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Parte 3 Final. Mi novia se toma muy enserio los retos

Samanthaseguía boca abajo sobre el respaldo del sofá, el cuerpo laxo después de que Sebasse hubiera corrido dentro de ella. Su respiración era entrecortada, los muslostemblaban ligeramente, y un hilo grueso y blanco de semen seguía resbalandolentamente por su interior, goteando hasta el suelo. Yo no me había movido niun centímetro; seguía sentado, con la polla dolorosamente dura, mirando cadadetalle como hipnotizado.
Sebas,aún semiduro y brillante por los jugos de ambos, se apartó un paso y la observócon esa sonrisa satisfecha y dominante. Le pasó una mano por la espalda, desdela nuca hasta el culo, como marcando territorio.
—Mírala,Mati —dijo con voz grave—. Tu novia está llena de mi corrida… y todavía no haterminado.
Samanthasoltó un gemido bajo al sentir sus palabras. Sus caderas se movieron apenas,instintivamente, como buscando más. Sebas se agachó, le separó las nalgas conlas dos manos y expuso completamente su coño abierto, rojo, hinchado. El semende él brillaba dentro, mezclándose con sus propios fluidos.
—Estáchorreando, preciosa —susurró Sebas—. Y sé que quieres otro orgasmo. Uno bienfuerte.
Sinesperar respuesta, deslizó dos dedos dentro de ella de nuevo. El sonido fueinmediato: húmedo, obsceno. Samantha gritó suavemente, arqueando la espalda conviolencia. Los dedos de Sebas se movían despacio pero profundo, removiendo supropia corrida dentro de ella, usándola como lubricante.
—Sientecómo te lleno otra vez… aunque ya esté dentro —dijo él, acelerando poco a poco.
Samanthaempezó a temblar casi de inmediato. Sus manos se aferraron al respaldo contanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos. Giró la cabeza hacia mí,los ojos vidriosos, las mejillas encendidas, la boca abierta en un gemidoconstante.
—Mati…mírame… mírame cómo me corro otra vez con su semen dentro…
Sebasañadió un tercer dedo, estirándola más, mientras con el pulgar de la otra manopresionaba y frotaba su clítoris hinchado en círculos rápidos y precisos. Samanthaperdió el control por completo. Sus caderas empezaron a empujar hacia atrás,follándose ella misma contra la mano de Sebas, desesperada.
—Más…por favor… más rápido… —suplicó con voz rota.
Sebasobedeció. Sus dedos entraban y salían a toda velocidad, el sonido de chapoteollenando la sala. Cada vez que los sacaba casi del todo, un chorro de mezcla desemen y jugos salpicaba sus muslos. Samantha gritaba ya sin vergüenza, elcuerpo convulsionando.
Depronto, su orgasmo la golpeó como una ola brutal. Gritó mi nombre primero,luego el de Sebas, luego solo sonidos inarticulados. Su coño se contrajovisiblemente alrededor de los dedos de él, apretando, pulsando, expulsando mássemen en pequeños chorros con cada contracción. Sus piernas cedieron; si nofuera porque Sebas la sujetaba por la cintura, se habría derrumbado.
Elclímax duró largos segundos. Samantha temblaba violentamente, la espaldaarqueada al máximo, la cabeza echada hacia atrás, lágrimas de placer rodandopor sus mejillas. Un gemido largo y profundo escapó de su garganta mientras sucuerpo se rendía por completo al placer más intenso que le había visto nunca.
Cuandopor fin empezó a calmarse, Sebas sacó los dedos despacio. Estaban cubiertos deuna mezcla cremosa y espesa. Los llevó a la boca de Samantha, que los lamió sindudar, saboreando la combinación de ambos con los ojos cerrados, aún perdida enlas réplicas.
Sebasse inclinó sobre su espalda, le besó el cuello y susurró lo suficientementealto para que yo oyera:
—Esefue tu verdadero clímax, Samantha. El que solo yo te puedo dar.
Ella,exhausta, solo pudo asentir débilmente, el cuerpo laxo y satisfecho como nunca.
