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La nueva puta del bully

El día que Marcos descubrió que el deseo puede ser más afilado que un cuchillo, estaba sudando en el gimnasio del instituto. No era el sudor del ejercicio, sino el miedo. Delante de él, como una torre de carne y testosterona maloliente, estaba Leo. El bully de siempre. El que le había robado el almuerzo, el que le había metido la cabeza en el váter, el que ahora lo miraba con una sonrisa que prometía dolor.

—¿Preparado para tu castigo, enclenque? —gruñó Leo, crujiendo los nudillos.

Pero Marcos ya no era Marcos. Al menos, no del todo.

La noche anterior, había encontrado un frasco de vidrio negro en el sótano de su abuela. Esencia de Lilit, decía la etiqueta. Para aquellos que desean ser deseados. Marcos, harto de ser débil, harto de ser invisible, había bebido el contenido sin pensar. Sabía a miel podrida y a promesas rotas.

Ahora, bajo la luz fluorescente del gimnasio, sintió el primer cambio. Un calor líquido le recorrió la columna, como si alguien le estuviera derritiendo los huesos para volver a moldearlos. Creció en lugares donde antes solo había ángulos. Sus hombros se redondearon, su cintura se estrechó, y su pecho… su pecho se hinchó hacia afuera en dos curvas perfectas que estiraron la tela de su camiseta.

Leo parpadeó. Su puño, que ya se balanceaba en el aire, se detuvo a medio camino.

—¿Qué coño…?

Marcos quiso hablar, pero su voz salió como un susurro de terciopelo, una nota alta y femenina que vibraba en el aire. Sus pantalones le quedaban holgados en las caderas, ahora anchas y suaves. El cabello le creció hasta la cintura, una cascada oscura que enmarcaba un rostro de pómulos altos y labios carnosos.

—¿Qué me has hecho? —preguntó Marcos, o más bien, Mara, porque ese nombre le llegó a la mente como un eco.

Leo no respondió. Solo sonrió. Una sonrisa diferente. No era la del matón que iba a partirle la cara, sino la del depredador que ha encontrado una presa nueva, más interesante.

—Joder… —murmuró Leo, acercándose—. Mira qué bien te ha quedado el cambio.

Mara intentó retroceder, pero sus nuevos tacones imaginarios —porque ahora sentía que debería llevarlos— la traicionaron. Leo la agarró por la muñeca. Su mano, grande y callosa, rodeaba completamente el brazo fino y suave de Mara.

—Suéltame —dijo ella, pero su voz sonaba a caricia, no a amenaza.

—No creo —respondió Leo, arrastrándola hacia los vestuarios vacíos.

La puerta de metal se cerró con un eco sordo. Olía a cloro y a sudor rancio. Leo la empujó contra los azulejos fríos. La espalda de Mara sintió el choque, pero su nuevo cuerpo respondió de una manera extraña: un escalofrío de placer recorrió su piel.

—¿Sabes qué? —dijo Leo, inclinándose sobre ella, su aliento caliente en el oído de Mara—. Siempre pensé que eras un pringado. Pero ahora… ahora eres un pringado con un cuerpo de puta. Y las putas pagan sus deudas.

Mara sintió la mano de Leo deslizarse bajo su camiseta, tocando la piel tersa de su vientre. Quiso gritar, quiso empujarlo, pero su cuerpo se arqueó hacia el contacto como una gata hambrienta. La esencia de Lilit no solo había cambiado su forma; había reescrito sus deseos.

—No… —jadeó, pero sus caderas se movieron solas, frotándose contra el muslo de Leo.

—Te gusta, ¿verdad? —rió Leo, bajándole los pantalones—. Te pasaste años escondiéndote, y ahora que tienes este cuerpazo, resulta que eres una zorra sumisa.

Mara negó con la cabeza, pero sus ojos estaban vidriosos, sus labios entreabiertos. Cuando Leo la giró y la puso de rodillas sobre el suelo mugriento del vestuario, ella no opuso resistencia. Las losetas frías se clavaban en sus rodillas, ahora suaves y redondeadas.

—Abre la boca —ordenó Leo, desabrochándose el cinturón.

Mara obedeció.

No porque quisiera. No porque tuviera miedo. Sino porque en algún lugar retorcido de su nueva identidad, necesitaba hacerlo. La humillación se había convertido en un idioma que su cuerpo entendía perfectamente.

Las manos de Leo se enredaron en su largo cabello, tirando de él con brusquedad. Mara gimió, y el sonido resonó en el vestuario vacío. Era un gemido de sumisión, de rendición total.

—Eres mi juguete ahora —susurró Leo, moviendo sus caderas con un ritmo cruel—. Mi muñeca sexual. ¿Entiendes?

Mara asintió, con lágrimas de humillación y deseo corriendo por sus mejillas. Su antiguo yo, el Marcos enclenque y asustado, gritaba desde algún rincón de su mente. Pero ese grito se ahogaba cada vez que Leo la llamaba "zorra", cada vez que la obligaba a arrodillarse más, cada vez que su cuerpo traicionaba su voluntad y respondía con oleadas de placer.

Cuando todo terminó, Mara yacía en el suelo, temblando. Su ropa estaba hecha un desastre, su maquillaje —que no llevaba puesto pero que ahora sentía como propio— corrido por las lágrimas. Leo se subió los pantalones y la miró desde arriba.

—Mañana, a la misma hora —dijo, dando una patada ligera a su cadera—. Y tráeme el desayuno.

Mara se quedó sola, escuchando los pasos de Leo alejarse. Se incorporó lentamente, mirándose las manos: delgadas, elegantes, con uñas largas y pintadas de rojo. Se tocó el rostro, sintió los labios hinchados, el cabello sedoso.

Debería sentir asco. Debería odiarlo.

Pero cuando sonrió frente al espejo roto del vestuario, vio en sus propios ojos un brillo nuevo. El brillo de quien ha descubierto que ser el juguete de alguien puede ser la forma más perversa de poder.

Después de todo, Lilit no prometía felicidad. Prometía ser deseada.

Y vaya si lo era.

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