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Pallasada

Cada año era lo mismo. Llegaba el mes de los cumpleaños de los niños, yRodrigo intentaba por todos los medios convencer a Marlene, su esposa, de quehicieran una fiesta más sencilla para unos pocos invitados. Y cada año supetición era ignorada rotundamente. Daba igual si la pareja atravesaba unacrisis económica o no; los cumpleaños de los niños se habían convertido en unaespecie de ritual sagrado e intocable. Había sido así desde su primercumpleaños, cuando los niños no entendían nada de lo que pasaba, pero eso eralo de menos. Lo importante era que la fiesta se celebrara. La única concesiónque se hacía era combinar las dos fiestas en una sola, ya que las fechas erancercanas. Pero eso no era un verdadero alivio, porque era solo una fiesta, perolos gastos se duplicaban. Las discusiones nunca eran amistosas. Empezaban agritos y terminaban en una acalorada discusión.
Este año, sin embargo, Rodrigo sintió un rayo de esperanza cuando el salónde fiestas que solían alquilar para la celebración entró en obras para cumplircon las normas de seguridad de la ciudad. Con una sonrisa irónica y apenasdisimulada, presenció la desesperación de su esposa, ya que no había otro lugarideal en el barrio. Incluso empezó a planear qué haría con el dinero queahorrarían ese año.

Pallasada

Por desgracia, su alegría duró solo hasta el día siguiente, cuando contestóel teléfono en el trabajo y oyó a su esposa anunciar triunfalmente que habíaencontrado la solución. No por casualidad, la solución la proporcionó Clara, lahermana de Marlene, la cuñada a la que le encantaba poner a Rodrigo ensituaciones incómodas. Sin duda, hacía honor a su reputación de cuñada pesada.

La solución fue contratar un servicio de fiestas a domicilio, que costabalo mismo que un salón de fiestas, con la ventaja de que el desorden sería en supropia casa. Si su esposa hubiera organizado la fiesta ella misma, habríatenido que ser más pequeña, pero con este servicio, podían invitar a su númerohabitual de personas. Resignado, tuvo que soportar la sonrisa de satisfacciónde su esposa y la mueca irónica de su cuñada, todo junto, sin ningún tipo deenvoltorio. Y todo tenía que hacerse rápido, ya que la fiesta era el fin desemana siguiente, en tres días. El dulce sueño de tranquilidad y ahorro deRodrigo se había transformado, en un abrir y cerrar de ojos, en un caos total.Para empezar, Marlene ya había programado una visita a la casa al día siguientedel equipo de animación, un dúo de payasos. Ese fue el golpe final. Como sitodo el tormento y el gasto de la fiesta no fueran suficientes, también teníaque evaluar a un dúo de payasos en casa. Ni siquiera hubo tiempo para inventaruna reunión para evitar el compromiso.

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Para su enorme sorpresa, quienes tocaron el timbre a la mañana siguiente nofueron payasos, sino un inesperado par de payasas. Algo inusual, creativo y, enel caso de ellas, sumamente atractivo. Eran dos jóvenes muy bellas, con cuerposatléticos, acostumbradas a las acrobacias de la profesión, y con un encantocautivador.
Y eran realmente graciosas. No ese tipo de humor forzado y artificial.Sabían cómo entretener, cautivar y provocar risas. Incluso Marlene, que alprincipio miraba con recelo a las dos bellezas esculturales, se rindió encuestión de minutos a su encanto.
Rodrigo, por su parte, se dio cuenta rápidamente del dilema en el que seencontraba. La noche anterior había fruncido el ceño mirando a su esposa,maldiciendo el momento en que su cuñada había ideado esa solución. No podíasimplemente sonreír de oreja a oreja delante de las chicas. Con prudencia,adoptó una postura neutral. Sonreía de forma contenida y educada, intentandomantener cierta distancia, pero cada vez que su esposa se distraía, devoraba alas dos atractivas mujeres con sus grandes ojos, sus afilados colmillos y suslabios salivantes.

Sobre todo la morena, que era sencillamente una de las mujeres más hermosasque jamás había visto en su vida. Y también la más extrovertida y enérgica.Contaba chistes buenísimos, tenía una presencia de ánimo asombrosa, pero esospantalones ajustados que dejaban ver sus voluptuosas curvas eran lo que atraíala mirada codiciosa de Rodrigo como los polos opuestos de dos potenteselectroimanes. Y cuando se movía, era una auténtica locura.

payasita

Por fin llegó el sábado. Rodrigo había logrado encontrar el momentoperfecto para tratar con cortesía a las chicas, pero sin levantar sospechas. Nofue fácil. Llegaron temprano y, como habían acordado, las dos podrían usar unapequeña baulera para cambiarse de ropa durante la fiesta, mientras que losdemás empleados de la empresa usarían la cocina para los preparativosrestantes. Todo estaba listo y los invitados comenzaron a llegar. Marlene lepidió a su marido que trajera una lona de la baulera. Tenía la costumbre deesperar siempre hasta el último minuto para pedir las cosas, y eso siempreirritaba a Rodrigo, pero esta vez no.

