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Fin de semana caliente de una cincuentona desatada

Fin de semana caliente de una cincuentona desatada


Agobiada por el trabajo Lucia decide tomarse un descanso. Aprovecha el fin de semana largo y reserva una cabaña recomendada por una compañera de trabajo en Navarro, una localidad cercana a Buenos Aires en donde ella vive. A sus 52 años, ella tiene trabajo, estabilidad económica, casa propia y una pareja “cama afuera”, que la contiene afectivamente; aunque sexualmente está insatisfecha.
 
Decidida a pasar viernes, sábado y domingo sola le explica a su pareja que, quiere “descansar” y “desenchufarse de todo”, no se lo dice directamente pero también de él. El jueves lleva sus maletas al trabajo, son solo un par que caben en el baúl del auto, va temprano adelanta tareas y para el medio día, se despide prometiendo hacer home office para terminar. Quiere partir temprano, no toparse con el trafico de la tarde. Sale de ciudad de Buenos Aires, toma la ruta 40 y lentamente el paisaje va cambiando de urbano a rural. Como si saliera de una olla a presión su estado de ánimo se modifica, manejar en ruta la tranquiliza, pone música, canta, baila y está feliz. Sin darse cuenta pasa las localidades de Marcos Paz, General Las Heras y ya esta en las afueras de su destino la recibe el viejo cartel ferroviario blanco con letras negras que dice “Navarro”, frente a la estación de servicios. Usando el Google Maps se dirige al complejo de cabañas ubicado a la orilla de la laguna. No ha caído el sol y ella ya está en su destino.
 
El lugar es amplio y arbolado, un edificio de recepción, comedor y estacionamiento. Las 10 cabañas estas bien distribuidas, en el amplio terreno alejadas unas de otras dando esa intimidad que Lucia busca. Ella eligió una con vistas a la laguna. Estaciona y un joven veinteañero la recibe: “Buenastardes soy Nahuel, bienvenida”, toma sus datos, sube sus dos maletas a un carrito eléctrico y la lleva a su alojamiento, ubicado a unos 100 metros del edificio principal.
 
La primera impresión es agradable, Lucia recibe la explicación del joven sentado junto a ella. “Tenemos un comedor muy bueno, el desayuno esta incluido, se puede comer las 24 horas, pileta y seguridad privada; esta es la clave del wifi, además le voy a pedir su número para agregarla a un grupo de whats app interno para que usted se comunique con nosotros… para lo que necesite”.  Esa pequeña frase separada llamó la atención de Lucia, que iba pegada al muchacho rozando su cuerpo en el pequeño carrito. Llegaron a la cabaña, él bajó sus cosas y se despidió, ella quedó en la galería que daba al resto del complejo. Ingreso era un espacio agradable: un ambiente único, con una mesa pequeña, una cama matrimonial, un sillón mirando a la laguna a través de un gran ventanal.
 
Casi sin pensarlo Lucia, abre las maletas saca la computadora, se conecta y se pone a trabajar, debía terminar algunos pendientes, quería liberar su mente y poder disfrutar. Un par de horas ensimismada en su notebook y nota como el atardecer primaveral va cayendo sobre la laguna Navarro, concluye su trabajo, prepara un mate y se sienta fuera de su cabaña disfrutar. En eso estaba cuando el carrito eléctrico estaciona junto a su cabaña, enfundado en un uniforme de seguridad se acerca un hombre y se presenta: “Buenas tardes soy José, de seguridad solo vengo a presentarme estoy en de 18 a 6 de la mañana, cualquier cosa que necesite solo llame” dice el hombre de entre 45 y 50 años, alto, espalda ancha, muy formal y, en un tono, que denota que estuvo en una fuerza de seguridad y está retirado. Ella agradece, él se retira.
 
