Me llamo Dayana y tengo veintiocho años. No me gusta sonar presumida, pero sé exactamente cómo soy: tetas grandes y firmes que no necesitan sujetador, culo redondo y respingón que hipnotiza cuando camino, cintura estrecha y una cara que me han dicho es de puta pornstar. Mi marido, Carlos, tiene treinta y dos y es todo lo contrario a mí: serio, metódico, un contador aburrido que viste camisas planchadas y nunca se despeina.

Llevamos tres años de matrimonio y la verdad es que el sexo con él es una mierda. Entra, me besa en la boca como si fuera un trámite, me penetra en misionero durante cinco minutos, se viene y se duerme. Ni siquiera me toca el clítoris. Ni siquiera me pide que me ponga de rodillas. Nada. Cero. Una puta rutina de mierda que me deja con el coño humillado y sin satisfacción.
Pero hoy todo cambió.
Estaba buscando un documento de impuestos en su laptop cuando abrí sin querer una carpeta oculta llamada "Proyectos 2023". Dentro no había hojas de cálculo ni balances. Había fotos. Videos. Relatos en Word. Y todo era lo mismo: mujeres siendo folladas por otros hombres mientras sus maridos miraban. Cornudos. Cuckolds. Esposas putas siendo usadas por vergas grandes y gruesas mientras los esposos pajeros observaban o limpiaban el semen derramado.
Mi corazón latió tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.
No estaba enojada. Para nada. De hecho, sentí cómo mi coño se contrajo de inmediato, mojando mis bragas de encaje. Carlos, mi Carlos serio y aburrido, quería verme siendo cogida por otro. Quería verme convertida en una puta deliciosa mientras él miraba como el perro sumiso que aparentemente era.
Me senté en su silla de oficina y seguí revisando. Había una carpeta llamada "Dayana" y casi me desmayo. Dentro había fotos mías: unas que yo le había enviado por WhatsApp, otras que había tomado a escondidas mientras dormía desnuda, y montajes donde mi cara aparecía en cuerpos de actrices porno siendo penetradas por negros enormes.
"Puta madre", susurré, y sin darme cuenta mi mano ya estaba dentro de mis bragas, frotando mi clítoris con furia.
Me imaginaba la escena: Carlos sentado en esa misma silla, con su verga pequeña y flácida en la mano, mirando fotos de mí siendo destrozada por un desconocido. ¿Se la jalaba? ¿Se venía viendo mi cara de puta satisfecha? La idea me hizo correrme de inmediato, apretando los muslos y mordiéndome el labio para no gritar.
Esa noche, cuando Carlos llegó del trabajo, lo recibí diferente. Llevaba puesta una lencería roja de encaje que había comprado hace meses y nunca usaba porque ¿para qué? Él ni siquiera la notaba.

—Hola, amor —dijo, dándome un beso seco en la mejilla como siempre.
—Hola, corazón —respondí, y mi voz sonó más aguda, más puta. —¿Cómo estuvo tu día?
—Lo de siempre. Facturas, números, reuniones aburridas.
Me acerqué a él, sintiendo cómo mis tetas casi se salían del sostén. Noté que su mirada bajó un segundo, nerviosa, y luego volvió a mi rostro. Pobre hombre. No sabía que yo ya conocía su secreto. Que sabía que debajo de ese traje de oficinista aburrido, su mente estaba llena de imágenes de mí siendo usada como una zorra barata.
Cenamos en silencio, pero yo no podía dejar de pensar en ello. Cada vez que levantaba la vista, lo veía diferente. No como mi marido, sino como mi futuro espectador. Mi cornudo personal. El pendejo que me vería gritar de placer con otra verga dentro de mí.
Esa noche, cuando se metió a la cama con su pijama de siempre, me acosté a su lado desnuda. Él ni siquiera lo notó hasta que yo me pegué a su espalda y le susurré al oído:
—Carlos... ¿tú nunca has pensado en hacer algo diferente?
Se tensó. Literalmente sentí cómo su cuerpo se ponía rígido.
—¿A qué te refieres? —preguntó, con voz temblorosa.
—No sé... algo más... atrevido. —Mi mano bajó por su pecho hasta su estómago. —Algo que nos excite más a los dos.
Se volteó hacia mí, confundido. La luz de la lámpara de noche iluminaba su cara de niño bueno.
—Yo... yo creo que estamos bien, ¿no? —tartamudeó.
Mentiroso de mierda. Tenía su carpeta de cornudo llena de material y aquí estaba haciéndose el inocente.
—Está bien —dije, y me di la vuelta, dejándolo con su frustración. —Solo preguntaba.
Pero mientras fingía dormir, sonreía en la oscuridad. Porque ya había decidido algo: iba a hacer realidad su fantasía. No para él, sino para mí. Porque si mi marido no me sabía follar como merecía, encontraría a alguien que sí lo hiciera. Y Carlos, quiera o no, estaría ahí para verlo.
Al día siguiente, mientras él se bañaba, tomé su celular y busqué en sus contactos. Había uno llamado "Marco - Gimnasio". Un tipo que entrenaba con él los fines de semana. Alto, moreno, tatuado. Había visto fotos de él en el perfil de Carlos en redes sociales. Se veía que cargaba peso y tenía manos grandes. Manos de hombre que sabrían agarrar mis tetas con fuerza.
Le envié un mensaje desde el celular de Carlos: "Oye, hermano. ¿Te animas a venir a cenar mañana a la casa? Dayana quiere conocerte mejor. Trae vino."
Guardé el celular justo cuando Carlos salía del baño con su toalla ridícula alrededor de la cintura. Su cuerpo pálido y sin músculos contrastaba con lo que imaginaba de Marco. Ya me excitaba pensar en la comparación.
—¿Todo bien, amor? —preguntó Carlos, secándose el pelo.
—Perfecto, cariño —respondí, y esta vez mi sonrisa fue genuina. —Todo está perfecto.
Porque mañana, mi marido cornudo tendrá su primera lección. Y yo, por fin, voy a sentir una verga que merezca la pena.
Pasé todo el día siguiente preparándome como si fuera una cita, no una simple cena con un amigo de mi marido. Me depilé el coño completamente, dejándolo liso y rosado como a los hombres les gusta. Me puse un vestido negro corto, tan ajustado que mis tetas parecían a punto de explotar, y tan corto que apenas cubría mi culo. Sin bragas. Quería sentir el aire fresco en mi coño mojado todo el tiempo.



Carlos me miró raro cuando bajé las escaleras.
—¿Así vas a recibir a Marco? —preguntó, frunciendo el ceño como un padre castrador.
—¿Qué tiene? —respondí inocente, girándome para que viera cómo el vestido se pegaba a mis nalgas. —Está fresco afuera. Además, Marco es tu amigo. ¿O tienes celos?
La cara de Carlos se puso roja. Pobre idiota. No sabía que sus propios celos serían su condena. Que cada mirada de Marco hacia mis tetas lo haría sentir más pequeño, más inútil, más cornudo de lo que ya era.
Marco llegó a las ocho. Cuando abrí la puerta, casi me da un infarto. En las fotos se veía bien, pero en persona era una bestia. Metro noventa de puro músculo, piel morena, barba de tres días y unos ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba cada abdominale y unos jeans que dejaban bastante a la imaginación... pero no tanto como para no notar el bulto considerable entre sus piernas.
—Dayana, supongo —dijo, y su voz era gruesa, masculina, nada que ver con el tonito agudo de Carlos.
—Entra, Marco —respondí, y noté cómo mi voz salía más ronca de lo normal. —Carlos está en la cocina, haciendo los postres.
Mentira. Carlos estaba en la cocina sacando cubitos de hielo porque era un inútil para todo lo demás. Pero quería un segundo a solas con Marco. Cuando se inclinó para besarme la mejilla, yo giré la cara ligeramente y sus labios rozaron la comisura de mi boca. Sentí su aliento, olía a menta y tabaco. Mi coño palpitó de inmediato.
Durante la cena, me comporté como la puta que Carlos quería que fuera. Me inclinaba sobre la mesa dejando que Marco viera mi escote profundo. Cruzaba y descruzaba las piernas dejando ver destellos de mi coño desnudo. Cada vez que Marco me hablaba, me mordía el labio inferior y lo miraba desde abajo, con esos ojos de zorra hambrienta que sé que vuelven locos a los hombres.
Carlos estaba incómodo. Se notaba en cómo se removía en su silla, en cómo su risa salía forzada, en cómo sus manos temblaban al servir el vino. Pero no decía nada. Era su amigo, después de todo. ¿Qué iba a decir? ¿Que su esposa estaba provocando? Él mismo había fantasmeado con esto en su computadora. Ahora le tocaba ver la realidad.
—¿Y tú, Dayana? —preguntó Marco, dando un sorbo a su vino tinto. Sus labios se tiñeron de color y me imaginé esos labios en mis pezones, en mi clítoris, en mi cuello. —¿Qué haces todo el día mientras este tipo trabaja?
—Me aburro —respondí, suspirando exageradamente para hacer que mis tetas subieran y bajaran. —Carlos llega cansado y se duerme temprano. Me deja sola muchas noches.
Marco sonrió. Una sonrisa de depredador que me hizo sentir pequeña y vulnerable. Y excitada.
—Qué lástima —dijo, y su pie rozó el mío bajo la mesa. No fue accidental. Se quedó ahí, presionando, y yo no me aparté.
Carlos tosió.
—¿Más vino? —preguntó, con voz estrangulada.
—Sí, amor —respondí, sin quitarle los ojos de encima a Marco. —Llena mi copa. Y la de Marco también. Quiero que estemos... relajados.
Cuando Carlos se levantó para ir a la cocina, aproveché. Me incliné hacia Marco, tan cerca que mi aliento le golpeó la oreja.
—¿Te gusta lo que ves? —susurré.
Marco no dudó. Su mano grande y callosa subió por mi muslo bajo la mesa y encontró mi coño desnudo. Sus dedos gruesos se deslizaron entre mis labios húmedos y yo contuve un gemido.
—Puta sin bragas —murmuró, y sus dedos entraron en mí sin piedad, profundos, curvándose para tocarme donde Carlos nunca llegaba. —Tu marido es un pendejo por dejarte sola.

