Tenía 28 años en esa época, y mi novia unos 26. Nuestra relación ya era un barco a la deriva: ella siempre distante, como si el sexo fuera una obligación que evitaba a toda costa. No sé si era conmigo, o si tenía a otro que la encendía en secreto, pero en casa, ni un roce. “Estoy cansada”, decía, y se volteaba dándome la espalda. Vivíamos en un cuarto alquilado en un barrio humilde, uno de esos edificios viejos con paredes de yeso que crujían al menor movimiento. El espacio era mínimo: una cama matrimonial contra la ventana, un ventilador ruidoso que apenas aliviaba el calor tropical, y una puerta que cerraba con llave simple. La ventana daba a un pasillo estrecho, y había un truco que solo mi novia y yo conocíamos: si te olvidabas la llave, podías correr el vidrio lo justo para meter la mano y quitar el seguro desde adentro. Nunca imaginé que se lo había contado a alguien más.
Esa noche me quedé solo. Mi novia había salido de viaje por trabajo, dejándome el cuarto para mí. La que sí estaba era su prima, de unos 25 años, piel morena suave como chocolate derretido, cuerpo joven y desarrollado —tetas medianas pero firmes, de esas que se marcan bajo cualquier blusa, culo promedio pero redondo y prieto, que se movía con un balanceo natural cuando caminaba. No era una belleza de revista en el rostro —nariz ancha, labios gruesos, ojos oscuros que miraban con una mezcla de timidez y picardía—, pero tenía ese encanto callejero que te hace voltear. Se había quedado porque al día siguiente salía de viaje, y estaba alistando sus maletas en el sofá improvisado del rincón. Hablamos un rato: “Voy a salir un momento, tengo que hacer una cosa”, me dijo alrededor de las 11 pm, con esa voz suave y un poco ronca. Yo, ya con sueño acumulado del día, le dije que no había problema, que descansara. Me tiré en la cama viendo la tele, pero el calor era infernal —esa humedad pegajosa que te hace sudar hasta dormido—, así que me desnudé por completo, tiré la ropa al piso, puse la llave en la puerta y me eché a dormir boca arriba, con las sábanas arrugadas a los pies.
El sueño me atrapó rápido, uno de esos profundos donde el mundo se apaga. Deben haber pasado unas horas —cerca de la 1 am, calculo por el silencio absoluto de la calle— cuando sentí un roce sutil, como pasos leves en el pasillo exterior. Al principio lo ignoré, pensando que era un vecino o el viento. “No es para mi cuarto”, me dije en mi mente adormilada. “Mi novia está de viaje, ¿quién carajo vendría?”. Intenté volver a dormir, girándome un poco, pero entonces noté una silueta en la penumbra: la luz de la luna filtrándose por las grietas de la ventana delineaba una figura femenina, curvilínea, moviéndose con cautela. Oí una tos suave, ahogada, y supe que era la prima. Mi corazón dio un salto. Estaba desnudo, expuesto en la cama, con el pene flácido contra mi muslo. “No puede ser aquí”, pensé, con una mezcla de pánico y curiosidad que me recorrió la espina como electricidad. “Si quiere entrar, tocará la puerta, y tendré tiempo de cubrirme”. Pero no tocó. En cambio, vi cómo su mano se colaba por la ventana, corriendo el vidrio con cuidado extremo, quitando el seguro tal como lo haría mi novia. ¿Cómo coño lo sabía? El pulso se me aceleró, una oleada de emoción única me invadió: duda, miedo, y algo más oscuro, excitante. Sentí cómo mi pene empezaba a endurecerse solo con la idea del riesgo, latiendo levemente contra el aire fresco. “Me hago el dormido”, decidí en un segundo, cerrando los ojos pero dejando una rendija para espiar. “Que pase lo que tenga que pasar”.
