You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Familia México-Colombiana 1

Mi nombre es Raquel, tengo 26 años, soy de Colombia, y desde los 19 no he podido quitarme de la cabeza a Héctor, el marido mexicano de mi tía Alejandra.
Él no es el típico hombre que hace girar cabezas en la calle. Mide como 1.70, delgado, pero con esa definición sutil que se nota cuando se quita la camisa: hombros rectos, abdomen plano con líneas marcadas, brazos venosos, piel morena clara que se pone más oscura en verano. Tiene 50 años, pelo negro corto con algunas canas discretas en las sienes, barba de tres días que le da un aire rudo pero controlado, y unos ojos oscuros que cuando te miran fijo parecen atravesarte. Es reservado, habla poco, nunca presume, nunca coquetea abiertamente… y justo eso es lo que me pone tan caliente. Ese silencio, esa contención, me dan ganas de romperlo todo.
Desde la primera vez que lo vi en una reunión familiar en Bogotá, empecé a jugar. Le decía “tiítooo” con voz melosa, arrastrando la última sílaba, mientras le rozaba el brazo “sin querer” al pasar el pan o al servirle café. A veces me sentaba a su lado en el sofá y cruzaba las piernas de forma que mi muslo quedara pegado al suyo. Él se ponía rígido, tragaba saliva, desviaba la mirada… pero nunca me decía “para”. Nunca le contaba a mi tía. Y eso me dio alas.
Un domingo de verano en casa de mi tía. Todos en traje de baño. Yo me puse un bikini negro diminuto, de esos que apenas cubren las areolas y dejan la mitad del culo al aire. Héctor estaba sentado en una silla bajo la sombrilla, con lentes de sol, fingiendo leer algo en el celular.
Me tiré al agua de forma exagerada, salpicando cerca de él. Salí empapada, el agua corriendo por mis tetas enormes, los pezones oscuros y duros marcándose como piedras bajo la tela fina. Caminé despacio hacia la silla donde él estaba, gotas cayendo por mi escote.
—Tiíto… ¿me ayudas a ponerme bloqueador en la espalda? —le dije con voz dulce, girándome y ofreciéndole el frasco.
Él dudó un segundo. Miró alrededor: mi tía charlaba con mi mamá en la cocina, los primos jugaban en el otro extremo de la piscina. Tomó el frasco sin decir nada.
Sus manos eran firmes, pero temblaban un poco cuando tocó mi piel. Empezó por los hombros, bajó por la espalda… y yo arqueé la cintura sutilmente, empujando el culo hacia atrás hasta rozar su entrepierna. Sentí cómo se ponía duro al instante contra mis nalgas.
—Más abajo, tiíto… no quiero quemarme el culito —susurré, moviendo las caderas en círculos lentos.
Sus dedos se detuvieron justo en la curva de mis nalgas. Respiraba pesado. Luego se apartó de golpe, murmurando un “ya está” y volviendo a sentarse como si nada. Pero vi el bulto enorme en su short de baño antes de que cruzara las piernas. Esa noche me masturbé tres veces pensando en cómo se sintió su verga presionando contra mí.
Durante la Navidad del año antepasado, tuvimos una reunión grande en casa de mi tía.
Música salsa y reggaetón a todo volumen. Mi tía Alejandra bailando con primos y amigas.
Yo me puse un vestido rojo ajustado, escote profundo en V que dejaba ver el inicio de las areolas cuando me movía, falda corta que subía con cada giro.
Cuando sonó “Despacito” (clásico para provocar), me acerqué a Héctor, que estaba sentado en una esquina con una cerveza, mirando todo con esa cara seria.
—Tiíto… ¿no bailas conmigo? —le dije extendiendo la mano, voz baja y melosa.
Él negó con la cabeza, pero yo insistí, tomándole la mano y tirando suave.
—Solo un baile… por favorcito.
