Elena y yo llevábamos apenas un año de casados cuando nos mudamos al antiguo apartamento que heredé de mi abuelo, en un barrio residencial tranquilo pero algo envejecido. Ella era una mujer espectacular: joven, risueña, con una figura que llamaba la atención sin proponérselo y una personalidad magnética que rápidamente la hizo ganarse el cariño de los comerciantes y vecinos de la cuadra.
Nuestra vida era perfecta en su rutina. Salíamos temprano a trabajar, regresábamos al caer la tarde, cocinábamos juntos y terminábamos en la cama. El sexo entre nosotros era apasionado y constante, pero tenía un condimento especial: a Elena le encantaba jugar con mis celos. En las fiestas o reuniones, solía lanzar miradas o entablar conversations cómplices con otros hombres, solo para ver mi reacción. En la intimidad, ese coqueteo se convertía en nuestro combustible; me fascinaba reclamarla en la cama después de haberla visto "provocar" a alguien más.
La primera vez que el juego rozó el límite fue una noche que regresábamos de un evento. Pedimos un coche de aplicación y el chofer, un tipo joven y atlético de unos treinta años, no tardó en intentar descifrar nuestra dinámica. Elena, aprovechando los efectos de un par de copas, tomó el control de la conversación. Me ignoró por completo, haciéndole preguntas atrevidas al conductor sobre las cosas que veía en la noche y sugiriendo, de forma muy sutil, que ella estaba soltera. El chofer se puso visiblemente nervioso, mirándola por el retrovisor mientras Elena se acomodaba el vestido con malicia. Al llegar a nuestro destino, ella se bajó del auto, pero fingió haber olvidado sus llaves. Regresó al auto, se inclinó hacia la ventana del conductor por casi un minuto y volvió conmigo con una sonrisa de triunfo y una tarjeta con el número directo del chofer.
Esa noche, los celos se transformaron en una excitación incontrolable. La tomé ahí mismo, en el vestíbulo del apartamento, devorándola mientras ella me confesaba al oído cuánto le había gustado poner nervioso a ese hombre frente a mí. Fue la primera vez que admití, en voz alta, que la idea de verla interactuar con otros hombres me ponía a mil. El monstruo de la fantasía había despertado en mí, pero decidí mantenerlo bajo control. Al fin y al cabo, éramos esposos y cruzar esa línea en la vida real podía ser peligroso.
Sin embargo, el destino nos puso a prueba unas semanas después. Elena cambió de empleo y sus nuevos horarios ya no coincidían con los míos; ahora tenía que caminar varias calles temprano por la mañana para tomar el transporte. Fue entonces cuando apareció Carlos. Mientras cenábamos una noche, ella sacó el tema:
E: ¿Oye, tú conoces a Carlos, el señor que vive frente al parque?Y: Sí, claro. Conduce esa camioneta pickup negra, ¿no? Es un tipo de unos cincuenta y tantos, fornido, de los que siempre están arreglando cosas en la calle o tomando cerveza con los viejos del barrio. ¿Por qué?E: Bueno... es que lleva tres días seguidos alcanzándome en la esquina y ofreciéndose a llevarme hasta la avenida principal para que no camine sola. Es muy educado, pero tiene una mirada... intensa.
Le resté importancia de palabra, pero por dentro mi mente estalló. Conociendo el historial de Carlos en el barrio, sabía exactamente que sus intenciones no eran de simple cortesía vecinal. Pero en lugar de prohibirle que subiera a esa camioneta, dejé que las cosas fluyeran. Durante las semanas siguientes, los viajes matutinos se volvieron rutina y Elena me contaba, cada noche, detalles de sus conversaciones. Carlos le hablaba de su juventud, de lo mucho que la observaba desde su ventana y de cómo un hombre joven (refiriéndose a mí) a veces no sabía apreciar la joya que tenía en casa. Carlos estaba sembrando la duda, y yo estaba dejando que lo hiciera.
Una mañana decidí probarlos. Le sugerí a Elena salir media hora más tarde de lo habitual. Me asomé por la cortina y vi cómo la camioneta negra de Carlos seguía estacionada en la acera de enfrente, esperando. En cuanto Elena cruzó la puerta, el motor se encendió, Carlos avanzó, bajó la ventanilla y, tras intercambiar un par de palabras, Elena subió al asiento del copiloto. Ver la camioneta perderse en la esquina me dejó el cuerpo temblando de pura anticipación.