Logró entrar sigilosa, cerrando la ventana detrás de ella sin un crujido. No prendió la luz —sabía que yo estaba ahí—, así que se guió por el haz plateado de la luna que entraba en diagonal, iluminando el cuarto como un escenario improvisado. Olía a alcohol, un aroma dulce y fuerte a cerveza o ron, mezclado con su perfume floral barato. “Está ebria”, pensé, recordando que siempre se quejaba de su novio: peleas constantes, corajes acumulados, como si nunca la pasara bien con él. Se acercó a la cama despacio, palpando el colchón con las manos, como buscando confirmar si yo dormía o quizás algo entre las sábanas. Sus dedos rozaron mi cadera primero, suaves y tibios, enviando una chispa directa a mi entrepierna. Siguió explorando, y de pronto —un avance casual— su mano rozó mi pene, justo el glande, que ya estaba semierecto por la adrenalina. Se inmovilizó al instante, como si el toque la hubiera congelado. Podía oír su respiración acelerada, entrecortada, como si debatiera en su mente ebria qué hacer. “Si me despierto ahora, todo se jode”, pensé yo, conteniendo el aliento, mi polla endureciéndose más con la tensión, latiendo bajo su palma accidental.
Se quedó ahí un momento eterno, segundos que parecieron minutos, su mano quieta pero cálida sobre mi glande. Luego, en lugar de apartarse, empezó a rozarlo suave, casi juguetona, como si probara el terreno. Dedos ligeros trazando la curva, subiendo por el tronco, explorando la vena que palpitaba. El morbo me golpeó como una ola: estaba ebria, frustrada con su novio, y yo ahí, fingiendo sueño, dejándola hacer. Mi pene se erectó por completo, tieso como una barra, caliente y venoso bajo su toque. Ella no dijo nada, solo respiraba más profundo, y pude ver de reojo cómo se sentaba al borde de la cama, en una esquina, quitándose el pantalón con movimientos torpes pero silenciosos. Quedó en calzón —uno simple, de algodón negro que se ceñía a sus caderas morenas—, y luego se sacó la blusa, dejando solo el brasier que contenía sus tetas medianas, pezones ya marcados bajo la tela. Yo seguí inmóvil, brazos extendidos como en sueño profundo, pero mi mente gritaba de excitación: el olor a alcohol y sudor femenino, el sonido de su ropa cayendo al piso, la vista de su silueta curvilínea en la luna.
Se acercó más, primero evadiendo mi pene como si buscara acostarse a mi lado o quizás solo curiosear. Pero a la segunda pasada, su mano lo cogió deliberadamente: dedos envolviéndolo despacio, masturbándome con lentitud torturante. Subía y bajaba por el tronco, apretando lo justo para sentir el pulso, el glande hinchado rozando su palma. Cada caricia enviaba ondas de placer por mi cuerpo, haciendo que me costara no moverme, no gemir. Pensé en sus problemas con el novio, en cómo quizás necesitaba esto, un escape prohibido en la oscuridad. Aceleró un poco, su respiración volviéndose jadeos suaves, y luego —sin aviso— bajó la cabeza y lo metió en su boca. Calor húmedo envolviéndome: lengua lamiendo la cabeza, succionando suave al principio, saboreando la sal de mi piel. Lamía en círculos, metiéndoselo más profundo, garganta apretada que me masajeaba mientras su mano seguía bombeando la base. El riesgo me volvía loco: ¿y si me movía? ¿Y si gemía? Pero me contuve, dejando que el placer creciera, mi polla palpitando en su boca, jugos pre-seminales que ella lamía con avidez.
Después de minutos que parecieron eternos de ese oral lento y exploratorio —su saliva chorreando por mi tronco, sus labios estirándose alrededor de mi grosor—, se levantó un poco y se posicionó al borde de la cama, de espaldas a mí pero con las piernas abiertas. Bajó su calzón hasta los tobillos, exponiendo su coño moreno, ya jugoso y brillante en la penumbra. Se acomodó con cuidado, guiando mi pene erecto hacia su entrada. La cabeza rozó sus labios vaginales primero: calientes, resbaladizos, amplios como si ya hubiera tenido acción esa noche o en su vida. Empujó despacio hacia atrás, tragándome centímetro a centímetro. Sentí cómo me envolvía: paredes calientes y viscosas, apretándome fuerte pero cediendo fácil, un calor que me quemaba de adentro. Se sentó por completo en mi cadera, mi polla enterrada hasta el fondo en su vagina jugosa, palpitante.
