Tenía 24 años en esa época, y ella unos 38, con esa diferencia que ya de por sí ponía todo más prohibido, más intenso. Llevábamos saliendo unos meses, pero nada serio: mensajes calientes a medianoche, fotos que se borraban solas, besos robados en el auto cuando la recogía después del trabajo. Era una mujer que imponía respeto solo con mirarte —ojos oscuros, penetrantes, de esos que te clavan y no te sueltan—, estatura media, cuerpo cuidado a pesar de tener dos hijos ya grandes y una vida complicada. Pechos pequeños pero firmes, siempre marcados bajo las blusas ajustadas, y unas piernas largas, torneadas, que se veían interminables cuando cruzaba una sobre la otra o caminaba con tacones. No era la típica chica de 20 que te vuelve loco por lo nuevo; era madura, sabía lo que quería y lo pedía sin rodeos, pero con una timidez escondida que me volvía loco.
Esa noche quedamos en ir a una fiesta de un amigo en común. Entre risas y copas, ella se pasó de la raya: ron con cola, shots de tequila, y esa risa ronca que se le escapaba cuando ya no controlaba del todo. Bailaba pegada a mí, sus caderas rozándome, sus manos subiendo por mi pecho, susurrándome al oído cosas que me ponían la piel de gallina. “No quiero ir a casa todavía”, me dijo cuando salimos tambaleando al estacionamiento. “Quiero quedarme cerca, amanecer aquí y luego irme tranquila”. Yo sabía lo que quería decir: no quería que su ex o sus hijos la vieran llegar a las tantas oliendo a fiesta y a deseo. En mi cabeza ya la tenía desnuda, abierta de piernas en una cama cualquiera, pero fingí dudar un rato para que el juego durara más. “Está bien, busquemos un sitio”, le dije, y arrancamos.
En el auto no paraba: me besaba el cuello, me metía la mano por dentro del pantalón, apretaba mi pene aún blando pero que empezaba a despertar con cada roce. Yo conducía con una mano en el volante y la otra en su muslo, subiendo despacio hasta rozar el borde de su falda. El morbo me comía vivo: quería saber hasta dónde llegaba ella cuando el alcohol le soltaba los frenos. Así que, cuando llegamos al motel barato que encontramos a dos cuadras de la fiesta —uno de esos con luces rojas en la entrada y habitaciones con espejos en el techo—, fingí que el trago me había pegado fuerte. “Me estoy mareando, solo quiero tirarme un rato”, le dije, tirándome en la cama boca arriba, ropa puesta, ojos entrecerrados. Ella se rio bajito, me dio un beso en la frente y se metió al baño.
Pasaron unos minutos eternos. Oí el agua correr, el sonido de telas cayendo al piso, y luego salió. La luz tenue del velador la iluminaba justo: un babydoll negro transparente que apenas le cubría los pechos pequeños, pezones ya duros marcándose como piedritas bajo la tela, y un hilo negro que se perdía entre sus nalgas perfectas, resaltando esas piernas largas que me volvían loco desde el primer día. Caminó despacio hacia la cama, pensando que dormía profundo. Se subió al colchón con cuidado, arrodillada a mi lado, y empezó a desabrocharme la camisa botón por botón, lenta, como si disfrutara del ritual. Luego el cinturón, el cierre del pantalón, bajando todo con paciencia hasta dejarme en bóxer. Sentí sus dedos tibios rozando mi piel, y mi pene empezó a endurecerse solo con eso, latiendo contra la tela.
No dijo nada. Solo se inclinó, bajó el bóxer lo justo y lo sacó con suavidad. Mi pene salió semierecto, pesado contra mi muslo. Lo tomó con una mano, cálida y firme, y lo acercó a su boca despacio. Primero solo un roce de labios en la cabeza, suave, exploratorio. Luego lo envolvió: calor húmedo, lengua lamiendo la punta en círculos lentos, saboreando la sal de mi piel. Subía y bajaba con los labios apretados, succionando suave al principio, luego más fuerte, haciendo que la cabeza rozara el fondo de su garganta. Nunca me habían hecho sexo oral así, con esa dedicación. Sentía cada detalle: sus labios estirándose alrededor de mi grosor, la lengua presionando la vena que palpitaba, la saliva chorreando por el tronco. Mi erección se puso completa en segundos, tiesa, venosa, latiendo en su boca. Ella gemía bajito, vibraciones que me recorrían entero.
Mientras me chupaba, su otra mano bajó entre sus piernas. Se abrió el babydoll por abajo, apartó el hilo y empezó a tocarse: dedos deslizándose por sus labios ya hinchados y mojados, abriéndose para que yo viera todo en la penumbra. Sus jugos brillaban, el olor a excitación femenina llenando el cuarto, mezclado con el ron que aún le quedaba en el aliento. Abría las piernas más, mostrándome su coño maduro, depilado, labios gruesos y rosados, clítoris hinchado que se frotaba en círculos. Yo seguí inmóvil, respirando controlado, pero por dentro ardía: el morbo de que ella creyera que dormía, de que me usara como si fuera su juguete secreto.
