La habitación de Angel estaba a oscuras, iluminada únicamente por el brillo de la pantalla de su laptop. A sus 20 años, siempre se había sentido fuera de lugar; su piel excesivamente suave, sus caderas anchas, sus muslos gruesos y el diminuto tamaño de su pene lo hacían sentir diferente a los demás chicos. Sin embargo, desde hacía un tiempo, esa inseguridad había comenzado a transformarse al descubrir el mundo de la pornografia femboy y sissy. Se sentía cada vez más atraído por la idea de verse igual de femenino que aquellos debiles y pateticos mariquitas que veia en internet y la idea de imaginarse siendo dominado y poseido por un macho mas grande y viril que el lo ponia cada vez mas caliente y nervioso.
Con las manos sudorosas y en la privacidad de su habitacion, entró a una página de chats anónimos que llevaba semanas visitando. Tomó aire y publicó un breve anuncio: "Busco macho de planta que me entrene, soy putito primerizo".
Casi de inmediato comenzaron a llegar mensajes. Angel los abría uno por uno, pero todos le parecían vulgares, aburridos o desesperados. Estaba a punto de cerrar la pestaña, decepcionado, cuando un mensaje nuevo llamó su atención. El perfil pertenecía a Damián, de 28 años. No había ningún saludo inicial, solo una orden:
"Muéstrame qué tienes. Mándame fotos de tu culo y de tu cuerpo para verte bien."
El tono tan autoritario lo puso caliente de inmediato. Temblando ligeramente, tomó su celular, se tomó un par de fotos frente al espejo inclinandose y entangandose el boxer de nene para resaltar la redondez de sus caderas y su culo y su figura delicada, se las envió. Los minutos de espera se sintieron eternos. Finalmente, la burbuja de chat de Damián volvió a aparecer:
"Estoy buscando un nene sumiso al que pueda entrenar y convertir en mi perrita marica y sumisa. Tienes un cuerpo perfecto para eso... eres una nenita preciosa."
Angel soltó un pequeño jadeo en la soledad de su cuarto. Una corriente eléctrica le recorrió la espalda y sintió un nudo apretado en el estómago, una mezcla abrumadora de nervios, vulnerabilidad y una profunda excitación. Nadie le había hablado nunca con tanta seguridad y dominio.
Sus dedos temblaban sobre el teclado de su celular. Escribió, borró y volvió a escribir, hasta que finalmente envió un mensaje corto pero cargado de anhelo: "Quiero serlo. Quiero que me entrenes."
La respuesta de Damián llegó marcando aún más su territorio y autoridad.
"Esa es la actitud que busco putita. Pero las palabras no me bastan, quiero ver qué tan obediente eres. Mándame una foto donde me enseñes bien ese trasero. Y acompáñala con un audio. Quiero escucharte decirme 'papi'."
A Angel le dio un vuelco el corazón. El rostro le ardía y la respiración se le volvió pesada. La vergüenza luchaba contra una excitación abrumadora, pero la calentura ganó. Se giró frente al espejo, arqueando ligeramente la espalda para resaltar la curva de sus caderas y la redondez de su trasero y se quito el boxer dejando al descubierto sus enormes y redondas nalgas blancas lechosas, y tomó la foto. Después, acercó el micrófono a sus labios. Con la garganta seca y un hilo de voz tembloroso, grabó: "Aquí tienes... papi."
El silencio que siguió fue una tortura deliciosa, hasta que Damián respondió.
"Preciosa mi nenita. Eres exactamente lo que necesito. Quiero verte en persona, quiero conocerte hoy mismo. Y recuerda, a partir de ahora, así me llamas. ¿Estás libre?"
"Sí, papi", tecleó Milo de inmediato, sintiendo que un calor intenso se acumulaba en su bajo vientre.