Se levantó a regañadientes. Lo llevé al centro del patio. Empecé a moverme despacio al ritmo, pegándome a él de espaldas, mi culo rozando su entrepierna con cada movimiento de cadera. Sentí cómo se endurecía rápido contra mis nalgas. Subí los brazos, arqueé la espalda, dejé que mis tetas se apretaran contra su pecho cuando giré.
Le susurré al oído, labios rozando su lóbulo:
—Siento lo duro que estás, tiíto… ¿te imaginas quitándome este vestido aquí mismo? ¿Metérmela mientras todos bailan alrededor sin saber que me estás follando con la mirada?
Él me apretó la cintura con fuerza, un gemido ahogado escapó de su garganta. Sus dedos se clavaron en mis caderas. Por un segundo pensé que me iba a besar ahí delante de todos. Pero se apartó de golpe, murmurando “voy por otra cerveza” y desapareciendo adentro.
Esa noche me fui a dormir con el coño palpitando, sabiendo que él se masturbaba pensando en mí en el baño.
En marzo para el cumpleaños de mi tía, le compré a mi tía un perfume caro. Pero metí en la bolsa un sobre pequeño con mi nombre escrito. Dentro: una foto mía en lencería negra, de rodillas, mirando a cámara con la boca abierta y lengua afuera, caption escrita a mano:
“Para ti, tiíto. Guárdala donde mi tía no la vea. Úsala cuando te la cojas pensando en mí.”
Se la entregué en persona cuando nadie miraba. La abrió disimuladamente en la cocina mientras yo fingía ayudar a lavar platos.
Vi cómo sus ojos se oscurecían al ver la foto. La guardó rápido en el bolsillo trasero del pantalón. Me miró fijo, mandíbula apretada.
—Estás jugando con fuego, Raquel —susurró.
Yo me acerqué, puse mi mano en su pecho como si acomodara su camisa y bajé la voz:—Y tú estás ardiendo, tiíto. Sé que esta noche te la vas a jalar con mi foto en la mano mientras mi tía duerme al lado. Quiero que te corras pensando en mi boca tragándote todo.
Me fui caminando despacio, moviendo el culo a propósito. Sentí sus ojos clavados en mí todo el resto de la tarde.
Subí el tono y empecé a mandarle mensajes por WhatsApp cuando sabía que mi tía no estaba cerca. Primero cosas “inocentes”:
“Anoche me desperté mojada soñando que me tenías contra la pared de tu cuarto. Me tapabas la boca para que mi tía no escuchara cómo gemía tu nombre mientras me la metías hasta el fondo. ¿Tú también sueñas conmigo, tiíto?”
Le mandaba fotos: yo en tanga negra de hilo dental, de espaldas, el culo redondo y parado ocupando toda la pantalla, con caption:
“¿Crees que tus manos alcanzarían a agarrar todo esto? Porque yo creo que te quedarían perfectas unas nalgadas marcadas con tus dedos.”
O en sostén push-up que apenas contenía mis tetas 36DD, pezones oscuros y areolas grandes marcándose en la tela blanca transparente:
“Tiíto… ¿te gustan grandes y oscuritas como las mías? Porque están duras solo de imaginar tu lengua.”
Él respondía poco. A veces un “Raquel, basta”, otras un “no hagas eso”, casi nunca un emoji. Pero nunca me bloqueaba. Nunca borraba los chats. Y cuando lo veía en persona, notaba cómo sus ojos se detenían un segundo más de lo normal en mi escote o en mis caderas cuando caminaba.
Pasaron los días y sabía que los jueves mi tía llegaba tarde del gimnasio. Llamé por teléfono a las 8:30 pm. Contestó Héctor, voz agitada.
—¿Aló, tiíto? —dije con voz de niña cachonda—. Solo quería saludarte…De fondo se escuchaban gemidos suaves de mi tía y el sonido inconfundible de piel contra piel. Se la estaba cogiendo.
—Raquel… ahora no… —susurró, pero no colgó.
