You are now viewing Poringa in Spanish.
Switch to English

Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 6

Links de Capítulos:
Capítulo 1 https://www.poringa.net/posts/relatos/6226792/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-1.html
Capítulo 2 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227112/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-2.html
Capítulo 3 https://www.poringa.net/posts/relatos/6227476/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-3.html
Capítulo 4 https://www.poringa.net/posts/relatos/6228886/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-4.html
Capitulo 5 
https://m.poringa.net/posts/relatos/6229604/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-5.html
Capítulo 6
https://m.poringa.net/posts/relatos/6232310/Juguete-de-todos-Amor-mio---Capitulo-6.html
Capítulo 6 Incesto y Cuckold

María:
—Hola
Me quedé mirando el nombre unos segundos, con el corazón acelerado otra vez.
No por sorpresa.
Sino porque ahora sabía exactamente por qué me afectaba tanto.
Y ya no quería mentirme más.
Bloqueé el celular y lo dejé boca abajo sobre la cama, como si así pudiera silenciar todo lo que llevaba acumulando desde hacía días. Pero no sirvió. Todo seguía ahí: las imágenes, las palabras, las risas escritas por otros, la manera en que su nombre aparecía una y otra vez en conversaciones donde ella no tenía voz.
Sentía una presión en el pecho extraña, contradictoria. No era solo rabia. No era solo deseo. Era la mezcla incómoda de saber demasiado y, aun así, querer seguir ahí.
Volví a tomar el celular.
Esta vez no para huir.
Escribí lento, pensando cada palabra más de lo normal.
No podía seguir hablándole como si nada hubiera pasado.
Tampoco quería herirla sin sentido.
Pero ya no podía cargar eso solo.
Mis dedos temblaron un poco antes de enviar el mensaje.
Sabía que, después de esto, algo iba a cambiar.
— Hola María tengo que hablar contigo
María:
—Sí, dime, ¿qué pasó?
Tragué saliva antes de escribir. Sabía que, una vez enviado, no habría forma de volver atrás.
Le escribí todo de una sola vez, sin pausas, como si soltarlo rápido hiciera que doliera menos.
María, tú me gustas. Y precisamente por eso siento que tengo que decirte esto, aunque me deje mal parado. No quiero que te pase nada malo ni que sigas sin saber cosas que te involucran directamente.
Hace dos días, cuando Adrian vino a mi casa, habló de ti. No habló bien. Me dijo que no quería nada serio contigo, que solo te buscaba para satisfacerse, que no le importabas emocionalmente. Eso ya fue duro de escuchar, pero no fue lo peor.
Sin que yo se lo pidiera, me mostró un video tuyo con él teniendo relaciones. También me mostró otro más íntimo. Lo hizo como si fuera algo normal. Después supe que ese mismo material se lo envió a su primo. No sé a cuántas personas más se lo ha mostrado.
Y hoy pasó algo más. Estaba en la casa de Julian, el primo de Samuel. Samuel estaba ahí también. Yo tenía su celular porque estaba poniendo la música; a ellos siempre les ha gustado mi gusto musical. En un momento, Samuel y Julian salieron a comprar algo y me quedé solo con el celular.
Sé que lo que hice no estuvo bien, y me hago cargo de eso. Recordé aquella conversación que tuvimos la primera vez que nos vimos en la azotea, cuando me dijiste que te arrepentías de haberle enviado fotos en brasier a Samuel. Por
curiosidad —y sí, por ganas de verte— entré a su chat contigo buscando esa foto.
Pero no encontré solo eso. Encontré muchas fotos tuyas, sola y con él. Y la curiosidad no se detuvo ahí. Busqué tu nombre en el buscador de WhatsApp y vi que aparecía repetidamente en un grupo. Entré… y vi cosas que no debí ver.
Samuel había enviado fotos y videos tuyos a un grupo de amigos para que comentaran sobre tu cuerpo. Leí cómo hablaban de ti. Incluso vi cómo uno de ellos le pidió a Samuel que te pidiera un video, diciendo que tú hacías lo que él te decía. Samuel te lo pidió, tú enviaste un video bailando y desnudándote, y él lo compartió con todos.
No te escribo esto para hacerte daño. Te lo escribo porque creo que mereces saber la verdad. Entendería si esto cambia la imagen que tienes de mí, pero sentí que callarme era peor.
Envié el mensaje.
El chat quedó en silencio.