"Perfecto. Son las 6:00 pm. Te quiero a las 7:30 pm en Plaza Litoral. Ve directo a los baños de la zona de comida, a esta hora casi siempre están solos. Entra y quédate de pie frente a los espejos de los lavamanos. Y una última orden: no lleves ropa interior. Quiero que vayas totalmente libre por debajo. ¿Entendido?"
La mente de Angel se nubló. La idea de salir a una plaza pública acatando una orden tan íntima y perversa lo empujó al límite de sus nervios. Se llevó el teléfono a los labios, apretando los muslos entre sí mientras la humedad del sudor frío le recorría la nuca, y grabó su respuesta: "Sí, papi. Ahí estaré."
Se levantó de un salto y fue directo a su ropa. Buscó algo que cumpliera el propósito: se puso un pans negro bastante ajustado que abrazaba y marcaba a la perfección el volumen de sus muslos y su trasero, combinándolo con una playera gris holgada que disimulaba su torso.
Tal como se le ordenó, no se puso nada debajo. Al salir de su cuarto y caminar hacia la calle, cada paso era una sacudida eléctrica. El roce constante y directo de la tela del pans contra su piel desnuda y su pequeña hombría lo mantenía en un estado de hipersensibilidad. El trayecto hacia la plaza se convirtió en un recordatorio constante de su sumisión; cada roce, cada punzada de nervios, lo hacía sentir más pequeño, más femenino y más caliente, contando los minutos para encontrarse con su "papi".
Entró a los baños y, obedeciendo ciegamente, se paró frente a los espejos de los lavamanos. El silencio del lugar solo era roto por su respiración agitada. Estaba muerto de los nervios, temblando cada vez que creía escuchar pasos afuera, aterrorizado y a la vez profundamente excitado por la vulnerabilidad de la situación.
La puerta se abrió. Un hombre alto, de mirada pesada y segura, entró y le puso seguro a la puerta. Damián sonrió de inmediato al reconocer la silueta de Angel. Con pasos lentos, se colocó justo detrás de él, acorralándolo contra el lavabo.
—Hola, perrita —susurró Damián con voz ronca directo en su oído.
Al instante, sus manos grandes y firmes comenzaron a manosear las caderas, el trasero y los muslos de Angel por encima del pans, amasando con fuerza. mientras que el cerró los ojos, soltando un gemido ahogado.
—Vamos a verificar si de verdad hiciste lo que tu papi te ordenó... —murmuró Damián.
Deslizó su mano sin dudarlo por debajo del elástico del pans. Al sentir la piel desnuda y suave, su sonrisa se ensanchó. Complacido por la sumisión, tiró del pans hacia abajo hasta dejarlo en las rodillas de Angel, exponiendo su trasero redondo al aire frío del baño. Sin previo aviso, le dio una nalgada seca y sonora que resonó en el lugar, haciendo que arqueara la espalda con un jadeo.
—Muy bien. Ahora escúchame bien, porque estas son las reglas que seguirás como mi nenita —ordenó Damián, apretando con fuerza la marca roja que le acababa de dejar—. Primera: me perteneces. A mí y solo a mí. Nada de buscarte otros machos ni noviecitas. Segunda: me vas a obedecer en absolutamente todo, sin chistar, de desobedecerme te castigare como yo considere pertinente. Tercera: todos los días llevarás puesta la ropa interior que yo te dicte. Y cuarta: para ti, siempre seré "papi", no me importa si estamos en publico o en privado, tienes prohibido referirte a mi de otra forma. ¿Entendido?
El escozor de la nalgada no hizo más que avivar el fuego que quemaba en el bajo vientre de Angel y su excitacion. Su respiración era entrecortada, casi un sollozo ahogado por la intensa oleada de sensaciones que lo bombardeaba. Toda su vida había odiado sus muslos gruesos, sus caderas anchas y su fragilidad, pero ahora, acorralado contra el lavabo, expuesto y dominado de una forma tan cruda, todo tenía un sentido perversamente perfecto.