La noche cae. Lucia, se ducha, se calza un pantalón una remera un abrigo fino y sale a recorrer la pequeña localidad. Toma su auto da unas vueltas, por el pueblo y termina comiendo en una parrilla. Sola en la mesa lo disfruta, pide medio kilo de helado y vuelve a la cabaña. Se desviste y queda en bombacha y remera. No hay nadie cerca y quiere disfrutar de la comodidad de la poca ropa. Se sienta a mirar televisión, no hay nada interesante, apaga y en ese momento recibe un mensaje de su pareja. “¿Como estas, amor?, en un audio responde que esta bien, que el lugar es bonito y tranquilo, y que está por dormir -aunque esto último es mentira para que no la moleste, pues no tiene ganas de conversar-. Él se despide y le desea una buena noche.

puta

 
El ruido de la laguna, con sus grillos, ranas y sapos es la compañía, sentada en el sillón mirando por el ventanal puede ver noche iluminada por la luna llena. Apaga las luces y disfruta de la oscuridad. Mira el celular, redes sociales y sin saber cómo, inconscientemente termina viendo porno en twitter, eso la calienta, se ponen duros sus pezones, abre las piernas, lleva la mano a la entrepierna y comienza a tocar su concha, sin depilar y ya húmeda de ver porno. Frente al ventanal, iluminada por la luna, y con el celular apoyado en el sillón, Lucia comienza una intensa paja; dura y sin piedad, se mete dos dedos en la cocha, se aprieta los pezones, gime, goza, se pone en cuatro en sillón y con ambas manos se llena los agujeros de su peluda cajeta y su culo, metiéndose varios dedos. Siente dolor y placer, muerde el sillón y se siente muy puta.
 
Así en cuatro sobre el sillón semi desnuda y frente a la ventana Lucia goza, sin necesitar de ningún hombre. En eso está cuando tiene la sensación de que su aura es invadida, levanta la vista cree ver una sombra, se detiene, se tapa, corre a prender la luces y no ve a nadie, se acerca al frente de la ventana y a lo lejos ve el carrito eléctrico alejándose. ¿me estaban espiando piensa? La idea la avergüenza e inmediatamente la excita. Respira hondo y sin poder tener un orgasmo, se acuesta a dormir.
 
El sábado a la mañana es radiante. Es primavera, pero la temperatura es alta, una invitación a tomar sol. Lucia, se dirige a la pileta, esta en un lugar en donde nadie la conoce, con personas que no volverá a ver nunca, elige una malla de dos piezas. En sus 50 luce un cuerpo bello: alta, cabello negro, piel blanca, una cola que sobre sale y unos pechos parados, se nota alguna pancita y rollitos, pero nada exagerado. Se tira al sol junto al agua, en el lugar hay familias, al rato Nahuel se acerca y le pregunta si desea algo, ella agradece y la frase vuelve: “…para lo que necesite”. Ella queda como colgada y mientras el joven se aleja, lo llama, le dice que más tarde va a necesitar que le cambien una lámpara en el baño de su cabaña que esta quemada. Inicia una conversación, el joven le cuenta que él estudia en Buenos Aires pero que los fines de semana largos vuelve a su pueblo a trabajar en las cabañas, para hacer unos pesos, esta en la universidad y estudia ingeniería. Ella lo oye, pero no lo escucha, escondida detrás de sus anteojos oscuros lo mira de arriba abajo, el veinteañero está bello, flaco, pero fibroso, sin darse cuenta se excita, -quizás producto de la paja inconclusa de la noche anterior-, se paran sus pezones, observa que el joven la mira y ella se tapa disimuladamente cruzándolos brazos. Nahuel se retira, pero ella logra ver el bulto erecto entre sus piernas, “mmmm…calenté a un veinteañero” piensa, se sorprende y le agrada la sensación.
 