Luegogiró la cabeza hacia mí otra vez, con una sonrisa cansada pero brillante.
—Amor…nunca me había corrido así… nunca.
Yyo, todavía sin tocarme, sentí cómo esas palabras me rompían y me excitaban almismo tiempo. Mi novia acababa de tener el orgasmo de su vida delante de mí,lleno del semen de mi mejor amigo.
Y loúnico que podía hacer era mirar… y desear que volviera a pasar.
 
Despuésde ese último orgasmo devastador, Samantha se quedó un rato boca abajo sobre elrespaldo del sofá, temblando aún con las réplicas, el cuerpo cubierto de unbrillo de sudor, el semen de Sebas resbalando lento por sus muslos. Sebas sesentó a su lado, le acariciaba la espalda con calma posesiva, como quienacaricia a un gato satisfecho. Ninguno de los dos me miraba todavía; estaban ensu propio mundo, respirando el mismo aire caliente.
Yoseguía inmóvil en mi sitio, la polla palpitando sin alivio, la cabeza dandovueltas entre celos, excitación y una extraña paz resignada. No había dicho unapalabra en mucho rato. Ni falta que hacía.
Alcabo de unos minutos, Samantha se incorporó despacio. Las piernas le fallabanun poco, así que Sebas la ayudó a sentarse sobre el sofá, entre él y yo, peromás cerca de él. Ella me miró por fin. Tenía el rostro enrojecido, los labioshinchados, el pelo revuelto, los ojos brillantes de una forma que nunca lehabía visto conmigo. Me sonrió con ternura, pero también con algo nuevo:seguridad, poder.
—Ven,amor —susurró, extendiendo la mano hacia mí.
Meacerqué sin pensarlo. Me arrodillé frente a ella, como si fuera lo más naturaldel mundo. Samantha tomó mi cara entre sus manos y me besó suave, lento. Sabíaa Sebas, a ella, a sexo. Sabía a todo lo que acababa de pasar.
—Gracias—me dijo contra los labios—. Por dejarme vivir esto. Por ser tan valiente demirar.
Sebas,desde su lado, soltó una risa baja.
—Tunovio es un campeón, Samantha. Muchos habrían salido corriendo.
Ellaasintió, sin apartar los ojos de mí.
—Losé. Por eso lo quiero tanto.
Luegose giró hacia Sebas y lo besó también, un beso breve pero intenso, comosellando algo entre ellos. Cuando se separó, suspiró profundo, satisfecha hastalos huesos.
—Creoque ya es suficiente por hoy —dijo con voz ronca—. Estoy… destruida. En elmejor sentido.
Sebasse levantó, se subió los jeans con calma y recogió su camiseta del suelo.
—Mevoy a ir, entonces. Os dejo solos —dijo, mirándome a mí directamente porprimera vez sin desafío, casi con respeto—. Cuídala bien, Isma. Se lo merece.
Asentíen silencio. No había rencor en mí. Solo una extraña claridad.
Sebasse despidió de Samantha con un último beso en la frente, recogió sus cosas ysalió del departamento sin más palabras. La puerta se cerró con un clic suave.
Entoncesnos quedamos solos ella y yo.
Samanthase acurrucó contra mi pecho, aún desnuda, aún caliente. Yo la abracé por fin,sintiendo su cuerpo laxo contra el mío. Ninguno habló durante un buen rato.Solo respirábamos juntos.
Alfinal, ella levantó la cara y me miró seria.
—¿Estásbien, Mati? De verdad.
Traguésaliva. La respuesta era complicada, pero honesta.
—Estoy…cambiado. Pero sí, estoy bien. Mejor que bien, quizá.
Ellasonrió aliviada, me besó de nuevo, esta vez con toda la ternura del mundo.
—Teamo —dijo—. Y esto no cambia eso. Solo… lo hace más grande. Más nuestro.
Yoasentí, sintiendo que algo dentro de mí se había roto y reconstruido al mismotiempo.
Lallevé a la cama en brazos. La limpié despacio con una toalla tibia, le puse unacamiseta mía grande, la abracé fuerte bajo las sábanas. Ella se durmió casi deinmediato, agotada, con la cabeza en mi pecho.