—Lo sé —jadeé, apretando mis muslos alrededor de su mano. —Y sé que tú tienes lo que necesito.
Carlos regresó con la botella y Marco retiró su mano, llevándose mis jugos a los labios y chupándolos delante de él. Mi marido no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado llenando copas, demasiado ciego para ver que su amigo acababa de meter los dedos en su esposa a dos metros de distancia.
La cena terminó y Carlos, el imbécil, sugirió ver una película en la sala. Quería aliviar la tensión, supongo. Pero yo tenía otros planes.
—Yo prefiero tomar aire en el balcón —dije, levantándome y estirándome de forma que mi vestido subió casi hasta mostrar mi culo. —Marco, ¿me acompañas? Carlos odia el frío y tú pareces más... resistente.
Carlos quería protestar, pero ¿qué podía decir? Que no confiaba en su esposa? Que no quería dejarme a solas con su amigo? Eso sería admitir que era un cornudo celoso, y su orgullo masculino frágil no permitía eso.
—Está bien —dijo, con voz rígida. —Yo lavo los platos.
El balcón daba al jardín privado de nuestra casa. Era oscuro, solo iluminado por una luz tenue. Apenas salimos, Marco me empujó contra la barandilla, su cuerpo grande presionando el mío desde atrás. Sentí su verga dura y gruesa contra mi culo y gemí sin contenerme.
—Tu marido es un estúpido —gruñó, agarrando mis tetas con fuerza, pellizcando mis pezones duros a través del vestido. —Me has estado provocando toda la noche y él no hace nada.
—Es un cornudo —susurré, arqueándome para ofrecerle más. —Le excita que me cojan otros. Tiene fotos en su computadora... fotos de mí con otros hombres.
Marco soltó una carcajada ronca.
—En serio? —apretó mi cuello con una mano mientras la otra bajaba a levantar mi vestido, dejando mi culo al descubierto. —Entonces no le importará esto.
Su verga salió de sus pantalones. Era enorme, gruesa, venosa, el doble de tamaño que la de Carlos. La guió hasta mi entrada húmeda y empujó sin preparación, sin delicadeza, como un animal. Grité, pero su mano en mi boca ahogó el sonido.
—Cállate, puta —ordenó, y comenzó a moverse, embistiéndome contra la barandilla, cada golpe profundo y brutal. —Si tu marido cornudo quiere ver, que vea. Pero primero voy a llenarte de leche como la zorra que eres.
Desde el comedor, podía ver la silueta de Carlos en la ventana, lavando platos, ajeno a que a cinco metros su esposa estaba siendo destrozada por su amigo, con una verga gruesa entrando y saliendo de su coño mojado, con tetas rebotando y gemidos ahogados.
Marco me cogió durante diez minutos sin piedad. Me hizo correrme tres veces, algo que Carlos nunca había logrado. Cuando finalmente se vació dentro de mí, caliente y espeso, sentí cómo su semen corría por mis muslos.
—Mañana vuelvo —dijo, ajustándose los pantalones y dejándome despatarrada contra la barandilla, con el coño chorreando. —Y tu marido nos verá. Eso es lo que quiere, ¿no?
Asentí, jadeando, con el vestido levantado y la dignidad hecha pedazos.
Cuando entré a la casa, Carlos estaba secando las manos.
—¿Todo bien, amor? —preguntó, inocente. —Estabas mucho tiempo afuera.
—Estaba... tomando aire —respondí, sintiendo el semen de Marco corriendo por mis piernas, marcándome como territorio conquistado. —Marco se fue. Dijo que mañana vuelve. Para... terminar de arreglar algo.
Carlos asintió, satisfecho.
—Qué buen amigo —dijo, y casi me río en su cara.
Sí, un muy buen amigo. Un amigo que acababa de llenar a su esposa de leche mientras él lavaba los platos como un pendejo.
No dormí en toda la noche. Carlos roncaba a mi lado, ajeno a que su "amigo" había dejado su semen caliente dentro de mí, que todavía sentía la humedad entre mis piernas mezclada con mis propios jugos. Me masturbé en silencio tres veces recordando cómo Marco me había tomado contra la barandilla, sin pedir permiso, sin delicadezas, como un dueño reclamando su propiedad.
Por la mañana, mientras Carlos desayunaba sus cereales como un niño grande, le solté la bomba.
—Marco viene hoy a las tres —dije, recostándome en la mesa de forma que mi camiseta de dormir dejaba ver mis pezones duros. —Dijo que necesita ayuda con unas cosas... en el dormitorio.
Carlos dejó la cuchara en el plato. Su mano temblaba.
—¿En el dormitorio? —repitió, como si no entendiera el idioma.
—Sí, amor —me acerqué y le acaricié la mejilla, sintiendo lástima y desprecio mezclados. —Tú le ofreciste ayuda ayer, ¿recuerdas? Dijiste que podía venir cuando quisiera.
Carlos tragó saliva. Su mente lenta estaba conectando puntos, pero no quería ver la imagen completa. Su propia cobardía lo cegaba.
—Dayana, yo... —empezó, pero lo interrumpí poniendo un dedo en sus labios.
—Shhh —susurré. —Confía en mí, ¿sí? Solo... quédate en casa hoy. Trabaja desde aquí. Y cuando Marco llegue... quédate cerca. Muy cerca.
Pasé el día preparándome como una novia, pero para otra cosa. Me puse un conjunto de lencería blanca, pura e inocente, pero tan transparente que dejaba ver todo. Mis pezones rosados contra la tela, mi coño depilado marcando la tanga. Encima, una bata de seda roja que se abría con el movimiento.


A las tres en punto, sonó el timbre.
Carlos estaba en el sofá de la sala, con su laptop abierta pero sin ver nada. Estaba pálido, sudando, con las manos temblorosas sobre el teclado. Pobre cornudo. Ya sabía, en el fondo sabía lo que venía, pero su mente se negaba a aceptarlo.
Yo abrí la puerta.
Marco no vino solo. Trajo a otro hombre. Alto, rubio, musculoso, con tatuajes en los brazos y una mirada fría que me recorrió como si fuera mercancía en exhibición.
—Este es Erik —presentó Marco, entrando sin esperar invitación. —Mi primo. También quería conocerte.
Mi corazón latió desbocado. Dos. Dos vergas para mí. Dos hombres que me usarían mientras mi marido miraba desde su rincón de perro derrotado.
—Adelante —dije, abriendo la puerta de par en par. —Mi esposo está en la sala. Está... esperando.
Marco sonrió y Erik soltó una risa seca. Entraron como dueños de la casa, y yo los seguí, sintiendo cómo sus ojos se clavaban en mi culo que se marcaba bajo la bata.
Carlos levantó la vista cuando entramos a la sala. Su cara se descompuso al ver a dos hombres, no uno.
—¿Marco? —dijo, con voz de niño asustado. —¿Quién es...?
—Erik, tu cuñado de putas —respondió el rubio, y ambos se rieron.
Me senté en el sofá principal, cruzando las piernas de forma que la bata se abrió completamente, mostrando mi lencería transparente. Los ojos de Erik se iluminaron.
—Carajo, Marco —dijo, ajustándose la entrepierna. —No exagerabas. Esta zorra está buenísima.
—Y es toda tuya, primo —respondió Marco, sentándose a mi lado y agarrando una de mis tetas sin ceremonia. —El maridito no tiene problema, ¿verdad, Carlos?
Carlos estaba paralizado. Su rostro pasó de la pálidez a un rojo violento. Quería levantarse, quería gritar, quería golpear a Marco. Pero no hizo nada. Solo se quedó ahí, con su laptop en las piernas, ocultando probablemente su verga pequeña que ya estaría dura de solo ver a otro hombre tocando a su esposa.
—Yo... yo creo que deberían irse —tartamudeó, pero sin convicción.
Marco se rio y me empujó hacia Erik. El rubio me agarró por la cintura y me sentó en sus piernas. Sentí su verga dura, enorme, presionando contra mi culo. Su mano grande subió directo a mi teta, pellizcando el pezón cruelmente.
—Mira, cornudo —dijo Marco, señalando a Carlos. —Mira cómo tu esposa se calienta con una verga de verdad.
Y tenía razón. Estaba empapada. El coño me palpitaba con solo sentir la mano de Erik en mi cuerpo, con solo ver la cara de humillación y excitación mezcladas en mi marido. Era un puto cornudo nato, y yo era su puta esposa insaciable.
Erik me volteó de golpe, poniéndome de rodillas en el sofá. Su mano bajó mi tanga de un tirón y ahí estaba, expuesta, con el coño rosado y húmedo brillando bajo la luz de la sala, a plena vista de mi marido que gemía en su rincón como un animal herido.
—Míralo, puta —ordenó Erik, agarrando mi pelo y girando mi cara hacia Carlos. —Mira a tu maridito mientras te follo.
Carlos tenía lágrimas en los ojos, pero su mano estaba bajo la laptop. Se la estaba jalando. El muy pervertido se estaba masturbando viendo a su esposa a punto de ser penetrada por otro.
Erik no esperó más. Empujó su verga gruesa y larga de una sola embestida, llenándome por completo. Grité, un grito de puta que resonó en toda la casa. Era más grande que Marco, si eso era posible. Me sentía partida, llena, usada como nunca antes.
—Joder, qué coño tan apretado —gruñó Erik, comenzando a moverse con embestidas duras, profundas, sin piedad. —Tu marido nunca te ha cogido así, ¿verdad, zorra?
—Nunca —gemí, mirando a Carlos directamente a los ojos. —Nunca. Él es pequeño. Tú eres... eres un hombre de verdad.
Carlos gimió y aceleró el ritmo de su mano bajo la laptop. El muy enfermo estaba disfrutando esto. Su fantasía se había vuelto realidad, y aunque le dolía el alma, su verga lo traicionaba.
Marco no se quedó atrás. Se paró frente a mí, sacó su verga —ya dura y goteando— y me la metió en la boca. Estaba llena por ambos lados, siendo usada como un simple objeto de placer, una muñeca de carne para dos hombres reales mientras mi esposo pajero miraba desde su silla.
—Toma, puta —gruñó Marco, agarrando mi cabeza y follando mi boca con fuerza. —Chúpala bien. Quiero que tu marido vea cómo te tragas mi leche.
Lo hicieron cambiar de posición varias veces. Erik me tomó contra el respaldo del sofá, luego en el suelo, de perrito, con mi cara presionada contra la alfombra mientras él me destrozaba desde atrás. Marco se sentó en el sofá y me montó encima, haciendo que me cabalgara mientras me pellizcaba las tetas hasta dejarme moretones.



