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Cuando cogí con mi jefe para seguir trabajando

Hola si le gusta mis historias y quiere saber cuando viy a publicar una me puedes seguir en mi x:lucy_escribe1. Espero que le guste y si quieres parte 2 quiero ver su apoyo.

Esto pasó cuando tenía 22 años. Era mi primer trabajo formal. Trabajaba de mesera en un restaurante, y apenas llevaba poco tiempo, pero me iba bastante bien. Y no lo digo por presumir, pero gran parte de eso era por mi cuerpo y cómo me quedaba el uniforme.

Tengo los pechos bastante grandes y un gran trasero. No soy delgada, pero tampoco tengo sobrepeso. Tengo curvas, y mucha cadera. El uniforme era una camisa blanca y un pantalón negro con el nombre del restaurante bordado. La camisa me quedaba algo ajustada, así que si usaba un brasier con un color llamativo o fuerte, se notaba a través de la tela. Y el pantalón… igual. Me quedaba algo apretado. Tenía que saltar para que entrara en mi culo gordo.

Por eso llamaba la atención de los clientes. Y por eso ganaba muchas propinas. Pero también por eso le caía mal a mis compañeras, que no soportaban que yo recibiera más atención que ellas.

Todo empezó la primera semana. Desde que me puse el uniforme y sentí cómo me quedaba, le dije a mi jefe —el dueño del restaurante— que si me lo podía cambiar por uno más grande. Él me dijo que era el más grande que tenía, y que si quería uno que me quedara bien, tendría que pagarlo de mi propio dinero.

Mi jefe se llamaba Roberto. Era un hombre mayor como de 50 algo, algo acabado, parecía haber pasado por unos cinco divorcios. Era bastante gordo, nada atractivo. Parecía el típico señor pervertido. No sabía si era cierto o no, pero pensé que lo del uniforme era una excusa para verme así. Desde ese momento supe que mi jefe me tenía ganas.

Y tenía razón.

Después de eso, empecé a sentir su mirada mientras atendía las mesas. Me comía con los ojos. Miraba mi trasero cada vez que pasaba cerca de él. Al principio no me importó, ya estaba acostumbrada a ese tipo de miradas. Pero eso solo era el principio.

Me di cuenta de que me tomaba fotos a escondidas, fingiendo que estaba en una llamada. Pero para él eso no era suficiente. Empezó a tocarme el culo fingiendo que eran accidentes. Hasta que una vez sentí cómo lo apretó. No fue un simple toque o un roce. Apretó una de mis nalgas con fuerza.

En ese punto ya estaba harta del acoso. Fui a su oficina para reclamarle, para decirle que si seguía iba a denunciarlo. Pero cuando estaba a punto de entrar, escuché que mi jefe estaba hablando por teléfono con alguien. Me quedé paralizada, escuchando.

No sabía con quién hablaba, pero decía que por recorte de personal tenía que despedir a alguien. Y entonces lo escuché decir:

—Qué puta lástima… voy a tener que despedir a la nueva. Con ese gran par de tetas que tiene, mierda.

Sabía perfectamente que se refería a mí. Me iba a despedir. Ahora era más que obvio que no podía ir a quejarme, porque me iba a despedir de todas formas. Tenía que hacer algo para que eso no pasara. Era mi primer trabajo, ganaba bien, necesitaba el dinero para pagar la renta.

¿Qué podía hacer para que no me despidiera?

Regresé a trabajar mientras pensaba en qué hacer. Y solo se me ocurrió una cosa. Pero era caer muy muy bajo.

Seguí trabajando hasta que llegó la hora de salida. Pensé que me había salvado, que todavía tenía tiempo para pensar en otra opción. Pero en eso, me habló.

—Lucía, necesito que vengas a mi oficina de inmediato —dijo Roberto.

Yo le respondí, con la voz temblorosa:

—Sí, voy.

Sabía lo que iba a pasar. Fui a su oficina. Toqué la puerta, la abrí y entré. Cerré la puerta detrás de mí y me quedé parada frente a su escritorio, sin decir nada.

Roberto estaba sentado, con las manos entrelazadas sobre la mesa. No tenía esa actitud lasciva de siempre. Al contrario, parecía incómodo. Bajó la mirada un momento, suspiró, y luego me miró con algo que casi parecía lástima.