Cuando fue a buscar la bendita lona para cubrir parte del patio, donde elsol caía a plomo, se topó con la escena más insólita de su vida. Dos mujeres semidesnudas,con maquillaje de payaso. Casi listas, se veían muy diferentes al día de suvisita, pero... lo que solo había podido imaginar el primer día, ahora lo veíacon sus propios ojos. Se estaban vistiendo y se sorprendieron por la miradaatónita del anfitrión. La pelirroja estaba sentada, ya con los pantalonesblancos que formaban su disfraz. Tenía una espalda hermosa, bien definida yfuerte. Pero la morena... la morena... mil veces la morena deseada, estaba depie, levantando la falda de su disfraz, y en ese gesto interrumpido, se quedócongelada, mostrando sus nalgas esculpidas, impropias de cualquiera quequisiera conservar la cordura. Solo una absurda tanga blanca, que servía paraembellecer aún más esa privilegiada formación anatómica. Los tres se miraronfijamente. En lo que a Rodrigo respecta, ese momento podría haber durado unaeternidad, pero las chicas, avergonzadas, se vistieron.

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Ese momento ya había hecho que la fiesta valiera la pena, a pesar de todossus inconvenientes, pero el resto del día le deparaba más sorpresas agradablesal ahora sonriente esposo de Marlene, quien a su vez era todo sonrisas y gestoscon los invitados. Algo que siempre irritaba a Rodrigo, pero que esta veztambién jugaría a su favor, era la sospecha que Marlene y su hermana pensaban queRodrigo coqueteaba con una amiga de la pareja que siempre asistía a lasfiestas. Realmente la encontraba atractiva, pero nada más. Ni siquiera intentónada con la chica, pero eso no impidió que su esposa y su cuñada lo observaranatentamente con esa expresión cautelosa de "Ah, lo sabía", lista parasaltar de sus labios. En esa fiesta, mientras su cuñada lo vigilaba con suamiga, a petición de su esposa, Rodrigo pudo disfrutar felizmente de lasmiradas a la morena que ahora estaba completamente transformada en payasa, consu falda corta y extravagante y su peluca morada de pelo puntiagudo. Parasorpresa de todos, en cierto momento del espectáculo, las dos payasasprotagonizaron unas travesuras que provocaron miradas cómplices y sonrisastraviesas entre los hombres del público. No era raro que los payasos se tirarande los pantalones para hacer reír al público, pero... ¿mujeres? Simulando quese metían un petardo en los pantalones, Perseguida (el nombre de la payasainterpretada por la morena) le bajó los pantalones a Cariñosa (la payasainterpretada por la pelirroja), dejando al descubierto un trasero hermoso yatlético que haría envidiar a cualquier mujer presente.

cumshot

Los ojos de los hombres se abrieron de par en par; las mujeres contuvieronla respiración; los niños estallaron en carcajadas, y luego todos rieron conellos.
Así, aquel momento de indecisión se transformó en un acto de payasadas ydiversión perfectamente aceptable. Y las dos repitieron el acto muchas veces más,reforzando el tono cómico, con caídas, resbalones, tortazos en la cara ytambién pistolas de agua. Alguien comentó que no era nada especial, ya quehasta hacía poco, los canales de televisión estaban llenos de presentadores deprogramas infantiles con atuendos que servían más para atraer a los padres quea los niños. A pesar de las controversias, Perseguida y Cariñosa continuarondando un espectáculo de alegría, en las diversas interpretaciones que estapalabra adquiría según quién estuviera mirando. Rodrigo estaba asombrado, conel recuerdo de lo que acababa de ver aún vívido. Su única frustración era queintentó obtener una mirada de la morena, pero no sucedió.

Cuando actuaba como la payasa Perseguida, no tenía ojos para nadie más, adiferencia de todos los demás presentes, que solo tenían ojos para ella.