Pasaron minutos largos, pesados, como si el tiempo se hubiera estirado a propósito. Me imaginaba su cara leyendo, releyendo, dudando de si creerme o no.
Finalmente, apareció su respuesta.
Gracias por decírmelo.
Hace tiempo alguien me había dicho que Samuel había mostrado una foto mía desnuda a unos amigos. Yo se lo reclamé y él me dijo que era mentira. Ahora veo que no lo era.
Necesito tiempo para pensar todo lo que me dijiste. No me escribas por ahora. Yo te escribo cuando esté lista para seguir hablando de esto.
Leí el mensaje varias veces.
No supe si había hecho lo correcto.
Solo supe que, después de decirlo todo, ya nada iba a ser igual.
Me quedé quieto, ahogándome en mis propios pensamientos, dándole vueltas a todo lo que acababa de pasar. A lo que le había dicho. A lo que ella había respondido. A si había hecho bien o si, otra vez, había cruzado una línea que ya no tenía regreso.
Estaba tan metido en mi cabeza que no escuché los pasos.
La puerta se abrió de golpe.
—¡Holaaaaaaa! —dijo una voz conocida, exageradamente animada.
Levanté la mirada de inmediato.
Era mi prima Valeria.
—Adivina quién se va a quedar contigo unos días —añadió, entrando al cuarto como si nada, con una sonrisa enorme—. Efectivamente… yo.
Me sorprendí. Una parte de mí se alegró al verla, aunque no del todo. Todavía tenía la cabeza revuelta.
—¿Cómo así que te vas a quedar acá? —le pregunté—. ¿A dormir?
—Sí —respondió con total naturalidad—. ¿No ves que mi mamá se va de viaje unos días? Nos dejó acá a mí y a mi hermana.
Hizo una pausa breve y señaló con la cabeza hacia el pasillo.
—Mi hermana va a dormir con tu hermana Andrea… y a mí me toca dormir contigo.
La dijo sin darle importancia, como si fuera lo más normal del mundo.
Yo asentí despacio, tratando de ordenar todo lo que sentía en ese momento, sin saber todavía que esa noche iba a cambiar muchas cosas dentro de mí.
En otro momento, lo que me dijo me habría emocionado. Siempre me había llevado bien con mi prima Valeria, pasar tiempo con ella solía ser fácil, cómodo. Pero esta vez no. Esta vez lo único que quería era estar solo, ordenar mis pensamientos, entender lo que me estaba pasando con María.
Valeria entró al cuarto, dejó sus cosas como si ya fuera suyo y se sentó con total confianza. Bastaron unos segundos para que notara que yo no estaba bien.
—¿Qué te pasa primo? —me preguntó, mirándome con atención—. Estás muy callado.
Intenté esquivar la pregunta, pero no pude. Tenía demasiadas cosas acumuladas y, sin darme cuenta, terminé soltando una parte de la verdad.
—Hace unos días conocí a una chica —le dije—. Me atrae, me llevo bien con ella… incluso vino acá a la casa. Pasaron cosas.
Hice una pausa antes de continuar.
—Pero después me enteré, por medio de un amigo, de cosas turbias de su pasado… y ahora no sé qué pensar.
Valeria me escuchó sin interrumpirme. Cuando terminé, habló con calma.
—El pasado de alguien importa, sí —me dijo—, pero no tiene por qué definir quién es ahora. A veces la gente cambia, a veces solo estaba perdida.
Asentí, fingiendo que sus palabras me ayudaban más de lo que en realidad lo hacían.
Por fuera, parecía que aceptaba su consejo.
Por dentro, sabía que no era del todo cierto.
Porque lo que Valeria no sabía —y no podía saber— era que ese pasado, todo eso que me perturbaba y me confundía, era exactamente lo que más me calentaba de María.
Luego de eso, Valeria bostezó y dijo que ya era tarde, que iba a dormir. Le dije que yo también. Me metí al vestidor, me puse la pijama y me acosté, intentando apagar la cabeza… aunque era imposible. Mis pensamientos seguían girando alrededor de María, de todo lo que había visto, de todo lo que me había provocado. Pensamientos sucios, insistentes, que no me dejaban en paz.
Valeria entró al vestidor después de mí. Cuando salió, algo cambió.
No supe decir si fue porque ya estaba caliente por todo lo que venía arrastrando desde antes, o por la pijama que llevaba puesta. El punto es que, por primera vez, la vi distinto. Con otros ojos. Me obligué a apartar esa idea de inmediato. Valeria era mi prima ademas la novia de Teran, uno de mis mejores amigos. No estaba bien mirarla así. No debía.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 6