—Lucía, siéntate, por favor —dijo, señalando la silla frente a él.

Me senté, con el corazón latiéndome fuerte.

—Mira… esto no es fácil para mí —empezó, frotándose la cara—. De verdad que no. Has sido una buena trabajadora. Llegas puntual, atiendes bien, los clientes te quieren. Pero la situación del restaurante no está bien. Las ventas han bajado, los costos suben… y la dueña del edificio nos subió la renta. No me queda de otra. Tengo que hacer un recorte de personal.

Hizo una pausa. Se pasó una mano por el pelo, que ya tenía canas.

—Y no quiero despedirte a ti. De verdad que no. Eres la más nueva, pero también la que más propinas genera. Pero si despido a alguien con más antigüedad, tengo que pagarle liquidación, y no puedo costearlo. Contigo es más fácil. Lo siento mucho, Lucía. No es nada personal.

Lo dijo con un tono tan sincero que casi le creí. Casi. Porque en mi cabeza seguía retumbando lo que le había escuchado decir por teléfono: "Con ese gran par de tetas que tiene". Sabía que había algo más. Sabía que si de verdad quisiera, podría buscar otra forma de recortar gastos. Pero no lo hacía.

Me quedé en silencio unos segundos. No podía creer que tuviera que volver a hacer esto. Pensé que jamás lo volvería a hacer. De solo recordar la cara de ese maestro, me llené de ira. Pero eso es para otra historia.

Respiré hondo. Sabía que no tenía opción. Era mi primer trabajo, necesitaba el dinero, y él lo sabía. Así que hice lo único que se me ocurrió.

—¿No hay nada que pueda hacer para que no me despida? —pregunté.

Lo dije con un hilo de voz. Y mientras lo decía, me desabroché un botón de la camisa.

Mi jefe se quedó mirándome. Los ojos se le abrieron como platos, sin poder creer lo que estaba viendo. Yo tenía la camisa abierta, mis pechos enormes apenas contenidos por el brasier, y mi mano todavía en el botón que acababa de soltar.

Un segundo después, se le dibujó una sonrisa. Una sonrisa sucia, de satisfacción. Sabía que tenía que aprovechar esa oportunidad.

—Bueno… —dijo, recostándose en su silla—. Creo que hay una forma de que sigas trabajando aquí. Podría buscar recursos, hacer malabares con los números… pero eso sería demasiado trabajo. Y un trabajo así necesita una recompensa. Y veo que ya estás preparada.

Yo ya estaba con la camisa abierta. Mi cuerpo era lo único que tenía. Estaba nerviosa, y algo asqueada porque tenía que hacer algo con él. Pero ya estaba decidida.

—Entonces, ¿qué esperas? —dijo, con voz ronca.

Me levanté y dejé la camisa en la silla. Aún con el brasier puesto. No quería que me viera desnuda del todo. Quería conservar algo de dignidad, aunque fuera un poco. Me acerqué a él hasta quedar a su lado. Él solo giró su silla para quedar frente a mí.

Me arrodillé frente a él. Le desabroché el pantalón y se lo bajé junto con los boxer. Mientras lo hacía, pensaba que esto iba a ser rápido. Además, seguro la tenía pequeña. Pero la sorpresa que me llevé fue enorme.

Ya la tenía dura. Y no la tenía nada mal. No era muy larga, pero sí era grande. Lo que me sorprendió fue el grosor. Era muy gorda. Al verla, no pude evitar excitarme un poco. Además, tenía un olor bastante penetrante, fuerte, a hombre. A sudor y a sexo.

—No tengo todo el día —dijo, con impaciencia.

Empecé a hacerle una rusa. No me quité el brasier. Metí su verga entre mis pechos. La punta sobresalía cuando lo apretaba. No podía creer que estuviera haciendo esto. Y además, me estaba empezando a excitar.

—Ay, qué ricas tetas tienes —gruñó, mirándome desde arriba—. Usa esa lengua.

Yo no podía hacer nada más que obedecer, aunque no me gustara. Empecé a lamer la punta mientras lo tenía entre mis pechos. Movía la lengua en círculos, saboreando el líquido que empezaba a salir. Sabía salado.

—Ay, sí, así —jadeó—. Sí sabes usar esa boca. Eres toda una zorra.