madura

Lucia tomó sol hasta el medio día, se fue la cabaña, se preparó algo de comer y se tiro una siesta. A media tarde, un whats app la despierta: “Sra Lucia, puedo ir a cambiarle el foco del baño antes que se haga de noche” dice el mensaje de Nahuel, media dormida responde “si, en media hora por favor”. Como un relámpago se levanta, se lava la cara, se peina, mientras sus pensamientos la llevan a la erección que había provocado en el joven. Busca un vestido, no le gusta; un putishort, le parece muy de regalada; elige un pareo claro y no se pone corpiño, se cambia la bombacha y se pone una tanga negra que se trasluce de la tela; se mira el espejo y piensa: “a ver como reacciona este chico”; va a la cocina prepara un mate y se sienta esperar. Escucha, el auto eléctrico llegar y sale a recibirlo dejando la puerta abierta para que a trasluz se vea su cuerpo. El joven queda impactado, se le ponen rojas sus mejillas avanza con una lampara en la mano. “Hola Nahuel, te muestro” dice ella y camina delante moviendo la cadera para provocarlo. Siente las miradas en su culo y le gusta, se para en la puerta del baño y lo deja hacer su trabajo.
 
Nahuel cambia el foco y ella lo mira atentamente apoyada en la puerta del baño, sus pezones están erectos, pero no los tapa, los deja ver y se notan como atraviesan la tela. El juego la divierte y la excita a la vez, nunca imaginó que siendo una cincuentona podría calentar a ese niño que podría ser su hijo. El joven baja y sale del baño, el espacio es pequeño y con su hombro rosa el pecho de ella. “Perdón” dice el empleado de las cabañas, esa responde “no, no, es culpa mía estaba en la puerta”.
 
Lucia, quería seguir con ese juego: tener allí al joven y seducirlo, nada más; esa adrenalina de lo prohibido la calienta, entonces busca tema de conversación, ¿“y decime Nahuel como se come en el comedor de acá?”, el joven explica que hay comida variada y buenos precios y le recomienda ir a la noche que habría un espectáculo folclórico. Ella, se alegra y pide que le reserve una mesa que allí estará, en la despedida se acerca le agradece por el trabajo y le da un beso, mientras adrede apoya sus tetas sobre el pecho de él, Nahuel queda paralizado. Lucia mira su verga y la ve nuevamente marcada en el pantalón, por dentro sonríe y lo ve retirarse.

El juego de excitar al joven se volvió una aventura y entretenimiento. Ella quedó pensando en la noche en que ponerse, en que hacer para llamar su atención e incomodarlo. Inconscientemente estaba excitada por la situación, se sentía viva, que podía despertar deseo en un extraño eso la prendía. En eso estaba bajo la galería mirando, cuando escuchó el crujir de las hojas, señal que el auto eléctrico arribaba. “Buenas tardes, pasaba a preguntar si esta todo bien” dijo el guardia de seguridad, agregando “recién tomo el turno y recorro todas las cabañas”. Ella aseguró que todo estaba en orden, pero a la vez percibió que en José una intención, un interés. El tono de su voz, la amabilidad, como la miraba. “Si necesita algo, me avisa, mi número está en el grupo de whats app” dijo el hombre y se retiró. La intención era clara, que el avise a su número personal directamente. “Wow…” pensó Lucía, dos machos queriendo levantarme, un jovencito y un maduro, eso la puso feliz y más caliente.
 
Ansiosa y alegre, comenzó a prepararse para la cena, quería verse sexy, pero no regalada. Quería sentirse deseada, no por el resto, sino por ella misma. Eligió un jean ajustado, zapatillas de vestir, una musculosa y una camperita corta. Se maquilló y salió rumbo al comedor. Llegó, Nahuel la llevó a su mesa y la atendió de manera preferencial durante la cena y espectáculo, aunque no era el mozo. Había miradas insinuantes, preguntas y conversaciones informales, ella disfrutaba el lugar lleno de gente. Finalizada la cena, el joven se ofreció a acompañarla a la cabaña que estaba a unos 300metros, ella gustosa aceptó.
 