incesto



Se sentó a mi lado en la cama. Yo intenté concentrarme en cualquier otra cosa, volver a mis pensamientos anteriores sobre María, como si eso fuera menos peligroso.
—Oye primo… ¿te puedo contar algo? —me dijo de pronto.
—Sí, claro —respondí.
—Es sobre Teran…
Me habló de que últimamente no estaban bien. De que sentía que algo se había apagado entre ellos. De que llevaban meses sin tener sexo. De que cada vez que intentaba acercarse, él encontraba una excusa. De cómo eso la hacía sentirse poco deseada.
La escuchaba, o al menos eso intentaba aparentar. Por dentro, mi erección reaccionaba sin pedirme permiso. La incomodidad crecía. La tensión también.
Ella siguió hablando. Dijo que estaba ovulando, que tenía muchas ganas, que se lo había dicho a él… y que no le importó.
En algún punto, dejó de hablar. Me miró.
—Oye… ¿me estás prestando atención?
Volví a la realidad de golpe.
—Sí, claro —dije, demasiado rápido.
Valeria bajó la mirada por un segundo y luego sonrió de una forma distinta. No inocente. No casual.
prima



—Parece que estabas más concentrado en otra cosa…
En ese instante lo entendí.
Ella ya lo había notado.
Yo no había hecho nada. No había dicho nada. Pero mi cuerpo me había traicionado antes de que pudiera explicarme. Y lo peor de todo fue darme cuenta de que, desde su punto de vista, la situación tenía un significado completamente distinto al que realmente había detrás.
No me dio tiempo a decir una palabra.
Valeria bajó la mirada sin disimulo. Esta vez no fue rápida ni casual. Fue directa. Consciente. Cuando volvió a subirla, ya no había duda en su expresión.
Extendió la mano despacio, como si estuviera probando una idea más que haciendo un movimiento. No preguntó. No avisó. Su contacto fue breve, firme, lo suficiente para confirmar lo que había visto… y para que yo entendiera que ya no había marcha atrás.
cornudo