Esa noche, la tensión en casa se podía cortar con un cuchillo. Cenamos casi en silencio, pero cuando entramos a la habitación, Elena se quitó la ropa revelando un conjunto de lencería de encaje negro que no se había puesto esa noche; lo llevaba puesto desde la mañana. Al acariciarla, descubrí que estaba completamente empapada. El deseo acumulado de todo el día era evidente. Empecé a estimularla mientras ella contenía la respiración y le pregunté:
Y: ¿Qué pasó hoy en la camioneta, Elena? Te estuvo esperando.E: Lo sé... Hoy fue diferente. Me dijo que estaba cansado de la rutina del trabajo y me preguntó si alguna vez había hecho una locura. Le dije que no. Entonces... detuvo la camioneta a un lado del camino.Y: ¿Y qué hizo?E: Me miró fijo y me dijo que conocía un lugar muy discreto a las afueras. Un motel con entrada privada. Me invitó a ir con él en ese mismo momento.
Elena soltó un gemido alto, alcanzando un orgasmo repentino e intenso solo por el recuerdo de la propuesta. Yo, con el corazón a punto de salirse del pecho, quise saber más:
Y: ¿Y fuiste?E: No... me dio miedo. Le dije que se me hacía tarde, pero me quedé pensando en eso todo el día. Tenía miedo de que te enojaras.Y: Te aseguro que no me habría enojado.
Le susurré eso mientras la tomaba por las caderas. Ella se subió encima de mí con desespero y guió mi miembro hacia su interior, moviéndose con una energía salvaje, completamente poseída por la fantasía de Carlos. Continué preguntándole:
Y: Cuéntame más, ¿qué te dijo antes de que te bajaras?E: Me pidió que no le dijera nada de esto a Carmen, la señora que atiende la tienda de la esquina, porque no quería chismes en el barrio... Espera, ¿por qué sonríes? ¿Quién es Carmen para él?
Me reí entre dientes mientras sostenía su cintura, aumentando la velocidad de nuestras embestidas.
Y: Carmen es su hermana mayor, Elena. O sea que el señor Carlos... resulta ser el tío político de mi primo hermano. Básicamente, es de la familia.
Al escuchar que el hombre maduro que la estaba cortejando y proponiendo ir a un motel era un "tío" cercano al entorno familiar, la mente de Elena hizo cortocircuito. El toque de lo prohibido y el tabú elevaron la temperatura de la habitación a niveles que nunca habíamos experimentado. Elena soltó un grito, aferrándose a mis hombros mientras su cuerpo temblaba en el orgasmo más largo de su vida, sabiendo que, aunque esa mañana había dicho que no, la puerta de la camioneta de Carlos seguía abierta para el día siguiente.
Nuestra vida era perfecta en su rutina. Salíamos temprano a trabajar, regresábamos al caer la tarde, cocinábamos juntos y terminábamos en la cama. El sexo entre nosotros era apasionado y constante, pero tenía un condimento especial: a Elena le encantaba jugar con mis celos. En las fiestas o reuniones, solía lanzar miradas o entablar conversations cómplices con otros hombres, solo para ver mi reacción. En la intimidad, ese coqueteo se convertía en nuestro combustible; me fascinaba reclamarla en la cama después de haberla visto "provocar" a alguien más.
La primera vez que el juego rozó el límite fue una noche que regresábamos de un evento. Pedimos un coche de aplicación y el chofer, un tipo joven y atlético de unos treinta años, no tardó en intentar descifrar nuestra dinámica. Elena, aprovechando los efectos de un par de copas, tomó el control de la conversación. Me ignoró por completo, haciéndole preguntas atrevidas al conductor sobre las cosas que veía en la noche y sugiriendo, de forma muy sutil, que ella estaba soltera. El chofer se puso visiblemente nervioso, mirándola por el retrovisor mientras Elena se acomodaba el vestido con malicia. Al llegar a nuestro destino, ella se bajó del auto, pero fingió haber olvidado sus llaves. Regresó al auto, se inclinó hacia la ventana del conductor por casi un minuto y volvió conmigo con una sonrisa de triunfo y una tarjeta con el número directo del chofer.
Esa noche, los celos se transformaron en una excitación incontrolable. La tomé ahí mismo, en el vestíbulo del apartamento, devorándola mientras ella me confesaba al oído cuánto le había gustado poner nervioso a ese hombre frente a mí. Fue la primera vez que admití, en voz alta, que la idea de verla interactuar con otros hombres me ponía a mil. El monstruo de la fantasía había despertado en mí, pero decidí mantenerlo bajo control. Al fin y al cabo, éramos esposos y cruzar esa línea en la vida real podía ser peligroso.
