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Tercer capítulo - Primera fila - Cuckold con mi primo

Tiré las llaves sobre la mesa del comedor y me quedé parado en el medio del living. El aire estaba espeso. No era solamente el calor agobiante de la siesta santafesina; el ambiente estaba cargado, denso. Flotaba ese olor dulzón, crudo e inconfundible a humedad, a transpiración y a sexo reciente. Era imposible no notarlo.

César estaba pálido, agarrando el rodillo como si fuera un salvavidas. La pintura blanca apenas le manchaba la punta de los dedos, que todavía le temblaban. Mica, en cambio, estaba sentada con las piernas cruzadas, jugando con el borde de su musculosa, respirando todavía un poco más rápido de lo normal.

—Un desastre la ferretería —dije, rompiendo el silencio mientras dejaba el rollo de cinta de papel en la repisa, haciéndome el boludo olímpicamente—. Había una cola tremenda, me tuvieron esperando como un nabo.

César tragó saliva. La adrenalina todavía le corría por las venas y, al ver que yo aparentemente no sospechaba nada, su ego de "macho mujeriego" volvió a asomarse tímidamente. Se pasó el dorso de la mano por la frente sudada, esbozó esa sonrisa sobradora de siempre y me miró de reojo.

—Y bueno, loquito... hay colas que te hacen perder la paciencia, y otras que te dejan sin aliento —tiró, haciendo el juego de palabras mientras sus ojos se desviaban descaradamente hacia el short deshilachado de Mica—. Todo depende de dónde te toque esperar, primo.

Yo sentí que la sangre me hervía de la excitación. Se estaba haciendo el vivo en mi propia cara. Pero lo que César no calculó fue la reacción de Mica.

Si él creía que con mi llegada se había terminado el recreo, estaba muy equivocado. Al escuchar la cargada de mi primo, los ojos de ella brillaron con una malicia que me dejó mudo. Lejos de achicarse por mi presencia, la idea de tenerme ahí, mirando todo, le encendió el motor de nuevo.

Mica se levantó de la silla con una lentitud desesperante. Caminó hacia él, cruzando el living. César se tensó al instante. Me miró a mí, que estaba parado a menos de dos metros de distancia, y la miró a ella, con el pánico volviéndole a la mirada. Pensó que ella iba a disimular, que me iba a pedir un vaso de agua o cualquier otra cosa.

Pero Mica no frenó. Se paró a centímetros de él, le apoyó una mano directamente en el pecho desnudo y bajó la otra hasta rozar el borde del pantalón de grafa.

—César... —le susurró ella con voz ronca, pero lo suficientemente fuerte para que yo escuchara cada sílaba—. Me parece que te quedó una parte sin terminar.

Mi primo se quedó paralizado. La respiración se le cortó. Tenía al novio de la piba parado exactamente enfrente suyo. El cerebro le gritaba que saliera corriendo, pero el cuerpo no le respondía.

Mica no le dio tiempo a pensar. Acortó los centímetros que los separaban y le estampó un beso en la boca, hambriento, salvaje, entrelazando los dedos en su nuca.

El hombre que jugaba a las bochas y se creía indomable, colapsó. El instinto le ganó a la moral. Conmigo a un metro y medio de distancia, mirándolos fijamente sin parpadear, César soltó el rodillo, que cayó al piso manchando el cerámico. Le agarró la cintura a mi novia con desesperación y le devolvió el beso, empujándola suavemente contra la pared a medio pintar.

Yo me crucé de brazos, sintiendo el corazón a punto de reventarme el pecho. Ya no había cámaras ocultas ni pasillos oscuros. El juego de miradas por Instagram se había materializado en el medio de mi casa, y yo tenía el lugar de honor en la primera fila.

El beso duró lo que pareció una eternidad. El sonido de las respiraciones agitadas y los murmullos de Mica llenaban el living. Pero de repente, la razón pareció golpear a César como un baldazo de agua helada. Se separó de ella de un tirón, jadeando, con los ojos inyectados en sangre y la respiración a mil.
Giró la cabeza hacia mí, esperando el impacto. Esperaba la trompada, el grito, la reacción lógica de cualquier hombre de campo al que le están tocando a la mujer en su propia cara. Se quedó duro, con las manos temblando al costado del cuerpo, listo para defenderse.
—Gordo... —balbuceó César, con la voz quebrada por la confusión y el pánico—. Yo... ella... boludo, no sé qué me pasó...