Carlos se acercó. No sé cuándo ni cómo, pero de repente estaba de rodillas al lado del sofá, con su verga diminuta en la mano, mirando cómo otra verga, grande y gruesa, entraba y salía de su esposa.
—Por favor... —suplicó Carlos, y no sabía si pedía que parara o que continuara.
—Toca sus huevos, cornudo —ordenó Erik, sin detenerse. —Toca cómo me golpean contra el coño de tu puta esposa.
Carlos lo hizo. Extendió su mano temblorosa y tocó donde Erik y yo nos uníamos. Su dedo rozó mi clítoris hinchado y gemí. Eso fue demasiado para él. Se vino en su propia mano con un gemido lastimero, chorreando su semen pobre y escaso en la alfombra, mientras yo seguía siendo cogida por un hombre que ni siquiera me había besado en la boca, solo me usaba como un agujero.
—Patético —se burló Marco, y ambos se rieron.
Cuando Erik finalmente se corrió dentro de mí, caliente y abundante, sentí que me desmayaba. Luego Marco hizo lo mismo, llenando mi boca de semen espeso que me obligó a tragar mientras Carlos miraba, con su propio semen secándose en su mano y lágrimas de humillación en sus mejillas.
—Gracias por la hospitalidad, Carlos —dijo Marco, ajustándose los pantalones. —Tu esposa es un polvo increíble. Volveremos el fin de semana.
Cuando se fueron, me quedé en el suelo, despatarrada, con el coño chorreando semen de dos hombres diferentes, con el cuerpo marcado de moretones y mordidas. Carlos se arrastró hasta mí, todavía con su verga flácida en la mano.
—Dayana... —susurró, y no supe si iba a llorar o a suplicar.
—Límpialo —ordené, señalando mi coño ensangrentado de tanto uso. —Límpialo con la lengua, cornudo. Es lo único para lo que sirves.
Y el muy enfermo lo hizo. Se inclinó y comenzó a lamer, a limpiar el semen de otros hombres de su esposa, mientras yo cerraba los ojos y sonreía, porque por fin había encontrado mi lugar en el mundo: siendo la puta de todos, con un marido cornudo que limpiaba el desorden.
Pasaron tres días y Carlos no me había tocado. No es que me importara; su verga me daba exactamente lo mismo. Pero su actitud había cambiado. Me miraba con una mezcla de reverencia y vergüenza que me excitaba más de lo que quería admitir. Se había convertido en mi esclavo sin que yo tuviera que pedirlo.
El viernes por la mañana, mientras desayunaba desnuda en la cocina —solo llevaba puesta una tanga de hilo que se metía entre mis nalgas—, Carlos entró con su tablet. Tenía cara de niño que va a confesar un delito.
—Marco me escribió —dijo, sin atreverse a mirarme a los ojos. —Dice que... que quiere venir esta noche. Con Erik. Y quizás otro amigo.
Mastiqué lentamente mi tostada, sintiendo cómo el coño se me humedecía solo con la noticia.
—¿Y tú qué le dijiste, cornudo? —pregunté, usando la palabra que sabía que le destroyaba el ego.
Carlos se puso rojo hasta las orejas.
—Que sí —susurró. —Que mi esposa estará disponible.
Dejé el tenedor y me levanté. Caminé hacia él despacio, dejando que viera cómo mis tetas se movían, cómo mi cuerpo desnudo lo tentaba y humillaba al mismo tiempo. Me detuve a centímetros de su rostro.
—Eres un puto pervertido —dije, y le escupí en la mejilla. —Te excita esto, ¿verdad? Que tu esposa sea una zorra pública.
Carlos cerró los ojos y asintió, con la respiración agitada.
—Sí —confesó, con voz quebrada. —Me pone duro pensar que otros hombres te usan. Que yo no soy suficiente. Que soy... solo un espectador.
Sonreí y le di una palmada en la cara, no muy fuerte, pero suficiente para que sintiera quién mandaba ahora.
—Esa es tu puta realidad —susurré. —Y esta noche lo vas a ver bien. Pero hay reglas nuevas.
Carlos levantó la vista, ansioso.
—Primero: te quedarás desnudo todo el tiempo. Quiero que vean lo pequeño que eres. Segundo: te masturbarás solo cuando yo te lo ordene. Y tercero: cuando se vayan, limpiarás todo. Con la lengua. Incluyendo el desorden que hagan en el piso, los muebles, donde sea.
Carlos tragó saliva, pero su mano bajó instintivamente a su entrepierna. Ya estaba duro. El muy enfermo estaba en el cielo.
—Sí, Dayana —dijo, sumiso. —Lo que tú digas.
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Llegaron a las nueve. Marco, Erik y un tercer hombre que presentaron como "El Negro" —un tipo de casi dos metros, piel oscura brillante, músculos que parecían a punto de romper la camiseta, y una sonrisa que prometía destrucción.
Carlos abrió la puerta en calzoncillos, como le había ordenado. Los tres hombres se rieron al verlo.
—Carajo, Marco —dijo El Negro, con voz profunda como un trueno. —No dijiste que el cornudo era tan patético. Mira ese gusano.
Señaló la entrepierna de Carlos, donde su verga pequeña hacía un bulto ridículo en los calzoncillos. Todos se rieron, incluyéndome a mí, que bajé las escaleras en lencería negra de puta barata, con medias de red y tacones de aguja.


—Bienvenidos, caballeros —dije, posándome en el respaldo del sofá de forma que mi culo quedaba en pompa. —Mi esposo les ha preparado bebidas. ¿Verdad, amor?
Carlos asintió rápidamente y corrió a la cocina como el sirviente que ahora era.
Los tres hombres me rodearon. Marco me besó con fuerza, metiendo su lengua hasta mi garganta. Erik bajó mi sostén y comenzó a chupar mis pezones con avidez. Y El Negro... El Negro simplemente bajó mi tanga de un tirón y metió dos dedos gruesos en mi coño sin preguntar.
—Mojadísima —gruñó. —Esta zorra estaba esperando esto todo el día.
—Todo el puto día —gemí, arqueándome para ofrecer más.
Carlos regresó con las cervezas y se quedó congelado al ver la escena. Su esposa siendo manoseada por tres hombres en su propia sala, con las tetas fuera y el coño expuesto.
—Quédate ahí, cornudo —ordenó Marco, sin dejar de besarme el cuello. —Y quítate esos calzoncillos. Quiero ver lo que no tienes.
Carlos obedeció, temblando. Cuando se bajó la ropa interior, su verga diminuta saltó hacia arriba, erecta y patética, no más de diez centímetros. Los tres hombres se rieron a carcajadas.
—¡Por Dios! —exclamó Erik. —¿Con eso te folla? ¡Eso ni siquiera es una verga! Es un clítoris con complejo de pene.
—Ven aquí, enano —dijo El Negro, haciendo señas a Carlos. —Ven a ver cómo se ve una verga de verdad.
Carlos se acercó arrastrándose, literalmente de rodillas, mientras El Negro sacaba su miembro. Era monstruoso. Negra, gruesa, venosa, tan larga que llegaba casi a su ombligo. Carlos se quedó boquiabierto, con los ojos llenos de lágrimas y admiración.
—Tócala —ordenó El Negro. —Siente lo que tu esposa necesita.
Carlos extendió su mano temblorosa y tocó la verga negra. Era más gruesa que su muñeca. Su propia erección parecía un chiste al lado de eso.
—Ahora chúpala, cornudo —dijo Marco, empujando la cabeza de Carlos hacia abajo. —Enséñale a tu esposa cómo se hace.
Quería protestar, lo vi en sus ojos, pero no tuvo valor. Abrió la boca y El Negro empujó su enorme glande entre sus labios. Carlos ahogó, tosió, las lágrimas corrieron por sus mejillas, pero siguió chupando como un puto perro obediente, moviendo la cabeza con la desesperación de quien sabe que es inferior.
—Mira, Dayana —dijo Erik, girando mi cara para que viera el espectáculo. —Tu marido es un puto maricón. Chupa verga mejor que tú.
—Es un cornudo natural —gemí, sintiendo cómo el coño se contraía de excitación. —Hecho para servir.
El Negro empujó a Carlos lejos, escupiendo, y me agarró por la cintura. Me levantó como si no pesara nada y me sentó en su regazo, en el sofá. Su verga, enorme y dura, se posicionó en mi entrada. Carlos se quedó de rodillas en el suelo, mirando, con su propia verga goteando en su mano, sin atreverse a tocarse sin permiso.
—Por favor... —suplicó Carlos, y no sabía si pedía que parara o que continuara.
El Negro me penetró de una sola embestida. Grité, un grito animal que resonó en la casa. Era demasiado, me sentía partida, llena, completamente llena de verga negra gruesa que me llegaba hasta el fondo del útero.