Empezó a moverse lento, subiendo y bajando con la cadera, usando solo su peso para follarme sin hacer ruido. Cada descenso hacía que su coño me estrujara, jugos chorreando por mis huevos, el olor a sexo y alcohol llenando el aire. Se tocaba las tetas por encima del brasier, pellizcando pezones, arqueando la espalda para que entrara más profundo. Por momentos se quedaba inmóvil, sentada plena, disfrutando el llenado: su coño contrayéndose alrededor de mí en pulsos involuntarios, como ordeñándome. Emitía quejidos ahogados, gemidos suaves y placenteros —“mmh… ahh…”— mordiéndose el labio para no gritar. Yo sentía cada detalle: el calor de su culo promedio contra mi pelvis, el roce de sus nalgas suaves, el vaivén que hacía rebotar sus tetas medianas. Aceleró un poco, girando las caderas en círculos, frotando su clítoris contra mi base, tocándose con una mano mientras la otra amasaba sus pechos. El placer era abrumador: su vagina amplia pero apretada en oleadas, caliente como un horno, resbaladiza de excitación. Pensé en lo prohibido —la prima de mi novia, ebria, usándome como juguete en la oscuridad—, y eso me ponía al límite, luchando por no empujar hacia arriba, por no agarrarla y follarla salvaje.
Duró así un rato largo, prolongando cada movimiento: subía hasta dejar solo la cabeza dentro, sintiendo cómo su coño se cerraba alrededor, luego bajaba de golpe, tragándome entero con un chapoteo húmedo sutil. Sus gemidos se volvieron más roncos, ahogados en la almohada que agarró para morder. Se corrió primero: un temblor profundo, su vagina convulsionando alrededor de mi polla, chorros calientes empapándome. Eso me rompió: me vine dentro de ella sin moverme, chorros espesos y calientes llenándola, sintiendo cómo sus paredes me ordeñaban hasta la última gota. Se quedó sentada unos segundos, jadeando bajito, mi pene palpitante aún dentro, semen rebosando por sus muslos morenos.
Luego, con cuidado, se levantó, sacó mi polla con un sonido húmedo, y se vistió rápido: calzón arriba, pantalón, blusa. Agarró sus maletas del rincón y salió por la puerta, cerrándola suave. Al día siguiente, un mensaje: “Me fui de viaje en la madrugada, no te preocupes”.
Años después, con otras parejas, el sexo es predecible. Echo de menos ese morbo: fingir sueño, el riesgo de ser descubierto, su ebriedad liberando lo prohibido. Esa noche me marcó, un secreto que guardo con culpa y deseo. Y parte de mí aún fantasea con qué habría pasado si hubiera abierto los ojos, la hubiera agarrado y prolongado hasta el amanecer. Si eres mujer y has sentido ese rush de lo inesperado, escríbeme. Necesito desahogarme con alguien que capte el fuego oculto. Saludos a los que aún lo viven.
Esa noche me quedé solo. Mi novia había salido de viaje por trabajo, dejándome el cuarto para mí. La que sí estaba era su prima, de unos 25 años, piel morena suave como chocolate derretido, cuerpo joven y desarrollado —tetas medianas pero firmes, de esas que se marcan bajo cualquier blusa, culo promedio pero redondo y prieto, que se movía con un balanceo natural cuando caminaba. No era una belleza de revista en el rostro —nariz ancha, labios gruesos, ojos oscuros que miraban con una mezcla de timidez y picardía—, pero tenía ese encanto callejero que te hace voltear. Se había quedado porque al día siguiente salía de viaje, y estaba alistando sus maletas en el sofá improvisado del rincón. Hablamos un rato: “Voy a salir un momento, tengo que hacer una cosa”, me dijo alrededor de las 11 pm, con esa voz suave y un poco ronca. Yo, ya con sueño acumulado del día, le dije que no había problema, que descansara. Me tiré en la cama viendo la tele, pero el calor era infernal —esa humedad pegajosa que te hace sudar hasta dormido—, así que me desnudé por completo, tiré la ropa al piso, puse la llave en la puerta y me eché a dormir boca arriba, con las sábanas arrugadas a los pies.