—Vaya… —dijo con una sonrisa ladeada—. Me alegra saber que a ti sí te caliento.
Retiró la mano como si nada, como si ese gesto no acabara de cambiar el peso de toda la habitación. Yo me quedé inmóvil, con la respiración tensa, atrapado entre lo que ella creía haber provocado… y la verdad que seguía sin poder decir.
Porque lo que estaba pasando dentro de mí no tenía que ver con ella.
Y eso era lo verdaderamente peligroso.
Ya en ese punto era imposible echar para atrás lo que había pasado. No solo porque el gesto ya existía, sino porque yo tampoco hice nada por detenerlo. Estaba caliente, confundido… y mi prima estaba ahí, mirándome como si la respuesta le perteneciera.
Se inclinó apenas hacia mí, lo suficiente para invadir mi espacio sin tocarme otra vez. Su voz bajó de tono, se volvió más lenta, más cargada de intención.
—Dime una cosa —preguntó—. ¿Qué fue lo que te calentó de mí?
Hizo una pausa, disfrutando del silencio.
—¿Que soy algo prohibido para ti? —continuó—. ¿O fue simplemente ver mi cuerpo así…?
Otra pausa, más larga.
—¿O qué yo sea tu prima?
Me miraba esperando una confesión que no podía darle. Porque cualquiera de esas respuestas le habría dado la razón. Y ninguna era del todo verdad.
Tragué saliva. Sentí cómo la situación se cerraba sobre mí, cómo cualquier cosa que dijera —o no dijera— iba a empujar todo un poco más adelante.
Porque, aunque no era Valeria lo que había encendido mi cuerpo, ya estaba caliente, ya estaba ahí, y ella estaba dispuesta. Y en ese momento decidí no frenar nada. Aprovechar la tensión. Aprovechar el instante.
Me quité lo poco que tenía puesto sin decir nada. No fue un gesto impulsivo, fue lento, deliberado. Una forma clara de decirle que ya había tomado una decisión.
Me acerqué y la rodeé por la cintura, acercándola a mí. Su cuerpo respondió de inmediato, sin resistencia, sin dudas. Al contrario: se pegó más, como si quisiera borrar cualquier espacio entre los dos.
cornudo feliz



Valeria levantó la cabeza y me miró con una expresión distinta a cualquiera que le hubiera visto antes. No había inocencia ahí. Había deseo. Intención. Ganas de cruzar algo que sabía que no debía.
—Eso… —dijo en voz baja, casi provocándome—.
—Aprovéchate de tu prima ahora.
Sus manos se apoyaron en mi pecho, no para empujarme, sino para sentirme. Para asegurarse de que estaba reaccionando.
—Quiero complacerte —continuó, sin vergüenza—.
—Quiero que disfrutes de lo que te provoco.
Sonrió, lenta, sabiendo exactamente lo que estaba diciendo.
—No me importa que esto sea prohibido —añadió—.
—Quiero sentirlo. Quiero que disfrutemos juntos del incesto.
Se acercó un poco más, lo suficiente para que no quedara ninguna duda de lo que estaba ofreciendo.
—Hazlo —susurró—.
—Disfrútame.
Y en ese instante, ya no quedaba nada que explicar.
Solo una tensión compartida… y la decisión de dejarla avanzar.
Le levanté lentamente la camisa de la pijama, Su respiración cambió al instante. No hizo falta más.
Me acerqué, dejándome caer contra su pecho, y sentí cómo su cuerpo reaccionaba antes incluso de que yo hiciera nada. Me metí una teta a la boca, disfrutando de la textura en mis labios, mientras que con mi otra mano le agarraba su otro seno, apretándolo y sintiendo su firmeza. Valeria soltó una risa baja, cargada de excitación.
putita



—Así… —murmuró—.
—Disfrútame.
Su voz temblaba, no de nervios, sino de placer.
—No puedo creer que seas tú —añadió—.
—Mi primo el que me hace sentir esto.
Sus palabras me atravesaban más que cualquier gesto. Me dejé llevar por la sensación, por el calor, por la idea de estar cruzando una línea que ya no me importaba respetar.
Y ella lo sabía.
Lo estaba disfrutando.
Cuando me separé de ella, todavía con la respiración alterada, la miré de frente.
—Es momento de probarte, Primita —le dije en voz baja.
Ella sostuvo mi mirada sin pudor, con una expresión cargada de deseo que no dejaba espacio a dudas. Esa mirada fue suficiente para empujarme a seguir. Mis manos bajaron con decisión hacia su short de pijama, quitándosela lentamente.
No hubo palabras de protesta. Solo silencio tenso, expectativa… y esa sensación clara de que ambos sabíamos exactamente lo que estábamos a punto de cruzar.
Al quitarle lo último que llevaba y verla así, completamente expuesta ante mí, me quedé inmóvil por un instante. No fue solo el cuerpo. Fue la intimidad del momento, la forma en que se ofrecía sin decir nada, consciente del efecto que causaba.
Valeria sostuvo mi mirada, sin cubrirse, sin retroceder.
Como si supiera que ese segundo —esa pausa— era parte del juego.
Y yo, hipnotizado, entendí que ya no había marcha atrás.
Me incliné entre sus piernas sin apartar la mirada de su concha. No necesitaba decir nada. Empecé lamiendo sus labios vaginales como quien saborea su plato favorito; luego fui directo al clítoris. Ella solo gritaba de placer. Metí mi lengua en su vagina, llenando mi boca del sabor de lo prohibido.
cornudo consentido