Sin embargo, el destino nos puso a prueba unas semanas después. Elena cambió de empleo y sus nuevos horarios ya no coincidían con los míos; ahora tenía que caminar varias calles temprano por la mañana para tomar el transporte. Fue entonces cuando apareció Carlos. Mientras cenábamos una noche, ella sacó el tema:
E: ¿Oye, tú conoces a Carlos, el señor que vive frente al parque?Y: Sí, claro. Conduce esa camioneta pickup negra, ¿no? Es un tipo de unos cincuenta y tantos, fornido, de los que siempre están arreglando cosas en la calle o tomando cerveza con los viejos del barrio. ¿Por qué?E: Bueno... es que lleva tres días seguidos alcanzándome en la esquina y ofreciéndose a llevarme hasta la avenida principal para que no camine sola. Es muy educado, pero tiene una mirada... intensa.
Le resté importancia de palabra, pero por dentro mi mente estalló. Conociendo el historial de Carlos en el barrio, sabía exactamente que sus intenciones no eran de simple cortesía vecinal. Pero en lugar de prohibirle que subiera a esa camioneta, dejé que las cosas fluyeran. Durante las semanas siguientes, los viajes matutinos se volvieron rutina y Elena me contaba, cada noche, detalles de sus conversaciones. Carlos le hablaba de su juventud, de lo mucho que la observaba desde su ventana y de cómo un hombre joven (refiriéndose a mí) a veces no sabía apreciar la joya que tenía en casa. Carlos estaba sembrando la duda, y yo estaba dejando que lo hiciera.
Una mañana decidí probarlos. Le sugerí a Elena salir media hora más tarde de lo habitual. Me asomé por la cortina y vi cómo la camioneta negra de Carlos seguía estacionada en la acera de enfrente, esperando. En cuanto Elena cruzó la puerta, el motor se encendió, Carlos avanzó, bajó la ventanilla y, tras intercambiar un par de palabras, Elena subió al asiento del copiloto. Ver la camioneta perderse en la esquina me dejó el cuerpo temblando de pura anticipación.
Esa noche, la tensión en casa se podía cortar con un cuchillo. Cenamos casi en silencio, pero cuando entramos a la habitación, Elena se quitó la ropa revelando un conjunto de lencería de encaje negro que no se había puesto esa noche; lo llevaba puesto desde la mañana. Al acariciarla, descubrí que estaba completamente empapada. El deseo acumulado de todo el día era evidente. Empecé a estimularla mientras ella contenía la respiración y le pregunté:
Y: ¿Qué pasó hoy en la camioneta, Elena? Te estuvo esperando.E: Lo sé... Hoy fue diferente. Me dijo que estaba cansado de la rutina del trabajo y me preguntó si alguna vez había hecho una locura. Le dije que no. Entonces... detuvo la camioneta a un lado del camino.Y: ¿Y qué hizo?E: Me miró fijo y me dijo que conocía un lugar muy discreto a las afueras. Un motel con entrada privada. Me invitó a ir con él en ese mismo momento.
Elena soltó un gemido alto, alcanzando un orgasmo repentino e intenso solo por el recuerdo de la propuesta. Yo, con el corazón a punto de salirse del pecho, quise saber más:
Y: ¿Y fuiste?E: No... me dio miedo. Le dije que se me hacía tarde, pero me quedé pensando en eso todo el día. Tenía miedo de que te enojaras.Y: Te aseguro que no me habría enojado.
Le susurré eso mientras la tomaba por las caderas. Ella se subió encima de mí con desespero y guió mi miembro hacia su interior, moviéndose con una energía salvaje, completamente poseída por la fantasía de Carlos. Continué preguntándole:
Y: Cuéntame más, ¿qué te dijo antes de que te bajaras?E: Me pidió que no le dijera nada de esto a Carmen, la señora que atiende la tienda de la esquina, porque no quería chismes en el barrio... Espera, ¿por qué sonríes? ¿Quién es Carmen para él?
Me reí entre dientes mientras sostenía su cintura, aumentando la velocidad de nuestras embestidas.
Y: Carmen es su hermana mayor, Elena. O sea que el señor Carlos... resulta ser el tío político de mi primo hermano. Básicamente, es de la familia.
Al escuchar que el hombre maduro que la estaba cortejando y proponiendo ir a un motel era un "tío" cercano al entorno familiar, la mente de Elena hizo cortocircuito. El toque de lo prohibido y el tabú elevaron la temperatura de la habitación a niveles que nunca habíamos experimentado. Elena soltó un grito, aferrándose a mis hombros mientras su cuerpo temblaba en el orgasmo más largo de su vida, sabiendo que, aunque esa mañana había dicho que no, la puerta de la camioneta de Carlos seguía abierta para el día siguiente.
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