El sueño me atrapó rápido, uno de esos profundos donde el mundo se apaga. Deben haber pasado unas horas —cerca de la 1 am, calculo por el silencio absoluto de la calle— cuando sentí un roce sutil, como pasos leves en el pasillo exterior. Al principio lo ignoré, pensando que era un vecino o el viento. “No es para mi cuarto”, me dije en mi mente adormilada. “Mi novia está de viaje, ¿quién carajo vendría?”. Intenté volver a dormir, girándome un poco, pero entonces noté una silueta en la penumbra: la luz de la luna filtrándose por las grietas de la ventana delineaba una figura femenina, curvilínea, moviéndose con cautela. Oí una tos suave, ahogada, y supe que era la prima. Mi corazón dio un salto. Estaba desnudo, expuesto en la cama, con el pene flácido contra mi muslo. “No puede ser aquí”, pensé, con una mezcla de pánico y curiosidad que me recorrió la espina como electricidad. “Si quiere entrar, tocará la puerta, y tendré tiempo de cubrirme”. Pero no tocó. En cambio, vi cómo su mano se colaba por la ventana, corriendo el vidrio con cuidado extremo, quitando el seguro tal como lo haría mi novia. ¿Cómo coño lo sabía? El pulso se me aceleró, una oleada de emoción única me invadió: duda, miedo, y algo más oscuro, excitante. Sentí cómo mi pene empezaba a endurecerse solo con la idea del riesgo, latiendo levemente contra el aire fresco. “Me hago el dormido”, decidí en un segundo, cerrando los ojos pero dejando una rendija para espiar. “Que pase lo que tenga que pasar”.
Logró entrar sigilosa, cerrando la ventana detrás de ella sin un crujido. No prendió la luz —sabía que yo estaba ahí—, así que se guió por el haz plateado de la luna que entraba en diagonal, iluminando el cuarto como un escenario improvisado. Olía a alcohol, un aroma dulce y fuerte a cerveza o ron, mezclado con su perfume floral barato. “Está ebria”, pensé, recordando que siempre se quejaba de su novio: peleas constantes, corajes acumulados, como si nunca la pasara bien con él. Se acercó a la cama despacio, palpando el colchón con las manos, como buscando confirmar si yo dormía o quizás algo entre las sábanas. Sus dedos rozaron mi cadera primero, suaves y tibios, enviando una chispa directa a mi entrepierna. Siguió explorando, y de pronto —un avance casual— su mano rozó mi pene, justo el glande, que ya estaba semierecto por la adrenalina. Se inmovilizó al instante, como si el toque la hubiera congelado. Podía oír su respiración acelerada, entrecortada, como si debatiera en su mente ebria qué hacer. “Si me despierto ahora, todo se jode”, pensé yo, conteniendo el aliento, mi polla endureciéndose más con la tensión, latiendo bajo su palma accidental.
Se quedó ahí un momento eterno, segundos que parecieron minutos, su mano quieta pero cálida sobre mi glande. Luego, en lugar de apartarse, empezó a rozarlo suave, casi juguetona, como si probara el terreno. Dedos ligeros trazando la curva, subiendo por el tronco, explorando la vena que palpitaba. El morbo me golpeó como una ola: estaba ebria, frustrada con su novio, y yo ahí, fingiendo sueño, dejándola hacer. Mi pene se erectó por completo, tieso como una barra, caliente y venoso bajo su toque. Ella no dijo nada, solo respiraba más profundo, y pude ver de reojo cómo se sentaba al borde de la cama, en una esquina, quitándose el pantalón con movimientos torpes pero silenciosos. Quedó en calzón —uno simple, de algodón negro que se ceñía a sus caderas morenas—, y luego se sacó la blusa, dejando solo el brasier que contenía sus tetas medianas, pezones ya marcados bajo la tela. Yo seguí inmóvil, brazos extendidos como en sueño profundo, pero mi mente gritaba de excitación: el olor a alcohol y sudor femenino, el sonido de su ropa cayendo al piso, la vista de su silueta curvilínea en la luna.
Se acercó más, primero evadiendo mi pene como si buscara acostarse a mi lado o quizás solo curiosear. Pero a la segunda pasada, su mano lo cogió deliberadamente: dedos envolviéndolo despacio, masturbándome con lentitud torturante. Subía y bajaba por el tronco, apretando lo justo para sentir el pulso, el glande hinchado rozando su palma. Cada caricia enviaba ondas de placer por mi cuerpo, haciendo que me costara no moverme, no gemir. Pensé en sus problemas con el novio, en cómo quizás necesitaba esto, un escape prohibido en la oscuridad. Aceleró un poco, su respiración volviéndose jadeos suaves, y luego —sin aviso— bajó la cabeza y lo metió en su boca. Calor húmedo envolviéndome: lengua lamiendo la cabeza, succionando suave al principio, saboreando la sal de mi piel. Lamía en círculos, metiéndoselo más profundo, garganta apretada que me masajeaba mientras su mano seguía bombeando la base. El riesgo me volvía loco: ¿y si me movía? ¿Y si gemía? Pero me contuve, dejando que el placer creciera, mi polla palpitando en su boca, jugos pre-seminales que ella lamía con avidez.
