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La Noche de los Susurros Prohibidos

Tenía 32 años en esa época, y mi novia unos 30. Vivíamos en un cuarto alquilado en un edificio viejo del centro, uno de esos lugares donde las paredes son tan delgadas que oyes hasta la respiración del vecino. Nuestro espacio era básico: una cama matrimonial contra la pared compartida, un armario destartalado y una ventana que daba a un pasillo oscuro. Al lado vivía una amiga del trabajo de mi novia, mayor que ella por un par de años, una mujer de esas que te dejan mirando: cuerpo de señora madura, tetas grandes y pesadas que se movían con cada paso, culo gordo y redondo que llenaba cualquier pantalón, rostro pequeño y bonito con cabello corto negro que le daba un aire felino, ojos verdes como de gata en celo. Sabía que tenía una hija pequeña, y que su esposo estaba lejos, trabajando en provincia, así que entraba y salía con cuidado para no molestar.
Llegué esa noche pasada la medianoche, reventado del turno en la fábrica. Como siempre, intenté no hacer bulla al entrar: quité los zapatos en la puerta, me desvestí rápido y me tiré en la cama. Mi novia ya estaba dormida, hecha un ovillo bajo la sábana, con ese pijama flojo que ya no me encendía como antes. Nuestra relación se había vuelto rutina: ella siempre cansada, yo con ganas pero resignado. Intenté acurrucarme contra ella, rozando su cadera, pero nada, seguía frita. Cerré los ojos, pestañeé un rato tratando de dormir —deben haber sido 20 o 30 minutos de vueltas en la cabeza—, cuando de pronto oí voces. Murmullos bajos, como susurros ahogados, viniendo de la pared de al lado.
Al principio pensé que era mi imaginación, o quizás la niña hablando en sueños. Pero no: eran voces adultas, una masculina y ronca, diciendo algo como “shh, no hagas ruido”. El corazón me dio un vuelco. Las placas de madera que separaban los cuartos eran tan finas que filtraban todo: gemidos, risas, hasta el roce de sábanas. Me dio curiosidad, una de esas que te pica como un mosquito. Me levanté despacio, abrí la puerta del cuarto con sigilo y salí al pasillo oscuro. Quería saber qué carajo pasaba. Los susurros venían clarito del cuarto de la amiga —ella, que supuestamente vivía sola con la niña, sin hombre a la vista. ¿Una amiga? ¿O qué?
Me acerqué a la pared, pegando la oreja. Oí al tipo repitiendo “calla, que nos oyen”, y ella respondiendo con un suspiro entrecortado. Eso me picó más. Busqué la ventana del pasillo: había una abertura rota en la persiana, de esas que nunca arreglaban, y de noche, con la oscuridad afuera, nadie me vería espiando. Me asomé con cuidado, el pulso acelerado. Dentro, la luz tenue de una lámpara iluminaba todo: un hombre mayor que ella, robusto, con panza pero fuerte, semidesnudo con los pantalones en los tobillos, parado al borde de la cama. Ella estaba en un babydoll traslúcido, de esos baratos que dejan ver todo: tetas grandes casi saliéndose, pezones oscuros marcándose bajo la tela fina, culo gordo expuesto cuando se movía. Estaba arrodillada frente a él, chupándole la polla con dedicación: lengua lamiendo la cabeza hinchada, metiéndosela hasta la garganta, succionando con ruiditos húmedos que intentaban ahogar.
Me quedé paralizado, la polla endureciéndose en mis boxers. Era increíble: ver a esa mujer, siempre tan seria en el día, devorando esa verga gruesa como si fuera lo último en el mundo. Después de un rato, ella se acomodó al borde de la cama, de espaldas a la ventana —culo gordo apuntándome directo, nalgas separadas invitando—. Él se posicionó detrás, agarró sus caderas anchas con manos grandes y la penetró despacio. Oí el gemido cortado de ella, un “ahh” bajo que reprimió mordiéndose el labio. Empezó a bombear: lento al principio, saliendo casi todo para clavarla de nuevo, haciendo que sus tetas bambolearan bajo el babydoll. Ella empujaba hacia atrás, culo rebotando contra su pelvis con palmadas suaves pero inconfundibles.
Cambiaron de poses sin parar, todo en silencio forzado: ella de perrito, arqueando la espalda para que entrara más profundo, tetas aplastadas contra el colchón; luego misionero, con las piernas abiertas hacia él, pezones erectos que él chupaba mientras embestía; de lado, con una pierna levantada, su coño depilado tragándose la polla entera. Los jadeos eran entrecortados, ahogados en la almohada: “más… sí… no pares…”, susurraba ella, y él gruñía bajito. El sudor les brillaba en la piel, el culo de ella temblando con cada empujón. Duraron un buen rato, intenso, como si supieran que el riesgo de ser oídos los ponía más calientes. Al final, él aceleró, embistiendo brutal pero controlado, y se corrió dentro con un gemido ronco. Ella tembló, arqueándose en su orgasmo, quedando hecha polvo en la cama, respirando agitada mientras él se vestía rápido y salía por la puerta trasera.
Yo me aparté de la ventana con el corazón latiéndome en los oídos, la polla dura como piedra, latiendo contra la tela. Volví al cuarto sigiloso, con unas ganas locas de cogerme a mi novia, de despertarla y follarla salvaje reviviendo lo que acababa de ver. Pero ella seguía dormida, inmóvil, aburrida como siempre. Me tiré a su lado, masturbándome en silencio bajo la sábana, imaginando que era yo el que penetraba ese culo gordo, chupaba esas tetas grandes. Me corrí rápido, caliente y espeso, pero vacío.
Años después, esa noche me persigue. El morbo de espiar, de oír y ver lo prohibido a través de paredes delgadas… cambió algo en mí. Echo de menos ese fuego inesperado. Y parte de mí aún se pregunta qué habría pasado si hubiera tocado la puerta, o si ella me hubiera pillado mirando. Si eres mujer y has vivido algo así, con esa curiosidad que quema, escríbeme. Necesito compartir con alguien que entienda el rush. Saludos a los que aún lo viven intensamente.

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