Yo no me moví. Me quedé cruzado de brazos, apoyado contra la pared del pasillo, y lentamente dejé que se me dibujara una sonrisa en la cara. No había enojo. No había furia. Solo una excitación pura, oscura y absoluta.

Caminé despacio hacia la mesa del comedor, corrí una de las sillas hacia atrás y me senté, abriendo las piernas y apoyando los codos en las rodillas para no perderme ni un solo detalle de la escena.

—Tranquilo, primo —le dije, con una calma que lo descolocó por completo—. ¿No te acordás lo que te dije por Instagram? Que a mí me gusta el morbo, que yo soy un bebé de pecho al lado de ella... Te dije que te ibas a quedar corto.

César me miraba como si estuviera viendo a un fantasma. La ficha le estaba cayendo en cámara lenta. Toda la historia de la telenovela, la charla picante, mi supuesta ida a la ferretería, todo había sido una emboscada. El lobo solitario, el mujeriego que se las sabía todas, se acababa de dar cuenta de que siempre fue el ratón en nuestro laberinto.

Mica, que no le sacaba los ojos de encima a mi primo, dio un paso hacia atrás y me miró.
—Está asustado, amor... —dijo ella con una voz cargada de ironía y seducción—. Pensó que eras como esos machitos celosos que no saben compartir.

—Mostrale que no, Mica. Mostrale cómo hacemos las cosas nosotros —le contesté, acomodándome en la silla, sintiendo el pulso en la garganta.

César miró del uno al otro. Su cerebro rústico estaba haciendo un cortocircuito monumental tratando de procesar la situación. Tenía luz verde. El novio de la mina no solo no lo iba a cagar a trompadas, sino que estaba sentado ahí, pidiéndole que siguiera. El tabú más grande de todos se acababa de romper en mil pedazos.

—Ustedes están completamente enfermos de la cabeza... —susurró César, pasándose las manos por la cara, derrotado por la situación.

Pero el morbo es más fuerte que cualquier principio moral. Mica no le dio más tiempo para pensar. Agarró a César por los pasadores del pantalón de grafa y tiró de él hacia el centro del living, obligándolo a quedar justo en mi línea de visión.

—No hables tanto, loquito —le ordenó ella, poniéndose de rodillas frente a él sin dejar de mirarme a mí—. Viniste a laburar, ¿no? Entonces callate y dejame que te muestre lo que es una mujer de verdad.

César tiró la cabeza hacia atrás y soltó un gemido que fue pura rendición. Ya no había vuelta atrás. Las reglas habían cambiado, el ego del hombre de campo había quedado pisoteado, y yo estaba ahí, desde mi silla, disfrutando de la obra maestra que habíamos creado juntos.

El sonido del cierre bajando rompió el silencio pesado del living. Mica, de rodillas, lo hizo despacio, estirando la agonía de César. El tipo tenía las manos apoyadas en la nuca, mirando el techo como si estuviera rezando, buscando aire en una habitación donde el oxígeno ya no alcanzaba.

Desde mi silla, la escena era un cuadro perfecto. Mica no me sacaba los ojos de encima. Mientras empezaba a jugar con él, su mirada estaba clavada en la mía. Era una conexión telepática. Me estaba transmitiendo todo el poder, toda la lujuria. Ella marcaba el ritmo, lo volvía loco, frenaba cuando él estaba a punto de perder el control y volvía a arrancar, dejándolo al borde del abismo.
—Mirá lo que es esto, gordo... —susurró César de repente, con la voz ahogada, mirándome con los ojos vidriosos—. Es una bestia... no se puede creer...

Que me hablara, que me hiciera parte de la escena mientras Mica lo devoraba, fue la confirmación de que el quiebre era total. Su moralidad, su tabú familiar, todo se había desintegrado. Ahora éramos cómplices.

—Te lo dije, primo —le contesté, acomodándome en la silla, sintiendo que me quemaba por dentro—. Disfrutá, que a ella le gusta que la miren. Y a mí me encanta ver cómo te exprime.

Esa frase le dio el último empujón. César ya no pudo aguantar más el rol pasivo. El instinto rústico le volvió al cuerpo de golpe. Le agarró la cara a Mica con las dos manos, deteniéndola un segundo, y la levantó del piso de un tirón.