—Ay tiíto… ¿estás ocupado? Suena como si estuvieras… muy ocupado metiéndosela a mi tía… —gemí bajito
—. ¿Se la estás metiendo duro? ¿Le estás dando como a mí me gustaría que me dieras?
Silencio, solo respiración pesada y el slap slap de sus caderas.
—Imagínate que soy yo la que está debajo… mis tetas rebotando… mi coño apretándote… diciéndote “más duro, tiíto, rómpeme” …
Escuché un gemido ahogado de él. Luego un “mierda” bajito y el sonido de que se corrió fuerte. Colgó de golpe.
Me reí sola, me quité la tanga y me masturbé con dos dedos pensando en su semen cayendo dentro de mi tía mientras pensaba en mí.
La oportunidad llegó en diciembre pasado. Mi tía Alejandra tuvo que viajar por una semana por trabajo y le pidió a Erika, mi mamá que yo fuera a “cuidar la casa”. Mi mamá aceptó encantada. Yo llegué con una maleta llena de ropa provocativa y mucha calentura acumulada.
La primera noche me puse un short de algodón blanco tan corto que se me veía la curva inferior de las nalgas, sin tanga debajo, y una camiseta de tirantes gris clarito, sin sostén. Los pezones se marcaban perfectamente, oscuros y erectos por el aire acondicionado. Bajé a la sala a las 11:30 pm. Él estaba sentado en el sillón grande viendo un partido de fútbol, luz tenue, solo la pantalla iluminándole la cara.
—¿No duermes, tiíto? —pregunté apoyándome en el marco de la puerta, cruzando los brazos debajo de las tetas para levantarlas más.
Giró la cabeza despacio. Sus ojos bajaron de mi cara a mis pezones, luego a mis piernas, y volvieron a subir. Tragó saliva audible.
—Hace calor… —murmuró, voz ronca.
Me acerqué caminando despacio, descalza, el short subiéndose un poco más con cada paso. Me paré frente a él, tan cerca que mi rodilla rozaba su muslo.
—¿Te molesta que ande así en tu casa? —susurré inclinándome un poco, dejando que mis tetas quedaran a la altura de su cara—. Porque si te molesta… me quito todo ahora mismo.
Silencio. Solo su respiración más pesada.
Me senté en el brazo del sillón, abrí un poco las piernas para que viera que no llevaba nada debajo del short. Metí la mano despacio por la cintura de su sudadera gris. La encontré ya medio dura, caliente, gruesa. La saqué sin pedir permiso. Era más grande de lo que imaginaba: unos 18-19 cm, recta, venosa, el glande morado y brillante de precum, olor fuerte a hombre caliente.
—Ay tiíto… mira cómo se te para por tu sobrinita colombiana… —le dije mientras empezaba a pajearlo lento, apretando justo debajo del glande, subiendo y bajando con ritmo.
Él cerró los ojos y soltó un gemido bajo, casi animal.
—No deberíamos… Raquel… —susurró, pero su cadera se movió involuntariamente hacia mi mano.
Yo sonreí, me bajé del brazo y me arrodillé entre sus piernas abiertas. Sin dejar de pajearlo, acerqué la boca y le lamí los huevos primero, uno por uno, metiéndomelos en la boca suave, chupándolos mientras mi lengua jugaba con la piel arrugada. Subí la lengua plana por toda la verga, desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado que salía sin parar. Luego abrí la boca y me la metí hasta donde pude, sintiendo cómo el glande me golpeaba la garganta.
Él soltó un “puta madre” entre dientes y puso la mano en mi nuca. No empujó fuerte, pero tampoco me dejó retroceder. Empecé a chupar con ganas, haciendo ruido a propósito: glup glup glup, saliva escurriéndome por la barbilla, goteando sobre sus huevos. Subía y bajaba, girando la lengua alrededor del glande cada vez que llegaba arriba, luego volvía a tragármela profunda hasta que se me llenaban los ojos de lágrimas.
