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El novio perfecto 3

Las semanas siguientes me transformé en un adicto sin remedio. La mente ya no me daba para pensar en nada más que en la vida secreta de mi Valeria.
El viernes salí temprano del trabajo. Iba cambiado, perfumado y con la ilusión de llevar a mi mujer a una cita especial. Cuando abrí la puerta del apartamento con mi llave, el corazón se me fue a la garganta. Desde las escaleras se escuchaba el choque seco y rítmico de la carne.
El novio perfecto 3

*¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!*
Los gemidos descarados de Valeria retumbaban en todo el segundo piso. Me tocó sentarme en el sofá de la sala, vestido de gala, perfumado y como un niño bueno, a esperar pacientemente a que el cliente terminara de desocupar a mi propia novia. La humillación de estar ahí sentado mientras la rellenaban a unos metros me tenía la verga tiesa como un garrote.
A los veinte minutos bajó el tipo acomodándose el cinturón, me dio un saludo rápido y salió.
Un segundo después bajó mi Valeria. Venía con una bata entreabierta, despeinada, sudada y con las mejillas encendidas. Me le acerqué encendido en candela y la agarré de la cintura para besarla.
**Valeria:**
—No, mi rey hermoso, espérese... no me bese en la boca todavía que tengo todo esto lleno de semen de ese muchacho...
Pero a mí ya no me importaba nada. Dominado por el morbo demente que me corroía, la tomé de la nuca y le metí la lengua hasta el fondo. Sentí directo el olor agrio, la textura espesa y el sabor amargo a verga y leche ajena en mi propia boca. Ese beso me terminó de castrar la cabeza. Sabía que jamás podría dejar a esta mujer.
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A los dos días la vida nos puso una prueba peor. Llegó a la casa Carlos, un amigo mío de la infancia, destrozado y haciendo pucheros porque la esposa lo había echado a la calle. Como en nuestro apartamento solo teníamos nuestra habitación, le acomodé unas cobijas en el sofá de la sala para que se quedara.
Valeria lo atendió de una manera muy servicial, sirviéndole café y consolándolo. Pero al segundo día, viendo a Carlos todavía tan abatido y chillando por su mujer, Valeria se me acercó en la cocina, me abrazó por la espalda y me susurró con una ternura diabólica al oído:
**Valeria:**
—Ay, mi rey... me da tanta pena ver a su amiguito tan triste y haciendo esos pucheros. ¿Sabe qué, mi amor? Déjeme yo voy al cuarto y lo consuelo un ratico, le subo el ánimo a ese muchacho. Para eso estamos nosotros, ¿sí mi vida?
Sentí un choque eléctrico en el cerebro. Una cosa era la prostitución con desconocidos que pagaban... pero ¿regalársela a mi amigo de toda la vida? La mente se me derritió, pero mi sumisión era tan absoluta que solo pude asentir como un idiota.
Valeria se metió al cuarto con Carlos. A los quince minutos el morbo no me dejó en paz. Subí descalzo y entreabrí la puerta de la habitación.
Lo que vi me dejó congelado. Carlos tenía a Valeria levantada del piso, agarrándole los muslos con fuerza y dándole embates salvajes contra las puertas del armario.
*¡PAC! ¡PAC! ¡PAC!*
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El sonido de la madera retumbando y de las nalgas de mi mujer rebotando contra mi amigo era ensordecedor. Valeria iba agarrada del cuello de Carlos, soltando unos gemidos fuera de sí. En medio del frote, me vio por la rendija. No se asustó ni se detuvo. Con las piernas enredadas en la cintura de mi amigo, me regaló una sonrisita dulce, me guiñó un ojo y me dijo con toda la soltura del mundo:
**Valeria:**
—Ay, mi rey hermoso... no se me desespere. Espéreme abajo que ya le estoy terminando de ayudar a su amiguito y bajo a hacerle la cena, ¿bueno?
Me bajé a la sala pasmado, sumiso, sintiéndome la cosa más patética del mundo mientras escuchaba cómo mi amigo se la follaba gratis en mi propia casa. A los cuarenta minutos bajaron los dos, y ella, como si nada, nos sirvió la cena a ambos mientras me acariciaba la mano con amor.
Pero la humillación apenas comenzaba. Como Carlos seguía bajoneado, Valeria me tomó de las manos en la noche y me lanzó una orden disfrazada de favor tierno:
**Valeria:**
—Mi rey hermoso... para que Carlos se sienta mejor y no siga haciendo pucheros, hágame el favor y duerma usted estas dos noches en el sofá de la sala, ¿sí? Yo me voy a quedar durmiendo con él en nuestra cama para consentirlo bien y subirle el ánimo.
Me sacaron de mi propia cama. Despojado de mi lugar de hombre, me tocó tirarme en el sofá de la sala, abrigado con una cobijita como un perro castigado. En la oscuridad, escuchaba desde la sala el rechinar rítmico de mi propio colchón, las nalgadas secas y los gritos de placer de mi novia entregándose a mi parcero en mi propio puesto.
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La tercera noche no aguanté más. Me levanté en la madrugada, descalzo, pajeándome por encima de la pantaloneta, y subí en silencio a mi propia habitación. Abrí la puerta de par en par.
Valeria estaba en cuatro sobre mi cama matrimonial, totalmente desnuda, con el culo levantado y la espalda arqueada. Carlos la tenía agarrada de la cadera, encajándole la verga hasta el fondo con una furia salvaje.
*¡SLAAP! ¡SLAAP! ¡SLAAP!*
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El novio perfecto 3

Al sentir la puerta, Valeria giró la cabeza hacia mí. **Esta vez no me dijo nada**. Me clavó una mirada de sebo pura, con los ojos entrecerrados, la boca entreabierta chorreando saliva y una cara de lujuria y morbo absoluto. Me miraba fijamente a los ojos mientras mi amigo le metía el garrote sin piedad en mi propia cama, y ella solo emitía unos gemidos bajos y sucios:
**Valeria:**
—¡Aghhh... síiii... ahhh!
Ver a mi mujer en cuatro sobre mi colchón, disfrutando la verga de mi amigo con esa cara de perra satisfecha, me hizo venirme en la mano ahí mismo, parado en el marco de la puerta de mi propio cuarto, completamente destruido, castrado y convertido en un perro sumiso.
Al cuarto día, Carlos se fue recargado, feliz y agradecido conmigo por ser "el mejor parcero del mundo".
Cuando la puerta se cerró, Valeria se me acercó, me rodeó el cuello con sus brazos y me dio un beso dulce.
**Valeria:**
—Usted es el hombre más bueno y el novio más perfecto del mundo, ¿sabía? Tan bello cómo me dejó ayudar a su amiguito y le cedió la cama. Por eso es que lo amo tanto, mi rey.
Me llevó de la mano hacia nuestra habitación. La cama olía al sudor de tres días de mi amigo y las sábanas estaban encharcadas. Valeria se abrió de piernas sobre mi colchón y me recibió con un abrazo apretado. Meterme en ella, sintiendo la lubricación y los restos de tres noches de mi amigo dentro de su cuerpo en mi propia cama, me hizo venirme con una fuerza salvaje, sabiendo que ya no había vuelta atrás: era el novio cornudo, despojado y más feliz sobre la faz de la tierra.

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