Caminaron por el predio iluminado a medias, pasaron una cabaña en donde una familia jugaba a las cartas, más allá la cabaña cercana a la de Lucia, un grupo de chicas y chicos, ponían música, bebían y bailaban; se acercaban a la suya y el joven no daba señales. Ella vio un banco en la penumbra, fingió una torcedura de tobillo y pidió ayuda para sentarse. Las manos de Nahuel tomaron de la cadera con firmeza, eso le dio placer. El banco, detrás de unos arbustos y de frente a la laguna, era iluminado de día y oscuro de noche. Conversaron, pero el joven no perdía el respeto hacia ella, la ansiedad venció a Lucia y de la nada lo miró y le comió la boca de un beso, él no se resistió y respondió -se le notaban las ganas- torpemente comenzó a manosearla: apretó sus tetas, el culo, quiso meterle una mano entre las piernas. Ella lo detuvo, miró alrededor, vio que los jóvenes fiesteros estaban en la suya; lo acomodó en el asiento y se le subió de frente sobre las piernas, abrió la campera, levanto la musculosa y le ofreció las tetas. Como un niño amamantando él comenzó a chuparlas, mientras ella se restregaba por su verga hinchada, y lo tomaba de la cabeza guiándolo de pezón en pezón. Lucia dominaba la situación, guiaba al joven, para darse placer. Le dio un beso largo de lengua y se separó de él, se arrodillo, aflojó su pantalón y emergió su verga joven, dura y depilada apuntando al cielo. Con dedicación comenzó a chuparla, desde los huevos a la cabeza y tragándosela toda.
 

caliente

Allí estaba, una mujer cincuentona, en plena noche, junto a una laguna, iluminada por la luna arrodillada, chupándole la pija a un joven veinteañero, con la concha empapada y jugando con su verga a placer. De fondo-a no más de 30 metros- se escuchaba cumbia y la risa de los jóvenes bailando, mientras Lucía comenzaba a desabrocharse los botones del pantalón. Se paró, le dio la espalda y lentamente bajó la prenda junto con la bombacha para darle el espectáculo de puta a su pequeño amante, luego dio un paso atrás, hasta donde él estaba sentado, tomó su verga y comenzó a bajar metiéndosela en su concha que ardía y estaba empapada. En eso estaban cuando escucharon voces, dos jóvenes de la fiesta medio borrachos vinieron a mear a unos metros de ellos, unos arbustos impedían que los vieran, pero igual se quedaron quietos, ella con la verga adentro metida hasta el fondo. Se fueron sin verlos. La mujer se cansó de hacer el trabajo de subir y bajar, entonces decidió ponerse en cuatro apoyada en la sentadera del banco y con las rodillas en la tierra. Nahuel se puso detrás y comenzó a bombearle la concha y a apretarle las tetas.
 
Absortos por la cogida que Luisa y Nahuel, no escucharon el ruido de las hojas, silencioso el carrito eléctrico de seguridad se había estacionado a pocos metros, de él descendió José, que observaba como la mujerera cogida en cuatro. Ella estaba gozando, ya había tenido un orgasmo sentada y estaba en camino otro. Cuando ella percibió la presencia del seguridad, ya lo tenía enfrente, el rostro de José no mostraba signos de desaprobación, sino más bien de lujuria, por un instante se miraron a los ojos, no hubo palabras, el hombre se bajó la bragueta sacó la pija y se la ofreció, ella vio la verga del maduro: peluda y gruesa, se tentó le levanto levemente para que el joven que la estaba cogiendo no deje de hacer su faena, la tomó y sintió el deseo de tenerla en la boca.
 