Esa faceta oculta que apenas estaba descubriendo explotó en su interior, derribando cualquier barrera de vergüenza. Ya no quería intentar ser un "hombre beta"; quería ser exactamente lo que Damián le estaba ordenando ser. Entregar el control a su papi lo hacía sentir extrañamente seguro, protegido y más caliente que nunca.
—Sí... sí, papi —jadeó Angel con la voz temblorosa pero cargada de una devoción y desesperación evidentes—. Entendido... Lo prometo, papi. Seré tuya. Seré una buena nenita para ti. Solo tuya.
Sin importarle la vulnerabilidad de estar con los pantalones bajados hasta las rodillas en un baño público, Angel se dejó tragar por esa sumisión. Instintivamente, arqueó un poco más la espalda, empujando su redondo trasero hacia atrás para buscar el contacto con el cuerpo de su amo, anhelando más de ese tacto firme, rudo y posesivo. Nunca en sus veinte años se había sentido tan validado y tan bien consigo mismo.
Damián soltó una risa baja y ronca al notar la completa rendición del chico. Sus manos volvieron a aferrarse a las caderas de Milo, sus pulgares hundiéndose en la suave piel de su cintura.
—Me encanta lo desesperada y obediente que te pones —susurró Damián, acercándose para morderle suavemente el lóbulo de la oreja, lo que le arrancó a Angel un gemido lastimero—. Sabía que ese cuerpo estaba hecho para servirme. Vas a disfrutar mucho de tu entrenamiento.
Angel cerró los ojos, sintiendo que las piernas casi no lo sostenían. Sus manos se aferraron a los bordes del lavabo para no caer. —Lo haré, papi... por favor, enséñame —suplicó en un susurro, completamente ahogado en la calentura y en el profundo placer de ser, por fin, dominado tal y como siempre había necesitado.
—Dame tu celular. Desbloqueado —ordenó Damián, extendiendo la mano libre mientras la otra seguía descansando posesivamente sobre la cadera desnuda de Angel.
El tragó saliva. Con las manos temblando, alcanzó el bolsillo de su pans, que seguía arrugado a la altura de sus rodillas, desbloqueó el aparato y se lo entregó sin dudar.
Damián levantó el teléfono frente a ellos, apuntando al gran espejo del baño. La imagen que devolvía la pantalla era cruda y perfecta: Damián, alto, vestido con ropa oscura y proyectando un control como un verdadero mscho; y frente a él, Angel, encorvado, completamente vulnerable, con la ropa bajada y su trasero redondo y pálido expuesto bajo la luz blanca del lugar y su micropene de apenas cinco centimetros en un patetico intento de ereccion.
De pronto, la mano grande de Damián bajó y agarró con fuerza uno de los glúteos de su nueva puta, apretando la carne con autoridad. Damián se inclinó, rozando con sus labios la oreja del chico.
—Sonríe, zorrita —susurró con un tono burlón, oscuro y perverso.
Angel soltó un jadeo, su rostro ardió en un rubor intenso, y el flash del celular iluminó el baño. Damián soltó una risa baja y comenzó a manipular el teléfono frente a la mirada expectante y sumisa del chico.
—Listo. Acabo de poner esta foto como tu fondo de pantalla y de bloqueo —sentenció Damián, girando la pantalla para mostrarle el resultado. Ver su propia vulnerabilidad ahí plasmada hizo que el estómago de Milo diera un vuelco—. Te prohíbo quitarla. Si alguna vez reviso tu teléfono y la has cambiado, el castigo que te daré te dejará sin poder sentarte durante una semana. Además, ya guardé mi número.
Le devolvió el celular. Angel miró la pantalla temblando; en sus contactos ahora brillaba un nombre nuevo: Papi ❤️.
—Súbete la ropa y sígueme —ordenó Damián, dándole una última y sonora nalgada antes de apartarse y quitarle el seguro a la puerta.