Solo tenía que seguir con esto hasta que se viniera. Podía soportarlo. Eso me repetía.

—Bueno, ya fue suficiente calentamiento —dijo de repente.

—¿Qué? —pregunté, sorprendida—. Pensé que con esto era suficiente.

—Jajaja, claro que no —se rio, con una sonrisa de depravado—. Apenas estamos empezando. Vamos, levántate y quítate esa ropa. Quiero ver ese cuerpo que te cargas.

—Pero… —intenté protestar.

—¿Pero qué? —me cortó—. Desnúdate. No me hagas repetirlo.

No quería hacerlo, pero no tenía opción. Me levanté y me quité el brasier. Luego el pantalón. Luego las bragas. Me quedé completamente desnuda frente a él. Intentaba cubrirme un poco con mis manos, de forma tímida. Pero él no me quitaba los ojos de encima. Me recorría como si fuera un pedazo de carne.

Sin esperar un segundo, me agarró de la cintura y me jaló hacia él. Me dio la vuelta para poder ver mi culo bien. Y de una, me dio una nalgada muy fuerte que me hizo gemir.

—¡Ay! —solté, apoyando las manos en el escritorio para no caerme.

—No sabes cuántas veces me la jalé pensando en este culote —dijo, mientras me manoseaba las nalgas con las dos manos—. Y ahora es todo mío. Es todo un sueño.

Lo decía sin parar de apretar mi culo. Lo abría, lo cerraba, lo amasaba como si fuera plastilina. Y yo solo podía quedarme ahí, con las manos en el escritorio, sintiendo cómo sus dedos se hundían en mi culo.

De repente, sentí cómo me abría las nalgas. Y sin previo aviso, empezó a comerme el culo.

—Espera, no, ¡ay! —gemí, intentando alejarme.

Pero mis palabras eran inútiles. Él seguía. Me tenía bien agarrada de las caderas, y no me dejaba escapar. Su lengua húmeda y caliente recorría mi ano en círculos, una y otra vez. Esto se sentía raro. Sucio. Jamás había sentido algo así. Me sentía tan expuesta que no podía evitar gemir. Y sentía cómo mi coño empezaba a mojarse. No podía creer que esto me estuviera gustando. Que lo estuviera disfrutando.

—Qué rico culo tienes —gruñó, separándose un momento—.

Y volvió a hundir su cara entre mis nalgas. Lamía, chupaba, metía la lengua todo lo que podía. Yo me retorcía, pero no me soltaba. Cuando pensé que se iba a detener, me metió los dedos.

—Ahhh… —gemí, arqueando la espalda.

Sus dedos eran grandes, gordos. Pero sabía lo que hacía. Se sentía tan bien. Me masturbaba con una precisión que me volvía loca. Metía y sacaba los dedos mientras su pulgar jugaba con mi clítoris. Yo ya no podía más. Estaba al límite.

—No aguanto… —jadeé.

—Aguanta, zorra —dijo, acelerando el ritmo—. Quiero que te vengas perrita.

Y dicho eso, me corrí. Me corrí a chorros, con un orgasmo que me recorrió todo el cuerpo. Me dejé caer sobre el escritorio, con las piernas temblando, el coño palpitando y el culo todavía mojado por su lengua.

—Sabía que este culo sabía a culo de puta —dijo, y me dio otra nalgada fuerte.

Seguía ahí, acostada sobre el escritorio, con las piernas temblando y el coño mojado. Intentaba recuperarme del orgasmo, pero no podía. No podía creer que me hubiera sentido así de rico por mi jefe. Por ese hombre que me daba asco. Pero mi cuerpo no mentía.

Y mi jefe ni me dejó descansar. Me agarró del brazo y empezó a jalarme hacia la puerta.

—Espera, espera —dije, intentando oponerme—. Afuera no.

—Va a ser más divertido, perra —respondió, con esa sonrisa sucia—. Te va a gustar.

Me sacó de su oficina completamente desnuda. Por suerte, ya no había nadie. El restaurante estaba limpio y recogido. Pero aun así, tenía miedo de que alguien me viera así. Me tapé los pechos y el coño con las manos. Sentía mucha vergüenza.

—Tranquila —dijo, dándome una fuerte nalgada—. A esta hora ya no hay nadie.