Pallasada

Si Rodrigo sonreía en la fiesta, ¡su esposa Marlene estaba radiante! Todoiba bien, los invitados se divertían, la fiesta transcurría sin incidentes y lacomida y las bebidas eran elogiadas por todos. Era justo lo que más deseaba enestas fiestas: el reconocimiento de los invitados. Incluso la sospecha quetenía sobre su marido y esa amiga había desaparecido por completo, ya que su hermanahabía dicho que los dos apenas habían hablado. Ya era bastante tarde cuandotrajeron la torta y los dos niños soplaron las velas al final del estribillo de"Feliz cumpleaños".
Rodrigo, por su parte, estaba un poco nervioso. Era la primera vez queencontraba motivos para disfrutar de una fiesta de cumpleaños en casa, y eltiempo se le estaba pasando volando.
Se cortó la torta, una fila de niños se empujaba y se apretujaba parasaquear la mesa de dulces, y algunos adultos estaban ligeramente ebrios.
Todo estaba en perfecta armonía. Marlene, por supuesto, no podía abandonarsus viejos hábitos:
“Cariño, guarda esas sillas en el dormitorio, porque los niños estáncorriendo por ahí y alguien puede lastimarse.”

Estaba de tan buen humor que ni siquiera se lo cuestionó.

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Él, aún con dos sillas bajo el brazo izquierdo, abrió la puerta de golpecon el derecho y se detuvo allí mismo. Ante él, sin ninguna ilusión óptica,estaba de nuevo la morena semidesnuda en la baulera. Se miraron como la primeravez, solo que ahora él entró y cerró rápidamente la puerta tras de sí. "¿Sialguien que pasa mirando y ve a la pobre chica cambiándose de ropa?",pensó. La pobre chica en cuestión, casualmente, se estaba cambiando la camisaque un chico regordete, en una hazaña notable, había logrado manchar con cremay gaseosa. No podía seguir con la fantasía así, así que vino a cambiarsemientras su amiga seguía entreteniendo a todos. Ahora, con solo ellos dos en lahabitación, la puerta cerrada con llave, Rodrigo tenía más espacio parainteractuar.
“Mirá, lo siento. No fue a propósito, lo juro. Pensé que no había nadie yvine a guardar estas sillas...”
Él empezó a hablar mientras ella permanecía inmóvil, ahora con una miradamás serena, pero aún con las manos cubriendo sus pechos. Y eran pechos, porquea Rodrigo no le gustaba la palabra «tetas». Pensaba que era un término técnico.En público, eran «tetas», pero así, en privado, con toda la adrenalinarecorriéndole el cuerpo, eran pechos de verdad. Y muy bonitos, por cierto.
Ella finalmente habló:
“Ah... eh... está bien, no te preocupés. Estaba pensando mientrashablabas... en lo significativo que es esto.”
"¿Significativo?", preguntó.
“Sí, bastante. Una vez es gracioso y algo vergonzoso, pero dos vecesseguidas, el mismo día, eso es una señal de alarma.”
Finalmente, Rodrigo colocó las sillas en un rincón, apoyando los brazos.
“Tenés razón. Realmente es una advertencia. Cuando te vi antes, no podíadejar de pensar en vos. Y ahora, esto otra vez. Creo que es una señal de que nopodemos dejarlo pasar. Podría ser que el rayo... no caiga tres veces en elmismo lugar, ¿de acuerdo?”

Ella sonrió ante la broma. ¿Y cómo no iba a hacerlo? Al fin y al cabo, erauna payasa.

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Existía un entendimiento tácito entre ambos sobre lo inusual de lasituación. Él se dirigió directamente hacia sus pechos. Ella se lo permitió sinreparos. De todos modos, ya estaba sin camisa; solo tenía que apartarligeramente los brazos. No era una maniobra complicada; solo requería fuerza devoluntad. Y ambos la tenían de sobra.
Intentó besarla en la boca, pero su enorme nariz roja hacía que laoperación fuera incómoda, y ella prefirió no hacer el ridículo como una payasa,para evitar tener que retirarse apresuradamente. Así que él se acercó pordetrás, su falda y sus pantalones cediendo a la influencia de la gravedad alunísono, mientras la erección de Rodrigo y los pezones de ella desafiaban lagravedad para compensar la afrenta de sus ropas. Qué pechos maravillosos, quépiel suave, qué cuerpo cálido, qué ajuste perfecto para ese culo maravilloso.Él se lanzó hacia adelante mientras ella arqueaba la espalda y empujaba en ladirección opuesta, ambos buscando esa fricción única que solo la carne de loscuerpos cálidos puede provocar. Sus pantalones bajaron fácilmente, pero su ropainterior fue otra historia. Lleno hasta su máxima capacidad, se necesitó laacción de sus manos para liberar el nervio rígido, que saltó en un movimientomecánico e incisivo, siempre con la cabeza hacia adelante, atrevido ybrillante, la piel estirada, queriendo excavar en algún lugar, como es sunaturaleza y comportamiento.
“No dejé de mirarte en la fiesta durante todo el tiempo.”
“Lo vi, pero tuve que disimular.”
“¿Lo viste? Pensé que me estabas ignorando.”
“No. ¿Creés que estoy acostumbrada a que me atrapen cambiándome de ropa y seguirindiferente?”
“No tenemos mucho tiempo...”