El espectáculo era caliente: Lucia la profesional, la que tiene una pareja estable cama afuera, la malhumorada, la inalcalnsable, la seria, responsable y obsesionada con su trabajo, a la que apodaban “la monja”, en la oficina; en 4 patas con las tetas al aire, el pantalón por los tobillos, gimiendo atragantada por una verga, siendo cogida por un jovencito de administración de las cabañas por detrás y, a la vez, chupando la pija del maduro guardia de seguridad. Se sentía deseada, amada, emputecida, cumpliendo esa fantasía porno que había visto en varias noches de pajas solitarias.   
 
El maduro, tenia una actitud diferente. La tomó de la cabeza y comenzó a cogerle la boca, metiendo la verga hasta la garganta. La situación era muy caliente, quien primero acabó fue Nahuel que sacó su verga de la concha le tiró toda su leche sobre la espalda, Lucia sintió el líquido caliente sobre su piel y le brotó un chorro de la concha. José recién se había sumado, hacía esfuerzos por acabar, pero no hubo caso. Ella lo empujó, tomó aire y le dijo: “pará, no puedo más”. De rodillas toda despeinada tenía miedo que esa escena pornográfica sea vista por los jóvenes fiesteros de la cabaña, le dolían las rodillas, la boca y ya había acabado dos veces. Para ella todo había concluido, aunque seguía muy caliente por la situación.

cajeta

 
José con la verga dura la ayudó a levantarse y a acomodársela ropa. Nahuel tenia cara de asustado, sobrepasado por la situación. “Anda pibe, yo acompaño a la señora a la cabaña” dijo el guardia de seguridad con voz de mando, el joven acomodó sus ropas y se fue. “Vamos por acá, para que no nos vean y hablen” indicó José, llevando a Lucia hacia su cabaña, a ella le gustó el gesto de amabilidad y cuidado, lo miró y le regaló una sonrisa.
 
Con las piernas flojas, las rodillas raspadas y ayudada por José, la mujer llegó a su cabaña. En esos 40 metros caminando junto a la laguna, la brisa fresca la revivió, la caballerosidad y comprensión del guardia le gustó. Subió un par de escalones, abrió la puerta, se dio vuelta y le dijo “querés un poco de agua”. Lucia estaba caliente, era su noche y no la dejaría pasar.
 
José ingresó y cerró la puerta; la mujer fue hacia la cocina a servirle agua, en el camino movió las caderas, no exageradamente, pero dio la señal. Ella servía agua cuando sintió la respiración de él a la altura de la nuca y la verga apoyada en el culo, quiso darse vuelta, pero fue arrinconada contra la mesada y sus tetas fueron apretadas de atrás con firmeza y violencia. El juego de dominación había cambiado, la hembra que había manipulado al joven Nahuel ahora era atropellada por el hombre maduro. La dio vuelta, le dio un beso en la boca, mientras le metía la mano en la concha y la pajeaba, ella abrió las piernas dejándose meter los dedos. Luego José le puso la mano sobre los hombros y la obligó a arrodillarse mientras sacaba su verga babosa y dura.
 
Las luces de la cabaña estaban prendidas, las cortinas del ventanal corridas, a pocos metros se escuchaba la música de los jóvenes parranderos y, Lucia, en cuclillas contra la mesada, era cogida por la boca por una pija gorda y peluda. El hombre manoseaba las tetas y le dijo: “hacéte la paja, dale putita hacéte la paja…como te hiciste anoche”, allí ella se dio cuenta que quien la espiaba, la noche anterior, era José. Ella se dejaba, no quería pensar solamente gozar y no tener que tomar decisiones, así que recibir órdenes le venía bien. Comenzó a frotarse el clítoris y luego se metió los dedos en la cajeta que estaba totalmente empalada e hinchada pues hace un rato había recibido pija.