—Mira, cornudo —gruñó El Negro, moviendo sus caderas con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran violentamente. —Mira cómo tu esposa se corre en una verga de verdad.
Y me corrí. De inmediato, con violencia, chorreando líquido claro por todas partes, empapando el regazo de El Negro mientras Carlos miraba con la boca abierta, humillado y excitado más allá de lo imaginable.
Marco y Erik no esperaron turno. Se acercaron y me pusieron de rodillas en el sofá, El Negro aún dentro de mí desde atrás, mientras ellos me metían sus vergas en la boca por turnos. Era un tren de hombres, una fila de vergas usando cada uno de mis agujeros, y Carlos de rodillas, mirando cómo su esposa se convertía en una puta de tres cabezas.
—Jódete, cornudo —gruñó Marco, acercándose al oído de Carlos mientras me follaba la boca. —Tu esposa es nuestra ahora. Eres solo el limpiador de semen.
Cuando El Negro se corrió dentro de mí, sentí la inundación cálida llenándome. Luego Marco en mi boca, espeso y salado, obligándome a tragar hasta la última gota. Erik se vino en mis tetas, cubriéndome de leche blanca que corría por mis pezones.
Quedé despatarrada en el sofá, jadeante, con el coño chorreando semen negro, la boca hinchada, las tetas cubiertas de fluidos. Los tres hombres se vistieron, satisfechos, y se fueron sin despedirse, dejándome como basura usada en mi propia casa.
Carlos se arrastró hacia mí. Tenía su verga en la mano, dura como una roca, a punto de explotar.
—Límpialo —ordené, señalando mi cuerpo devastado. —Todo. Con la lengua.
Y mi cornudo de esposo, mi patético marido, se inclinó y comenzó a lamer. Primero mis tetas, succionando el semen de Erik. Luego mi boca, besándome con la lengua para saborear lo que había tragado de Marco. Y finalmente, su rostro entre mis piernas, lamiendo el semen de El Negro que salía de mi coño usado, metiendo la lengua profundo para limpiar cada gota, gimiendo de placer mientras lo hacía.
Cuando terminó, se vino solo, sin tocarse, chorreando su propio semen en el suelo, mientras yo me reía de él, de su debilidad, de su naturaleza de cornudo que ya no podía negar.
—Mañana llamaré a más amigos —dije, acariciando su cabeza como a un perro. —Tienes mucho que limpiar, mi amor.
Y Carlos, con la cara brillante de los fluidos de otros hombres, solo asintió, sumiso y feliz en su humillación.
Pasó una semana. Carlos no era ya mi esposo en el sentido tradicional. Era mi sirviente, mi cornudo oficial, mi perro domesticado. Había dejado de dormir en nuestra cama; ahora dormía en un colchón en el suelo de nuestro dormitorio, atado con una correa como el animal que se había convertido.
Pero hoy era especial. Hoy cumplíamos cuatro años de matrimonio, y yo había preparado algo que sellaría nuestra nueva realidad para siempre.
Saqué del armario mi vestido de novia. Ese vestido blanco, puro, inocente, que había usado el día que prometí serle fiel a Carlos hasta que la muerte nos separara. Ahora lo usaba de otra manera. Lo corté por la mitad, dejando la falda ultra corta, el escote hasta el ombligo, la espalda completamente descubierta. Debajo, nada. Mi coño desnudo rozaba la seda blanca cada vez que me movía.

Me puse las ligas blancas, los tacones blancos, el velo corto que dejaba ver mi cara de puta satisfecha. Me maquillé como novia, pero con los labios rojos obscenos, el rímel corrido de anticipación. Estaba lista para mi nueva boda. Mi boda con la putería.
Carlos estaba en la sala, desnudo como siempre, con su verga pequeña encerrada en una jaula de castidad que había comprado online. No podía tocarse, no podía venirse sin mi permiso. Llevaba una semana sin corrida, y sus bolas estaban hinchadas, doloridas, desesperadas.
—Hoy renuevos nuestros votos, cornudo —dije, entrando a la sala con mi vestido de novia modificado. —Pero no serán votos de fidelidad. Serán votos de sumisión.
Carlos me miró con los ojos llenos de lágrimas. El vestido que había visto en el altar, ahora convertido en un trapo de zorra.
—Por favor, Dayana... —susplicó.
—Cállate —espeté, y le escupí en la cara. —Hoy te conviertes en lo que siempre fuiste: nada.
Sonó el timbre. No era uno. Eran cinco. Marco, Erik, El Negro, y dos tipos más que no conocía. Uno rubio, atlético, con tatuajes en el cuello. Otro moreno, bajito pero musculoso, con cara de malo.
—Esta es la novia? —preguntó el rubio, mirándome de arriba abajo.
—La novia puta —corrigió Marco, y todos entraron como dueños de la casa.
Me pusieron de rodillas en el centro de la sala, sobre el velo que había llevado en mi cabeza ahora extendido en el suelo como un altar profano. Los cinco hombres me rodearon, sacando sus vergas, todas duras, todas enormes, todas listas para usar la novia que se ofrecía como sacrificio.
Carlos estaba en su rincón, atado a una silla con precintas, con la jaula en su verga visible, con una cámara en la mano que le había ordenado sostener. Tenía que filmar todo. Su aniversario de bodas, su esposa siendo violada por cinco desconocidos en su vestido de novia.
—Empiecen —ordené, abriendo la boca.
Lo que vino después fue una violación consensuada, una orgía de uso total. Me cogieron todos los agujeros al mismo tiempo. Una verga en la boca, otra en el coño, otra en el culo, mientras las otras dos me masturbaban las tetas, me azotaban, me escupían, me llamaban puta, zorra, novia de mierda, esposa barata.



El vestido blanco se rompió, se manchó de semen, de saliva, de sudor. Me quedé en pedazos de seda blanca mientras cinco hombres me destrozaban, me llenaban de semen por todos lados, me hacían gritar hasta quedarme sin voz.
Carlos filmaba todo, llorando, con su verga intentando erguirse contra la jaula imposible, sintiendo el dolor de la negación mientras su esposa era usada como un objeto sin valor.
Cuando todos se hubieron corrido dentro de mí, cuando mi cuerpo era un receptáculo de semen de cinco hombres diferentes, cuando el vestido de novia estaba hecho harapos manchados, ordené a Carlos que se acercara.


—Es hora de tu regalo de aniversario —dije, jadeante, despatarrada en el suelo cubierta de fluidos.
Marco trajo lo que había pedido. Un condón usado, lleno hasta el tope de semen espeso, caliente, de todos ellos mezclados. Y mi anillo de bodas. Esa alianza de oro que Carlos había puesto en mi dedo el día de nuestra boda, prometiendo amor eterno.
—Quítate el anillo —ordené.
Carlos, temblando, obedeció. Su mano temblaba tanto que casi no podía deslizar la alianza de su dedo.
—Ahora mételo en el condón —instruí. —Dentro de la mierda de semen de los hombres que me cogieron.
Carlos lo hizo. Metió su anillo de bodas en ese condón lleno de leche ajena, viendo cómo se hundía en el fluido blanco, cómo quedaba suspendido ahí, atrapado en la evidencia de su fracaso como hombre, como esposo.
—Ahora mételo en tu culo —ordené, señalando su propio trasero. —Atado con un hilo. Quiero que camines con el anillo de nuestra boda, lleno de semen de otros hombres, dentro de tu culo de cornudo, el resto de tu vida.
Carlos quería llorar, quería suplicar, pero su verga traicionera intentaba romper la jaula. Era lo más humillante que había sentido, y lo más excitante.
Se puso de rodillas, se inclinó, y con ayuda de Erik que se rio a carcajadas, insertó el condón lleno de semen con su anillo dentro, en su propio culo. El hilo quedó colgando, visible, una prueba permanente de su degradación.
—Ahora eres mío —dije, levantándome con dificultad, el coño chorreando semen de extraños. —Mi cornudo oficial. Mi esclavo. Mi perro. Y cada vez que sientas ese anillo en tu culo, cada vez que sientas el semen caliente dentro de ti, recordarás quién soy yo. Tu esposa. Tu puta. Tu dueña.
Carlos se quedó ahí, de rodillas, con el anillo de bodas en su culo lleno de semen ajeno, filmando a su esposa desnuda y usada, sabiendo que nunca más me tocaría, que nunca más sería suyo, que solo era el limpiador, el espectador, el cornudo eterno.
—Feliz aniversario, amor —susurré, y escupí en el suelo a sus pies.
**Fin**
Algunos me dijeron que con mas imágenes, otros que mas gifs espero a ver complacido a todos mis amores.


