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Relato cornudo: el viejo don gilberto

Relato cornudo: el viejo don gilberto


Soy un hombre de 57 años, curtido por el trabajo y por la vida, con las manos ásperas de tanto agarrar tubos y herramientas, pero con una polla gruesa, venosa y larga que todavía se levanta como un mástil cuando huele a hembra en celo. Divorciado, libre, sin que nadie me espere en casa… y con un sobrino de 18 años, Marquitos, que me ayuda en el negocio y que también empieza a oler a macho joven.
Todo empezó con ese mensaje de WhatsApp de Fernando. Un tipo de unos 35 años, geólogo, de esos que saben de piedras y tierra pero no distinguen un martillo de una llave inglesa. Me cayó bien desde el principio: educado, bien vestido, pero con esa cara de hombre moderno que no tiene ni idea de cómo se suda de verdad. Quería remodelar su casa entera: mover tuberías, cambiar instalaciones eléctricas, albañilería… un trabajo de una semana completa. Perfecto para mí.
Llegué con Marquitos y la primera vez que vi a Magaly… carajo, se me paró al instante. Una mujeron blanquita, cabello teñido de pelirrojo intenso que le caía sobre los hombros, ojos claros que parecían brillar con picardía, tetas enormes que se movían pesadas bajo la blusa y un culo… ¡ese culo, Dios mío! Redondo, grande, carnoso, de esos que se menean como gelatina cuando camina. Curvilínea total, con caderas anchas y muslos gruesos. Las mujeres así son mi perdición absoluta. Me vuelven animal.
—Bienvenidos, Don Gilberto —me dijo ella con una sonrisa que ya tenía algo de puta escondida—. Fernando me habló mucho de usted.
Fernando nos presentó y ella nos invitó limonada fresca y unos sandwiches. Mientras trabajábamos, yo no podía dejar de mirarla. Cada vez que pasaba cerca, mi mirada se clavaba en ese culote que parecía hecho para ser agarrado con fuerza por detrás. Marquitos también se le iban los ojos. El chamaco disimulaba, pero yo lo conocía: se le marcaba el bulto en el pantalón cuando ella se agachaba a recoger algo.
Los primeros días fueron normales. Yo sudando, cortando tubería, instalando cables, y ella apareciendo de vez en cuando con ropa cada vez más provocadora. Fernando se iba temprano por su trabajo y nos dejaba solos en la casa casi todo el día.
Y entonces llegó ese día clave.
Marquitos tuvo que irse temprano por un asunto familiar. Me quedé solo. Eran las tres de la tarde y el calor era infernal. Magaly bajó del segundo piso vestida con ropa de gimnasio que parecía pintada en su cuerpo: leggings negros super ajustados y un top deportivo que apenas contenía sus tetazas. Estaba sudada, con el pelo pegado al cuello, y las mallas se le metían profundamente entre las nalgas y marcaban de forma escandalosa el contorno de su coño. Se le notaba el camel toe perfecto, hinchado, jugoso. Me volví loco por dentro.
Yo estaba de rodillas, cortando una tubería en el piso de la sala, cuando ella se plantó frente a mí, de pie, con las piernas ligeramente abiertas.
—Oiga, Don Gilberto… ¿y tiene esposa? —preguntó de repente, con voz suave pero cargada.
Levanté la mirada y me encontré directamente con esa entrepierna marcada. Tragué saliva.
—No, patrona. Hace años que me divorcié.
Ella sonrió, mordiéndose ligeramente el labio inferior.
—¿Y cómo le hace entonces para… ya sabe? —soltó una risita traviesa—. Para desahogarse… Jejeje.
La pregunta fue tan directa que me tomó por sorpresa. Sentí cómo mi verga gruesa empezaba a engordar dentro del pantalón. Esa mujer me estaba provocando descaradamente.
—Pues… me las arreglo bien, patrona —respondí con voz ronca, sin dejar de mirarla—. Uno ya tiene sus mañas.
Magaly soltó una carcajada baja y sensual.
—Qué bien… Entonces nadie lo espera en la casa, ¿verdad? Nadie que lo cele.
—Nadie. Soy libre al cien por ciento —contesté, y mi mirada bajó sin disimulo a sus tetas sudadas, que subían y bajaban con su respiración.