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Luego de un rato de sexo oral, él la puso de pie, la sentó en la mesada, abrió sus piernas y metió la cabeza en su entrepierna. La concha de Luisa es una mezcla de fluidos de Nahuel y suyos, nada de eso importó al guardia de seguridad que se la chupo con esmero y devoción, mientas su cabeza era empujada hacia la sensible vagina por ella. Luego se bajaron de la mesada, se desvistieron y Luisa tomó la iniciativa: se puso en cuatro en el piso, en medio del espacio único de la cabaña, José se puso detrás y comenzó a montarla haciéndole bajar la cabeza para que el culo quede en pompa. De pronto ella tuvo esa sensación de invasión de aura, esa extraña sensación que se percibe en el habiente, no sabia que era; con el cabello cubriéndole la cara alcanzo a levantar la vista hacia el ventanal. Allí tres figuras -dos chicas y un chico-los observaban desde las sombras, sintió una primera sensación de vergüenza, que cambio rápidamente a la excitación. Ser vista como una puta montada por un macho en el medio de la cabaña en 4 patas ensartada hasta el útero, regalarle ese espectáculo a los jóvenes la calentó aún más y comenzó a gemir más fuerte, para ser escuchada.
 
“Salí, salí, vení acá arriba del sillón, sentáte” dijo con voz de mando Lucia a José. El juego de la dominación entre dos adultos tiene sus vaivenes cuando cogen. Él se sentó y ella lo montó dejando ver su culo y su concha ensartada hacia el ventanal hacia donde estaban las y los mirones. Como una hembra en celo lo empezó a montar duro y rápido, ofreciéndole sus tetas y gimiendo en voz alta, se sentía una actriz porno brindando un espectáculo. “Tomá hijo de puta, tomá. Cojéme, dale cojéme…” gritaba, para que escuchen sus espectadores. Luisa ya no cogía con José solamente, sentía que cogía con los y las jóvenes mirones detrás de la ventana, en su cuerpo sentía la excitación de todos, la calentura de todas, el deseo de ser cogida por todos y todas.

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Así, en ese estado de éxtasis llegó al climax y tuvo un orgasmo ruidoso y voluminoso. Se levantó un poco para que solo quede la cabeza de la verga dentro de su cajeta e inmediatamente un squirt baño el abdomen del hombre, mientras ella clavaba las unas en los hombros, cerraba los ojos y ahogaba un profundo gemido. La meada le pareció eterna y liberadora, hasta su alma pareció salirse por su concha. “Deja que te el meto otra vez, estoy por acabar” dijo él enloquecido de calentura. La ensartó, le dio tres bombazos y descargo toda la leche abundante y caliente adentro de ella. Luisa apoyó su frente sobre la de él, recuperó el aliento, lo desmontó y se sentó al lado con las piernas abiertas, miro hacia el ventanal y ya no había nadie, escucho a lo lejos ruidos de hojas secas, intuyó que sus espectadores se habían retirado luego de verla coger.
 
El guardia se fue al baño, se limpió la pija y la panza toda meada por ella, se vistió y tomó la bombacha de ella: “¿me puedo llevar esto de recuerdo?”, le dijo a la mujer que seguía tirada en el sillón, “si llevála” respondió ella. Quiso acercarse para darle un beso de despedida ella hizo una seña con la mano como que no era necesario, el cambió el rumbo abrió la puerta y antes de salir escucho: “apaga las luces por favor”, lo hizo y se fue. Lucía se levantó, fue al baño se dio una ducha tibia, se puso una remera un pantalón corto de algodón y se tiro en la cama, automáticamente quedó dormida.
 
Las luces del día la molestaron, se despertó, notó que era media mañana, miró el celular y tenia mensajes de su pareja, hizo el primer movimiento y sintió todo el cuerpo. Le dolían las rodillas, la cadera, los hombros, la concha la sentía hiper sensible, se quedó quieta, no se quejó sonrió, recordó el placer que había recibido, se levantó preparó mate, mientras preparaba sus bolsos; saldría al medio día de regreso a la gran ciudad. Peroe se fin de semana le había reseteado la vida.                      
 
 
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