Llevamos tres años de matrimonio y la verdad es que el sexo con él es una mierda. Entra, me besa en la boca como si fuera un trámite, me penetra en misionero durante cinco minutos, se viene y se duerme. Ni siquiera me toca el clítoris. Ni siquiera me pide que me ponga de rodillas. Nada. Cero. Una puta rutina de mierda que me deja con el coño humillado y sin satisfacción.
Pero hoy todo cambió.
Estaba buscando un documento de impuestos en su laptop cuando abrí sin querer una carpeta oculta llamada "Proyectos 2023". Dentro no había hojas de cálculo ni balances. Había fotos. Videos. Relatos en Word. Y todo era lo mismo: mujeres siendo folladas por otros hombres mientras sus maridos miraban. Cornudos. Cuckolds. Esposas putas siendo usadas por vergas grandes y gruesas mientras los esposos pajeros observaban o limpiaban el semen derramado.
Mi corazón latió tan fuerte que pensé que se me saldría del pecho.
No estaba enojada. Para nada. De hecho, sentí cómo mi coño se contrajo de inmediato, mojando mis bragas de encaje. Carlos, mi Carlos serio y aburrido, quería verme siendo cogida por otro. Quería verme convertida en una puta deliciosa mientras él miraba como el perro sumiso que aparentemente era.
Me senté en su silla de oficina y seguí revisando. Había una carpeta llamada "Dayana" y casi me desmayo. Dentro había fotos mías: unas que yo le había enviado por WhatsApp, otras que había tomado a escondidas mientras dormía desnuda, y montajes donde mi cara aparecía en cuerpos de actrices porno siendo penetradas por negros enormes.
"Puta madre", susurré, y sin darme cuenta mi mano ya estaba dentro de mis bragas, frotando mi clítoris con furia.
Me imaginaba la escena: Carlos sentado en esa misma silla, con su verga pequeña y flácida en la mano, mirando fotos de mí siendo destrozada por un desconocido. ¿Se la jalaba? ¿Se venía viendo mi cara de puta satisfecha? La idea me hizo correrme de inmediato, apretando los muslos y mordiéndome el labio para no gritar.
Esa noche, cuando Carlos llegó del trabajo, lo recibí diferente. Llevaba puesta una lencería roja de encaje que había comprado hace meses y nunca usaba porque ¿para qué? Él ni siquiera la notaba.

—Hola, amor —dijo, dándome un beso seco en la mejilla como siempre.
—Hola, corazón —respondí, y mi voz sonó más aguda, más puta. —¿Cómo estuvo tu día?
—Lo de siempre. Facturas, números, reuniones aburridas.
Me acerqué a él, sintiendo cómo mis tetas casi se salían del sostén. Noté que su mirada bajó un segundo, nerviosa, y luego volvió a mi rostro. Pobre hombre. No sabía que yo ya conocía su secreto. Que sabía que debajo de ese traje de oficinista aburrido, su mente estaba llena de imágenes de mí siendo usada como una zorra barata.
Cenamos en silencio, pero yo no podía dejar de pensar en ello. Cada vez que levantaba la vista, lo veía diferente. No como mi marido, sino como mi futuro espectador. Mi cornudo personal. El pendejo que me vería gritar de placer con otra verga dentro de mí.
Esa noche, cuando se metió a la cama con su pijama de siempre, me acosté a su lado desnuda. Él ni siquiera lo notó hasta que yo me pegué a su espalda y le susurré al oído:
—Carlos... ¿tú nunca has pensado en hacer algo diferente?
Se tensó. Literalmente sentí cómo su cuerpo se ponía rígido.
—¿A qué te refieres? —preguntó, con voz temblorosa.
—No sé... algo más... atrevido. —Mi mano bajó por su pecho hasta su estómago. —Algo que nos excite más a los dos.
Se volteó hacia mí, confundido. La luz de la lámpara de noche iluminaba su cara de niño bueno.
—Yo... yo creo que estamos bien, ¿no? —tartamudeó.
Mentiroso de mierda. Tenía su carpeta de cornudo llena de material y aquí estaba haciéndose el inocente.
—Está bien —dije, y me di la vuelta, dejándolo con su frustración. —Solo preguntaba.
Pero mientras fingía dormir, sonreía en la oscuridad. Porque ya había decidido algo: iba a hacer realidad su fantasía. No para él, sino para mí. Porque si mi marido no me sabía follar como merecía, encontraría a alguien que sí lo hiciera. Y Carlos, quiera o no, estaría ahí para verlo.
Al día siguiente, mientras él se bañaba, tomé su celular y busqué en sus contactos. Había uno llamado "Marco - Gimnasio". Un tipo que entrenaba con él los fines de semana. Alto, moreno, tatuado. Había visto fotos de él en el perfil de Carlos en redes sociales. Se veía que cargaba peso y tenía manos grandes. Manos de hombre que sabrían agarrar mis tetas con fuerza.
Le envié un mensaje desde el celular de Carlos: "Oye, hermano. ¿Te animas a venir a cenar mañana a la casa? Dayana quiere conocerte mejor. Trae vino."
Guardé el celular justo cuando Carlos salía del baño con su toalla ridícula alrededor de la cintura. Su cuerpo pálido y sin músculos contrastaba con lo que imaginaba de Marco. Ya me excitaba pensar en la comparación.
—¿Todo bien, amor? —preguntó Carlos, secándose el pelo.
—Perfecto, cariño —respondí, y esta vez mi sonrisa fue genuina. —Todo está perfecto.
Porque mañana, mi marido cornudo tendrá su primera lección. Y yo, por fin, voy a sentir una verga que merezca la pena.
Pasé todo el día siguiente preparándome como si fuera una cita, no una simple cena con un amigo de mi marido. Me depilé el coño completamente, dejándolo liso y rosado como a los hombres les gusta. Me puse un vestido negro corto, tan ajustado que mis tetas parecían a punto de explotar, y tan corto que apenas cubría mi culo. Sin bragas. Quería sentir el aire fresco en mi coño mojado todo el tiempo.



Carlos me miró raro cuando bajé las escaleras.
—¿Así vas a recibir a Marco? —preguntó, frunciendo el ceño como un padre castrador.
—¿Qué tiene? —respondí inocente, girándome para que viera cómo el vestido se pegaba a mis nalgas. —Está fresco afuera. Además, Marco es tu amigo. ¿O tienes celos?
La cara de Carlos se puso roja. Pobre idiota. No sabía que sus propios celos serían su condena. Que cada mirada de Marco hacia mis tetas lo haría sentir más pequeño, más inútil, más cornudo de lo que ya era.
Marco llegó a las ocho. Cuando abrí la puerta, casi me da un infarto. En las fotos se veía bien, pero en persona era una bestia. Metro noventa de puro músculo, piel morena, barba de tres días y unos ojos oscuros que me recorrieron de arriba abajo como si ya me estuviera desnudando. Llevaba una camiseta negra ajustada que marcaba cada abdominale y unos jeans que dejaban bastante a la imaginación... pero no tanto como para no notar el bulto considerable entre sus piernas.
—Dayana, supongo —dijo, y su voz era gruesa, masculina, nada que ver con el tonito agudo de Carlos.
—Entra, Marco —respondí, y noté cómo mi voz salía más ronca de lo normal. —Carlos está en la cocina, haciendo los postres.
Mentira. Carlos estaba en la cocina sacando cubitos de hielo porque era un inútil para todo lo demás. Pero quería un segundo a solas con Marco. Cuando se inclinó para besarme la mejilla, yo giré la cara ligeramente y sus labios rozaron la comisura de mi boca. Sentí su aliento, olía a menta y tabaco. Mi coño palpitó de inmediato.
Durante la cena, me comporté como la puta que Carlos quería que fuera. Me inclinaba sobre la mesa dejando que Marco viera mi escote profundo. Cruzaba y descruzaba las piernas dejando ver destellos de mi coño desnudo. Cada vez que Marco me hablaba, me mordía el labio inferior y lo miraba desde abajo, con esos ojos de zorra hambrienta que sé que vuelven locos a los hombres.
Carlos estaba incómodo. Se notaba en cómo se removía en su silla, en cómo su risa salía forzada, en cómo sus manos temblaban al servir el vino. Pero no decía nada. Era su amigo, después de todo. ¿Qué iba a decir? ¿Que su esposa estaba provocando? Él mismo había fantasmeado con esto en su computadora. Ahora le tocaba ver la realidad.
—¿Y tú, Dayana? —preguntó Marco, dando un sorbo a su vino tinto. Sus labios se tiñeron de color y me imaginé esos labios en mis pezones, en mi clítoris, en mi cuello. —¿Qué haces todo el día mientras este tipo trabaja?
—Me aburro —respondí, suspirando exageradamente para hacer que mis tetas subieran y bajaran. —Carlos llega cansado y se duerme temprano. Me deja sola muchas noches.
Marco sonrió. Una sonrisa de depredador que me hizo sentir pequeña y vulnerable. Y excitada.
—Qué lástima —dijo, y su pie rozó el mío bajo la mesa. No fue accidental. Se quedó ahí, presionando, y yo no me aparté.
Carlos tosió.
—¿Más vino? —preguntó, con voz estrangulada.
—Sí, amor —respondí, sin quitarle los ojos de encima a Marco. —Llena mi copa. Y la de Marco también. Quiero que estemos... relajados.
Cuando Carlos se levantó para ir a la cocina, aproveché. Me incliné hacia Marco, tan cerca que mi aliento le golpeó la oreja.
—¿Te gusta lo que ves? —susurré.
Marco no dudó. Su mano grande y callosa subió por mi muslo bajo la mesa y encontró mi coño desnudo. Sus dedos gruesos se deslizaron entre mis labios húmedos y yo contuve un gemido.
—Puta sin bragas —murmuró, y sus dedos entraron en mí sin piedad, profundos, curvándose para tocarme donde Carlos nunca llegaba. —Tu marido es un pendejo por dejarte sola.