Después de minutos que parecieron eternos de ese oral lento y exploratorio —su saliva chorreando por mi tronco, sus labios estirándose alrededor de mi grosor—, se levantó un poco y se posicionó al borde de la cama, de espaldas a mí pero con las piernas abiertas. Bajó su calzón hasta los tobillos, exponiendo su coño moreno, ya jugoso y brillante en la penumbra. Se acomodó con cuidado, guiando mi pene erecto hacia su entrada. La cabeza rozó sus labios vaginales primero: calientes, resbaladizos, amplios como si ya hubiera tenido acción esa noche o en su vida. Empujó despacio hacia atrás, tragándome centímetro a centímetro. Sentí cómo me envolvía: paredes calientes y viscosas, apretándome fuerte pero cediendo fácil, un calor que me quemaba de adentro. Se sentó por completo en mi cadera, mi polla enterrada hasta el fondo en su vagina jugosa, palpitante.
Empezó a moverse lento, subiendo y bajando con la cadera, usando solo su peso para follarme sin hacer ruido. Cada descenso hacía que su coño me estrujara, jugos chorreando por mis huevos, el olor a sexo y alcohol llenando el aire. Se tocaba las tetas por encima del brasier, pellizcando pezones, arqueando la espalda para que entrara más profundo. Por momentos se quedaba inmóvil, sentada plena, disfrutando el llenado: su coño contrayéndose alrededor de mí en pulsos involuntarios, como ordeñándome. Emitía quejidos ahogados, gemidos suaves y placenteros —“mmh… ahh…”— mordiéndose el labio para no gritar. Yo sentía cada detalle: el calor de su culo promedio contra mi pelvis, el roce de sus nalgas suaves, el vaivén que hacía rebotar sus tetas medianas. Aceleró un poco, girando las caderas en círculos, frotando su clítoris contra mi base, tocándose con una mano mientras la otra amasaba sus pechos. El placer era abrumador: su vagina amplia pero apretada en oleadas, caliente como un horno, resbaladiza de excitación. Pensé en lo prohibido —la prima de mi novia, ebria, usándome como juguete en la oscuridad—, y eso me ponía al límite, luchando por no empujar hacia arriba, por no agarrarla y follarla salvaje.
Duró así un rato largo, prolongando cada movimiento: subía hasta dejar solo la cabeza dentro, sintiendo cómo su coño se cerraba alrededor, luego bajaba de golpe, tragándome entero con un chapoteo húmedo sutil. Sus gemidos se volvieron más roncos, ahogados en la almohada que agarró para morder. Se corrió primero: un temblor profundo, su vagina convulsionando alrededor de mi polla, chorros calientes empapándome. Eso me rompió: me vine dentro de ella sin moverme, chorros espesos y calientes llenándola, sintiendo cómo sus paredes me ordeñaban hasta la última gota. Se quedó sentada unos segundos, jadeando bajito, mi pene palpitante aún dentro, semen rebosando por sus muslos morenos.
Luego, con cuidado, se levantó, sacó mi polla con un sonido húmedo, y se vistió rápido: calzón arriba, pantalón, blusa. Agarró sus maletas del rincón y salió por la puerta, cerrándola suave. Al día siguiente, un mensaje: “Me fui de viaje en la madrugada, no te preocupes”.
Años después, con otras parejas, el sexo es predecible. Echo de menos ese morbo: fingir sueño, el riesgo de ser descubierto, su ebriedad liberando lo prohibido. Esa noche me marcó, un secreto que guardo con culpa y deseo. Y parte de mí aún fantasea con qué habría pasado si hubiera abierto los ojos, la hubiera agarrado y prolongado hasta el amanecer. Si eres mujer y has sentido ese rush de lo inesperado, escríbeme. Necesito desahogarme con alguien que capte el fuego oculto. Saludos a los que aún lo viven.
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