Valeria arqueó la espalda, aferrándose a las sábanas, y el primer sonido que se le escapó no fue contenido. Era un gemido abierto, honesto, imposible de fingir. Su respiración se volvió irregular, entrecortada, y cada vez que yo seguía, su voz subía más, perdiendo cualquier intento de control.
—Dios… —alcanzó a decir entre jadeos— no pares primo…
Su cuerpo hablaba por ella. Los movimientos, la tensión, la forma en que pronunciaba mi nombre sin darse cuenta. No había duda alguna de que lo estaba disfrutando, de que el placer la estaba sobrepasando.
Y yo seguí, dejándola perderse en esa sensación, escuchando cómo sus gemidos llenaban el cuarto, cómo el placer se le escapaba en forma de gritos suaves, cada vez menos contenidos.
Paré y me di cuenta de lo húmeda que estaba; supe que ya no había marcha atrás. Valeria estaba temblando, completamente entregada a la sensación. La acomodé de lado, guiando mi verga hacia su vagina, lista para recibirme. Cuando nuestros cuerpos finalmente se encontraron, el efecto fue inmediato: sus paredes vaginales abrazaban mi pene que se deslizaba entre ellas.
hotwife



Valeria reaccionó con un gemido largo, descontrolado. Su voz se quebró en el aire, mezclándose con jadeos que no intentó contener. Se aferró a mí, perdiendo cualquier rastro de prudencia, dejando que el placer hablara por ella.
—Ah… —gimió, incapaz de decir mucho más.
Cada movimiento la hacía reaccionar más, más ruidosa, más abierta en su forma de sentir. Sus gemidos llenaban el cuarto, repetidos, intensos, como si su cuerpo no supiera hacer otra cosa que responderme.
Y yo seguí, dejándola perderse en esa sensación, escuchando cómo su voz se volvía cada vez menos consciente, completamente dominada por lo que estaba sintiendo.
Cuando vi a Valeria completamente entregada, quise provocarla un poco más. Me acerqué a su oído y, con una sonrisa cargada de intención, le susurré:
—Ahora es tu turno de hacerme perder el control… si puedes.
Ella me miró y sonrió. No fue una sonrisa tímida ni inocente, sino una de esas que aceptan un reto sin pensarlo dos veces. Me acosté en la cama; ella se acomodó sobre mí con seguridad, agarró mi verga y, sin pensarlo, la metió de vuelta en su vagina y me cabalgó, marcando el ritmo, dominando la situación como si supiera exactamente lo que estaba haciendo.
cuckold