Platicamos un rato más sobre la remodelación, pero el aire estaba cargado de electricidad. Ella se contoneaba al hablar, haciendo que ese culón redondo se moviera hipnóticamente. Cuando se dio la vuelta para irse hacia la cocina, el legging se le había metido completamente entre las nalgas, marcando cada curva. Caminaba lento, sabiendo que yo la estaba comiendo con los ojos.
Desde ese día todo cambió. Magaly empezó a buscarme más seguido. Aparecía “por casualidad” cuando Fernando no estaba, siempre con ropa que dejaba poco a la imaginación: shorts cortos que se le subían hasta mostrar la parte baja de sus nalgas, blusas escotadas donde se asomaba el encaje de sus brasieres, o simplemente en bata ligera por las mañanas. Me hacía preguntas cada vez más personales y atrevidas:
—Don Gil, ¿es verdad que los hombres mayores tienen más experiencia y saben complacer mejor?
—¿Le gustan las mujeres con mucho culo, Don Gilberto? He visto cómo me mira…
Yo respondía con sonrisas pícaras, sin pasarme del todo, pero dejando claro que estaba más que interesado. Marquitos también notaba el juego. Un día me dijo bajito:
—Tío, la señora Magaly te quiere comer… y a mí también me calienta la muy cabrona.
Fernando, el pobre, seguía ajeno. Llegaba cansado de su trabajo, me pagaba puntualmente y trataba a Magaly con cariño, pero se notaba que en el sexo no le daba lo que ella necesitaba. Ella necesitaba carne de verdad. Carne madura, gruesa y experimentada.
Una tarde, mientras yo estaba subido en una escalera instalando un foco, Magaly se paró justo debajo, mirándome desde abajo. Mi pantalón estaba a la altura de su cara.
—Don Gilberto… se le ve que es usted un hombre muy… grande —dijo mirando directamente el bulto que se me marcaba.
Sentí que la verga me palpitaba. Bajé lentamente y me quedé frente a ella, casi rozándola. El olor de su perfume mezclado con sudor femenino me estaba volviendo loco.

el ultimo dia de trabajo ….
Marquitos se fue temprano, todo contento porque iba a salir con su novia. Yo me quedé terminando los últimos detalles, sudado, con la camiseta pegada al cuerpo y las manos sucias de trabajo. Cuando por fin acabé, les avisé a Fernando y Magaly que todo estaba listo. Les pasé la cuenta total. Pagaron sin chistar, en efectivo, y luego los dos, ya con unas cervezas encima, me miraron sonrientes.
—Quédese a tomar unas cervezas con nosotros, Don Gilberto. Para festejar que quedó todo chingón —me dijo Fernando, ya con las mejillas coloradas.
Magaly me miró con esos ojos claros y una sonrisa que prometía travesuras. Acepté. Tenía la garganta seca y, la verdad, no quería irme todavía. El culote de esa mujer me tenía embrujado.
Nos sentamos en la sala nueva. Las cervezas empezaron a correr. Una, dos, tres… El alcohol hacía su trabajo. Yo estaba relajado, riendo con ellos, pero mi mirada no dejaba de caer en las tetazas de Magaly, que se movían pesadas cada vez que se reía, apenas contenidas por un top escotado color negro. Fernando estaba muy animado, casi eufórico.
En un momento quise irme, pero me sirvieron otra más.
Y entonces Fernando, ya bastante pasado, soltó la primera bomba cuando Magaly fue al baño:
—Qué te parece, Gil… ¿mi mujer? —me preguntó con una sonrisa ebria—. Está bien buena, ¿verdad?
Me quedé un segundo callado, sorprendido por la pregunta tan directa.
—Pues… sí, patrón. Es una mujer con mucha clase —respondí, tratando de ser correcto.
Pero Fernando ya venía suelto. Se acercó un poco más y bajó la voz con un tono pervertido:
—Clase… y unas tetas y un culo increíbles, ¿no? ¡Mírala, cabrón! Ese culo es para partirlo en dos.
Me reí nervioso, pero mi verga gruesa dio un salto dentro del pantalón. Bebí un trago largo. Él siguió, con los ojos brillantes:
—Me encantaría ver cómo se ve ella follando con otro… bien duro, bien cerdo. Que la hagan gritar.
Solté una carcajada fuerte, medio apenado, medio excitado.
—¡Qué cosas dices, Fernando!
