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Un macho de verdad 2

—Pues déjame a mí que te alivie… solo un poco.

Él se mantuvo firme un segundo más, la mandíbula apretada, los ojos brillando con una mezcla de furia y deseo contenido. Y entonces explotó.

Me agarró del pelo con fuerza, tirando de él lo justo para hacerme sentir dominada, y con voz grave, ronca y cargada de frustración contenida durante semanas, me dijo:

—Llevo un mes sin follar… y tú lo vas a pagar ahora, Karla.

Me bajó de la encimera de un tirón firme pero controlado, me puso de rodillas frente a él y, sin decir una palabra más, sacó su polla. Era exactamente como la había imaginado en mis noches de insomnio: gruesa, larga y curva, con venas marcadas que recorrían todo el tronco hinchado, la cabeza grande y rosada, pesada y palpitante de deseo. El olor a hombre, a sudor y a excitación me inundó por completo.
Me la metió en la boca de golpe, profunda y sin piedad. Sentí cómo me llenaba por completo: el grosor abriéndome los labios, la longitud llegando hasta el fondo de mi garganta. Las lágrimas me saltaron de inmediato a los ojos, no de dolor, sino de una sorpresa intensa y deliciosa. Aquella dominancia repentina, tan distinta al hombre contenido de antes, me encendió como nunca. Gemí alrededor de su polla, el sonido ahogado vibrando contra él.
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—Chupa —gruñó con esa voz grave y cabreada que me hizo estremecer—. Esto es lo que querías, ¿no? Pues ahora aguanta como una buena chica.
Me folló la boca sin piedad, pero con un ritmo que me volvía loca: primero profundo y lento, obligándome a sentir cada centímetro, cada vena palpitando contra mi lengua. Luego más rápido, más exigente, follándome la garganta con embestidas firmes que me hacían llorar de placer. La saliva me chorreaba por la barbilla, caía sobre mis pechos y bajaba por mi vientre. Las lágrimas me emborronaban la vista, pero no apartaba los ojos de los suyos. Me sentía usada, dominada, completamente a su merced… y eso me excitaba más que nada en el mundo.
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Él seguía sujetándome la cabeza con una mano fuerte mientras la otra permanecía enredada en mi cabello. Cambiaba el ritmo con maestría: a veces lento y torturador, empujando hasta el fondo y manteniéndome allí unos segundos, dejándome sentir cómo palpitaba en mi garganta; otras veces rápido y profundo, gruñendo entre dientes.
—Joder… qué boca más caliente tienes —susurró con voz ronca—. Chúpala más profundo… así… qué bien la chupas, es como soñaba. Ahora mando yo, Karla. No querias polla? Ahora soy yo quien decide.

Su cuerpo duro y sudado estaba tenso, los músculos de los brazos marcados mientras me controlaba por completo. Yo gemía ahogada, el coño empapado y palpitando de deseo, sintiendo cada embestida como un latido de puro placer. Me sentía llena, sometida, deseada de una forma salvaje y primitiva. Las lágrimas me corrían por las mejillas, la baba me brillaba en los labios y en el pecho, pero muy pocas veces había estado tan excitada.

Al final, después de varios minutos que parecieron una deliciosa eternidad, se corrió con fuerza. Empujó hasta el fondo de mi garganta y soltó chorros largos, calientes y abundantes de semen espeso. Me obligó a tragarlo casi todo mientras gruñía de placer puro, su polla palpitando contra mi lengua y hasta el fondo de mi garganta tenía sus huevos en mi barbilla y su pene lo tenía completamente y cada centímetro en mi boca.
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Cuando terminó, se subió los pantalones con calma, me miró con esos ojos pero ahora fríos y distantes, y se marchó sin decir una sola palabra más. Ni un adiós. Ni una caricia. Ni una mirada atrás. Cerró la puerta suavemente y desapareció, dejándome de rodillas en la cocina, jadeando, con la cara llena de lágrimas, semen y saliva goteando por mi barbilla y mis pechos, el cuerpo temblando de placer y deseo insatisfecho, me había dejado con las ganas de ser penetrada y con la boca sabor a semen.
Me dejó allí de rodillas, con la boca todavía llena de su sabor y la vagina palpitando de pura necesidad. No dijo si volvería. No dijo nada. Solo se marchó, dejándome con unas ganas terribles de más, con ese vacío ardiente que solo un hombre como él podía llenar.

