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Tentando al vecino , serio

Llevábamos tres años viviendo con Juan en un edificio de apartaestudios en el centro. El ambiente era cerrado, de esos donde todo el mundo se cruza a diario: un pasillo largo y estrecho por donde apenas caben dos personas, y al fondo, un patio compartido con lavaderos de cemento donde todos terminábamos lavando o colgando la ropa.
Ahí vivía Ernesto, el del 202. Ernesto era un tipo de unos cuarenta y cinco años, de aspecto impecable, siempre vestido con camisas abotonadas hasta el cuello y con una biblia o un periódico bajo el brazo. Para rematar, el man era casado; vivía con una señora ya madura, seria y persignada. Ernesto era el vecino "modélico" del edificio: saludaba con un hilo de voz, bajaba la mirada respetuosamente al pasar y jamás cruzaba más de tres palabras con nadie.
O eso era lo que aparentaba.
El primero en darse cuenta de la farsa fue Juan. Una noche, mientras cocinábamos, me soltó el comentario entre risas:
Juan: —Amor, usted no se ha fijado en el santurrón de Ernesto, ¿cierto? Ese viejo se la da de muy santo y muy casado, pero cada vez que usted sale al pasillo en pijama o a botar la basura, el man se queda paralizado mirándole el culo por la rendija de la puerta.
Daniela: —¡Ay, tan mentiroso! —le dije soltando una risa—. Si ese señor ni me mira a los ojos. Siempre agacha la cabeza y se pega a la pared para darme paso.
Juan: —Porque es un perro solapado, amor. Le apuesto lo que quiera a que si usted le da el papayazo, ese 'San Lorenzo' se le tira encima y traiciona a la esposa sin pensarlo dos veces.
Daniela: —¡Jamás! Ese viejo se muere del susto. Apostemos una pendejada a ver si es verdad. Si yo le coqueteo un poquito y el man no responde, usted me paga una cena en un sitio caro. Pero si el viejo cae y se le sale lo morboso... usted hace lo que quiera conmigo un fin de semana entero.
Juan: —Hecho. Pero nada de insinuaciones suaves. Vamos a ponerlo a prueba de verdad.
Ahí empezó el juego. Durante esa semana, empecé a prestarle atención a Ernesto. Pasaba por su lado y me arreglaba el cabello dejando al descubierto el cuello, o salía al pasillo a sacudir una cobija en un shortcito corto. Y ahí lo vi: Juan tenía toda la razón. Ernesto disimulaba de una manera increíble, pero cuando creía que yo no lo estaba viendo, sus ojos me devoraban la cadera, las piernas y el escote con una sed de hombre aguantado y hambriento.
Sentir la mirada del "santurrón" casado quemándome la piel me despertó un corrientazo morboso en el vientre que nunca había sentido. La apuesta ya no era una broma: ahora yo quería ver hasta dónde era capaz de llegar ese tipo.
El domingo en la tarde llegó la oportunidad perfecta. Juan vio por la ventana que Ernesto había salido solo al lavadero compartido a refregar unas camisas.
Juan: —Llegó el momento de ganar la apuesta, Daniela. Vaya al lavadero pero así, bien descarada. Póngase algo que no le deje nada a la imaginación. Yo me voy a quedar parado detrás de la cortina de la ventana que da al pasillo. Desde acá le veo la cara al viejo cuando usted le pase por al lado.
El morbo y la adrenalina me tenían con el corazón a mil. Me quité el brasier y me puse un top blanco de tela delgadísima que transparenteaba todo según le diera la luz, dejando mis pezones duros marcándose como dos botones oscuros. Abajo me encajé un hilo rosado de encaje que se me metía entero entre las nalgas.
Agarré una ponchera con tres tangas pequeñas y salí al pasillo descalza. Juan quedó acomodado en la sombra de la ventana, con la mano ya metida dentro del pantalón listo para pajearse viendo el show.
Al llegar a la zona del lavadero, Ernesto estaba de espaldas, restregando con agua y jabón.
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Daniela: —Buenas tardes, don Ernesto... —solté con voz suave, haciéndome justo a su lado.
El hombre se volteó para saludar, pero al verme la voz se le atravesó en la garganta. Se quedó paralizado con las manos llenas de espuma. Sus ojos hicieron un recorrido voraz: bajaron por mi pecho desnudo transparentado bajo el top blanco y se clavaron en la curva de mi cadera y la sombra de mi vagina. La manzana de Adán le subió y bajó ruidosamente mientras la cara se le ponía roja de la pura turbación.
Ernesto: —B-buenas tardes, doña Daniela... —alcanzó a decir, intentando disimular la respiración agitada.
Daniela: —Qué pena molestarlo, es que vengo a colgar esta ropita íntima que me quedó haciendo falta... ¿No le estorbo? —le dije inclinándome de frente sobre el lavadero.
Al agacharme, el top descolgó y le dejé mis pechos prácticamente al aire a centímetros de sus ojos. El viejo apretó la barra de jabón con tanta fuerza que se le resbaló de las manos y cayó al agua.
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Ernesto: —No... para nada, doña Daniela... siga tranquila.
Me estiré despacio para colgar la tanga en la cuerda alta. Me puse en empinada, abrí un poco las piernas y sacudí la cadera. El hilo se me metió hasta el fondo de las nalgas, dejándole mi trasero totalmente exhibido. En el reflejo del vidrio del ventanal vi la cara del santurrón casado: tenía la boca entreabierta, babeando prácticamente, con la mirada clavada en mi culo. Y por debajo de su pantalón de tela, una erección gruesa y dura se le empezaba a marcar de un lado.
Daniela: —Ay, tan alta esta cuerda... —suspiré, dándome la vuelta y pegándome a él, rozándole el pecho con mis pezones duros—. Don Ernesto... ¿usted tan lindo no me sostiene este trapito mientras pongo el gancho?
El viejo rompió toda su fachada de hombre serio. Se acercó un paso de más, acorralándome contra la alberca. Al agarrar la tanga, sus dedos gruesos y calientes me sobaron la piel del abdomen y le bajó la mano "sin querer" hasta rozarme la parte alta del pubis. Sentí su respiración caliente pegándome en el cuello, oliendo a desespero.
Ernesto: —Claro... doña Daniela... lo que usted necesite —dijo temblando, clavándome una mirada cargada de lujuria descarada, sintiendo su verga parada pegándome cerca de la cadera.
Daniela: —Gracias, don Ernesto... tan servicial mi vecino —le susurré mirándole fijamente el bulto en el pantalón antes de darle la espalda y caminar despacio hacia mi apartamento.
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Apenas crucé la puerta, Juan me agarró del cuello y me pegó contra la pared. Perdió la apuesta, pero estaba más excitado que nunca.
Juan: —¡Puta morbosa, ganó la apuesta! —me gritó bajito al oído mientras me subía el top y me agarraba una teta con fuerza—. ¡Vi cómo el viejo le sobó la panza y cómo se le paró esa verga viéndole el culo! ¡Ese santurrón casado se la quería culear ahí mismo!
Daniela: —¡Sí, mi amor! ¡Estaba que se venía en los pantalones el pervertido ese! —le respondí jadeando, abriéndome de piernas—. Le temblaban las manos cuando me tocó... ¡Ese viejo se muere por meterse a este cuarto!
Juan me agarró por las caderas, me levanto la pierna y me metio verga de un solo empujón, dándome estocadas secas y salvajes mientras los dos nos excitábamos pensando en la cara de Ernesto afuera en el pasillo, procesando lo que acababa de pasar.
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