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Terror en la cabaña

La cabaña estaba a más de cuarenta minutos del camino más cercano, rodeada de pinos tan altos y densos que el sol apenas lograba filtrarse al mediodía. Siete amigos habían llegado el viernes por la tarde riendo, con hieleras llenas de cerveza y planes de no hacer nada más que emborracharse y follar hasta el domingo. Nadie mencionó que el dueño anterior había desaparecido tres años atrás sin dejar rastro.
Terror en la cabaña

El primer indicio fue el silencio de Kevin.
Había salido a mear detrás de los árboles pasadas las once de la noche. Dijo que volvía en dos minutos. No volvió.
Octavio, Marco y Adrián lo buscaron con linternas durante media hora, gritando su nombre hasta que les dolió la garganta. Nada. Solo el crujido de ramas y el viento que parecía responderles con burla.
Georgina, la de los pechos que siempre desbordaban cualquier blusa, se negó a esperar más.
—Voy a buscarlo yo sola si ustedes son unos cagados —dijo, y se internó en la oscuridad con una linterna de celular antes de que pudieran detenerla.
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Los demás se quedaron en la sala principal, con la chimenea crepitando y el volumen de la música bajito. Pasaron quince minutos. Luego veinte.
Entonces lo escucharon.
Gemidos. Profundos, guturales, entrecortados. No eran de dolor. Eran de placer forzado, casi animal. La madera de la cabaña parecía amplificar cada jadeo, cada golpe húmedo de carne contra carne. Georgina gritaba “no… sí… no pares…”, y su voz subía y bajaba como si la estuvieran volteando una y otra vez.
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Cuando por fin corrieron hacia el sonido, la encontraron tirada entre helechos a unos treinta metros de la cabaña. El short de mezclilla rasgado, las piernas abiertas y temblando, el abdomen cubierto de sudor y una sustancia espesa y blanquecina que le escurría entre los muslos hasta formar un charco debajo de ella. Respiraba con dificultad, los ojos vidriosos, los pezones duros y enrojecidos como si los hubieran chupado durante horas. No hablaba. Solo temblaba.
La llevaron adentro y la acostaron en una de las habitaciones. Nadie se atrevió a tocarla más de lo necesario.
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Los chicos restantes —Octavio, Marco y Adrián— se armaron con lo que encontraron: un hacha oxidada, un bate de béisbol que alguien había traído para jugar y un cuchillo de cocina. Se apostaron en la sala, luces apagadas, vigilando puertas y ventanas. Las chicas —Belén, Nayeli, Estefani y Jimena— se quedaron juntas en el sofá, abrazadas, llorando en silencio.
Entonces vieron el chaleco de Kevin.
Estaba colgado en la rama más alta de un pino frente a la cabaña, como si alguien lo hubiera trepado y colocado ahí a propósito. El viento lo mecía lentamente.
Antes de que pudieran decidir qué hacer, los gritos empezaron dentro de la casa.
Belén, Nayeli y Estefani corrían por el pasillo gritando que Jimena estaba encerrada en el baño. Decían que se escuchaban gemidos otra vez. Gemidos femeninos. Y golpes rítmicos contra la puerta. Y un gruñido grave que no era humano.
Los chicos golpearon la puerta con el hombro. No cedía. Volvieron a golpear. Al tercer intento la madera cedió.
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Dentro, por una fracción de segundo, vieron una silueta negra, alta, con cuernos retorcidos y ojos que brillaban como brasas. Desapareció hacia la ventana abierta como si se disolviera en humo.
Jimena estaba de rodillas en el piso, desnuda, con las manos apoyadas en las baldosas. Semen espeso le escurría por la barbilla, por los pechos, por el interior de los muslos. Su vientre ya parecía ligeramente hinchado, como si llevara semanas de embarazo en lugar de minutos. Temblaba y sonreía al mismo tiempo, con una expresión de éxtasis y terror comenzó a vomitar y Estefany la ayudó