—Lo sé —jadeé, apretando mis muslos alrededor de su mano. —Y sé que tú tienes lo que necesito.
Carlos regresó con la botella y Marco retiró su mano, llevándose mis jugos a los labios y chupándolos delante de él. Mi marido no se dio cuenta. Estaba demasiado ocupado llenando copas, demasiado ciego para ver que su amigo acababa de meter los dedos en su esposa a dos metros de distancia.
La cena terminó y Carlos, el imbécil, sugirió ver una película en la sala. Quería aliviar la tensión, supongo. Pero yo tenía otros planes.
—Yo prefiero tomar aire en el balcón —dije, levantándome y estirándome de forma que mi vestido subió casi hasta mostrar mi culo. —Marco, ¿me acompañas? Carlos odia el frío y tú pareces más... resistente.
Carlos quería protestar, pero ¿qué podía decir? Que no confiaba en su esposa? Que no quería dejarme a solas con su amigo? Eso sería admitir que era un cornudo celoso, y su orgullo masculino frágil no permitía eso.
—Está bien —dijo, con voz rígida. —Yo lavo los platos.
El balcón daba al jardín privado de nuestra casa. Era oscuro, solo iluminado por una luz tenue. Apenas salimos, Marco me empujó contra la barandilla, su cuerpo grande presionando el mío desde atrás. Sentí su verga dura y gruesa contra mi culo y gemí sin contenerme.
—Tu marido es un estúpido —gruñó, agarrando mis tetas con fuerza, pellizcando mis pezones duros a través del vestido. —Me has estado provocando toda la noche y él no hace nada.
—Es un cornudo —susurré, arqueándome para ofrecerle más. —Le excita que me cojan otros. Tiene fotos en su computadora... fotos de mí con otros hombres.
Marco soltó una carcajada ronca.
—En serio? —apretó mi cuello con una mano mientras la otra bajaba a levantar mi vestido, dejando mi culo al descubierto. —Entonces no le importará esto.
Su verga salió de sus pantalones. Era enorme, gruesa, venosa, el doble de tamaño que la de Carlos. La guió hasta mi entrada húmeda y empujó sin preparación, sin delicadeza, como un animal. Grité, pero su mano en mi boca ahogó el sonido.
—Cállate, puta —ordenó, y comenzó a moverse, embistiéndome contra la barandilla, cada golpe profundo y brutal. —Si tu marido cornudo quiere ver, que vea. Pero primero voy a llenarte de leche como la zorra que eres.
Desde el comedor, podía ver la silueta de Carlos en la ventana, lavando platos, ajeno a que a cinco metros su esposa estaba siendo destrozada por su amigo, con una verga gruesa entrando y saliendo de su coño mojado, con tetas rebotando y gemidos ahogados.
Marco me cogió durante diez minutos sin piedad. Me hizo correrme tres veces, algo que Carlos nunca había logrado. Cuando finalmente se vació dentro de mí, caliente y espeso, sentí cómo su semen corría por mis muslos.
—Mañana vuelvo —dijo, ajustándose los pantalones y dejándome despatarrada contra la barandilla, con el coño chorreando. —Y tu marido nos verá. Eso es lo que quiere, ¿no?
Asentí, jadeando, con el vestido levantado y la dignidad hecha pedazos.
Cuando entré a la casa, Carlos estaba secando las manos.
—¿Todo bien, amor? —preguntó, inocente. —Estabas mucho tiempo afuera.
—Estaba... tomando aire —respondí, sintiendo el semen de Marco corriendo por mis piernas, marcándome como territorio conquistado. —Marco se fue. Dijo que mañana vuelve. Para... terminar de arreglar algo.
Carlos asintió, satisfecho.
—Qué buen amigo —dijo, y casi me río en su cara.
Sí, un muy buen amigo. Un amigo que acababa de llenar a su esposa de leche mientras él lavaba los platos como un pendejo.
No dormí en toda la noche. Carlos roncaba a mi lado, ajeno a que su "amigo" había dejado su semen caliente dentro de mí, que todavía sentía la humedad entre mis piernas mezclada con mis propios jugos. Me masturbé en silencio tres veces recordando cómo Marco me había tomado contra la barandilla, sin pedir permiso, sin delicadezas, como un dueño reclamando su propiedad.
Por la mañana, mientras Carlos desayunaba sus cereales como un niño grande, le solté la bomba.
—Marco viene hoy a las tres —dije, recostándome en la mesa de forma que mi camiseta de dormir dejaba ver mis pezones duros. —Dijo que necesita ayuda con unas cosas... en el dormitorio.
Carlos dejó la cuchara en el plato. Su mano temblaba.
—¿En el dormitorio? —repitió, como si no entendiera el idioma.
—Sí, amor —me acerqué y le acaricié la mejilla, sintiendo lástima y desprecio mezclados. —Tú le ofreciste ayuda ayer, ¿recuerdas? Dijiste que podía venir cuando quisiera.
Carlos tragó saliva. Su mente lenta estaba conectando puntos, pero no quería ver la imagen completa. Su propia cobardía lo cegaba.
—Dayana, yo... —empezó, pero lo interrumpí poniendo un dedo en sus labios.
—Shhh —susurré. —Confía en mí, ¿sí? Solo... quédate en casa hoy. Trabaja desde aquí. Y cuando Marco llegue... quédate cerca. Muy cerca.
Pasé el día preparándome como una novia, pero para otra cosa. Me puse un conjunto de lencería blanca, pura e inocente, pero tan transparente que dejaba ver todo. Mis pezones rosados contra la tela, mi coño depilado marcando la tanga. Encima, una bata de seda roja que se abría con el movimiento.


A las tres en punto, sonó el timbre.
Carlos estaba en el sofá de la sala, con su laptop abierta pero sin ver nada. Estaba pálido, sudando, con las manos temblorosas sobre el teclado. Pobre cornudo. Ya sabía, en el fondo sabía lo que venía, pero su mente se negaba a aceptarlo.
Yo abrí la puerta.
Marco no vino solo. Trajo a otro hombre. Alto, rubio, musculoso, con tatuajes en los brazos y una mirada fría que me recorrió como si fuera mercancía en exhibición.
—Este es Erik —presentó Marco, entrando sin esperar invitación. —Mi primo. También quería conocerte.
Mi corazón latió desbocado. Dos. Dos vergas para mí. Dos hombres que me usarían mientras mi marido miraba desde su rincón de perro derrotado.
—Adelante —dije, abriendo la puerta de par en par. —Mi esposo está en la sala. Está... esperando.
Marco sonrió y Erik soltó una risa seca. Entraron como dueños de la casa, y yo los seguí, sintiendo cómo sus ojos se clavaban en mi culo que se marcaba bajo la bata.
Carlos levantó la vista cuando entramos a la sala. Su cara se descompuso al ver a dos hombres, no uno.
—¿Marco? —dijo, con voz de niño asustado. —¿Quién es...?
—Erik, tu cuñado de putas —respondió el rubio, y ambos se rieron.
Me senté en el sofá principal, cruzando las piernas de forma que la bata se abrió completamente, mostrando mi lencería transparente. Los ojos de Erik se iluminaron.
—Carajo, Marco —dijo, ajustándose la entrepierna. —No exagerabas. Esta zorra está buenísima.
—Y es toda tuya, primo —respondió Marco, sentándose a mi lado y agarrando una de mis tetas sin ceremonia. —El maridito no tiene problema, ¿verdad, Carlos?
Carlos estaba paralizado. Su rostro pasó de la pálidez a un rojo violento. Quería levantarse, quería gritar, quería golpear a Marco. Pero no hizo nada. Solo se quedó ahí, con su laptop en las piernas, ocultando probablemente su verga pequeña que ya estaría dura de solo ver a otro hombre tocando a su esposa.
—Yo... yo creo que deberían irse —tartamudeó, pero sin convicción.
Marco se rio y me empujó hacia Erik. El rubio me agarró por la cintura y me sentó en sus piernas. Sentí su verga dura, enorme, presionando contra mi culo. Su mano grande subió directo a mi teta, pellizcando el pezón cruelmente.
—Mira, cornudo —dijo Marco, señalando a Carlos. —Mira cómo tu esposa se calienta con una verga de verdad.
Y tenía razón. Estaba empapada. El coño me palpitaba con solo sentir la mano de Erik en mi cuerpo, con solo ver la cara de humillación y excitación mezcladas en mi marido. Era un puto cornudo nato, y yo era su puta esposa insaciable.
Erik me volteó de golpe, poniéndome de rodillas en el sofá. Su mano bajó mi tanga de un tirón y ahí estaba, expuesta, con el coño rosado y húmedo brillando bajo la luz de la sala, a plena vista de mi marido que gemía en su rincón como un animal herido.
—Míralo, puta —ordenó Erik, agarrando mi pelo y girando mi cara hacia Carlos. —Mira a tu maridito mientras te follo.
Carlos tenía lágrimas en los ojos, pero su mano estaba bajo la laptop. Se la estaba jalando. El muy pervertido se estaba masturbando viendo a su esposa a punto de ser penetrada por otro.
Erik no esperó más. Empujó su verga gruesa y larga de una sola embestida, llenándome por completo. Grité, un grito de puta que resonó en toda la casa. Era más grande que Marco, si eso era posible. Me sentía partida, llena, usada como nunca antes.
—Joder, qué coño tan apretado —gruñó Erik, comenzando a moverse con embestidas duras, profundas, sin piedad. —Tu marido nunca te ha cogido así, ¿verdad, zorra?
—Nunca —gemí, mirando a Carlos directamente a los ojos. —Nunca. Él es pequeño. Tú eres... eres un hombre de verdad.
Carlos gimió y aceleró el ritmo de su mano bajo la laptop. El muy enfermo estaba disfrutando esto. Su fantasía se había vuelto realidad, y aunque le dolía el alma, su verga lo traicionaba.
Marco no se quedó atrás. Se paró frente a mí, sacó su verga —ya dura y goteando— y me la metió en la boca. Estaba llena por ambos lados, siendo usada como un simple objeto de placer, una muñeca de carne para dos hombres reales mientras mi esposo pajero miraba desde su silla.
—Toma, puta —gruñó Marco, agarrando mi cabeza y follando mi boca con fuerza. —Chúpala bien. Quiero que tu marido vea cómo te tragas mi leche.
Lo hicieron cambiar de posición varias veces. Erik me tomó contra el respaldo del sofá, luego en el suelo, de perrito, con mi cara presionada contra la alfombra mientras él me destrozaba desde atrás. Marco se sentó en el sofá y me montó encima, haciendo que me cabalgara mientras me pellizcaba las tetas hasta dejarme moretones.