La fuerza que tenía era bestial. La levantó como si no pesara nada y la apoyó de espaldas contra la mesa del comedor, barriendo con el brazo el rollo de cinta de papel y un par de herramientas que cayeron al piso haciendo un ruido metálico.
Mica soltó una carcajada cargada de adrenalina. Le encantaba cuando él perdía la cordura.

—Ahora me toca a mí, pendeja —le gruñó César, completamente ciego por el deseo.

La agarró por la cintura y la levantó sobre la mesa. Yo me tuve que hacer para atrás con la silla para darles espacio. Estaban a centímetros mío. Podía sentir el calor que emanaban los dos, el olor a transpiración y el perfume dulce de Mica mezclado con el olor rústico a pintura fresca.

El choque fue brutal. El living se llenó del sonido húmedo y pesado de los cuerpos chocando. Mica clavó los talones en la espalda de César y se agarró del borde de la mesa, echando la cabeza hacia atrás. Gritaba sin ningún tipo de pudor, desgarrándose la garganta, mientras él embestía con una fuerza descontrolada.
César estaba bañado en sudor, los músculos de la espalda se le tensaban en cada movimiento. De vez en cuando, en medio de su locura, giraba la cabeza para mirarme. Quería asegurarse de que yo estaba viendo cómo él tomaba lo que me pertenecía. Se alimentaba de mi mirada, de mi permiso.

—¡Mirá, loquito! ¡Mirá cómo te la hago gritar! —me gritaba él, completamente fuera de sí, dejándose llevar por la fantasía que habíamos sembrado en su cabeza.
Yo me agarré fuerte de los apoyabrazos de la silla, asintiendo.

Mica no estaba dispuesta a dejarle a César la ilusión de que él tenía el control de la situación. Justo cuando el hombre de campo creía que estaba dominando el juego sobre la mesa, ella lo agarró fuerte de los hombros y, con un empujón seco, lo hizo retroceder. César trastabilló un par de pasos hasta que sus rodillas chocaron contra el borde del sillón y cayó sentado de golpe, respirando por la boca, completamente desorientado.

Antes de que pudiera reaccionar o intentar levantarse, Mica ya estaba encima de él. Abrió sus piernas, se sentó sobre su regazo y, mirándolo fijo con esa expresión de superioridad que me vuelve loco, se dejó caer lentamente, tomando el control absoluto.

César soltó un quejido ronco, agarrándose fuerte de los apoyabrazos del sillón. La imagen del "loquito" picante y mujeriego había desaparecido; ahora solo era un espectador en su propio cuerpo, totalmente sometido al ritmo que ella le imponía. Mica empezó a cabalgarlo. Empezó despacio, torturándolo, subiendo y bajando con una precisión que lo dejaba al borde del colapso, mientras se pasaba las manos por el pelo revuelto.

Yo seguía sentado en mi silla, a menos de dos metros, con la respiración entrecortada. Verla a ella tomar las riendas de esa manera, dominando a mi primo, me voló la cabeza. El contraste de la piel blanca de Mica moviéndose sobre el lomo curtido de él era un espectáculo visual que nunca me voy a olvidar.
Me incliné hacia adelante, apoyando los codos en las rodillas, incapaz de guardar silencio por más tiempo. Tenía que verbalizar lo que me estaba quemando por dentro.

—**Me encanta ver cómo su pija gruesa desaparece en tu conchita** —solté, en voz alta, crudo y sin ningún tipo de filtro.

La frase cruzó el living pesado de Santa Fe como si fuera un latigazo. César abrió los ojos de par en par y clavó la mirada en mí. Que su propio primo le estuviera diciendo eso, relatando la escena mientras sucedía, le provocó un cortocircuito final en la cabeza. Su ego, la moral, el tabú... todo se hizo cenizas. Apretó los dientes y agarró a Mica por las caderas, intentando seguirle el ritmo, pero completamente desarmado psicológicamente por la situación.
Mica, en cambio, pareció alimentarse de mis palabras. Al escucharme, echó la cabeza hacia atrás y soltó un gemido larguísimo, vibrando con cada sílaba.

—Decilo de nuevo, amor... —me pidió ella, jadeando, sin dejar de moverse sobre él, clavando sus uñas en los hombros del pintor—. Que te escuche bien... que escuche cómo te gusta.