Angel obedeció torpemente, subiéndose el pans. Al hacerlo sin ropa interior, el roce de la tela volvió a electrizar su pequeña hombría, que goteaba de pura excitación. Salieron del baño. Damián caminaba con paso firme y seguro, y Angel lo seguía apenas medio paso atrás, con la mirada baja, el corazón latiendo a mil por hora y sintiéndose como la mascota de aquel hombre.
Con las manos sudorosas y en la privacidad de su habitacion, entró a una página de chats anónimos que llevaba semanas visitando. Tomó aire y publicó un breve anuncio: "Busco macho de planta que me entrene, soy putito primerizo".
Casi de inmediato comenzaron a llegar mensajes. Angel los abría uno por uno, pero todos le parecían vulgares, aburridos o desesperados. Estaba a punto de cerrar la pestaña, decepcionado, cuando un mensaje nuevo llamó su atención. El perfil pertenecía a Damián, de 28 años. No había ningún saludo inicial, solo una orden:
"Muéstrame qué tienes. Mándame fotos de tu culo y de tu cuerpo para verte bien."
El tono tan autoritario lo puso caliente de inmediato. Temblando ligeramente, tomó su celular, se tomó un par de fotos frente al espejo inclinandose y entangandose el boxer de nene para resaltar la redondez de sus caderas y su culo y su figura delicada, se las envió. Los minutos de espera se sintieron eternos. Finalmente, la burbuja de chat de Damián volvió a aparecer:
"Estoy buscando un nene sumiso al que pueda entrenar y convertir en mi perrita marica y sumisa. Tienes un cuerpo perfecto para eso... eres una nenita preciosa."
Angel soltó un pequeño jadeo en la soledad de su cuarto. Una corriente eléctrica le recorrió la espalda y sintió un nudo apretado en el estómago, una mezcla abrumadora de nervios, vulnerabilidad y una profunda excitación. Nadie le había hablado nunca con tanta seguridad y dominio.
Sus dedos temblaban sobre el teclado de su celular. Escribió, borró y volvió a escribir, hasta que finalmente envió un mensaje corto pero cargado de anhelo: "Quiero serlo. Quiero que me entrenes."
La respuesta de Damián llegó marcando aún más su territorio y autoridad.
"Esa es la actitud que busco putita. Pero las palabras no me bastan, quiero ver qué tan obediente eres. Mándame una foto donde me enseñes bien ese trasero. Y acompáñala con un audio. Quiero escucharte decirme 'papi'."
A Angel le dio un vuelco el corazón. El rostro le ardía y la respiración se le volvió pesada. La vergüenza luchaba contra una excitación abrumadora, pero la calentura ganó. Se giró frente al espejo, arqueando ligeramente la espalda para resaltar la curva de sus caderas y la redondez de su trasero y se quito el boxer dejando al descubierto sus enormes y redondas nalgas blancas lechosas, y tomó la foto. Después, acercó el micrófono a sus labios. Con la garganta seca y un hilo de voz tembloroso, grabó: "Aquí tienes... papi."
El silencio que siguió fue una tortura deliciosa, hasta que Damián respondió.
"Preciosa mi nenita. Eres exactamente lo que necesito. Quiero verte en persona, quiero conocerte hoy mismo. Y recuerda, a partir de ahora, así me llamas. ¿Estás libre?"
"Sí, papi", tecleó Milo de inmediato, sintiendo que un calor intenso se acumulaba en su bajo vientre.
"Perfecto. Son las 6:00 pm. Te quiero a las 7:30 pm en Plaza Litoral. Ve directo a los baños de la zona de comida, a esta hora casi siempre están solos. Entra y quédate de pie frente a los espejos de los lavamanos. Y una última orden: no lleves ropa interior. Quiero que vayas totalmente libre por debajo. ¿Entendido?"
La mente de Angel se nubló. La idea de salir a una plaza pública acatando una orden tan íntima y perversa lo empujó al límite de sus nervios. Se llevó el teléfono a los labios, apretando los muslos entre sí mientras la humedad del sudor frío le recorría la nuca, y grabó su respuesta: "Sí, papi. Ahí estaré."