Esa noche me masturbé sin parar, tumbada en mi cama con vistas al mar. Cerraba los ojos y lo veía a él: su cuerpo duro y sudado encima de mí, su polla gruesa y larga entrando por fin donde yo más lo deseaba. Me imaginaba su voz grave susurrándome cosas sucias mientras me follaba profundo, llenándome por completo.

Me corrí varias veces, una tras otra, con los dedos hundidos en mi sexo empapado, pero al final seguía insatisfecha, con esa duda latiendo dentro de mí. ¿Había sido la última vez? ¿O volvería para terminar lo que había empezado?

La semana siguiente pareció eterna. No conseguía sacármelo de la cabeza. Cada mañana me despertaba con la garganta todavía recordando cómo me había follado la boca, con el sabor de su semen aún fresco en la memoria. Me tocaba bajo las sábanas, despacio al principio, imaginando sus manos fuertes agarrándome del pelo y su voz ronca gruñendo “tú lo vas a pagar ahora”. Me corría pensando en él, pero nunca era suficiente. Quería tenerlo dentro y sentir su verga en mi vagina.

Todas las noches repetía el ritual. Me masturbaba imaginando que volvía, que esta vez no se resistía, que me agarraba del pelo y me decía “esta vez no me resisto… esta vez te follo hasta que supliques”. Me tocaba con desesperación, metía mis dedos con violencia, me masturbaba con mis vibradores y juguetes tenía que recurrir a usar pepinos grandes de tanta excitación que tenía para simular su vergota y de vez en cuando lo hacía tan violento de tanta excitación que me terminaba lastimando, una y otra vez, pero la duda me quemaba: ¿había sido la última vez? ¿Aparecería de nuevo con esos ojos fríos y esa dominancia que me había dejado temblando?

Intenté olvidarlo de todas las formas posibles. Llamé a mi amigo de confianza y lo recibí en la terraza una noche cálida. Me monté encima de él y lo cabalgué duro, moviéndome con furia, pero en mi mente solo estaba Alberto. Me corrí, sí, pero fue un orgasmo vacío, incompleto. Después llegó otro, un tipo que conocí en el bar y que me invitó a unas copas. Lo llevé a casa, me arrodillé en el sofá y le chupé la polla con dedicación hasta que se corrió en mi boca… y nada. Solo aumentaba las ganas de Alberto, esa semana estuve buscando hombres para coger para ver si uno lo podía suplir, terminé con 6 hombres dentro de mi y ninguno lo reemplazaba.
Otro día fue un vecino que me pilló tomando el sol desnuda en la hamaca. Lo invité a entrar, dejó que me comiera el coño allí mismo… pero lo hizo tan mal que ni siquiera le devolví el favor. Me quedé con más frustración que alivio.

Cada vez que me corría con ellos, imaginaba que era Alberto. Que era su voz grave la que gruñía “esto es lo que querías”, que era su polla la que me llenaba, que era su cuerpo musculado y sudado el que me dominaba. Ninguno tenía esa fuerza, esa resistencia, esa forma de usarme sin piedad que me había dejado marcada.

Al final de la semana seguía exactamente igual: con la duda quemándome por dentro y con unas ganas terribles de él. De su olor a sudor, de sus brazos venosos, de esa dominancia inesperada que me había hecho sentir tan viva. Seguía masturbándome pensando en cómo habría sido si se hubiera quedado a follarme de verdad… pero la incertidumbre seguía ahí, latente, consumiéndome.
A la semana siguiente pareció eterna en esa semana llegaba mi esposo y mis hijos, pero por fin llegó el día. Lo tenía marcado en el calendario con un círculo rojo desde hacía semanas. Sabía que ese día tenía que venir el repartidor de agua… pero no sabía si sería él.

Me desperté nerviosa de verdad. Me duché despacio, me puse crema por todo el cuerpo y me miré al espejo: cabello cepillado, ojos miel brillando de anticipación, pechos firmes, cintura marcada y caderas lindas. Me sentía lista para todo.

Pasé toda la mañana en la terraza de mi casa en primera línea de playa, solo con una camisa blanca abierta y un tanga mínimo. Cada vez que oía un motor abajo, el corazón me daba un vuelco. Me asomaba por la barandilla, el viento me revolvía el pelo y la camisa, y miraba con el pulso acelerado. ¿Sería el furgón blanco? ¿Sería Alberto el que bajara con el bidón al hombro, con esos ojos azules fríos y esa voz grave que aún me ponía la piel de gallina?
Continúa...

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