Justo en ese momento regresó Magaly. Se sentó entre los dos, cruzando sus piernas gruesas y carnosas. Preguntó riendo:
—¿De qué se reían tanto, eh?
Fernando levantó su cerveza con una sonrisa maquiavélica:
—Brindábamos, amor… ¡por tu delicioso cuerpo!
Los tres levantamos las botellas y bebimos. Magaly se rio con ganas, pero sus ojos se clavaron en mí un segundo más de lo normal.
Un rato después fui yo al baño. Cuando regresé, los vi susurrando cerca, muy juntos, riéndose bajito. Me sentí un poco fuera de lugar, pero el morbo me mantenía clavado ahí. Esa mujer me tenía loco.
Fernando se levantó para ir al baño. Magaly y yo nos quedamos solos.
El ambiente cambió de inmediato. Ella se inclinó hacia adelante, dejando que sus enormes tetas se apretaran y casi se salieran del top. Me miró con descaro.
—Don Gil… ¿me pasas un hielo, por favor?
Se lo di. Ella, sin vergüenza alguna, lo tomó y lo pasó lentamente por su escote, metiéndolo entre sus pechos sudados. El hielo se derritió rápido sobre su piel caliente, dejando un camino brillante de agua que bajaba por su canalillo. Soltó un gemidito suave.
—Hace mucho calor… ¿no crees? —ronroneó.
Yo solo asentí, con la garganta seca y la verga ya medio dura. Entonces ella se acercó más, bajando la voz hasta convertirla en un susurro caliente y cargado de lujuria:
—Oye, Gil… ¿sabes lo que es el cuckold?
Me quedé mirándola fijamente. Su cara estaba cerca, podía oler su perfume mezclado con cerveza y ese olor natural de hembra excitada. Sus labios carnosos esperaban mi respuesta.
Tragué saliva, sintiendo cómo mi polla gruesa y madura se hinchaba completamente dentro del pantalón.
—Algo he oído… —respondí con voz ronca—. Es cuando un hombre disfruta viendo a su mujer con otro, ¿no? Viéndola que la cojan rico… mientras él solo mira.
Magaly sonrió con malicia, mordiéndose el labio inferior. Pasó otro cubito de hielo por su escote, esta vez más lento, y dejó que una gota corriera hasta perderse entre sus tetas.
—Exacto… —susurró—. A Fernando le encanta fantasear con eso. Le pone muy caliente imaginarme siendo follada por otro hombre… por un hombre de verdad. Maduro. Experimentado. Con una verga grande y gruesa.
Sus ojos bajaron sin disimulo a mi entrepierna, donde se marcaba claramente el bulto de mi enorme verga.
En ese momento escuchamos que Fernando regresaba del baño.
Magaly solo me guiñó un ojo y se recostó de nuevo en el sillón, abriendo un poco más las piernas, dejando que el short se le subiera y marcara la carne suave de sus muslos.


. Yo crucé las piernas disimuladamente porque mi verga ya estaba completamente dura, gruesa, marcándose como un tubo dentro del pantalón de trabajo.
Fernando llegó con otra ronda de cervezas frías. Se veía más ebrio, más suelto, con los ojos brillantes de pura lujuria.
—¿De qué hablaban mis dos favoritos? —preguntó sentándose justo al lado de su mujer, pasando un brazo por encima de sus hombros y apretándole una teta sin disimulo.
—Le estaba preguntando a Don Gilberto si sabía lo que es el cuckold —respondió Magaly con total naturalidad, como si hablara del clima.
Fernando soltó una carcajada fuerte y me miró directamente.
—¿Y qué opinas, Gil? ¿Te parece una puta locura o te calienta la idea?
Bebí un trago largo de cerveza para ganar tiempo. El corazón me latía fuerte. Sentía la adrenalina y el morbo recorriéndome el cuerpo.
—La verdad… nunca lo había vivido —admití con honestidad—. Pero sí me parece excitante. Ver a una mujer tan hermosa como Magaly siendo disfrutada… bien cogida… eso tiene su morbo.
Fernando se puso serio de repente, aunque seguía sonriendo. Su mano bajó hasta el muslo grueso de su mujer y lo apretó.
—Magaly necesita verga de verdad, Gil. Yo la quiero con todo mi corazón, pero… en la cama no doy la talla como ella merece. Tiene un coño muy caliente, muy jugoso… y un culo que pide verga gruesa. Yo fantaseo con verla siendo reventada por un hombre como tú.