Se levantó de un salto y fue directo a su ropa. Buscó algo que cumpliera el propósito: se puso un pans negro bastante ajustado que abrazaba y marcaba a la perfección el volumen de sus muslos y su trasero, combinándolo con una playera gris holgada que disimulaba su torso.
Tal como se le ordenó, no se puso nada debajo. Al salir de su cuarto y caminar hacia la calle, cada paso era una sacudida eléctrica. El roce constante y directo de la tela del pans contra su piel desnuda y su pequeña hombría lo mantenía en un estado de hipersensibilidad. El trayecto hacia la plaza se convirtió en un recordatorio constante de su sumisión; cada roce, cada punzada de nervios, lo hacía sentir más pequeño, más femenino y más caliente, contando los minutos para encontrarse con su "papi".
Entró a los baños y, obedeciendo ciegamente, se paró frente a los espejos de los lavamanos. El silencio del lugar solo era roto por su respiración agitada. Estaba muerto de los nervios, temblando cada vez que creía escuchar pasos afuera, aterrorizado y a la vez profundamente excitado por la vulnerabilidad de la situación.
La puerta se abrió. Un hombre alto, de mirada pesada y segura, entró y le puso seguro a la puerta. Damián sonrió de inmediato al reconocer la silueta de Angel. Con pasos lentos, se colocó justo detrás de él, acorralándolo contra el lavabo.
—Hola, perrita —susurró Damián con voz ronca directo en su oído.
Al instante, sus manos grandes y firmes comenzaron a manosear las caderas, el trasero y los muslos de Angel por encima del pans, amasando con fuerza. mientras que el cerró los ojos, soltando un gemido ahogado.
—Vamos a verificar si de verdad hiciste lo que tu papi te ordenó... —murmuró Damián.
Deslizó su mano sin dudarlo por debajo del elástico del pans. Al sentir la piel desnuda y suave, su sonrisa se ensanchó. Complacido por la sumisión, tiró del pans hacia abajo hasta dejarlo en las rodillas de Angel, exponiendo su trasero redondo al aire frío del baño. Sin previo aviso, le dio una nalgada seca y sonora que resonó en el lugar, haciendo que arqueara la espalda con un jadeo.
—Muy bien. Ahora escúchame bien, porque estas son las reglas que seguirás como mi nenita —ordenó Damián, apretando con fuerza la marca roja que le acababa de dejar—. Primera: me perteneces. A mí y solo a mí. Nada de buscarte otros machos ni noviecitas. Segunda: me vas a obedecer en absolutamente todo, sin chistar, de desobedecerme te castigare como yo considere pertinente. Tercera: todos los días llevarás puesta la ropa interior que yo te dicte. Y cuarta: para ti, siempre seré "papi", no me importa si estamos en publico o en privado, tienes prohibido referirte a mi de otra forma. ¿Entendido?
El escozor de la nalgada no hizo más que avivar el fuego que quemaba en el bajo vientre de Angel y su excitacion. Su respiración era entrecortada, casi un sollozo ahogado por la intensa oleada de sensaciones que lo bombardeaba. Toda su vida había odiado sus muslos gruesos, sus caderas anchas y su fragilidad, pero ahora, acorralado contra el lavabo, expuesto y dominado de una forma tan cruda, todo tenía un sentido perversamente perfecto.
Esa faceta oculta que apenas estaba descubriendo explotó en su interior, derribando cualquier barrera de vergüenza. Ya no quería intentar ser un "hombre beta"; quería ser exactamente lo que Damián le estaba ordenando ser. Entregar el control a su papi lo hacía sentir extrañamente seguro, protegido y más caliente que nunca.