No aguanté más. Abrí los ojos de golpe, la agarré por las caderas y la volteé de espaldas en un movimiento rápido. Ella soltó un gritito de sorpresa mezclado con risa, pero no se resistió. Se puso en cuatro, culo en pompa, piernas abiertas. Bajé el hilo a un lado y guié mi pene erecto hacia su entrada. La cabeza rozó sus labios calientes, resbaladizos, y empujé despacio: sentí cómo me tragaba centímetro a centímetro, paredes calientes y viscosas envolviéndome, apretándome fuerte pero cediendo fácil por lo mojada que estaba. Entré hasta el fondo de un solo empujón suave, y ella arqueó la espalda, soltando un gemido ronco: “ayyy… sí…”.
Empecé a moverme lento al principio, disfrutando cada salida y entrada: su coño estrujándome, jugos chorreando por mis huevos, cayendo en gotas por sus muslos. Aceleré, agarrándola por las caderas, embistiéndola con fuerza pero controlada. Sus pechos pequeños rebotaban con cada golpe, pezones duros que pellizcaba cuando me inclinaba sobre ella. Gemía fuerte, sin vergüenza: “más… más duro…”, y yo obedecía, penetrándola profundo, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí en oleadas. La puse de lado, una pierna en alto, y seguí follándola así, viendo cómo sus jugos brillaban en mi tronco cada vez que salía. Luego la puse boca arriba, piernas sobre mis hombros, y la penetré hasta el fondo, viendo su cara de placer: ojos entrecerrados, boca abierta, gemidos que se volvían gritos ahogados cuando llegaba al orgasmo. Uno tras otro: su vagina convulsionando, apretándome como un puño caliente, chorros calientes empapándome.
Quería correrme dentro, llenarla como ella me pedía entre jadeos: “déjalo todo adentro… por favor…”. Pero el morbo me ganó. Me salí en el último segundo, me arrodillé sobre su pecho y le metí el pene en la boca. Ella lo tomó ansiosa, chupando fuerte, lengua lamiendo la cabeza hinchada. Me vine así: chorros espesos y calientes en su lengua, en su garganta. Tragó todo, mirándome con esos ojos penetrantes, lamiéndose los labios después, como si fuera lo más natural del mundo.
Se quedó un rato jadeando a mi lado, cuerpo sudoroso, babydoll arrugado, piernas temblando. Luego se acurrucó contra mí y se durmió. Al día siguiente se fue temprano, con un beso rápido y un “gracias por la noche”. Nunca hablamos mucho de eso después, pero cada vez que la veía cruzarse de piernas o sonreírme con esa mirada, recordaba todo: su boca caliente, su coño apretándome, sus gemidos sumisos. Fue una de esas noches que te marcan, donde fingir dormir te da el control total del morbo.
Si alguna vez has vivido algo así —fingir, dejar que te usen, o ser el que toma el mando cuando menos lo esperan—, escríbeme. Ese rush de lo prohibido y lo inesperado no se olvida fácil. Saludos a los que aún lo buscan.
Esa noche quedamos en ir a una fiesta de un amigo en común. Entre risas y copas, ella se pasó de la raya: ron con cola, shots de tequila, y esa risa ronca que se le escapaba cuando ya no controlaba del todo. Bailaba pegada a mí, sus caderas rozándome, sus manos subiendo por mi pecho, susurrándome al oído cosas que me ponían la piel de gallina. “No quiero ir a casa todavía”, me dijo cuando salimos tambaleando al estacionamiento. “Quiero quedarme cerca, amanecer aquí y luego irme tranquila”. Yo sabía lo que quería decir: no quería que su ex o sus hijos la vieran llegar a las tantas oliendo a fiesta y a deseo. En mi cabeza ya la tenía desnuda, abierta de piernas en una cama cualquiera, pero fingí dudar un rato para que el juego durara más. “Está bien, busquemos un sitio”, le dije, y arrancamos.
En el auto no paraba: me besaba el cuello, me metía la mano por dentro del pantalón, apretaba mi pene aún blando pero que empezaba a despertar con cada roce. Yo conducía con una mano en el volante y la otra en su muslo, subiendo despacio hasta rozar el borde de su falda. El morbo me comía vivo: quería saber hasta dónde llegaba ella cuando el alcohol le soltaba los frenos. Así que, cuando llegamos al motel barato que encontramos a dos cuadras de la fiesta —uno de esos con luces rojas en la entrada y habitaciones con espejos en el techo—, fingí que el trago me había pegado fuerte. “Me estoy mareando, solo quiero tirarme un rato”, le dije, tirándome en la cama boca arriba, ropa puesta, ojos entrecerrados. Ella se rio bajito, me dio un beso en la frente y se metió al baño.