“Lo sé...”

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Sin decir más palabras, se arrodilló frente a él y lo tomó casi todo de unsolo bocado, directo y decidido, propio de alguien consciente de la urgenciadel momento. Él aún buscaba algo en lo que apoyarse cuando ella ya le lamía elmiembro erecto de pies a cabeza, dándole todo lo que podía esperar de esosextravagantes labios morados. No, no podía tragárselo entero, pero el placerestaba en el intento, no en el éxito. Rodrigo gimió suavemente. Se liberó de lanecesidad de soltarlo, apretando su erección con fuerza con una mano, mientrasbuscaba la nuca, que debía estar en algún lugar bajo esa peluca morada ypuntiaguda.
Ella succionaba con maestría, con un apetito que era un placer contemplar,si por casualidad alguien la observaba. Rodrigo tenía los ojos cerrados, ycuando los abrió, inspeccionó las rendijas de la puerta y las ventanas,buscando algún voyeur curioso.

Su verga dura y palpitante entraba y salía de esa boca extrañamentecolorida y hábil. Qué suaves eran esos labios. Qué perfecta armonía había entresu miembro de hierro y su lengua envolvente, como si fueran viejos conocidos,aunque era la primera vez que se veían. Estiró las piernas varias veces, comosi intentara escapar del suelo, dándole una clara indicación de que si estocontinuaba, el placer llegaría fácil y rápidamente, sin que él pudierasatisfacer el deseo de su otra boca.

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“Cambiemos de posición, si no, este payaso se quedará solo en el ring.”
“Sí... Por favor... cambiemos... tu boca es peligrosa...”

Se puso de pie, pero solo brevemente. El tiempo suficiente para que lacondujeran a una vieja mesa de madera y se inclinara sobre la pinturadesgastada. La penetración llegó sin vacilación. Fue tierna, pero no muy suave.Mientras afuera se oían sonidos de música, risas y los pasos apresurados deniños jugando, ella separó las piernas y se dejó penetrar sin previo aviso.Rodrigo demostró sin dudar lo ansioso que estaba por ese momento. Su vergaentró por completo, y sus cuerpos húmedos chocaron, provocando un gemidoinvoluntario en la morena de cabello morado. Después de las primeras embestidasexploratorias y contenidas, siguieron otras, más desinhibidas y enfáticas, comodiciendo: "Si no es así, no lo quiero de otra manera". No dijo esascosas, pero extrañamente, esos pensamientos le cruzaron la cabeza exactamenteasí. Dos veces hubo un impacto contra la puerta, pero no era nadie queintentara entrar. Eran los niños jugaban afuera y asustaron a la pareja, sinlograr, sin embargo, detener el movimiento continuo.

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Si no bastaba para detener el acto, al menos les hizo volver a la realidaddel riesgo que corrían. Era necesario definirlo rápidamente, y una vez más, sindecir palabra, ambos comenzaron a castigarse con mayor intensidad, como siestuvieran forjando hierro. Ella se aferró al borde de la mesa y pasó de suactitud pasiva a una más cooperativa. Él la penetró por detrás, ella lo sostuvotodo y le devolvió el movimiento.
“No me iré de acá sin recompensa, ¿entendés?”
“Sí... lo entiendo, por supuesto... tenés razón... tenemos que apurarnos.”
“Sí.... hhhmmmmm… necesitamos... abrir la piel de este pequeño payaso… porcompleto...”
Rodrigo sintió que se le erizaba el vello de la espalda al oír esaspalabras pronunciadas con tono prolongado. Ya no había tiempo para calcularcuándo ni cuánto. Ahora estaban en una carrera frenética por alcanzar elorgasmo antes de que alguien más lo hiciera por ellos. Agarró una de suspiernas y comenzó a embestir con todas sus fuerzas, y más de una vez sustestículos golpearon contra su carne húmeda, produciendo ese típico sonidohúmedo. Entonces, sin previo aviso:
“Eso… esexactamente… lo que… necesitaba… Ahhhhhmmmmmm…”


 Aprovechando el sonido más fuerte dealguna música aleatoria afuera, ella llegó al orgasmo deliciosamente, sinninguna vergüenza, a lo sumo tratando de ahogar sus gemidos con el cuello de sudisfraz de payaso.

