la curva lateral de sus senos desnudos bajo el vestido. No una insinuación: una realidad, clara y sostenida, para ojos que supieran dónde mirar.
Diego sabía dónde mirar.
Marcos lo observaba observarla. Bebía su vino despacio, participaba en la conversación con la parte de su atención que no estaba contando los segundos en que los ojos de Diego descendían, se detenían, volvían.
Fue durante el segundo plato. Valeria se inclinó hacia la izquierda para recoger la servilleta que se le había caído, un movimiento rápido y natural. El vestido cedió completamente en ese costado. Diego, que miraba en ese preciso instante, vio la curva entera del seno izquierdo de Valeria, blanco y pesado, presionando contra la tela del lateral sin nada entre la piel y el aire del restaurante.
Un segundo. Quizás dos.
Diego apartó los ojos. Tomó su copa. Bebió con la concentración de quien necesita hacer algo con las manos.
Marcos lo había visto todo.
Sintió algo que subía desde el estómago, caliente y oscuro, que él llamaba satisfacción y que era otra cosa, algo que no tenía nombre honesto.
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