Después de unos minutos buenos, se puso de pie de golpe. Me levantó por las axilas como si no pesara, me giró y me puso a cuatro patas en el sillón. Me bajó el shortcito de un tirón violento junto con la tela que ya estaba empapada. Se quedó mirando mi culo levantado, las nalgas redondas y firmes, el coño hinchado y brillante de jugos.
—Esto es lo que querías desde hace años, ¿verdad? —dijo por primera vez con esa voz grave y dominante que me volvía loca.
—Sí, tiíto… —gemí abriendo más las piernas, arqueando la espalda—. Quiero que me cojas como nunca le has cogido a mi tía… quiero que me rompas.
Me separó las nalgas con las dos manos, escupió directo en mi culo y luego sentí la cabeza gorda presionando contra mi entrada. Entró despacio al principio, centímetro a centímetro, dejándome sentir cada vena. Cuando estuvo todo adentro solté un grito ahogado. Me llenaba completamente, me llegaba al fondo del útero. Empezó a bombear fuerte, golpes secos y profundos que hacían que mis tetas rebotaran descontroladas.
—Te gusta que te den duro, ¿verdad, zorrita? —gruñía mientras me agarraba del pelo y me jalaba hacia atrás, obligándome a arquear más.
—¡Sí, tiíto! ¡Más duro! ¡Rómpeme el coño, por favor! ¡Dame todo!
Me dio nalgadas fuertes, alternando cachetes, dejando las marcas rojas en forma de mano. Cada golpe hacía que apretara el coño alrededor de su verga y él gemía más fuerte. Cambió de ritmo: salía casi por completo y volvía a entrar de golpe, profundo, haciendo que mi clítoris rozara contra el sillón.
Luego me volteó. Me abrió las piernas en el aire, las apoyó en sus hombros y se la metió otra vez mirándome fijo a los ojos. Me chupaba las tetas con hambre: lamía las areolas grandes y oscuras, mordía los pezones duros, los succionaba hasta dejarlos hinchados y sensibles.
 —Siempre quise estas tetas en mi boca… —confesó entre jadeos mientras las apretaba con las manos y seguía clavándomela hasta el fondo—. Son perfectas… grandes… oscuras… duritas.
Yo ya no podía hablar coherente. Solo gemía, arañaba su espalda, le mordía el cuello. Sentí el orgasmo venir como una ola gigante. Empecé a temblar, el coño se contrajo fuerte alrededor de su verga, chorros calientes saliendo de mí, empapándole el pubis, el abdomen, el sillón. Grité su nombre mientras me corría como nunca, el cuerpo convulsionando.
Él aguantó unos segundos más. Me la sacó, se pajeó rápido apuntando a mis tetas y se corrió con fuerza: chorros gruesos, calientes, abundantes. Uno me cayó en la barbilla, otro en el cuello, varios directo en las areolas enormes, cubriéndolas de semen blanco y espeso. Gemía como animal mientras se vaciaba, el cuerpo temblando.
Cuando terminó se quedó respirando agitado, mirándome con una mezcla de culpa, deseo y algo más oscuro.
Yo sonreí, me pasé los dedos por las tetas recogiendo su leche, me los metí a la boca y los chupé despacio.
—Esto no va a ser la última vez, tiíto… —le dije lamiéndome los labios—. Ahora que ya probaste este coño… vas a querer mi culo también. Y mi boca también, cuando mi tía esté durmiendo al lado. Y mis tetas alrededor de tu verga mientras ella está en la cocina.
Él no contestó. Cerró los ojos, soltó un suspiro largo y profundo.
Pero los dos sabemos que ya cruzamos la línea.
Y la próxima vez que mi tía tenga que viajar… voy a llegar con lencería nueva, plugs anales en la maleta y ganas de que me coja en cada rincón de esa casa.
Porque ahora soy su secreto más sucio. Y él es mi vicio favorito.

1 comentarios - Familia México-Colombiana 1