Pasaron unos minutos eternos. Oí el agua correr, el sonido de telas cayendo al piso, y luego salió. La luz tenue del velador la iluminaba justo: un babydoll negro transparente que apenas le cubría los pechos pequeños, pezones ya duros marcándose como piedritas bajo la tela, y un hilo negro que se perdía entre sus nalgas perfectas, resaltando esas piernas largas que me volvían loco desde el primer día. Caminó despacio hacia la cama, pensando que dormía profundo. Se subió al colchón con cuidado, arrodillada a mi lado, y empezó a desabrocharme la camisa botón por botón, lenta, como si disfrutara del ritual. Luego el cinturón, el cierre del pantalón, bajando todo con paciencia hasta dejarme en bóxer. Sentí sus dedos tibios rozando mi piel, y mi pene empezó a endurecerse solo con eso, latiendo contra la tela.
No dijo nada. Solo se inclinó, bajó el bóxer lo justo y lo sacó con suavidad. Mi pene salió semierecto, pesado contra mi muslo. Lo tomó con una mano, cálida y firme, y lo acercó a su boca despacio. Primero solo un roce de labios en la cabeza, suave, exploratorio. Luego lo envolvió: calor húmedo, lengua lamiendo la punta en círculos lentos, saboreando la sal de mi piel. Subía y bajaba con los labios apretados, succionando suave al principio, luego más fuerte, haciendo que la cabeza rozara el fondo de su garganta. Nunca me habían hecho sexo oral así, con esa dedicación. Sentía cada detalle: sus labios estirándose alrededor de mi grosor, la lengua presionando la vena que palpitaba, la saliva chorreando por el tronco. Mi erección se puso completa en segundos, tiesa, venosa, latiendo en su boca. Ella gemía bajito, vibraciones que me recorrían entero.
Mientras me chupaba, su otra mano bajó entre sus piernas. Se abrió el babydoll por abajo, apartó el hilo y empezó a tocarse: dedos deslizándose por sus labios ya hinchados y mojados, abriéndose para que yo viera todo en la penumbra. Sus jugos brillaban, el olor a excitación femenina llenando el cuarto, mezclado con el ron que aún le quedaba en el aliento. Abría las piernas más, mostrándome su coño maduro, depilado, labios gruesos y rosados, clítoris hinchado que se frotaba en círculos. Yo seguí inmóvil, respirando controlado, pero por dentro ardía: el morbo de que ella creyera que dormía, de que me usara como si fuera su juguete secreto.
No aguanté más. Abrí los ojos de golpe, la agarré por las caderas y la volteé de espaldas en un movimiento rápido. Ella soltó un gritito de sorpresa mezclado con risa, pero no se resistió. Se puso en cuatro, culo en pompa, piernas abiertas. Bajé el hilo a un lado y guié mi pene erecto hacia su entrada. La cabeza rozó sus labios calientes, resbaladizos, y empujé despacio: sentí cómo me tragaba centímetro a centímetro, paredes calientes y viscosas envolviéndome, apretándome fuerte pero cediendo fácil por lo mojada que estaba. Entré hasta el fondo de un solo empujón suave, y ella arqueó la espalda, soltando un gemido ronco: “ayyy… sí…”.
Empecé a moverme lento al principio, disfrutando cada salida y entrada: su coño estrujándome, jugos chorreando por mis huevos, cayendo en gotas por sus muslos. Aceleré, agarrándola por las caderas, embistiéndola con fuerza pero controlada. Sus pechos pequeños rebotaban con cada golpe, pezones duros que pellizcaba cuando me inclinaba sobre ella. Gemía fuerte, sin vergüenza: “más… más duro…”, y yo obedecía, penetrándola profundo, sintiendo cómo se contraía alrededor de mí en oleadas. La puse de lado, una pierna en alto, y seguí follándola así, viendo cómo sus jugos brillaban en mi tronco cada vez que salía. Luego la puse boca arriba, piernas sobre mis hombros, y la penetré hasta el fondo, viendo su cara de placer: ojos entrecerrados, boca abierta, gemidos que se volvían gritos ahogados cuando llegaba al orgasmo. Uno tras otro: su vagina convulsionando, apretándome como un puño caliente, chorros calientes empapándome.
Quería correrme dentro, llenarla como ella me pedía entre jadeos: “déjalo todo adentro… por favor…”. Pero el morbo me ganó. Me salí en el último segundo, me arrodillé sobre su pecho y le metí el pene en la boca. Ella lo tomó ansiosa, chupando fuerte, lengua lamiendo la cabeza hinchada. Me vine así: chorros espesos y calientes en su lengua, en su garganta. Tragó todo, mirándome con esos ojos penetrantes, lamiéndose los labios después, como si fuera lo más natural del mundo.
Se quedó un rato jadeando a mi lado, cuerpo sudoroso, babydoll arrugado, piernas temblando. Luego se acurrucó contra mí y se durmió. Al día siguiente se fue temprano, con un beso rápido y un “gracias por la noche”. Nunca hablamos mucho de eso después, pero cada vez que la veía cruzarse de piernas o sonreírme con esa mirada, recordaba todo: su boca caliente, su coño apretándome, sus gemidos sumisos. Fue una de esas noches que te marcan, donde fingir dormir te da el control total del morbo.
Si alguna vez has vivido algo así —fingir, dejar que te usen, o ser el que toma el mando cuando menos lo esperan—, escríbeme. Ese rush de lo prohibido y lo inesperado no se olvida fácil. Saludos a los que aún lo buscan.
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