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Tras alcanzar el clímax, soltó el borde de la mesa y se colocó con cuidadoen el suelo. Los enormes zapatos de payaso resultaban incómodos para doblarlosen esa posición, pero sería más complicado volver a ponérselos rápidamente sifuera necesario, así que prefirió dejárselos puestos. Era consciente de que noera su momento más sensual ni estéticamente atractivo, pero cualquier disimuloquedaba más que compensado por la lujuria que los envolvía a ambos. Rodrigosentía lo mismo. Jamás en su vida había fantaseado con tener sexo con una mujervestida de payaso. Si se lo hubieran pedido, tal vez lo habría hecho.
Le pareció gracioso, pero en ese momento, todo en ella le resultabaatractivo. Incluso sus enormes zapatos y medias a rayas lo impulsaban apenetrarla más profundamente, como si lo ridículo de su apariencia se hubieratransformado —una transformación que no comprendía ni le importaba en eseinstante— en una fuerza arrolladora. Lo único que deseaba era partirla en dos,abrirla de esquina a esquina, partirla en dos y eyacular furiosamente sobre sucarne firme y sudorosa.
Sin darse cuenta, hablaba con voz arrastrada y entre dientes apretados:
“Sos una payasa caliente y sexy... voy a cogerte bien... voy a llenarte…”
Ella reaccionó con placer ante esa verborragia desinhibida:

“Vas a llegar, ¿verdad? Siento que estás por llegar. ¡Vamos, hacelo en miboca!

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Tras decir eso, desde su posición, simplemente se recolocó, permaneciendode rodillas. Mientras él continuaba con movimientos duros e incisivos, ella,tras su orgasmo, actuaba ahora con languidez, con una cierta lentitud queresultaba agradable a la vista, y esto agudizó aún más su deseo de dominarla,someterla y acabar con esa hambre absurda que emitía descargas eléctricas desdela punta de su verga hinchada. Todo lo que hacía entre sus piernas, ahora lorepetía en su boca, pues ya había llegado a ese punto en el que ya no teníasuficiente autocontrol para las sutilezas.
En su estado de trance, todo se reducía a que su miembro, palpitante,buscaba cualquier orificio donde pudiera encontrar alivio.
Ella echó la cabeza hacia atrás varias veces mientras se ahogaba, pero enlugar de contenerse, él fue más allá y la penetró aún más profundamente, hastael punto de sujetarla por los hombros para tener mejor acceso a sus labios.Ella comprendió esa necesidad e hizo todo lo posible por ayudarlo a alcanzar elclímax también. Se oyó a alguien preguntar afuera: "¿Dónde está esa payasagraciosa? ¿Adónde se fue?".
Rodrigo la miró fijamente y habló en voz muy baja, en un tono lascivo:

“¡La pequeña payasa está acá, chupándome la verga!”

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Tras tres o cuatro penetraciones más profundas, que ella soportó con ciertoesfuerzo, él se estremeció levemente y comenzó a eyacular como si nunca mástuviera la oportunidad de hacerlo. Instintivamente, ella escupió el primerchorro al suelo, después de ahogarse, y con eso, los siguientes chorros cayeronsobre su rostro. Cuando se dio cuenta del daño que le estaba haciendo a supeluca, ya era demasiado tarde. El líquido blanco y viscoso goteabaprominentemente sobre su cabello morado; aun así, era necesario esperar a queterminara primero antes de buscar una salida. Él terminó de eyacular, y su vergapermaneció curiosamente posada sobre su nariz roja, sobre la cual goteaban lasúltimas vetas blancas y resbaladizas. No tenían más tiempo que perder, y ambosse arreglaron lo mejor que pudieron. Ella se fue primero, y él se quedó solo enla oscuridad hasta que sintió que era seguro irse también. Pensó en algunaexcusa en caso de que Marlene le preguntara por el motivo de la demora, pero lafiesta era tan buena que su ausencia ni siquiera se notó en ese momento. Lamorena se reunió con su amiga y la fiesta se prolongó hasta altas horas de lanoche. Todos estaban contentos. Y Marlene, por primera vez, vio a su marido conuna expresión radiante y sonriente en una fiesta tan cara, y para mantener lacostumbre, lo mandó a buscar algo a la cocina.

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FIN

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