Magaly se rio bajito, claramente excitada por las palabras de su marido. Se removió en el sillón y separó ligeramente las piernas. El short se le metió entre los labios del coño, marcando claramente la rajita hinchada.
Yo ya no podía disimular. Mi verga palpitaba, dura como piedra, pidiendo salir.
Fernando siguió hablando, cada vez más explícito:
—Imagínate, Gil… tú con esas manos grandes y ásperas agarrando esas tetazas mientras la follas por detrás. Yo sentado ahí, viendo cómo tu verga gruesa entra y sale de su coño, cómo le abres el culo… y ella gritando como la puta que es en el fondo.
Magaly soltó un gemidito suave al escuchar a su marido. Se veía que estaba mojada. Tenía las mejillas rojas y respiraba más rápido.
—¿Y tú, patrona? —le pregunté mirándola a los ojos—. ¿Te gustaría eso?
Ella no contestó con palabras. Solo sonrió, se levantó lentamente y se sentó entre los dos en el sillón más grande, quedando literalmente apretada contra mí. Su muslo caliente rozaba mi pierna. Luego tomó mi mano y, sin pedir permiso, la puso sobre su muslo derecho, muy arriba.
—Hace mucho calor… ¿no, Don Gil? —ronroneó.
Fernando nos observaba con la respiración agitada. Se tocó discretamente el bulto de su pantalón, que era notablemente más pequeño que el mío.
La noche avanzó. Seguimos bebiendo. Las palabras se volvieron más sucias. Fernando le ordenó a Magaly que se quitara el top. Ella obedeció despacio, revelando un brasier negro de encaje que apenas contenía sus tetas enormes, pesadas, con areolas grandes y rosadas. Me miró y me preguntó:
—¿Quieres tocarlas, Gil?
Fernando asintió con la cabeza, casi temblando de excitación.
Puse mis manos callosas de plomero sobre esas tetazas. Estaban calientes, suaves y pesadas. Las apreté con fuerza, sintiendo cómo se desbordaban entre mis dedos. Magaly gimió bajito cuando pellizqué sus pezones duros.
—Así, Don Gil… apriétalas fuerte —susurró.
Fernando se bajó el cierre del pantalón y empezó a pajearse lentamente mientras nos miraba. Su verga era normalita, nada del otro mundo. La mía, en cambio, amenazaba con reventar la tela.
Magaly giró su cara hacia mí. Sus labios estaban entreabiertos. Me miró con ojos de puta en celo y murmuró:
—¿Quieres que te la chupe, Don Gilberto? Mi marido quiere ver cómo me atraganto con una verga de verdad…


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Magaly se arrodilló frente a mí sin esperar más. Fernando se acomodó en el sillón de enfrente, con los ojos bien abiertos, la respiración agitada y la verga pequeña en la mano, pajéandose despacio. El pobre cabrón estaba temblando de pura excitación.
—Quiero ver cómo se la chupas, amor… —murmuró Fernando con voz quebrada—. Chúpale bien rico a Don Gil.
Magaly me bajó el cierre del pantalón con dedos ansiosos. Cuando liberé mi verga, gruesa, venosa, larga y pesada, ella soltó un gemido de sorpresa y placer. Mi polla madura saltó hacia afuera, gruesa como su muñeca, con la cabeza morada e hinchada, brillando ya con una gota de precum.
—Madre mía… qué verga tan grande y gruesa —susurró Magaly, mirándola con adoración—. Mucho más grande que la tuya, mi amor.
Fernando gimió al escuchar eso y se pajeó más rápido.
Ella no perdió tiempo. Sacó la lengua rosada y empezó a lamerme desde los huevos pesados y peludos hasta la punta, saboreándome como si fuera un helado. Pasaba la lengua plana, caliente y húmeda, dejando rastros de saliva brillante. Luego abrió su boca carnosa y se metió la cabeza. Sus labios se estiraron al máximo alrededor de mi grosor.
—Así… trágatela entera, puta —gruñí yo, poniendo mi mano grande sobre su cabeza pelirroja.