Yotardé más en dormir. Me quedé mirando el techo, repasando cada imagen, cadasonido, cada olor de esa noche.
Sabíaque nada volvería a ser igual.
Sabíaque mañana hablaríamos, pondríamos reglas, límites, o quizá ninguno.
Sabíaque Samantha había encontrado algo que necesitaba, y que yo, de alguna formaretorcida y profunda, también.
Ysabía que, cuando ella se despertara y me mirara con esos ojos nuevos, yoseguiría siendo el mismo Mati tranquilo y un poco sumiso…
…peroahora con un secreto ardiente que llevaríamos los dos para siempre.
Lahistoria del reto que se salió de control no terminó con un portazo ni conlágrimas.
Terminócon un abrazo en la oscuridad, dos corazones latiendo juntos, y la promesasilenciosa de que, pase lo que pase de ahora en adelante, lo viviríamos juntos.
 
EPILOGO
Habíanpasado casi nueve meses desde aquella noche que lo cambió todo.
Samanthaestaba en el último tramo del embarazo: 9 meses exactos, la barriga enorme,redonda, tensa, la piel brillante y marcada por pequeñas estrías plateadas quea ella le parecían hermosas. Se movía más despacio, con esa gracia pesada ysensual que tienen las mujeres a punto de dar a luz. Sus pechos estaban másllenos, los pezones oscuros y sensibles, y su deseo… su deseo no habíadisminuido; al contrario, parecía haber explotado. Me pedía sexo casi todas lasnoches, suave, lento, cariñoso, y yo se lo daba con toda la devoción del mundo.Pero ambos sabíamos que algo faltaba, que había un hambre más profunda que yosolo no podía saciar.
Unatarde de viernes, Sebas llamó al timbre.
Venía“a ver cómo estaban”, dijo. Traía una bolsa con frutas y un osito de pelucheridículamente grande. Se quedó en la puerta un segundo, mirándola: Samantha conun vestido ligero de algodón que se ajustaba a su barriga como una segundapiel, los pies descalzos, el pelo suelto, radiante. Sebas tragó saliva y sonriócon esa mezcla de ternura y deseo que solo él podía tener.
Yolos invité a pasar. Sabía lo que iba a pasar. Lo habíamos hablado semanasatrás, en susurros en la cama: si él venía, si ella quería, yo miraría. Otravez. Como siempre.
Esanoche cenamos los tres. Samantha apenas probó bocado; estaba inquieta, seremovía en la silla, rozaba “sin querer” la pierna de Sebas bajo la mesa. Élhablaba conmigo de trabajo y fútbol, pero sus ojos no se apartaban de ella.Cuando terminamos, Samantha se levantó con dificultad y dijo con voz suave perofirme:
—Voya ducharme. Sebas… ¿me ayudas a llegar al baño? Mati, amor, tú recoge la mesa,¿vale?
Yoasentí. Sabía que no era ayuda lo que necesitaba.
Losvi alejarse por el pasillo: él con la mano en la parte baja de su espalda,sosteniéndola, ella apoyándose en su brazo. La puerta del baño se cerró. Oí elagua correr. Y luego, silencio.
Mequedé en la cocina un rato, lavando platos sin prisa. Cuando terminé, caminédespacio hasta el dormitorio. La puerta estaba entreabierta. Me quedé en elumbral, en la penumbra del pasillo, mirando.
Samanthaestaba sentada en el borde de la cama, recién duchada, envuelta solo en unatoalla que apenas cubría su barriga y sus muslos. Sebas estaba de rodillasfrente a ella, besándole el vientre con una devoción casi reverente. Sus manosgrandes acariciaban la curva tensa, bajaban por los costados, subían hasta lospechos hinchados. Ella tenía la cabeza echada hacia atrás, los ojos cerrados,gimiendo bajito cada vez que él lamía o mordisqueaba suavemente su piel.
Sebasle quitó la toalla despacio, como si desempacara algo sagrado. Samantha quedódesnuda, enorme, hermosa. Él se quedó mirándola un largo segundo.