El living era una caldera. A esa altura, César había perdido completamente la noción de quién era, de dónde estaba y de las reglas que había jurado defender. Mica lo tenía dominado, cabalgándolo con una intensidad que le sacaba gemidos roncos desde el fondo de la garganta. La frase que yo le había tirado desde la silla terminó de romper las pocas barreras mentales que le quedaban al pintor.
Ya no le importaba nada. El morbo lo había consumido por completo.
De repente, César le agarró las caderas a Mica para frenar el movimiento. Estaba bañado en transpiración, con el pecho subiendo y bajando a un ritmo frenético. Tiró la cabeza hacia atrás, tomó una bocanada de aire pesado y, con los ojos inyectados en sangre, buscó mi mirada. Ya no me miraba con culpa, ni con pánico. Ahora me miraba con una ambición cruda, animal. Quería ir por todo.

—Loco... —me dijo con la voz gastada, casi un ruego, pero cargado de lujuria—. Primo... ¿le puedo hacer la cola?

El tiempo pareció congelarse en el living. Esa pregunta fue como una bomba nuclear explotando en el medio de la habitación.
Sentí que el corazón me iba a salir por la boca. La adrenalina me corría por las venas como fuego. Miré a Mica, que seguía sentada sobre él, transpirada y perfecta. Ella giró la cabeza sobre su hombro para mirarme a mí. Tenía los labios hinchados y esa sonrisa diabólica dibujada en la cara. No dijo nada, simplemente se mordió el labio inferior y asintió muy despacio, esperando mi veredicto.

Me acomodé en la silla, apoyé los codos en la mesa y lo miré a César directo a los ojos.
—**Hacela pedazos, primo. Es tuya** —le contesté, con una frialdad que hasta a mí me sorprendió.

A César se le iluminaron los ojos. No necesitó que se lo repitiera. Con una fuerza brutal, agarró a Mica por la cintura y, en un movimiento rápido, la hizo girar sobre sus rodillas.

Mica no opuso resistencia. Al contrario, conocía el juego mejor que nadie. Se acomodó de espaldas a él, apoyando las manos y el pecho contra el respaldo del sillón, dejando que su cola quedara perfectamente expuesta y levantada frente a la cara de César. La pose me regalaba el mejor ángulo posible desde mi silla. Podía ver todo con una claridad que me quemaba el cerebro.

—Mirá el regalito que te dejo el primo, pendeja... —le susurró César, con la voz temblando por la excitación, mientras le pasaba las manos grandes y rústicas por los muslos hasta llegar a sus caderas—. Y vos, guacho... mirá bien lo que le voy a hacer.

El tipo se acomodó detrás de ella. Mica soltó un grito largo y agudo, aferrándose al tapizado del sillón cuando él entró. La respiración de César se volvió un gruñido constante. La imagen era tan fuerte, tan transgresora, que me tuve que agarrar la cabeza con las manos.

El ritmo que impuso César fue brutal desde el primer segundo. El sonido húmedo y pesado de sus embestidas chocando contra la cola de Mica retumbaba en cada rincón del living.
Desde mi silla, la vista era un privilegio obsceno. Podía ver perfectamente cómo el lomo curtido de mi primo se tensaba, y cómo ella se arqueaba, ofreciéndose por completo.
Agarró a Mica del pelo con una mano, tirándole la cabeza hacia atrás para que ella mirara el techo, y con la otra le abrió bien las caderas para tener todavía mejor acceso.

—¡Mirá esto, guacho! —me gritó César, con la voz ronca, casi gutural, sin dejar de castigarla—. ¡Mirá cómo le abro el orto a tu novia! ¡Nunca me cogí un culo tan apretado en toda mi vida, me la está tragando toda!

Yo me agarré de los bordes de la mesa, con la respiración cortada, sintiendo que me estallaba la cabeza de la excitación.

—**Hacela tuya, primo. Rómpele bien el culo, para eso te la presté** —le contesté, cruzando la línea más sucia de todas—. Enterrásela hasta los huevos, mostrale para qué sirve un machito de campo.

Cesar soltó una carcajada enferma, cargada de lujuria, y aceleró el ritmo. La frase lo envalentonó. Ahora se sentía el dueño absoluto.
Acercó la boca a la oreja de Mica, pero gritando lo suficiente para que yo no me perdiera ni una sola palabra.

—¿Escuchaste a tu novio, pendeja? —le gruñó César, dándole una palmada seca que resonó como un trueno—. Te entregó en bandeja. Sos la putita de la familia, ¿no? Te encanta que te rompa el culo adelante del cornudo que te da de comer.