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Pasaron las horas siguientes en una discusión rota, entre sollozos y acusaciones. Nayeli fue la que se quebró del todo.
—No me quedo aquí a esperar que me pase lo mismo —dijo, y salió corriendo hacia el auto.
Los chicos la siguieron gritándole que no fuera sola.
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La alcanzaron justo cuando llegaba a la puerta del conductor.
Entonces la vieron elevarse.
Sus pies dejaron el suelo. Algo invisible la levantó como si fuera una muñeca. Nayeli gritó una sola vez, un sonido cortante y húmedo. Su cuerpo se dobló hacia atrás en un ángulo imposible. Y se partió por la mitad desde el esternón hasta la pelvis. Las dos mitades cayeron con un golpe sordo sobre el capó del auto. Sangre caliente salpicó los rostros de los que estaban más cerca.
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Corrieron de vuelta a la cabaña y atrincheraron puertas y ventanas con muebles.
Marco fue el siguiente en morir.
Intentó enfrentarlo. Agarró el hacha y salió al porche cuando escucharon ruidos en el techo. Lo encontraron minutos después, partido en dos verticalmente, todavía agarrando el mango del hacha con las dos manos.
Belén desapareció poco después.
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La encontraron en la cocina, sobre la mesa, con las piernas abiertas y el abdomen ya abultado. Tenía la mirada perdida y una sonrisa idiota. Entre sus piernas aún goteaba semen negro y espeso.
Georgina despertó de golpe en su habitación.
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Sus pechos habían crecido aún más. Gotas blancas le escurrían de los pezones sin que nadie la tocara. Antes de que pudieran reaccionar, su vientre se hinchó de forma grotesca, como si algo empujara desde dentro con violencia. Gritó una sola vez. Luego su vagina se abrió de forma antinatural y algo emergió.
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Era pequeño al principio. Luego creció. En segundos medía casi dos metros, piel negra brillante, cuernos, ojos ardientes, miembro grotescamente grande y palpitante.
Se giró hacia Estefani.
La tomó por la cintura, le arrancó la sudadera holgada de un tirón. Los pechos de Estefani, que siempre habían sido discretos bajo la ropa ancha, resultaron ser enormes, más grandes incluso que los de Georgina. La criatura la puso en cuatro sobre la alfombra, frente a todos. La penetró de un solo empujón brutal. Estefani gritó, pero el grito se transformó en gemido en menos de diez segundos.
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El vientre de ella empezó a inflarse visiblemente mientras la criatura seguía bombeando dentro. Semen negro desbordaba por los lados, salpicando el suelo. Cuando terminó, la dejó caer como un trapo. El abdomen de Estefani ya parecía de seis meses.
El segundo demonio apareció entonces en la puerta.
Octavio y Adrián lo atacaron con lo que quedaba: cuchillo, bate, puños. Lo persiguieron hacia el exterior.
Nunca regresaron.
Dentro de la cabaña solo quedaron las mujeres.
Georgina y Estefani yacían en el suelo, respirando con dificultad, vientres hinchados, pechos goteando. Jimena y Belén estaban acurrucadas en un rincón, temblando.
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La criatura que había nacido de Georgina empezó a deshacerse en polvo negro que flotaba en el aire como ceniza.
Las cuatro se arrastraron hasta el centro de la sala principal. Se abrazaron con fuerza, ojos cerrados, lágrimas corriendo, cuerpos pegajosos de sudor, semen y miedo.
Esperaron.
Esperaron que el alba llegara.
Esperaron que el bosque dejara de respirar.
Esperaron que el siguiente gemido no fuera el de ninguna de ellas.
Pero la noche aún era larga.
Y la cabaña olía a sexo y a azufre
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Quién sabe Dios cuánto tardaron ahí esperando el amanecer pero justo cuando amaneció salieron libres de la pesadilla en la que estaban porque no terminaba ahí aquel demonio las había embarazado

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