Me llevó hasta una de las mesas, cerca de la ventana. Apagó las luces del pasillo, dejando solo la luz tenue de la calle. Me subió a la mesa. La mesa estaba fría contra mi piel. Yo tenía algo de miedo de que alguien me viera por la ventana, pero también estaba excitada. Me acostó boca arriba, con las piernas apuntando hacia la ventana. Mi cabeza sobresalía del borde de la mesa. Y ahí estaba su verga, justo delante de mí, a centímetros de mi cara.

—Abre —ordenó, con una autoridad que no dejaba espacio para réplicas.

Abrí la boca y saqué la lengua. Sin más, me metió su verga en la boca. Empezó a usarme como si mi boca fuera un simple agujero. Solo me estaba usando. Pero por alguna razón, eso me ponía muy caliente. Su verga era muy grande. No podía creer que estuviera entrando en mi boca. Y su hedor entraba directamente a mi nariz. Ese olor a sudor, a sexo, a hombre sucio. Era tan humillante. Pero ¿por qué me estaba gustando?

—Ay, sí —gruñó, moviendo las caderas—. Esto es lo mejor. Finges ser inocente, pero eres una putita con práctica.

Lo decía mientras seguía usando mi boca. Metía y sacaba su verga, cada vez más profundo, hasta que sentía que me llegaba a la garganta. Yo solo podía quedarme ahí, con los ojos llorosos, dejando que hiciera lo que quisiera.

De repente, se detuvo. Pero no la sacó de mi boca.

—Uy… —dijo, con un tono de burla—. Parece que tenemos público. Jajaja.

No entendí a qué se refería. Hasta que lo entendí. Alguien nos estaba viendo. Intenté girar la cabeza para ver, pero mi jefe me agarró del cuello y me obligó a mirar hacia adelante.

—No mires —dijo—. Sigue chupando.

Siguió usando mi boca. Y yo no podía hacer nada. Alguien me estaba viendo. Mi cuerpo desnudo, siendo usado por mi jefe. Pero eso me ponía tan cachonda que no pude contenerme. Empecé a masturbarme, sin importarme nada.

—No imaginé que fueras tan puta —se rio, mientras seguia sosteniendo mi cabeza—. Jajajaja.

Siguió usando mi boca, mientras yo me metía los dedos. No podía creer lo excitada que estaba. Hasta que mi jefe agarró mi cabeza con fuerza y se vino en mi boca. Me llenó la garganta con su leche. Tragué todo, sin poder evitarlo. Luego sacó su verga de mi boca.

—Ay, esa boca al menos sirve para algo —dijo, satisfecho.

Me incorporé, limpiándome la boca con el dorso de la mano. Y miré hacia la ventana. No había nadie.

—Jajaja —se rio de nuevo—. ¿En serio te pusiste tan cachonda pensando que alguien te estaba viendo? Sí que eres una puta.

Me dio rabia. Me dio rabia caer en su engaño. Me levanté de la mesa, que había quedado mojada por mis fluidos. Estaba molesta. Y frustrada, porque no me había corrido cuando estaba tan cerca. Pero mi jefe no había terminado.

Empezó a manosearme todo el cuerpo. Mis tetas, mi culo, todo lo que quería. Como si fuera su juguete. Hasta que sentí que se le volvió a poner dura. Jaló una silla.

—Ponte en cuatro —ordenó.

Yo estaba frustrada por no haber alcanzado el orgasmo. Así que solo obedecí. Me subí a la silla, poniendo las rodillas sobre el asiento y las manos sobre el respaldo. Mi culo quedó en alto, totalmente expuesto. Estaba avergonzada. Miré hacia atrás.

—Solo usa condón —dije.

—Jajaja —se rio—. Así me gusta. Obediente.

Se puso un condón y puso la punta de su verga contra mi entrada. Sin meterla. Yo ya la quería dentro. Lo deseaba.

—A partir de ahora me vas a decir amo —dijo, mientras rozaba mi entrada con su verga—. Entendido. Y dime… ¿qué es lo que quieres?

—Por favor, amo —dije, con la voz entrecortada—. Use mi coño.

—Así me gusta —respondió.

Y sentí cómo empezaba a metérmela. La tenía muy gorda. Sentí cómo mi interior se expandía. Se sentía muy bien. Empezó a darme embestidas muy duras. Era muy rico. No paraba de gemir.