Carlos se acercó. No sé cuándo ni cómo, pero de repente estaba de rodillas al lado del sofá, con su verga diminuta en la mano, mirando cómo otra verga, grande y gruesa, entraba y salía de su esposa.
—Por favor... —suplicó Carlos, y no sabía si pedía que parara o que continuara.
—Toca sus huevos, cornudo —ordenó Erik, sin detenerse. —Toca cómo me golpean contra el coño de tu puta esposa.
Carlos lo hizo. Extendió su mano temblorosa y tocó donde Erik y yo nos uníamos. Su dedo rozó mi clítoris hinchado y gemí. Eso fue demasiado para él. Se vino en su propia mano con un gemido lastimero, chorreando su semen pobre y escaso en la alfombra, mientras yo seguía siendo cogida por un hombre que ni siquiera me había besado en la boca, solo me usaba como un agujero.
—Patético —se burló Marco, y ambos se rieron.
Cuando Erik finalmente se corrió dentro de mí, caliente y abundante, sentí que me desmayaba. Luego Marco hizo lo mismo, llenando mi boca de semen espeso que me obligó a tragar mientras Carlos miraba, con su propio semen secándose en su mano y lágrimas de humillación en sus mejillas.
—Gracias por la hospitalidad, Carlos —dijo Marco, ajustándose los pantalones. —Tu esposa es un polvo increíble. Volveremos el fin de semana.
Cuando se fueron, me quedé en el suelo, despatarrada, con el coño chorreando semen de dos hombres diferentes, con el cuerpo marcado de moretones y mordidas. Carlos se arrastró hasta mí, todavía con su verga flácida en la mano.
—Dayana... —susurró, y no supe si iba a llorar o a suplicar.
—Límpialo —ordené, señalando mi coño ensangrentado de tanto uso. —Límpialo con la lengua, cornudo. Es lo único para lo que sirves.
Y el muy enfermo lo hizo. Se inclinó y comenzó a lamer, a limpiar el semen de otros hombres de su esposa, mientras yo cerraba los ojos y sonreía, porque por fin había encontrado mi lugar en el mundo: siendo la puta de todos, con un marido cornudo que limpiaba el desorden.
Pasaron tres días y Carlos no me había tocado. No es que me importara; su verga me daba exactamente lo mismo. Pero su actitud había cambiado. Me miraba con una mezcla de reverencia y vergüenza que me excitaba más de lo que quería admitir. Se había convertido en mi esclavo sin que yo tuviera que pedirlo.
El viernes por la mañana, mientras desayunaba desnuda en la cocina —solo llevaba puesta una tanga de hilo que se metía entre mis nalgas—, Carlos entró con su tablet. Tenía cara de niño que va a confesar un delito.
—Marco me escribió —dijo, sin atreverse a mirarme a los ojos. —Dice que... que quiere venir esta noche. Con Erik. Y quizás otro amigo.
Mastiqué lentamente mi tostada, sintiendo cómo el coño se me humedecía solo con la noticia.
—¿Y tú qué le dijiste, cornudo? —pregunté, usando la palabra que sabía que le destroyaba el ego.
Carlos se puso rojo hasta las orejas.
—Que sí —susurró. —Que mi esposa estará disponible.
Dejé el tenedor y me levanté. Caminé hacia él despacio, dejando que viera cómo mis tetas se movían, cómo mi cuerpo desnudo lo tentaba y humillaba al mismo tiempo. Me detuve a centímetros de su rostro.
—Eres un puto pervertido —dije, y le escupí en la mejilla. —Te excita esto, ¿verdad? Que tu esposa sea una zorra pública.
Carlos cerró los ojos y asintió, con la respiración agitada.
—Sí —confesó, con voz quebrada. —Me pone duro pensar que otros hombres te usan. Que yo no soy suficiente. Que soy... solo un espectador.
Sonreí y le di una palmada en la cara, no muy fuerte, pero suficiente para que sintiera quién mandaba ahora.
—Esa es tu puta realidad —susurré. —Y esta noche lo vas a ver bien. Pero hay reglas nuevas.
Carlos levantó la vista, ansioso.
—Primero: te quedarás desnudo todo el tiempo. Quiero que vean lo pequeño que eres. Segundo: te masturbarás solo cuando yo te lo ordene. Y tercero: cuando se vayan, limpiarás todo. Con la lengua. Incluyendo el desorden que hagan en el piso, los muebles, donde sea.
Carlos tragó saliva, pero su mano bajó instintivamente a su entrepierna. Ya estaba duro. El muy enfermo estaba en el cielo.
—Sí, Dayana —dijo, sumiso. —Lo que tú digas.
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Llegaron a las nueve. Marco, Erik y un tercer hombre que presentaron como "El Negro" —un tipo de casi dos metros, piel oscura brillante, músculos que parecían a punto de romper la camiseta, y una sonrisa que prometía destrucción.
Carlos abrió la puerta en calzoncillos, como le había ordenado. Los tres hombres se rieron al verlo.
—Carajo, Marco —dijo El Negro, con voz profunda como un trueno. —No dijiste que el cornudo era tan patético. Mira ese gusano.
Señaló la entrepierna de Carlos, donde su verga pequeña hacía un bulto ridículo en los calzoncillos. Todos se rieron, incluyéndome a mí, que bajé las escaleras en lencería negra de puta barata, con medias de red y tacones de aguja.


—Bienvenidos, caballeros —dije, posándome en el respaldo del sofá de forma que mi culo quedaba en pompa. —Mi esposo les ha preparado bebidas. ¿Verdad, amor?
Carlos asintió rápidamente y corrió a la cocina como el sirviente que ahora era.
Los tres hombres me rodearon. Marco me besó con fuerza, metiendo su lengua hasta mi garganta. Erik bajó mi sostén y comenzó a chupar mis pezones con avidez. Y El Negro... El Negro simplemente bajó mi tanga de un tirón y metió dos dedos gruesos en mi coño sin preguntar.
—Mojadísima —gruñó. —Esta zorra estaba esperando esto todo el día.
—Todo el puto día —gemí, arqueándome para ofrecer más.
Carlos regresó con las cervezas y se quedó congelado al ver la escena. Su esposa siendo manoseada por tres hombres en su propia sala, con las tetas fuera y el coño expuesto.
—Quédate ahí, cornudo —ordenó Marco, sin dejar de besarme el cuello. —Y quítate esos calzoncillos. Quiero ver lo que no tienes.
Carlos obedeció, temblando. Cuando se bajó la ropa interior, su verga diminuta saltó hacia arriba, erecta y patética, no más de diez centímetros. Los tres hombres se rieron a carcajadas.
—¡Por Dios! —exclamó Erik. —¿Con eso te folla? ¡Eso ni siquiera es una verga! Es un clítoris con complejo de pene.
—Ven aquí, enano —dijo El Negro, haciendo señas a Carlos. —Ven a ver cómo se ve una verga de verdad.
Carlos se acercó arrastrándose, literalmente de rodillas, mientras El Negro sacaba su miembro. Era monstruoso. Negra, gruesa, venosa, tan larga que llegaba casi a su ombligo. Carlos se quedó boquiabierto, con los ojos llenos de lágrimas y admiración.
—Tócala —ordenó El Negro. —Siente lo que tu esposa necesita.
Carlos extendió su mano temblorosa y tocó la verga negra. Era más gruesa que su muñeca. Su propia erección parecía un chiste al lado de eso.
—Ahora chúpala, cornudo —dijo Marco, empujando la cabeza de Carlos hacia abajo. —Enséñale a tu esposa cómo se hace.
Quería protestar, lo vi en sus ojos, pero no tuvo valor. Abrió la boca y El Negro empujó su enorme glande entre sus labios. Carlos ahogó, tosió, las lágrimas corrieron por sus mejillas, pero siguió chupando como un puto perro obediente, moviendo la cabeza con la desesperación de quien sabe que es inferior.
—Mira, Dayana —dijo Erik, girando mi cara para que viera el espectáculo. —Tu marido es un puto maricón. Chupa verga mejor que tú.
—Es un cornudo natural —gemí, sintiendo cómo el coño se contraía de excitación. —Hecho para servir.
El Negro empujó a Carlos lejos, escupiendo, y me agarró por la cintura. Me levantó como si no pesara nada y me sentó en su regazo, en el sofá. Su verga, enorme y dura, se posicionó en mi entrada. Carlos se quedó de rodillas en el suelo, mirando, con su propia verga goteando en su mano, sin atreverse a tocarse sin permiso.
—Por favor... —suplicó Carlos, y no sabía si pedía que parara o que continuara.
El Negro me penetró de una sola embestida. Grité, un grito animal que resonó en la casa. Era demasiado, me sentía partida, llena, completamente llena de verga negra gruesa que me llegaba hasta el fondo del útero.