—Esto era lo que querías, ¿verdad? —dijo, con la voz cargada de malicia—. Prepárate… porque por ser familia no pienso tener piedad.
Su risa suave se mezclaba con sus gemidos, con esa expresión de satisfacción absoluta que me desarmaba por completo. Verla así, encima de mí, segura, provocadora, disfrutando cada segundo, me tenía al límite.
Yo apenas podía reaccionar. El calor, la cercanía, su manera de moverse y mirarme… todo conspiraba para hacerme perder el control, mientras ella parecía disfrutar aún más de saberlo.
Justo cuando sentía que estaba a punto de llegar al clímax, Valeria dejó escapar una frase que me atravesó por completo:
—Ay… si mi novio me lo hiciera como tú…
No lo sentí como un halago. Fue algo distinto. Algo más profundo y más oscuro.
Ese comentario encendió la misma chispa que ya me había despertado María. Saber que Valeria no era “mía”. Que tenía un novio. Que ese novio era mi amigo. Y que, aun así, estaba ahí, sobre mí, entregada, buscándome de esa forma.
Eso fue lo que me terminó de romper.
La idea de lo prohibido, de estar ocupando un lugar que no me correspondía, de ser el contraste entre lo que ella tenía y lo que estaba sintiendo conmigo… todo eso me atravesó de golpe. Mi cuerpo reaccionó antes que cualquier pensamiento racional.
No era solo deseo. Era la mezcla retorcida de saber que alguien más existía fuera de esa habitación. De que yo estaba viviendo algo que no debía. De que esa transgresión me excitaba más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Ahí entendí que esa parte de mí —la que se encendía con lo ajeno, con lo compartido, con lo que no era exclusivo— ya no era algo pasajero. Estaba ahí. Viva. Presente.
Y en ese instante, lejos de querer apagarla, la dejé crecer.
Impulsado por el comentario de Valeria, le devolví la mirada con una intensidad distinta y le murmuré que ahora iba a irse como la verga de su primo; la iba a hacer gozar de verdad. La guié y la puse en cuatro, dejándome ver su espalda y culo, listos para mí. Le volví a meter mi pene, pero esta vez todo cambió de tono. Ya no era solo el deseo: era la carga de lo indebido, la conciencia de ocupar un lugar que no me pertenecía y, aun así, quedarme.
infiel



Ella respondió a mi verga sin reservas. Su voz se quebraba entre risas nerviosas y jadeos, pidiéndome que no me detuviera.
—¡Sí, primo! ¡Sí, primo! ¡Sí, sí, más duro! —gritaba—, celebrando esa frontera que ambos sabíamos que estábamos cruzando. En ese vaivén de impulsos, lo que más me encendía no era el contacto en sí, sino la certeza de lo prohibido, de estar disfrutando algo que no debía hacer… y que, por eso mismo, me gusta más.
—Dios, Valeria… me voy a venir —le grité.
Ella giró hacia mí y me dijo: "Hazlo en mi cara". Saqué mi verga entre palpitaciones de su vagina, y ella me ofreció su rostro con la boca abierta. Yo me vine en ella de inmediato; no pude resistir ver a mi prima tan a mi merced. Le llené toda la cara y la boca de mi leche.
Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 6



Al verla así, cubierta de mí, me invadió un sentimiento extraño: una mezcla de felicidad y ternura bizarra. Era como si, a través de ese instante, despertara en mí una chispa romántica dentro de todo lo retorcido que estaba pasando.
Se levantó de la cama, se acercó y me dio un beso apasionado. —Gracias por esto —susurró—.
En mi mente, al verla así, algo cambió. Sentí un enamoramiento extraño, intenso, nacido del placer, del riesgo y de lo prohibido que es sentir sentimientos por alguien de tu familia.
Valeria entró al baño en silencio. Escuché el agua correr unos minutos. Cuando volvió, ya estaba limpia, vestida otra vez con su pijama, como si necesitara reconstruirse antes de acostarse. Se metió en la cama a mi lado, se acomodó sin decir nada… y en cuestión de segundos se quedó dormida.
Yo no pude.
Me quedé mirando el techo, con su respiración tranquila al lado, repasando todo lo que había pasado. Cada decisión. Cada segundo. Pensando si lo que hice estaba bien o mal. Si había cruzado una línea que no debía. Si al día siguiente iba a cargar con culpa… o con deseo.
Pensé en María. Pensé en Valeria. Pensé en mí.
Y después de darle vueltas una y otra vez, llegué a una conclusión tan simple como incómoda: no me arrepentía. No sentía culpa. Solo una calma extraña, casi honesta. Como si, por primera vez, hubiera dejado de fingir quién era y qué me daba placer.
Tal vez no era correcto. Tal vez no era limpio.
Pero era real.
Cerré los ojos con esa idea clara en la cabeza: no tenía por qué arrepentirme de nada que me hubiera hecho sentir vivo.
Y así terminó la noche.
Con más preguntas que respuestas…
y con una verdad que ya no podía negar.

0 comentarios - Juguete de todos, Amor mío - Capítulo 6