—Ay, está bien apretada —gruñó, agarrando mis caderas—. A la muy puta no le han dado una buena cogida, ¿verdad?

Yo no paraba de gemir. Pero tenía razón. Hacía mucho que no me cogían. Y así de rico, menos.

—Gime como toda una puta —ordenó—. Te está gustando, ¿verdad?

—¡Sí! —gemí—. ¡Sí, papi! ¡La tiene muy rica! ¡Ahhh! ¡Más fuerte!

Aumentó el ritmo. Me daba más fuerte. Me estaba encantando. Ya estaba a punto de correrme. Y ya no pude aguantar más. Me corrí a chorros, como toda una puta. Pero mi jefe seguía embistiendo. Hasta que, con una última embestida fuerte, sentí cómo se corría. Y sacó su verga.

—Ay, eso fue muy rico —dijo, respirando agitado—. Jamás me había venido así. Y sigo duro. Pero es una lástima… ya no tengo condones.

Yo aún quería más. Todavía seguía muy caliente. Y ya no me importaba nada.

—Lo puedes hacer así —dije.

—¿Eh? —preguntó, con una sonrisa—. ¿Qué dijiste? Dilo claramente.

—Mmmh… quiero que me la meta sin condón, amo —respondí.

La emoción se le notó claramente en la cara. Se quitó el condón. Me acostó de lado en una mesa, con una de mis piernas en su hombro. Su verga al natural, a punto de entrar en mí. Estaba tan cachonda que apenas podía pensar bien.

—¿Estás segura de que lo quieres hacer así? —preguntó, con un tono que pretendía ser de advertencia.

—¡Sí! —respondí—. Solo… no te corras dentro.

Y sin decir más, me la metió de una. Empezó a cogerme. No podía parar de gemir. Se sentía demasiado bien. Podía sentir mejor su verga, sus venas, su forma. Era increíble. Gemía como toda una puta. Cada embestida me hacía temblar.

—Ay, sí —gruñó—. Tu coño se siente increíble. Así es como se debe coger a las zorras.

Y me dio una nalgada.

—¡Sí, sí, ahhh! —gemí—. ¡Más, papi! ¡Destrózame!

Aumentó el ritmo al máximo. Se sentía demasiado bien. Nuestros cuerpos hacían un sonido muy obsceno. Yo ya estaba al límite. Estaba a punto de tener un orgasmo. Y me corrí a chorros. Pero mi jefe seguía y seguía. Me empezó a entrar el miedo de que se corriera dentro. Pero de repente, la sacó, me jaló y se corrió en mi cara.

—Ay, por poco —dijo, riéndose—. Jajajaja. Así te ves mucho mejor.

—Idiota —dije, limpiándome la cara—. Tampoco tenías que hacerlo en mi cara. Y ya, con esto acabamos.

Yo aún estaba temblando de lo intenso que fue. Con la poca fuerza que tenía, me levanté y me fui al baño para limpiarme la cara. Pero mi jefe me detuvo.

—Espera —dijo—. Una cosa más. Quiero que te vayas así, con mi leche en tu carita.

—¿Qué? —pregunté, incrédula—. Ni loca haría eso.

—Si no lo haces —dijo, con una sonrisa de depravado—, entonces no te voy a poder ayudar. Y entonces, ¿lo harás?

—Pero… —intenté protestar—. Ay… está bien.

—Así me gusta —dijo, dándome una fuerte nalgada—. Y quiero que me mandes un selfie. A ver si cumples.

Acepté a la fuerza. Si no lo hacía, todo lo que había hecho hoy no habría significado nada. Fui a la oficina de mi jefe, me puse la ropa que había dejado ahí, y me fui sin limpiarme la cara.

Pedí un Uber para ir a mi casa. Intenté que el conductor no me viera la cara durante todo el camino.

Pero en el camino me di cuenta de algo: el fuerte olor a semen que venía de mí. Estar en un espacio tan cerrado lo hacía demasiado evidente, aunque el conductor no dijo nada. Aun así, todo el camino estuve nerviosa.

Hasta que llegué a mi casa.
Me tomé una selfie, con su leche todavía en mi cara, y se la mandé a mi jefe.

Y lo que pasó después… bueno, eso será para otra historia.

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