—Sí... sí, papi —jadeó Angel con la voz temblorosa pero cargada de una devoción y desesperación evidentes—. Entendido... Lo prometo, papi. Seré tuya. Seré una buena nenita para ti. Solo tuya.
Sin importarle la vulnerabilidad de estar con los pantalones bajados hasta las rodillas en un baño público, Angel se dejó tragar por esa sumisión. Instintivamente, arqueó un poco más la espalda, empujando su redondo trasero hacia atrás para buscar el contacto con el cuerpo de su amo, anhelando más de ese tacto firme, rudo y posesivo. Nunca en sus veinte años se había sentido tan validado y tan bien consigo mismo.
Damián soltó una risa baja y ronca al notar la completa rendición del chico. Sus manos volvieron a aferrarse a las caderas de Milo, sus pulgares hundiéndose en la suave piel de su cintura.
—Me encanta lo desesperada y obediente que te pones —susurró Damián, acercándose para morderle suavemente el lóbulo de la oreja, lo que le arrancó a Angel un gemido lastimero—. Sabía que ese cuerpo estaba hecho para servirme. Vas a disfrutar mucho de tu entrenamiento.
Angel cerró los ojos, sintiendo que las piernas casi no lo sostenían. Sus manos se aferraron a los bordes del lavabo para no caer. —Lo haré, papi... por favor, enséñame —suplicó en un susurro, completamente ahogado en la calentura y en el profundo placer de ser, por fin, dominado tal y como siempre había necesitado.
—Dame tu celular. Desbloqueado —ordenó Damián, extendiendo la mano libre mientras la otra seguía descansando posesivamente sobre la cadera desnuda de Angel.
El tragó saliva. Con las manos temblando, alcanzó el bolsillo de su pans, que seguía arrugado a la altura de sus rodillas, desbloqueó el aparato y se lo entregó sin dudar.
Damián levantó el teléfono frente a ellos, apuntando al gran espejo del baño. La imagen que devolvía la pantalla era cruda y perfecta: Damián, alto, vestido con ropa oscura y proyectando un control como un verdadero mscho; y frente a él, Angel, encorvado, completamente vulnerable, con la ropa bajada y su trasero redondo y pálido expuesto bajo la luz blanca del lugar y su micropene de apenas cinco centimetros en un patetico intento de ereccion.
De pronto, la mano grande de Damián bajó y agarró con fuerza uno de los glúteos de su nueva puta, apretando la carne con autoridad. Damián se inclinó, rozando con sus labios la oreja del chico.
—Sonríe, zorrita —susurró con un tono burlón, oscuro y perverso.
Angel soltó un jadeo, su rostro ardió en un rubor intenso, y el flash del celular iluminó el baño. Damián soltó una risa baja y comenzó a manipular el teléfono frente a la mirada expectante y sumisa del chico.
—Listo. Acabo de poner esta foto como tu fondo de pantalla y de bloqueo —sentenció Damián, girando la pantalla para mostrarle el resultado. Ver su propia vulnerabilidad ahí plasmada hizo que el estómago de Milo diera un vuelco—. Te prohíbo quitarla. Si alguna vez reviso tu teléfono y la has cambiado, el castigo que te daré te dejará sin poder sentarte durante una semana. Además, ya guardé mi número.
Le devolvió el celular. Angel miró la pantalla temblando; en sus contactos ahora brillaba un nombre nuevo: Papi ❤️.
—Súbete la ropa y sígueme —ordenó Damián, dándole una última y sonora nalgada antes de apartarse y quitarle el seguro a la puerta.
Angel obedeció torpemente, subiéndose el pans. Al hacerlo sin ropa interior, el roce de la tela volvió a electrizar su pequeña hombría, que goteaba de pura excitación. Salieron del baño. Damián caminaba con paso firme y seguro, y Angel lo seguía apenas medio paso atrás, con la mirada baja, el corazón latiendo a mil por hora y sintiéndose como la mascota de aquel hombre.
3 comentarios - Fantasia Mi Nuevo Amo