Mica, lejos de humillarse, se alimentaba de cada insulto. Echó la cabeza hacia atrás, clavó sus ojos en mí a través del espejo y soltó un gemido que me taladró el cerebro.

—Sí... —gimió ella, con la voz completamente rota por el placer y el dolor—. ¡Sí! Rompéme bien el orto... dale, César... me encanta tu pija gruesa... ¡cogéme mejor que él!

—¡Mirá cómo te ruega, boludo! —siguió toreándome mi primo, mirándome con una sonrisa sádica, sudando a mares—. La tenías muerta de hambre a la nena. Me la voy a coger tan fuerte que no va a poder caminar por una semana, y vos vas a tener que cuidarla.

Me levanté despacio de la silla. Caminé los dos pasos que me separaban de ellos y me paré justo al lado, mirando todo desde arriba, a centímetros de la acción.

—**Eso es, primo** —le susurré, casi rozándole el hombro, con los ojos clavados en cómo entraba y salía de ella—. Dejala llena de leche. Demostrame que no sos puro humo. Hundísela toda y que escuche toda Santa Fe cómo te la estás garchando.

Esa cercanía, mi voz hablándole sucio mientras le ordenaba que destruyera a mi mujer, fue demasiado para la cabeza de César. El pintor cerró los ojos, apretó los dientes y soltó un rugido bestial, perdiendo por fin el último rastro de control, entregado por completo a la perversión más absoluta.

La respiración de César ya era un fuelle roto. Estaba a punto de terminar. El pintor de brocha gorda se estaba cobrando su trofeo en el medio del living, y yo seguía ahí, parado a su lado, respirándole en la nuca y dirigiendo el final.
—¡Acabo primo! ¡Voy a acabar no aguanto más! —gritó él, apretando los dientes, con los músculos de los brazos a punto de reventar mientras la sostenía a Mica contra el sillón.
Mica, en vez de achicarse, redobló la apuesta. Miró mi reflejo en el espejo, con los ojos brillantes de pura excitación, y le clavó las uñas a César en los muslos tirándolo hacia ella.
—¡Largala toda, forro! —le gritó ella, con una voz irreconocible, completamente entregada—. ¡Llenáme bien el culo, que tu primo vea cómo me dejás! ¡Mostrale que sos el macho de la familia!

—**Dejasela adentro, César. No se te ocurra sacarla** —le ordené, con un tono firme que cortó el aire pesado del living—. Llenala de leche. Que se acuerde de vos toda la semana. Que cuando yo la toque a la noche, sepa que todavía tiene tu leche adentro.

Esa última humillación fue la estocada final. César soltó un rugido que hizo temblar hasta los vidrios de la casa. Cerró los ojos con fuerza y se pegó contra ella en una última embestida brutal, quedándose completamente quieto mientras su cuerpo se sacudía.
—¡Tomá, pendeja puta! ¡Tomá! —gruñía César, totalmente fuera de sí, con la frente apoyada en el respaldo del sillón—. ¡Mirá cómo te la dejo, primo! ¡Te la llené toda, guacho, te la reventé!

El silencio volvió a caer de a poco en la casa, interrumpido solo por la respiración agitada de los tres y el ruido inútil del ventilador. César se separó lentamente, con las piernas de trapo, y se dejó caer de rodillas en el piso, como si le hubieran vaciado el alma entera. Estaba transpirado, pálido, mirando un punto fijo en la pared que había venido a arreglar. La realidad le estaba volviendo a golpear la cabeza.
Mica se quedó unos segundos apoyada contra el sillón, recuperando el aire, con una sonrisa de satisfacción absoluta. Después, muy despacio, se dio vuelta, se acomodó un poco el pelo revuelto y me miró. Caminó hacia mí con las piernas todavía temblorosas y me dio un beso corto pero cargado de todo el fuego que acababa de vivir.
—¿Viste lo que lograste, amor? —me susurró al oído, antes de mirar de reojo al pintor que seguía tirado en el piso—. Lo rompimos.
Yo agarré el rollo de cinta de papel de la mesa y se lo tiré a César. Le pegó en el hombro.
—**Dale, primo. Levantate, cambiate y terminame de encintar los zócalos, que la pared no se va a pintar sola** —le dije, con la voz más normal del mundo, como si acabáramos de tomar unos mates a la siesta.
César levantó la vista del piso, me miró con una mezcla de terror, respeto y perversión, y supo que desde ese día, su vida de "pájaro libre" se había terminado. Ahora era nuestro juguete.
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