—Joder,Samantha… estás más preciosa que nunca —susurró.
Ellasonrió, tomó su mano y la guió entre sus piernas.
—Tócame.Necesito sentirte.
Sebasobedeció. Sus dedos se deslizaron entre sus labios ya hinchados y húmedos. Samanthasoltó un gemido largo, profundo. Estaba empapada, mucho más sensible que antesdel embarazo. Él la acarició con cuidado al principio, lento, explorando. Luegomás firme, encontrando ese punto que la hacía temblar.
Yome quedé ahí, quieto, la respiración agitada, sin tocarme. Solo mirar.
Sebasla tumbó con cuidado de lado —la única posición cómoda a esas alturas— y secolocó detrás de ella. Le besó el cuello, los hombros, mientras se desabrochabalos jeans. Su polla salió dura, gruesa, lista. Samantha giró la cabeza parabesarlo, hambrienta, mientras él se frotaba contra su entrada.
—Despacio…—susurró ella—. Pero no pares.
Sebasentró centímetro a centímetro, con una lentitud tortuosa. Samantha jadeaba, losojos muy abiertos, la boca abierta en un grito silencioso. Cuando lo tuvo tododentro, se quedó quieta un momento, sintiendo cómo la llenaba de una formadistinta ahora, con la barriga presionando, el bebé quieto entre ellos.
Empezarona moverse. Lento, profundo, rítmico. Cada embestida era cuidadosa pero intensa.Sebas le acariciaba el clítoris con una mano mientras con la otra sostenía subarriga, como protegiendo lo que llevaba dentro. Samantha gemía sin control,más alto de lo normal, como si el embarazo hubiera roto todas sus barreras.
—Sebas…más… justo así… me vas a hacer correrme tan fuerte…
Élaceleró apenas, manteniendo la profundidad. Sus caderas chocaban suavementecontra su culo, el sonido húmedo llenando la habitación. Samantha empezó atemblar, los muslos apretándose alrededor de la mano de él. Su orgasmo llegócomo una ola lenta pero imparable: gritó su nombre, el cuerpo convulsionando,apretándolo tanto que Sebas gruñó y tuvo que detenerse para no corrersetodavía.
Cuandoella se calmó, jadeando, él siguió moviéndose, más rápido ahora, persiguiendosu propio placer. Samantha lo animó con voz ronca:
—Córretedentro… quiero sentirte otra vez… lléname…
Sebasse hundió una última vez y se quedó quieto, gimiendo contra su cuello mientrasse vaciaba dentro de ella en pulsos largos y calientes. Samantha suspiró depuro placer, sintiendo cada chorro.
Sequedaron así un rato, abrazados, él aún dentro, acariciándole la barriga,besándole el pelo. Luego Sebas salió despacio y se tumbó a su lado, los dosrespirando agitados.
Samanthagiró la cabeza hacia la puerta, hacia mí. Me vio ahí, quieto, excitado hasta eldolor, y sonrió con esa mezcla de amor y travesura.
—Ven,amor —susurró—. Ven a abrazarnos.
Caminéhasta la cama y me acosté frente a ella, mi mano sobre su barriga, sintiendolas pequeñas pataditas del bebé como si nada hubiera pasado. Sebas, al otrolado, me miró un segundo y asintió apenas, en silencio.
Lostres nos quedamos así, enredados, hasta que Samantha se durmió entre nosotros.
Yocerré los ojos sabiendo que, en unas semanas, nacería nuestro hijo (o hija).Que la vida seguiría. Que esto no era el final de nada, sino parte de lo queéramos ahora.
Yque, pase lo que pase, siempre tendríamos esa noche en la memoria: la últimavez que Sebas la tuvo antes de que todo cambiara para siempre.
Estavez no hubo reto. Solo deseo, amor y una entrega absoluta de los tres.
Yeso fue suficiente.
 

1 comentarios - Parte 3 Final. Mi novia se toma muy enserio los retos

cucks_y_bulls
Que buen cornudo serias! Estoy buscando cornudos y corneadores para un 11 vs 11 ⚽

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