—Mira, cornudo —gruñó El Negro, moviendo sus caderas con fuerza, haciendo que mis tetas rebotaran violentamente. —Mira cómo tu esposa se corre en una verga de verdad.
Y me corrí. De inmediato, con violencia, chorreando líquido claro por todas partes, empapando el regazo de El Negro mientras Carlos miraba con la boca abierta, humillado y excitado más allá de lo imaginable.
Marco y Erik no esperaron turno. Se acercaron y me pusieron de rodillas en el sofá, El Negro aún dentro de mí desde atrás, mientras ellos me metían sus vergas en la boca por turnos. Era un tren de hombres, una fila de vergas usando cada uno de mis agujeros, y Carlos de rodillas, mirando cómo su esposa se convertía en una puta de tres cabezas.
—Jódete, cornudo —gruñó Marco, acercándose al oído de Carlos mientras me follaba la boca. —Tu esposa es nuestra ahora. Eres solo el limpiador de semen.
Cuando El Negro se corrió dentro de mí, sentí la inundación cálida llenándome. Luego Marco en mi boca, espeso y salado, obligándome a tragar hasta la última gota. Erik se vino en mis tetas, cubriéndome de leche blanca que corría por mis pezones.
Quedé despatarrada en el sofá, jadeante, con el coño chorreando semen negro, la boca hinchada, las tetas cubiertas de fluidos. Los tres hombres se vistieron, satisfechos, y se fueron sin despedirse, dejándome como basura usada en mi propia casa.
Carlos se arrastró hacia mí. Tenía su verga en la mano, dura como una roca, a punto de explotar.
—Límpialo —ordené, señalando mi cuerpo devastado. —Todo. Con la lengua.
Y mi cornudo de esposo, mi patético marido, se inclinó y comenzó a lamer. Primero mis tetas, succionando el semen de Erik. Luego mi boca, besándome con la lengua para saborear lo que había tragado de Marco. Y finalmente, su rostro entre mis piernas, lamiendo el semen de El Negro que salía de mi coño usado, metiendo la lengua profundo para limpiar cada gota, gimiendo de placer mientras lo hacía.
Cuando terminó, se vino solo, sin tocarse, chorreando su propio semen en el suelo, mientras yo me reía de él, de su debilidad, de su naturaleza de cornudo que ya no podía negar.
—Mañana llamaré a más amigos —dije, acariciando su cabeza como a un perro. —Tienes mucho que limpiar, mi amor.
Y Carlos, con la cara brillante de los fluidos de otros hombres, solo asintió, sumiso y feliz en su humillación.
Pasó una semana. Carlos no era ya mi esposo en el sentido tradicional. Era mi sirviente, mi cornudo oficial, mi perro domesticado. Había dejado de dormir en nuestra cama; ahora dormía en un colchón en el suelo de nuestro dormitorio, atado con una correa como el animal que se había convertido.
Pero hoy era especial. Hoy cumplíamos cuatro años de matrimonio, y yo había preparado algo que sellaría nuestra nueva realidad para siempre.
Saqué del armario mi vestido de novia. Ese vestido blanco, puro, inocente, que había usado el día que prometí serle fiel a Carlos hasta que la muerte nos separara. Ahora lo usaba de otra manera. Lo corté por la mitad, dejando la falda ultra corta, el escote hasta el ombligo, la espalda completamente descubierta. Debajo, nada. Mi coño desnudo rozaba la seda blanca cada vez que me movía.

Me puse las ligas blancas, los tacones blancos, el velo corto que dejaba ver mi cara de puta satisfecha. Me maquillé como novia, pero con los labios rojos obscenos, el rímel corrido de anticipación. Estaba lista para mi nueva boda. Mi boda con la putería.
Carlos estaba en la sala, desnudo como siempre, con su verga pequeña encerrada en una jaula de castidad que había comprado online. No podía tocarse, no podía venirse sin mi permiso. Llevaba una semana sin corrida, y sus bolas estaban hinchadas, doloridas, desesperadas.
—Hoy renuevos nuestros votos, cornudo —dije, entrando a la sala con mi vestido de novia modificado. —Pero no serán votos de fidelidad. Serán votos de sumisión.
Carlos me miró con los ojos llenos de lágrimas. El vestido que había visto en el altar, ahora convertido en un trapo de zorra.
—Por favor, Dayana... —susplicó.
—Cállate —espeté, y le escupí en la cara. —Hoy te conviertes en lo que siempre fuiste: nada.
Sonó el timbre. No era uno. Eran cinco. Marco, Erik, El Negro, y dos tipos más que no conocía. Uno rubio, atlético, con tatuajes en el cuello. Otro moreno, bajito pero musculoso, con cara de malo.
—Esta es la novia? —preguntó el rubio, mirándome de arriba abajo.
—La novia puta —corrigió Marco, y todos entraron como dueños de la casa.
Me pusieron de rodillas en el centro de la sala, sobre el velo que había llevado en mi cabeza ahora extendido en el suelo como un altar profano. Los cinco hombres me rodearon, sacando sus vergas, todas duras, todas enormes, todas listas para usar la novia que se ofrecía como sacrificio.
Carlos estaba en su rincón, atado a una silla con precintas, con la jaula en su verga visible, con una cámara en la mano que le había ordenado sostener. Tenía que filmar todo. Su aniversario de bodas, su esposa siendo violada por cinco desconocidos en su vestido de novia.
—Empiecen —ordené, abriendo la boca.
Lo que vino después fue una violación consensuada, una orgía de uso total. Me cogieron todos los agujeros al mismo tiempo. Una verga en la boca, otra en el coño, otra en el culo, mientras las otras dos me masturbaban las tetas, me azotaban, me escupían, me llamaban puta, zorra, novia de mierda, esposa barata.



El vestido blanco se rompió, se manchó de semen, de saliva, de sudor. Me quedé en pedazos de seda blanca mientras cinco hombres me destrozaban, me llenaban de semen por todos lados, me hacían gritar hasta quedarme sin voz.
Carlos filmaba todo, llorando, con su verga intentando erguirse contra la jaula imposible, sintiendo el dolor de la negación mientras su esposa era usada como un objeto sin valor.
Cuando todos se hubieron corrido dentro de mí, cuando mi cuerpo era un receptáculo de semen de cinco hombres diferentes, cuando el vestido de novia estaba hecho harapos manchados, ordené a Carlos que se acercara.


—Es hora de tu regalo de aniversario —dije, jadeante, despatarrada en el suelo cubierta de fluidos.
Marco trajo lo que había pedido. Un condón usado, lleno hasta el tope de semen espeso, caliente, de todos ellos mezclados. Y mi anillo de bodas. Esa alianza de oro que Carlos había puesto en mi dedo el día de nuestra boda, prometiendo amor eterno.
—Quítate el anillo —ordené.
Carlos, temblando, obedeció. Su mano temblaba tanto que casi no podía deslizar la alianza de su dedo.
—Ahora mételo en el condón —instruí. —Dentro de la mierda de semen de los hombres que me cogieron.
Carlos lo hizo. Metió su anillo de bodas en ese condón lleno de leche ajena, viendo cómo se hundía en el fluido blanco, cómo quedaba suspendido ahí, atrapado en la evidencia de su fracaso como hombre, como esposo.
—Ahora mételo en tu culo —ordené, señalando su propio trasero. —Atado con un hilo. Quiero que camines con el anillo de nuestra boda, lleno de semen de otros hombres, dentro de tu culo de cornudo, el resto de tu vida.
Carlos quería llorar, quería suplicar, pero su verga traicionera intentaba romper la jaula. Era lo más humillante que había sentido, y lo más excitante.
Se puso de rodillas, se inclinó, y con ayuda de Erik que se rio a carcajadas, insertó el condón lleno de semen con su anillo dentro, en su propio culo. El hilo quedó colgando, visible, una prueba permanente de su degradación.
—Ahora eres mío —dije, levantándome con dificultad, el coño chorreando semen de extraños. —Mi cornudo oficial. Mi esclavo. Mi perro. Y cada vez que sientas ese anillo en tu culo, cada vez que sientas el semen caliente dentro de ti, recordarás quién soy yo. Tu esposa. Tu puta. Tu dueña.
Carlos se quedó ahí, de rodillas, con el anillo de bodas en su culo lleno de semen ajeno, filmando a su esposa desnuda y usada, sabiendo que nunca más me tocaría, que nunca más sería suyo, que solo era el limpiador, el espectador, el cornudo eterno.
—Feliz aniversario, amor —susurré, y escupí en el suelo a sus pies.
**Fin**
Algunos me dijeron que con mas imágenes, otros que mas gifs espero a ver complacido a todos mis amores.

3 comentarios - La fantasía de mi esposo.