Magaly bajó más, tragando casi la mitad de mi verga. Se le llenaron los ojos de lágrimas, pero no se detuvo. Empezó a chupar con ganas, haciendo ruidos húmedos y obscenos: glup… glup… glup. Su saliva corría por mi tronco, bajando hasta mis huevos. Yo la agarré del cabello y empecé a follarle la boca con movimientos lentos pero profundos, sintiendo cómo su garganta se contraía alrededor de mi polla.
Fernando jadeaba:
—Así, Don Gil… follale la boca. Mi mujer es una puta garganta profunda…
Magaly gemía alrededor de mi verga, vibrando deliciosamente. De vez en cuando la sacaba para respirar, escupía saliva gruesa sobre mi polla y la masturbaba con las dos manos mientras me miraba a los ojos.
—Quiero que me cojas, Don Gilberto… —suplicó con voz ronca—. Quiero sentir esta verga gruesa abriéndome el coño.
Me levanté, la tomé de la cintura y la puse a cuatro patas sobre la alfombra nueva de la sala. Le bajé el short y la tanga de un tirón. Su culo enorme, blanco y redondo quedó expuesto, con la rajita del coño ya hinchada, roja y chorreando hilos de jugo transparente. Fernando se cambió de lugar para ver mejor.
Me arrodillé detrás de ella, escupí sobre su coño y froté mi verga gruesa entre sus nalgas. Magaly gemía y empujaba hacia atrás.
—Dámela… métemela toda, por favor…
Empujé. La cabeza gruesa de mi verga abrió sus labios y entró con fuerza. Magaly soltó un grito largo y gutural cuando la penetré hasta el fondo. Su coño estaba caliente, apretado y empapado. Sentí cómo sus paredes se estiraban al máximo alrededor de mi grosor.
—¡Ay, Dios! ¡Qué verga tan grande! Me estás partiendo… —gritó ella.
Empecé a follarla con golpes fuertes y profundos. Mis huevos pesados chocaban contra su clítoris con cada embestida. El sonido de carne contra carne llenaba la sala: plaf… plaf… plaf… Su culo enorme se sacudía como gelatina con cada golpe. Yo la agarraba fuerte de las caderas, clavándole los dedos.
Fernando se había acercado más, casi al lado de nosotros, pajeándose frenéticamente.
—Así… rómpela, Don Gil. Cógela como la puta que es.
Magaly gritaba de placer con cada embestida. Su coño chorreaba, mojándome los huevos y los muslos.
—Cámbiame al culo… —suplicó de repente—. Quiero que me des por el culo.
Saqué mi verga brillante de su coño y la coloqué en su ano fruncido. Escupí abundantemente y empujé. Su culo cedió poco a poco, tragándose mi grosor centímetro a centímetro. Magaly soltó un gemido largo y animal cuando la penetré completamente por el culo.
—¡Síííí! ¡Me estás rompiendo el culo, Don Gil!
La follé por el culo con fuerza, alternando entre coño y ano. La hacía cambiar de posición: la monté de lado, la puse arriba para que rebotara sobre mi verga mientras Fernando miraba desde abajo, viendo cómo mi polla entraba y salía de su mujer. Le chupé y mordí las tetas enormes, dejando marcas rojas en su piel blanca. La agarré del cabello y la follé como un animal mientras ella gritaba mi nombre.
—Don Gilberto… ¡me vengo! ¡Me vengo con tu verga!
Su coño se contrajo violentamente alrededor de mi polla cuando se corrió. Chorros de jugo le salían, mojando todo. Fernando no aguantó más y se corrió en su mano, gimiendo como un perro.
Yo seguí follándola sin piedad. La puse de nuevo a cuatro patas y, después de varios minutos más de embestidas brutales, sentí que llegaba mi orgasmo. Saqué mi verga y le descargué chorros gruesos y calientes de leche sobre el culo y la espalda. Le llené las nalgas de semen espeso que chorreaba por su rajita.
Magaly se quedó temblando, exhausta, con la cara contra el piso y el culo en alto, lleno de mi leche.
Fernando se acercó y, como buen cuckold, empezó a lamer mi semen de las nalgas de su mujer.

terminamos rendidos sudados y extaciados ..
tomamos una cerveza mas y con pocas palabras me retire del lugar .. me dio la impresion de que tal vez el sentimiento de culpa los invadio , pero yo sali victorioso del lugar
esa fue la primera vez que conoci una pareja cuckold y donde me fui adentrando en ese ambiente de sexo

continuaraaa…….

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